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Stanley Kubrick: Cuando menos es más

14/03/2013 -
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Creo recordar que fue Jean Luc Godard quien dijo aquello de “para hacer una película sólo necesitas una pistola y una chica”. Partiendo de esta premisa, de este modo de entender y hacer cine, nos encontramos a través de uno de los más grandes creadores del siglo XX como fue Stanley Kubrick (1928 – 1999) con el ejemplo perfecto que explota al máximo ese modelo del que poco a poco, a medida que uno va creciendo, entiende cada vez más e intenta ponerlo en práctica en su propia vida.

No siempre gana el mejor, no siempre gana o hace mejor aquello que haga el más guapo, el más alto, el más fuerte; no siempre gana quien más medios, dinero, estudios, formación o ideas, aparentemente, tenga. Y paradójicamente, se acaba imponiendo quien a su manera sigue adelante por su camino; haciéndolo con la talla de zapatos que le corresponde y siguiendo con sus ideas. Y sobre todo con trabajo: Mucho trabajo, trabajo y más trabajo. Esta es la primera parte de una amplia reflexión acerca de la figura de un tipo – y su cine – nada corriente, diferente y difícilmente capaz de definirlo por sus múltiples caras y obsesiones que para muchos fueron foco de despiadadas críticas.

Hace algunos años fui testigo de un interesante debate entre dos personas acerca de cine bélico. Apenas intervine en la conversación, y cuando lo hice, fue para no posicionarme ni a favor ni en contra de ninguno de los presentes; si no más bien para decir, en mi opinión, que hablar en términos absolutos de cuál es la mejor película de guerra es algo en lo que no se debería entrar (aunque la tentación en ocasiones nos haga caer en ello). Por no citar al calificativo de género como etiqueta cinematográfica que si bien trata de ayudar al espectador, creo que a veces perjudica más en su clasificación. Nunca he sido muy partidario de opiniones transformadas en monólogos imperativos donde el esfuerzo por querer convencer a los demás es estéril y el empeño, por parte de particulares y supuestos medios expertos, no invitan a que el espectador – observador tenga una mirada lo menos condicionada posible. Aún así, mi apuesta por aquél entonces, como ahora, sigue siendo la misma. Mi elección es clara: La chaqueta metálica (1987). Aquella elección, como otras muchas, fue consecuencia de la suma de pequeños detalles. Los otros dos films a los que hacían referencia esas dos personas son Apocalypse now (1979) dirigida por Francis Ford Coppola y Salvar al soldado Ryan (1998) dirigida por Steven Spielberg. Ni que decir tiene que estas tres películas, como seguramente otras no mencionadas como por ejemplo La delgada línea roja, 1998, de Terrence Malick, suelen ser las habituales en el podio de películas más notables en cuanto a guerra o belicismo se trata. Respecto a Stanley Kubrick tampoco podemos olvidarnos de otro clásico suyo como es Senderos de gloria (1957). Porque si hablamos de Kubrick pocas cosas son notables, todo lo contrario. Lo normal en su caso suele ser fuera de lo común. Un género aparte.

Si las tres películas nos hablan sobre la guerra, remarcadas en su correspondiente contexto histórico, en el caso de La chaqueta metálica no creo que estemos ante una película bélica más. Kubrick no nos cuenta una película de guerra, sino que a través de una película de guerra nos adentra a una de sus más recurrentes obsesiones como es el horror y la complejidad del ser humano. La transformación que éste puede llegar a sufrir para convertirse en una máquina de matar. Esa dualidad que se mantiene viva en el casco de un soldado entre el símbolo de la paz y el mensaje “nacido para matar”.

Sin entrar a desmenuzar cada película en su totalidad, sí considero de gran interés centrarse en el comienzo de cada una de ellas como ejemplo de la manera en que cada realizador nos presenta su obra. En apenas minuto y medio te puedes dar cuenta de la brillantez con que el autor presenta su obra y el talento que posee para hablar de lo importante en muy poco tiempoLas primeras impresiones de una película, al igual que las personas, pueden decirnos mucho, poco, nada o todo. Una de las cosas que siempre llamó mi atención de esta película de Kubrick fue la sencillez con que nos la presenta; lo que no supone objeción alguna para salvaguardar esa tensión e intensidad en el resto de la historia. Su comienzo se ajusta muy bien a esa línea de pensamiento comentada al principio: menos es más. La sencillez bien elaborada, el no mostrar de una manera directa, sino sugerente (incluso hasta simpática en este caso), aquello de lo que posteriormente se va a hablar como baza y cualidad en el discurso, resulta en ocasiones lo más complicado a la hora de realizar cualquier tipo de proyecto. Esto me recuerda a uno de los muchos puntos que presenta la filosofía taoísta y que viene a decir aquello de lo más difícil es hacerlo de la manera más fácil.

En el caso de Apocalypse now, con la canción “this is the end” de The Doors es como empieza la película. Resulta paradójico escuchar “esto es el final” al comienzo de una película. Sin duda todo tiene un por qué. El plano fijo de las palmeras mientras poco a poco todo se va llenando de napalm naranja y algún helicóptero cómplice, con sus grandes hélices recordándonos su presencia, ayuda a que la mierda se vaya extendiendo cada vez más. Todo ello acompañado del solo de la canción hasta escuchar a Jim Morrison decirnos “este es el final querido amigo, este es el final, el final de nuestros planes y el final de todo aquello que aguantaba en pie”. Y desde luego la guinda a ese minuto y medio llega con la explosión, en grandes bolas de fuego, para borrar todo aquél paisaje exótico que sin duda iba poco a poco intoxicándose y que coincide, en esa explosión, con el mítico canto de “esto es el final”. A partir de aquí todo se acaba ,y en ese final, lo único que va a suceder será una guerra cruenta y de destrucción. El resto de la película se encarga de contarnos todo ello. Sin duda es un comienzo magnífico, grandioso, por todo lo alto. El infierno se acerca y tú vas a ser testigo de él y lo serás desde el principio. Todo final da lugar a un nuevo comienzo. Durante las próximas dos horas y media no vas a estar a gusto.

Observar el comienzo de esta película da la impresión de que en Coppola reside más un lado emocional que racional; lo que supone querer dar rienda suelta desde el principio a una necesidad por sacar aquello que tiene dentro. Empezar fuerte y poner encima de la mesa todo lo que lleva en su interior. Y las señales en cuanto al rodaje y su desarrollo, invitan a pensar en caos donde las expresiones se muestran muy radicales.

Si nos centramos ahora en Salvar al soldado Ryan, en esta ocasión Spielberg nos hace una breve presentación (la del cementerio de Normandía) con una eficaz fórmula, muy usada en el cine americano, para después comenzar la historia. Lo siguiente es el preludio a uno de los hechos históricos más conocidos por todo el mundo y en especial por los europeos y las tropas americanas: El desembarco de Normandía.

Centrándonos ya en ese plano que sitúa la fecha del desembarco como punto de partida de la película, el comienzo por el que ha optado Spielberg nos recuerda a esas grandes obras literarias de género histórico para en seguida pasar a una acción violenta, realista (realista si nos situamos en un campo de batalla) con todo un grupo de soldados con más voluntad de salir con vida de esa masacre que de liberar a la Francia ocupada. El primer minuto y medio de Salvar al soldado Ryan no deja de ser toda una gran función de teatro de tropas para impactar a un espectador y hacerle creer que él también es un soldado más y que ha de cubrir bien sus espaldas mientras oye el silbido de las primeras balas y camina como un recién nacido para no tropezar con alguna mina. Básicamente, la primera media hora es una puesta en escena de todos los muertos posibles y del terror que asomaba a aquellos que sobrevivieron a tal tremenda hazaña. La toma de una playa nunca fue tan dura como aquél día. Aquellos que lo vivieron en persona lo saben. Los que lo vimos a través de la pantalla lo imaginamos. Si regresamos a ese primer minuto y medio, vemos a varias lanchas anfibias aproximándose sin hacer demasiado ruido entre escalofríos y vómitos de unos soldados con un pulso traicionero que les impide ajustarse el casco, o apretarlo demasiado. La inmensa orilla con las tropas de uno y otro bando es como un gran tablero de ajedrez que espera al comienzo de la batalla.

Este inicio propuesto por Spielberg es el ejemplo perfecto de todos los medios que una gran súper producción es capaz de reunir. Toda una playa al servicio de un gran estudio para recrear desde todos los puntos de vista posible el cuadro de batalla más fiel como si su director fuera, a través del cine, el mejor pintor de batallas. Todo ello unido a esos efectos que acompañan el desembarco. Un claro ejemplo de toda la tecnología al servicio del cine.

Al igual que en Apocalypse Now el comienzo es aterrador y el valor que supone recrear uno de los hechos más recordados de la historia militar, ya que el conglomerado de tropas aliadas y su correspondiente acción está considerado como la mayor maniobra militar de la historia, le da un mayor atractivo al comienzo de la obra. Sin duda, la producción de Spielberg es de brocha gorda. Más, más y más…

Ahora bien, volviendo a esa idea expresada al comienzo, no es probable contar como ejemplo con estas dos películas. No al menos en lo que al inicio y la puesta en escena se refiere. Porque en el caso de La chaqueta Metálica el comienzo no puede ser menos que llamativo. Lo primero que se percibe es una agradable melodía country, mientras aparecen algunos títulos de crédito, que sirve como elemento introductorio para presentar la obra. Una canción que se nos presenta diciéndonos “Dame un beso de despedida y escríbeme mientras yo me he ido. Adiós mi amor, Hola Vietnam. América ha escuchado el toque de corneta y tú sabes que nos involucra a todos y cada uno…”mientras vemos a los primeros protagonistas. Una canción que dista mucho de decirnos aquello de “esto es el final”que nos propuso Coppola al comienzo de su película. Quien haya visto toda la filmografía de Kubrick sabe que la música ocupa un lugar predilecto en su obra. De acompañante no está, al igual que el resto de las piezas que conforman cada una de sus películas. Kubrick empieza la película no por el lugar o el frente donde combatirán esos jóvenes, sino que lo hace en un cuarto convertido en una peluquería de barrio (del que apenas se ve nada) y todo un elenco de jóvenes reclutas para salvar la patria del país mientras los peluqueros rapan su identidad al cero para formar parte de un grupo destinado a convertirse en máquinas de matar. Cuando ves que esos jóvenes protegidos por una capa azulada van a sufrir semejante operación, puedes recodar otras imágenes del colectivo humano guardadas en la memoria, como la de los campos de concentración, donde cortar el pelo era el principio de una nueva no identidad. Te estoy transformando.

No hay mucha diferencia entre un prisionero con un número y una ropa a rayas y el pelo recién rapado con el joven de uniforme verde y las botas limpias al que también le han dejado la cabeza vacía de toda identidad. Los primeros morirán por sus ideas siendo esclavos y sin defensa alguna. Los segundos morirán (y matarán en ocasiones) por imponer las suyas.

Por lo que a Kubrick no le hace falta ocupar una playa o un bonito paisaje. No le hace falta hacer uso de un helicóptero y de lanchas repletas de extras para coordinar semejante despliegue humano. No le hace falta volar por los aires nada ni tampoco empezar a ametrallar para atrapar al espectador y obligarle a ver cuanta más sangre mejor. La mayor arma que nos presenta es el rostro desencajado de varios jóvenes que están a un paso de ser carne de cañón mientras un peluquero les va minando su personalidad con una simple maquinilla. La mayor perversión, y el mejor retrato del horror, nos lo presenta en ese plano final de un suelo lleno de cabellos recién arrancados reflejando las primeras víctimas de una guerra en la que aún no se ha luchado pero que ya se ha cobrado sus primeras muertes. Aquellas ideas arrancadas, y tiradas al suelo, para luego ser recogidas y tiradas de nuevo al cubo de la basura. Víctimas que lo son no porque vayan a morir sino porque ya lo son desde el comienzo del proceso de su transformación. La mejor arma es aquella que va directamente a la moral del individuo y el mayor horror es aquél que respira normalidad. Aquél acompañado de una música de taberna para realizar de la operación de identidad.

Aquellos jóvenes deseaban la paz pero serán máquinas de matar. Después del duro entrenamiento, su fusil será el único defensor y fiel amigo. Cuando lleguen a su destino dirán Hola Vietnam y esperarán las cartas de su amor.

www.marcosisabel.com

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