“Sol” de Alexander Sokurov: La caída de un dios

La tercera entrega de la llamada “Trilogía del poder” de Sokurov nos narra la caída del emperador Hirohito tras la bomba de Hiroshima. Una obra maestra que nos mostrará la quiebra del carácter divino de un personaje histórico nacido en condición de auténtica deidad en la tierra.

Se podría pensar que es un tanto paradójico, o quizás solamente una forma de humildad artística, que el cineasta que ha defendido que el cine está aún lejos de convertirse en un arte y que aún lo tiene todo por aprender, sea uno de los que más lejos ha sido capaz de llegar con sus imágenes. Esa es una de las conclusiones que resultan de visionar su eximia “Sol” (“Solntse”, 2005), la última película de su Trilogía del Poder y en la que nos propone un lúcido y revelador viaje al interior y la cotidianidad de Hirohito, el gran emperador japonés cuya nación fue brutalmente golpeada y derrotada en la Segunda Guerra Mundial. Sokurov nos traslada a las dependencias más interiores y a la rutina de la vida de Hirohito tras el estallido de las dos bombas atómicas que marcaron el definitivo desnivel militar a favor del bloque Aliado y por tanto el final de la guerra para Japón.

"Sol" - "solntse" de Sokurov

Dicho viaje no responderá en ningún momento del metraje a una lógica curiosa ni morbosa, sino que más bien propondrá el entendimiento de sus escenas interiores desde una óptica intimista para alcanzar la comprensión de un personaje al que los acontecimientos parecieron superar sin llegar a entenderlos en toda su trascendencia histórica. Los planos interiores del Hirohito de Sokurov muestran escenas en las que el emperador es tratado como la deidad que todos creen que es, empezando por sí mismo. Constatamos las costumbres y el sentido de unas escenas en donde la condición divina del emperador da sentido a toda su liturgia, empezando por el extremo respeto y cuidado con el que es atendido por sus sirvientes. Sokurov consigue hacernos sentir cómo el infinito respeto que inspira la figura del emperador se convierte en fuente de pánico y tensión para quiénes le asisten en el día a día, que suelen hacerlo envueltos en sudor. Algunos de esos planos son verdaderamente sobrecogedores y si no fuera porque Sokurov decide retratar a su personaje central con una cierta condescendencia y desde luego como un tipo amable y comprensivo (en su delirio), daría lugar a escenas profundamente desagradables. Su cámara consigue alcanzar esa tensión desbordada y casi cristalizarla en un suspense interminable que se advierte en pequeños servicios como el de su sirviente abotonando su camisa. O quizás mediante la violencia cómo su viejo sirviente se precipita al suelo en una reverencia desproporcionada y aparentemente no motivada de la que apenas es capaz de levantarse. Sokurov consigue dibujar lo que no tiene líneas, la naturaleza divina de una pequeña persona de aspecto frágil que sin embargo camina arrastrando un halo de infinitud e infalibilidad absolutamente sobrecogedor.

La divinidad como causa de una puerilidad inconsciente

Y así es cómo Sokurov aborda el retrato de ese pequeño hombre que ha vivido toda su vida consolidando por el permanente discurso a su alrededor, su condición de deidad. El espectador adivina que esa condición de infinitud ha sido construida a lo largo de toda su biografía mediante la inscripción de su vida en el continuum de un relato que le trasciende y que comienza varias generaciones antes que él. Ese relato, un relato mitológico en donde se advierten toda clase de extrañamientos y recursos puramente narrativos, configura el pasado de un personaje no adiestrado para una comprensión crítica ni de sí mismo, ni de la realidad que le rodea, ni del pasado del que desciende. Hirohito aparece aquí como un cierto “sujeto”, nunca mejor dicho, cosido a una visión del mundo bien asida por la cultura nipona cuya crítica es una empresa ni siquiera al alcance del propio emperador. Al contrario, el espectador siente el peso recibido por Hirohito para ser el que ha sido configurado por fuerzas irreductibles y para el que el advenimiento del caos externo, léase aquí la gran guerra, es simplemente una hipótesis que excede y sobrepasa sus conocimientos poéticos o mitológicos. Pareciera Sokurov estar aportando una cierta explicación histórica para el desastre nipón en la guerra con Estados Unidos, cosa que se percibe en la puerilidad interpretativa de Hirohito sobre las vicisitudes del conflicto o sobre las razones por las que Alemania era su socia bélica, hecho éste que Hirohito no puede explicar en la película más que con una frase sobre probabilidades de victoria de las que parecía haber sido informado.

"sol" "solntse" de Sokurov - Hirohito

Así, Hirohito, asistido en todas las actividades domésticas de su vida (incluyendo abrir puertas, algo que no hace por sí mismo salvo cuando es obligado a hacerlo), entregado a los hobbies más nobles por inercia dinástica y reduciendo su coordinación de los asuntos de guerra al despacho con sus oficiales y jefes de gobierno, comparece en “Sol” con un perfil enormemente pueril, inconsciente e incapaz de abarcar con madurez la profundidad y trascendencia de los asuntos de gobierno que le atañen. Vive en una realidad donde el “horario del día”, uno que permite en tiempos de derrota bélica la adyacencia entre el Consejo con sus fuerzas armadas y la observación de un cangrejo ermitaño en su taller de biología, marca su día a día con un tono levemente ajeno a la realidad externa del palacio. Hirohito aparece como el personaje de un relato inventado por el verdadero Japón anhelando tiempos mejores, seguramente pasados, y como si no tuviera ni capacidad ni determinación por tomar las riendas de nada; tan sólo lamentar el triste e inesperado devenir de los acontecimientos.

La quiebra, caída y dimisión de un dios

Así, la deidad está a punto de quebrarse. Los acontecimientos externos a su noble vida palaciega van a interrumpir su indolente mundo virtual con la irrupción de “los americanos”, que aparecen en el film como el acceso de lo REAL, el caos de la guerra, el mundo verdadero con toda su fiereza que obligará a Hirohito a mostrar su desnudez y compararse con el mundo maduro que le ha vencido. El oasis de su dinastía se va a quebrar y ello le va a requerir necesariamente ciertas reflexiones.

La evolución de estas reflexiones va a dejarse entrever mediante algunos momentos clave:

  1. La aceptación de una visión científica del mundo. El interés de Hirohito por la ciencia y por la naturaleza contrasta con la explicación mitológica del mundo recibida durante su vida, pero en el devenir del film comprobaremos que el emperador acepta grandes teorías científicas aunque éstas comprometan la veracidad de dicho relato mitológico. Podemos ver este efecto, por ejemplo, cuando Hirohito charla con su asesor científico y éste le explica que duda que su abuelo pudiera ver la aurora boreal sobre su palacio, como había dejado escrito, dado que ésta no se produce jamás a la latitud de Tokio. El momento más importante de este proceso de aceptación científica se produce cuando Hirohito muestra su aceptación de la teoría de Darwin, lo que va a tener una trascendencia importante en su reflexión personal. La teoría de la evolución de las especies de Darwin inscribe el origen del ser humano en un estricto contexto natural en el que no caben las explicaciones mitológicas sobre deidades. Hirohito va comprendiendo que el relato recibido sobre su condición divina va resquebrajándose poco a poco y dejando traslucir su naturaleza humana.
  2. Poesía de lo efímero. El “horario del día” permite al emperador entregarse durante una hora a la escritura de poesía, una actividad que entendemos habitual en su dinastía divina. Hirohito escribe una breve poesía en la que subraya el valor de lo efímero, la primavera, dejando intuir al espectador que su proceso de reflexión sobre su condición divina ya está en marcha. Hirohito reconoce el carácter efímero de la naturaleza y a través del cientifismo darwinista se sentirá parte de ella, de donde entenderá que su destino es igual de efímero y que sus poderes están limitados y son contextuales. Ese mismo día por la mañana ya había afirmado a uno de sus sirvientes que su cuerpo era básicamente semejante al suyo y la conclusión sobre el valor de las cosas que son finitas en sí mismas empieza a emerger en sus preocupaciones poéticas.
  3. El encuentro con el general americano: Hirohito es detenido y llevado a comparecer ante el general que entendemos responsable de la operación terrestre americana ya sobre suelo japonés. El film dispone ante los ojos del espectador un contraste cruel entre ambos personajes. Por un lado, la madurez edípica de un John Wayne profundamente verosímil y de gran madurez bélica y personal, frente a la puerilidad casi enternecedora de Hirohito que actúa como un niño entre asustado e ilusionado por las llamativas novedades llegadas de occidente. Además, Hirohito comparece pretendiendo parecerse a una suerte de Chaplin asiático que a él le parece un estilo de revista acertado para mantener la dignidad ante Occidente, pero que en realidad le dibuja de forma ridícula. Su condición pueril e inmadura le impide leer correctamente la articulación equivocada del símbolo de Chaplin, y la risa del general firma para siempre la ridiculez de su personaje. Su interés por la forma y la moda en un momento de derrota nacional no hace sino constatar el divorcio con la realidad en el que vive Hirohito. La comparación con el general hace brillar lo desajustado del emperador, su incapacidad para calar en sí la gravedad del momento y para articular y sostener el rictus que realmente corresponde. Cabe pensar que si bien el emperador se deja obnubilar en cierto modo por las atracciones occidentales, sin embargo, regresa a su palacio con la sensación de no estar a la altura, detectando el gap de madurez que le separa de la realidad y con algunos pasos dados en dicha dirección. En ellos encontraremos parte del camino que le llevará a sus últimas decisiones. Por cierto, una de ellas será pedir a su sirviente que le deje a solas, pues ni ha visto sirvientes en su encuentro con el general ni confía ya en que los suyos le conecten con el mundo real."Sol" de Sokurov
  4. La caída del emperador: Hirohito hace llamar a su familia y el film alcanza una sobrecogedora grandeza en la escena del reencuentro con su esposa. La frialdad y el exceso de protocolo ponen de manifiesto, incluso entendiendo la naturaleza de la cultura japonesa, que la distancia entre ambos ha sido mantenida siempre de forma deliberada quizás para subrayar la condición divina del emperador. Sin embargo, ya a solas, Hirohito rompe el protocolo y busca reposar su cabeza sobre el pecho de su esposa, en un gesto de enternecedora humildad que sanciona para siempre la caída de su deidad, el instante en el que el dios dimite de sí mismo y de su responsabilidad infinita para reconocer su condición humana, su falibilidad, su fracaso y su lugar concreto en la naturaleza de la que no debió ser apartado. Su cabeza dubita debatiéndose entre mantener el protocolo con su propia esposa, mantener el Edipo, o el alivio de dejarse caer y ocultar el rostro para poner por fin la cara de ser humano que necesita con toda su desesperación. La coraza divina se rompe y la persona aparece buscando una imago femenina que le proteja y le consuele, una madre que asuma su fase pueril y sus verdaderas necesidades. Su esposa, absorta por verse interpelada conforme a un modelo en el que jamás se había visto, contesta con torpeza sin saber mover los brazos, sin atreverse al principio a articular el abrazo protector de la madre. En plano fijo, la cámara de Sokurov alcanza un nivel sublime y el espectador comprende que la historia está contada.

 

De vuelta de su cena con el general, Hirohito llega a su palacio exigiendo estar solo. Sus sirvientes no le dejan, ni aunque les golpee, porque siguen actuando frente a él como el niño que han cuidado durante años. Sin embargo, el no-emperador ya precisa de conectar con las emociones humanas que de repente le parecen el camino a seguir: La emoción de entender por fin que su pueblo no va a desear la revancha frente a los americanos sino la estabilización de la paz; la emoción de dejarse caer frente a su esposa y aliviar el peso de su coraza; las emociones que emanan de él mismo y que se traducen en el deseo de reencontrarse con sus hijos (cuando al comienzo, como emperador, pretendía hablarles del estado de las acciones bélicas), etc. Nace un nuevo personaje que deja atrás su divinidad y que encuentra el camino de su propia humanidad hacia una realidad que jamás ha conocido.

Cuánto de este Hirohito coincide con el personaje histórico, o mejor aún, con el verdadero Hirohito, es algo que trasciende a este texto. Lo que sin duda queda de manifiesto es que Sol” es un brillante ejemplo del mejor cine que nos hace mantener la esperanza. Un relato de verdad en su propia narración (no en el discurso histórico) donde encuentra un articulado comprensible y empático. Una obra maestra.

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