“The Deuce”: El preocupante debilitamiento de la fórmula David Simon

Si el marco de referencia es la esfera mayor del audiovisual en su conjunto, descubrir el estreno de una nueva serie de David Simon puede no constituir suficiente noticia para impactar a la audiencia; pero si el marco de referencia es el universo seriéfilo, la cosa cambia. Y es que David Simon firmaba en 2002, con apenas 42 años, la primera temporada de la que estaba llamada a convertirse para muchos en “la mejor serie de la historia de la TV”, que no es otra que The Wire. Puede que lo inaccesible de la serie haya restado enteros al sostenimiento de semejante apelativo, pero también es verdad que no existe ninguna otra serie que haya sido tan frecuentemente etiquetada de semejante forma y durante tantos años. Ahora sí, nótese la amplitud del evento: “The Deuce” es la nueva serie de tv de David Simon, y con eso, nos hacemos a la idea de todo lo que resuena en la noticia.

De hecho, no solo es la nueva serie de Simon, sino que es la nueva serie que Simon firma con el que fuera uno de los principales guionistas de “The Wire”, George Pelecanos, algo que, sin duda, buscaremos a lo largo del metraje de “The Deuce” como tratando de aislar ese ingrediente mágico que muchas veces se ha propuesto como parte del secreto de “The Wire”.

 

Menos realidad, más producción

The Deuce” nos sitúa en uno de los barrios más sórdidos de Nueva York a comienzos de los años 70, un ecosistema en donde los sujetos protagonistas son las prostitutas, los chulos, los policías de barrio y sus costumbres nocturnas que, como adivinará todo fan de David Simon, se convierten en la materia fundamental de este tejido narrativo tan particular que “The Deuce” va a desplegar delante de nuestros ojos. El abordaje de semejante escena histórica tendrá, sin duda, muchos puntos en común con la lógica de “The Wire”, pudiendo concebir al fenómeno de la prostitución como la materia narrativa que sirve de centro alrededor del cual desarrollar la narración, y que en el imaginario David Simon diríase que es el sustituto de la distribución de droga que estructuró y motivó el relato de “The Wire”. Por tanto, nos adentramos, de nuevo, en un fenómeno radicalmente marginal de la topología urbana convencional, pero que Simon convierte en absolutamente central para el relato.

No han sido pocos, incluidos nosotros en Código Cine, los que han advertido ya en numerosas ocasiones de la intensidad con la que David Simon acostumbra a reproducir en la pantalla las lógicas y texturas de los fenómenos sociales marginales, como si su muy particular fórmula de reproducción audiovisual fuera capaz de arañar y alcanzar funciones, detalles, estructuras, dinámicas y lógicas de la realidad que, a través de los ojos de otros cineastas, simplemente se filtran y desaparecen en el proceso de producción o en el de escritura. Sin duda, se trata de uno de los efectos más comentados durante años tras el estreno de “The Wire”, y ha sido apuntado como un rasgo identificativo de su creador y de su forma de contar historias en la pantalla. Sin embargo, resulta complicado inscribir a “The Deuce” en dicha lógica de “afición por la realidad”, por una “realidad encontrada” en forma de fenómeno social, debido a varias razones que proponemos para consideración.

En primer lugar, debido a la indudable aparición de una estética propia que, si bien comparece en tanto que traza segura de una época, en realidad es el resultado de una construcción artística por entero reeditada a partir de sus imágenes más tópicas y sus estampas más reconocibles. De hecho, lo abigarrado de su iluminación, de su código cromático y hasta de los códigos de vestimenta, apuntan por completo a una miríada de pequeñas decisiones de producción en donde resalta el efecto indudable de un cierto “glamour” que nada tiene que ver, en realidad, con las calles físicas y reales que sirvieron de escena para aquella situación social tan particular.

Nótese el largo y amplio arco cromático que marcan “The Wire” y “The Deuce” y que es metáfora de cuánto se ha perdido, y cuánto se ha ganado en el camino:

"The Wire" vs. "The Deuce"

De hecho, sorprende que semejante dispendio de color y de contraste, algo de lo que la estampa plana de la realidad suele carecer y que tan bien quedó reflejado en la estética de “The Wire”, fuera aceptado por el propio Simon, que no pareció prever que lo llamativo de tales efectos podía socavar la capacidad de su texto audiovisual para representar la realidad con la que se corresponde de forma explícita. Pareciera que esa histórica y autoritaria demanda de Simon por centrar lo importante y dar la espalda a los procesos de producción contemporáneos, esos que pueden reducir la autenticidad de la representación, hubiera quedado temporalmente en suspenso; o como si él mismo se hubiera obnubilado en el brillo nocturno y “toque glossy” de sus propias imágenes hasta hacerlas frisar la galería del tópico nocturno.

El hecho de que la serie permitiera una mayor presencia de los procesos de producción audiovisual parece traducirse en un nuevo fenómeno poco habitual en los relatos de David Simon: La estética. Y es que, aunque sus series anteriores también gozaban de una, siempre se podían percibir como la cristalización natural de un conjunto de decisiones de producción encaminadas a colocar el fenómeno social y su verdadera escena en el centro del plano, confiando en que algo del auténtico contenedor del fenómeno deslizara una propuesta estética aparentemente distraída, en la que se captara esa sensación de verdad, de no-reconstrucción, de no-producción, que tanto éxito tuvo en series como “The Wire” o “Show me a hero” (2015). Una estética, por tanto, que era la construcción de una no-estética, una decisión de producción en donde ella misma se rinde deliberadamente, pero sin ingenuidad ninguna, apostando por una forma de representación que terminaría siendo enormemente seductora. En “The Deuce”, la fórmula estética no es un efecto de cristalización encrucijada, sino una forma de delineación productiva de lo más presente, hasta el punto de que toda la estética comparece en tanto que “artefacto audiovisual”, un objeto que nos acompaña en el visionado desde el comienzo hasta el final de la temporada. De hecho, sabemos de la potencia de dicho artefacto porque pareciera que fue desde su más intenso delirio desde donde se produjeron sus llamativos, abigarrados e incontenibles títulos de crédito, auténtica orgía estética en donde, gracias a la voluntad delineada de sus planos y músicas, aparece hasta el efecto de la “intertextualidad” en forma de homenaje a las series de tv de los 70 y las películas policiacas de la época. La intertextualidad centrífuga que pone a “The Deuce” en relación con los textos audiovisuales de los que es su honesta heredera, demuestra que su propio estilo es el resultado de una intervención activa en materia de producción, que es, precisamente, la novedad visual de “The Deuce como producto David Simon:

"The Deuce" de David Simon

Cabe preguntarse, entonces, si aquello que otrora consideramos una forma de producción propia no estaba, en realidad, facilitada por el hecho de que Baltimore era la ciudad de David Simon, y aquellas esquinas y calles no debieron quedar lejos de su propio barrio. Consideremos también que Simon trabajó durante muchos años para un periódico local, el The Baltimore Sun, lo que le llevaría a conocer cada palmo de la ciudad y querer llevarla después a la pantalla. Si aquel era el barrio de Simon, se entiende la lógica de “objetos encontrados” que venimos apuntando como “afición a la realidad”, como fidelidad de representación con el verdadero Baltimore y, en definitiva, se entiende que la dinámica de representación renunciara por completo a la re-construcción estética.

Sin embargo, el Nueva York de 1971 y más concretamente su más intensa faceta “Deuce” parece no haberse podido abordar desde la lógica de las “naturalezas audiovisuales muertas”, de “objetos encontrados”, quedando su plasmación en la pantalla por entero encomendada a la labor de construcción artificial, cosa que, lamentablemente, se convierte en algo muy presente para el espectador.

 

Un poco menos David Simon

Es posible que, en el caso de “The Deuce”, lo interesante no sea localizar la traza propia de David Simon, sino sus “rebajes”, es decir, aquellas facetas en las que si bien se reconoce aún su más auténtico sabor de producción, se aprecia que este no es tan intenso, o mejor, tan expeditivo ni vehemente, como lo fuera en otro tiempo. Pareciera que “The Deuce” se ha construido desde el cruce entre lo que Simon fue y lo que la narración contemporánea exige ser. O, intentando retomar elementos del que fue su imaginario verbal más célebre, resulta dudoso que hoy, presentando “The Deuce”, Simon pudiera afirmar con convencimiento aquello de que “al espectador medio, que le jodan”.

Empecemos, precisamente, por esa frase. ¿A qué se refería Simon? Lo desarrollamos ya al comentar sobre “The Wire, pero resumámoslo diciendo que Simon no se preocupaba por que su relato fuera fácilmente accesible para el espectador. Sus series no tenían comienzos inquietantes e irresistibles al estilo Aaron Sorkin y puede que “The Wire” sea el anti-paradigma de las series que enganchan en el primer minuto del capítulo piloto. Los espectadores de “The Wire” necesitaron muchos capítulos, por cierto a menudo con una cierta dosis de aridez, para hacerse una composición de lugar, un mapa de los personajes principales, e incluso localizar cuál era la historia principal, si es que había una. En “The Deuce”, la empresa resulta notablemente más sencilla y aunque su comienzo no competirá con “Lost” o con “The Newsroom”, bastan apenas unos minutos para componernos un primer manual de espectador con el que se puede leer la temporada en su conjunto. Si “The Wire” funcionaba a menudo como una pared audiovisual a la que costaba asirse, por la que costaba penetrar, “The Deuce” está llena de irregularidades a las que agarrarse para sujetarnos desde muy pronto. Si “The Wire” articulaba un sobrio ritmo de pequeñas notas en donde la melodía no terminaba de adivinarse, “The Deuce” nos introduce en el estribillo con urgencia y nos subraya y localiza las notas principales. ¡Todo un cambio de facto que parece no estar sucediendo!, pero sí.

Otra forma de detectar ese cierto “rebaje” de la fórmula Simon sería la de medir la centralidad de los personajes principales. Es cierto que todas las series de Simon suelen construirse desde una cierta coralidad, coordenadas en las que también podría situarse a “The Deuce”, aunque con más esfuerzo del habitual. La serie despliega una constelación mucho más discreta de personajes que reciben cada uno mucha más atención, mucho más desarrollo diegético, menos elipsis, más “compañía” de cámara, lo que permite mostrar en mucho menos tiempo sus vías psicológicas de acceso. Los espectadores encuentran rápidamente las costuras de cada uno, las grietas por las que se cuela la empatía y con las que se construye ese mapa de personajes, esa “composición de lugar” con la que la serie se hace más fácilmente legible. Quizás sea con motivo de la relevancia de actores como James Franco o como Maggie Gyllenhaal (Secretary“, 2002), pero lo cierto es que el espectador detecta fácilmente cuáles son los personajes principales y estos pasan a situarse en el “centro” de la historia. De hecho, ya solo mencionar un cierto “centro” en este imaginario es toda una novedad, por más que este pueda ser socavado en comparación con la vocación que la mayoría de las series contemporáneas tienen por las historias centrales y sus centros de gravedad, en donde suelen colocar a sus mayores estrellas. Ese desarrollo diegético de los personajes, que ya habíamos empezado a ver en “Show me a hero” (2015) o mucho antes, en “Generation Kill” (2008), acerca a “The Deuce” a la lógica posmoderna, lo aproxima a las fórmulas más contemporáneas, homogeneizándola inesperadamente con el resto de oferta seriéfila del momento, o al menos reduciendo el gap identificativo que siempre había comparecido como la peculiaridad de David Simon. Vistos sus últimos trabajos, la novedad se ha consolidado como tendencia y la singularidad de “The Wire” va quedando, cada vez más, enterrada en el olvido.

Los personajes también han sufrido ese cierto “rebaje Simon”. Construidos otrora desde la lógica de los “objetos encontrados”, es decir, como representantes de sujetos reales o pseudo-reales, los nuevos personajes de “The Deuce” han ganado en simplicidad. Si a este respecto, la fórmula Simon era la inversa de la fórmula Sorkin (quien defiende que los espectadores son herramientas del guionista para articular y poner en juego las distintas posiciones posibles respecto de los objetos propuestos y en las situaciones desplegadas), podría decirse que “The Deuce” ha sorkinizado a sus personajes, poniendo de nuevo de relieve ese efecto de producción que ha reducido la “sensación de barrio”, la afinidad con esa realidad encontrada. En materia moral, la simplicidad también es perceptible. Los “objetos encontrados” de “The Wire” trasladaban al espectador la competencia ética y la ocasión de formular su posición moral, pero en “The Deuce” se nos proponen como “miradores terminados”, posiciones fijas, manufacturadas de antemano, por cierto con arreglo a toda clase de tópicos, desde las que asistir a la descomposición social del barrio de “The Deuce”. Frente a una moral difícil, móvil, escurridiza y desacomplejada, la nueva moral de los personajes de “The Deuce” se nos propone como un relato único y unívoco. De hecho, en “The Deuce”, la identidad de cada personaje parece emerger de un relato moral desde el que fueron construidos, en lugar de ser una construcción del espectador posterior a su aparición en la pantalla. Se trata de una forma cómoda de construir personajes que aumenta la legibilidad y accesibilidad del relato, pero limita su potencial diegético y espanta toda posibilidad de polisemia ética, de lectura múltiple.

Por tanto, y aunque en ocasiones parezca que “The Deuce” se empeña en hacerse sentir al contrario, su propuesta ya no está lejos de la media y del estilo convencional de las series de actuales: Más potencia y diseño de producción, construcción estética, centralidad diegética, intertextualidad, … etc. Es cierto que aún está lejos de su media aritmética, pero se advierte que su vector de dirección apunta a ese vórtice al que, si nada lo remedia, promete acercarse cada vez más.

 

The Deuce”, Simon y la sordidez

Por último, queríamos plantear la cuestión por la sordidez de la historia de “The Deuce”, pero no por su trascendencia en sí misma, sino en relación con el resto de relatos de este creador tan particular. Lo cierto es que, dado el tema principal de la serie, lo sórdido no aparece tanto como una forma de tratamiento visual, como un contenido en sí mismo. Dicho de otra manera, si el escenario es la prostitución, lo sórdido es su materia, o al menos es uno de los contenidos más inmediatos que a este tema se le pueden proponer para su propio desarrollo. ¿Lo recoge Simon en “The Deuce”? Absolutamente, pero quizás no lo haga como “material mismo de la prostitución”, ni tampoco como una “decisión estética”, sino como el efecto de una forma de narrar que hace suya la materia de la realidad y la “formatea” conforme a su propia lógica, lo cual es como decir que existe una “fábrica Simon”, con sus propias directrices, cálculos, categorías y procesos de producción que toma objetos y los devuelve tejidos en forma de textos, aliñados con sus propios elementos estéticos. Y, por supuesto, en ellos se encuentra lo sórdido que, recordará el espectador, ya encontramos en “Generation Kill” o, por supuesto, en “The Wire”.

No obstante, dicho esto, también es posible afirmar que el espectador de “The Deuce” debe ser adulto, y no tanto por la exigencia emocional de su relato, que por cierto es de lo más limitado en comparación con trabajos anteriores, sino por lo sórdido de sus imágenes, lo cual supone una escandalosa forma de rebaje narrativo para un creador del que esperamos mucho más.

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