Escenas para la historia: “Smoke” y el Cuento de Navidad

Basta una sencilla búsqueda en Google para constatar que ésta no es una escena inédita en la colección de momentos estelares del cine, sino más bien una vieja conocida desde que en 1995, Wayne Wang, rodara y estrenara “Smoke”. Y tampoco podemos decir que la película pasara inadvertida, ya que fue por entonces bien celebrada por los cinéfilos y obtuvo una buena cantidad de premios tanto en EEUU como en Europa. La película se ha convertido en una obra de culto en la franja independiente y no son pocos los websites que aún alojan críticas y comentarios sobre una película inesperada que se ganó un hueco en la historia. La película… y Harvey Keitel.

 

A estas alturas, reparar en la película y en su escena final parece un ejercicio de inutilidad, además de un buen ejemplo de abogacía de tópicos seguramente innecesario. No obstante, pasa con “Smoke” que es una de esas películas sobre las que da placer escribir y sobre la que siempre gusta leer. Debe ser una costumbre nostálgica basada en la tesis de que “Smoke” es un fósil guía de una época gloriosa del cine de los noventa que, simplemente, no volverá. Recuperarla es una buena gimnasia para todo amante del cine y su repetido visionado, además, guarda aún secretos para el espectador más atento. Quizás suceda con todas las películas cuando se las ve varias veces, como decía Truffaut, o quizás sólo pase con las películas que merecen la pena. De un modo u otro, y aprovechando que se acerca la navidad, parece buena idea escribir aún más palabras sobre la escena final de esta “Smoke” y sus apenas 10 minutos de metraje que tantos cinéfilos fabricó en el acto.

Eso sí, nos ahorraremos la contextualización habitual de la obra que tan bien explicada está ya en múltiples sites de cinéfilos, para sumergirnos rápidamente en la escena final. Baste decir que William Hurt interpreta a Paul Benjamin, un escritor de cierto éxito al que un periódico de renombre le ha encargado un cuento de navidad para publicar en sus páginas. Paul, cuyo espíritu destila pocas sensaciones navideñas, confiesa su bloqueo a su viejo amigo Auggie, interpretado por un descomunal Harvey Keitel. Auggie le dice que conoce montones de cuentos de navidad y que, si le invita a comer, le contará uno que podrá convertir en un bonito relato. La escena comienza cuando Augie y Paul han terminado de comer y aquél comienza su relato.

Hoy sabemos que cuando Wang rodó la escena tenía en mente editarla intercalando imágenes que ilustrarían el cuento que Auggie iba narrando, pero que finalmente no se montó así porque tanto a él como a Paul Auster, guionista del film, les pareció que, una vez montada, la escena no funcionaba bien. Por este motivo, la escena se montó desnuda, es decir, en plano secuencia, manteniendo la imagen de Auggie, sentado a la mesa, mirando a Paul, y contándole la historia…hasta el final. Sin duda, una solución que seguramente habrían descartado antes de rodar y a la que se vieron abocados en la mesa de montaje al comprobar que el metraje no servía para hacer realidad la escena que habían imaginado. Sin embargo, no habían contado con que la escena había sido interpretada por uno de los mejores actores de su generación, Harvey Keitel, que además se encontraba en un momento glorioso de forma artística. No en vano, venía de rodar “La mirada de Ulises” de Theo Angelopoulos o su inolvidable Señor Lobo en “Pulp Fiction” con Quentin Tarantino, sumando un total aproximado de diez películas en tan sólo dos años, 1994 y 95. Keitel no es un actor cualquiera: es uno de los pocos capaces de sentarse frente a la cámara, juntar sus manos sobre los codos en la mesa y contarle una historia a otro tipo haciendo que el espectador no desee otra cosa que dejar a la escena seguir y seguir hasta que el relato quede completo. Con un formato casi desnudo, sin más atrezzo que la mesa y con un falso movimiento de cámara en forma de zoom, Keitel se toma su tiempo para contarnos el cuento en un eterno turno de palabra que él mantiene en funcionamiento gracias a un portentoso hilvanado de gestos, miradas, sonrisas y movimientos con los que termina hipnotizando al espectador. Se diría que, a priori, la idea de una escena en plano (casi) fijo de un tipo contando una historia durante 10 minutos debiera prometer una soporífera secuencia enemistada con el repertorio sintáctico de la historia del cine, algo más propio de obras teatrales filmadas que de obras bien concebidas para la pantalla. Sin embargo, de forma inesperada y sólo gracias al estado de forma de Harvey Keitel, el cuento se desenrolla a un ritmo perfecto y da vida a una escena inolvidable y deliciosa. Increíblemente, en apenas unos minutos, el cuento se vuelve adictivo.

La magia de Keitel sirve para convertir una escena de frías palabras en una dramatización navideña interpretada sin protección alguna que termina cautivando al espectador. Llegado el momento, Keitel termina su cuento y queda de nuevo en silencio, mientras su cuento luce frente a él, frente a su amigo Paul y frente a la audiencia como una escultura navideña cálida y maravillosa cuyo origen ni podemos explicar. Es como si fuera imposible entender de dónde ha nacido el brillo del relato que ha convertido un comienzo frío y una escena terriblemente austera en un verdadero cuento de navidad que ya estamos deseando contarle a alguien. En este misterioso gap cuya única métrica posible es la de los minutos que se toma pero cuyo valor trasciende desmesuradamente cualquier indicador numérico, quizás lata el desconocido ingrediente que hace del cine un arte escapista y revelador. Keitel conspira con las recetas de este arte infinito para lograr una calidez que traspasa la semiótica para alcanzar la satisfacción por el consumo del código, del misterio. Y, al sentir a continuación el final de la película, ese confort de espíritu se petrifica para siempre como la sensación que deja “Smoke” y que reconcilia a la audiencia con algún que otro valor navideño al que quizás alguno terminó dando una oportunidad más.

Smoke - Harvey Keitel

Admira comprobar que dicho nivel se alcanza con una solución estética algo más que parca, seguramente rodada en el formato explicado en busca de un plano secuencia que fragmentar después en montaje para intercalar las imágenes del cuento. Estamos, entonces, ante un plano concebido más bien para su trituración que para el deleite, pero que logró calidad suficiente para mantenerse vigente por sí mismo hasta el final. La cámara apenas se mueve una vez que Auggie comienza su relato, y tan sólo acompaña un lento pero efectivo zoom que va cerrando el plano a medida que el personaje se adentra en la parte más íntima y emocionante del cuento. El espectador está imaginando el cuento con sus propias imágenes mentales como hace cualquier oyente de radio cuando le narran una historia, y quizás por eso le pase algo inadvertido este lento zoom que va progresivamente cerrando el plano y acercándonos al rostro de Keitel. Así, Wang consigue dos objetivos: Primero, mostrarnos la apabullante verosimilitud de la interpretación de Keytel que, incluso de cerca, tiene gestos y repertorio para seguir y seguir sin caer en el artificio. Segundo, aporta un cariz íntimo muy intenso a las palabras de Auggie, invadidos por los gestos enormes de los labios de Keitel que son la única cosa que vemos en pantalla. El efecto navideño se multiplica y se intensifica dando más fuerza a nuestras imágenes y a la historia, haciendo que el resultado sea emocionante. En general, la escena no cuenta con más ayuda estética que la de este zoom, careciendo incluso de los recursos con los que otras escenas de la película sí cuentan. Es la escena más barata de la película, y sin embargo la más intensa de todas. Se entiende que ella sola, cuando sólo era un cuento de navidad escrito por Paul Auster, motivó el rodaje de toda la película. Tras el cuento de navidad, el resto de la película sólo parece un calentamiento previo lleno de subhistorias originales, algunos momentos divertidos y otros pequeños ejemplos de la estupenda química que Harvey Keitel y William Hurt se gastan juntos. Quizás por eso, de los labios de Keitel, en plano corto, Wang pase violentamente al plano corto de los ojos de William Hurt, reforzando el vínculo entre uno y otro. También es una representación de la dualidad del “que cuenta” y “el que escucha atento” (“soy todo oídos”, le dice Paul a Auggie al comenzar), modelo básico del cuenta-cuentos que tanta importancia teórica demuestra tener en esta escena de corazón tan navideño pero de imágenes tan antagónicas. Smoke” recupera el noble arte de contar una historia, aunque ni siquiera Wang supiera que lo estaba haciendo cuando rodó la escena (y quizás tampoco Harvey Keitel, al que cabe pensar que le habrían contado de antemano que la escena se trituraría y fragmentaría en la fase de montaje).

La escena da paso a una secuencia que, ya con los títulos de crédito, ilustra el cuento con imágenes reales. Vemos al Auggie del Cuento de Navidad en sus escenas imaginarias junto con la abuela Ethel, lo que supone necesariamente una cierta fricción entre las imágenes mentales diseñadas por el espectador y las imágenes reales rodadas por Wayne Wang para ilustrar el cuento.

Suponemos que la salvación de estas imágenes reales, cuya supresión, seguramente, debió ser planteada en algún momento durante la fase de edición (cuando la idea original de montaje ya había sido descartada), se debió más al efecto poético producido por la combinación de las imágenes junto con la música de Tom Waits, que a la necesidad de poner imágenes reales a un cuento que, de todos modos, habría funcionado sólo con las palabras de Auggie y la interpretación de Keitel.

Merece la pena detenerse en algunos detalles delicados en los que algunos encontrarán significados extra. Por ejemplo, en esa pausa secretamente relevante que practica Auggie al comienzo de su relato, justo inmediatamente antes de comienza su relato. La escena comienza con un formato de conversación entre amigos que, considerando la documentada química existente entre los actores, quizás respondiera más a una lógica de improvisación natural que a la de un rígido guión. Sin embargo, cuando Auggie se dispone a comenzar su relato, aplica una pausa que, juzgada con arreglo a las costumbres conversacionales, se reputaría fácilmente como algo artificial. Sin embargo, Auggie encomienda a dicha pausa un cambio de lógica que pone fin a la naturalidad bidireccional del colegueo e inaugura una enunciación dramática propia del contador del cuento. Auggie muta la naturaleza de su personaje que deja temporalmente atrás los acontecimientos y circunstancias que han constituido su personaje durante toda la película y se erige en forma de narrador, de enunciador, y su prosa y su tono cambian. Así es cómo Auggie se convierte en un personaje nuevo, o una nueva faceta del que era; es un cruce entre su historia, que hemos conocido, y un nuevo Auggie con poderes extraordinarios que logra el silencio de su partener. Esa pequeña pausa, decorada con un “bien” que actúa como barrera o frontera entre las lógicas, marca también el verdadero final de la película, o al menos el de la trama que antecede a la escena final. Sin embargo, considerando que dicha escena final rompe de tal forma con todo lo contado hasta ese momento, considerando su enorme calidad y considerando que esta escena y el contenido del cuento son la verdadera razón de la existencia de toda “Smoke”, dicha pausa y dicho “bien” pueden ser entendidos como el verdadero final de la obra. Y la escena final una suerte de bonus extraordinario, final de gracia al que el resto de la película necesitaba llegar para lograr su justificación última.

Smoke - William Hurt

Otro detalle. Que “Smoke” guarda un complejo vínculo con el tabaco, al que atribuye sentidos durante todo su metraje (y debe quedar fuera de este artículo), no es un ningún secreto. En la escena del cuento de navidad, Auggie y Paul se entregan al devenir de la historia sin cigarros, pero los encienden tan pronto como ésta finaliza. De hecho, da la sensación de que Paul había retenido su voluntad de encender el cigarro desde que terminó de comer y hasta que termina el cuento de Auggie, como si contuviera la respiración en espera del desenlace de algo sin cuyo final ya no podría seguir. El propio Auggie también enciende su cigarro al comprobar que Paul está satisfecho con el cuento de navidad: “El cuento es bueno”, le dice Paul. Si en otras escenas anteriores, principalmente las del estanco, el tabaco hacía aparecido como el signo de identidad de un código entre amigos del que nacía el mejor contexto del mundo para la celebración de su compañía, en esta escena final, el tabaco es el alivio de la tensión, es “el cigarro de después, es el cigarro de después de “Smoke”, el que sigue al placer sexual y el que deja su sabor.

No es un secreto que “Smoke” sirvió para poner en valor uno de esos intangibles históricos cuya aparición siempre es espontánea y cuya construcción es imposible: La química entre dos actores. En este caso, Keitel y Hurt constituyen un tándem indestructible cuyo valor resulta evidente no ya en la escena final sino desde sus primeras coincidencias en escenas anteriores. Cuando Paul cuenta la otra historia famosa de la película, la que ofrece un clarísimo procedimiento para pesar el humo de un cigarro, ya nos damos cuenta de que el espacio del estanco de Auggie es un maravilloso e irrepetible cubículo donde los amigos se reúnen para fumar y contar historias, y que todo ello es posible gracias a Auggie. La presencia de Paul Benjamin en el estanco de Auggie, la persona que le consigue el tabaco tan extraño que fuma, hace aparecer los primeros brillos de esa amistad. Sin embargo, cuando el vínculo se hace indestructible es durante la escena en que Auggie muestra a Paul los álbumes de fotos y le explica su “proyecto de vida. Cuando Paul descubre a su difunta mujer en una de ellas se rompe en mil pedazos, y Auggie le consuela (comprobando al mismo tiempo cómo su “proyecto fotográfico” es una poderosa idea llena de sentido). Gracias a la química entre Keitel y Hurt, sus escenas tienen más silencios que los de otros personajes, como si se pretendiera dejar a la audiencia paladear ese funcionamiento tan perfecto entre ambos en cuyas pausas se mastican los pensamientos de uno y de otro, y el placer de la compañía de ambos. Los dos actores exhiben su vibración mutua con tanto éxito que, como ya se ha contado en muchas ocasiones, se autorizaron dos semanas adicionales de rodaje para dar luz a otra película hermanada con “Smoke”: “Blue in the face”, apoyada sobre el cuadrilátero Wang-Auster-Keitel-Hurt.

Como decíamos al comienzo, se ha escrito ya una auténtica barbaridad sobre “Smoke” y, concretamente, sobre esta escena final. Sin embargo, otro detalle sobre el que no se ha escrito es el fragmento de la escena correspondiente al final del cuento de Auggie y las reacciones de Paul. Concretamente, sobre el instante en que éste se malicia que toda la historia de Auggie puede ser falsa y que, en efecto, su cuento de navidad no es más que eso, un cuento. Decide probar a Auggie con su indirecta:

“El embuste es todo un arte, Auggie. Para inventar una buena historia hay que tocar las teclas adecuadas”

Auggie se hace el sorprendido… , y Paul decide no interrogar más a Auggie y preservar intacto el misterio de su historia, sabedor de que así conserva su valor. Entonces Auggie juega a fingir que no le comprende, pero a continuación lo hace con una sonrisa maliciosa que permite a todos intuir que Paul está en lo cierto. Es difícil describir esa SONRISA y su silencio, o mejor, la extrema complicidad entre ambos amigos al calor de esa sonrisa. Su sonrisa es el indicador más perfecto de una complicidad profunda e insondable entre dos amigos; es el contexto envidiable de la comprensión espiritual y es el signo de un disfrute de ida y vuelta entre dos portentosos actores en cuyos rostros de una sola escena se encontraría un diccionario dramático válido para toda una generación de actores. La sonrisa de Auggie es el lugar y el momento al que la película quiere ir a morir, y es el momento más feliz de la película.

Y así es cómo en Código Cine hemos incrementado tan larga colección de artículos sobre “Smoke” con nuestra propia contribución. Quizás esta última escena de la película sea como “American Pie” de Don McLean, el tema en el que todos quieren ver nuevos símbolos y nuevas interpretaciones. Nosotros dejamos aquí la nuestra, quizás equivocada, aunque seguro que no al aseverar que merece ser una de nuestras “Escenas para la historia”.

Y aquí va la escena:

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