“The Leftovers” o la persistencia de los fantasmas

Los espectros siempre están ahí, aunque no existan, aunque ya no estén, aunque todavía no estén.
(Jacques Derrida)

[Atención a los spoilers]

«Comprendí que allí, en ese lugar, estaban los afortunados. En un mundo lleno de huérfanos aún se tenían los unos a los otros», dice Nora Durst al final de “The Leftovers” (2014-2017), en aquella casa-granja en algún lugar de Australia, tantos años después, con el pelo largo, trenzado y medio encanecido, frente a un Kevin Garvey al que también le pesan los años y la constatación, por medio de un mundanal infarto, de su propia mortalidad, «yo era un fantasma. Yo era un fantasma que no pertenecía a allí».

Decir que “The Leftovers” trata sobre la ausencia (en tanto que fenomenología de la pérdida) resulta una verdad de Perogrullo. En efecto, basta con dirigirnos a las líneas generales de su argumento para extraer de ella su tema principal: un buen día, un 14 de octubre (fecha constante, fecha insistente, arquimédica de la construcción narrativa de las tres temporadas de las que se compone la serie), acontece la Marcha Repentina: se produce la desaparición de un 2% de la población mundial. En términos numéricos, dicho porcentaje se traduce en 140 millones de desaparecidos. Su desaparición es fulminante, literal. Ellos des-aparecen, dejan de venir a la presencia. En términos kantianos: ya no devienen fenómeno (como vamos a ver, phainómenon toma su origen de phainesthai, aparición en todos sus significados connotativos: a la vez venir a la presencia, al mismo tiempo aparición espectral). Su dejar de ser se produce en el lapso de un parpadeo. ¿No-ser? ¿Son aquellos desaparecidos muertos?

Nora

Como en toda obra con visos de perdurar en los años, la riqueza narrativa de “The Leftovers”, la presencia constante de sub-textos, de referencias veladas, de discursos latentes de trascendencia, provoca que quepan, a la vez, múltiples lecturas. Cabe, sin lugar a dudas, una hermeneusis de “The Leftovers” de carácter escatológico, bíblico e incluso crístico. Resultan indudables las referencias de carácter bíblico, encarnadas de forma paradigmática en el propio personaje central de la trama, Kevin Garvey, que bajo una reminiscencia crística es interpelado como el nuevo Mesías, el nuevo profeta: aquél que debe ser contado, del que es necesario establecer un relato: testimonio de lo indecidible, de lo inexplicable y a la vez inexpugnable. Por otro lado, la proliferación de falsos discursos proféticos -en consonancia con una cierta experiencia del fin, sobre la que volveremos más adelante, y la sensación de habitar un tiempo después del fin, de habitar apocalípticamente el fin de la historia- nos sitúa en una cita constante al Apocalipsis de San Juan y, sobre todo, la proliferación de discursos teológicos dentro de la propia trama (intentos de explicar lo inexplicable, iconoclastia, transformaciones del culto a consecuencia), que se traduce en el asentamiento de nuevos ritos y sectas en torno a la Ascensión o Marcha Repentina (incidiremos, más adelante, en la importancia del Remanente Culpable para nuestra exégesis), no supone sino un gran comentario a la célebre sentencia: «cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos feroces» (Mateo 7:15), conjugada como anuncio premonitorio de la llegada del Juicio Final poco después: «porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y prodigios, para así engañar, de ser posible, aún a los escogidos» (Mateo 24:24).

Pretendemos, empero, en nuestra lectura de la obra, alejarnos de la referencia bíblica, alejarnos de un discurso escatológico que, sin embargo, la obra de Tom Perotta y Damon Lindelof (nombre casi premonitorio: daimon, ente de carácter intermedio entre la vida y la muerte, naturaleza espectral, vía de transmisión entre la mortalidad y lo perenne) establece de forma explícita. No obstante, decir que “The Leftovers” es una obra eminentemente teológica quiere decir, en última instancia, que no es sino una obra sobre lo ininteligible y el duelo como exorcismo de una experiencia de la muerte. Aunque, en el caso de la serie que nos ocupa, debiéramos decir: el fracaso de ese mismo duelo ante la ausencia de experiencia de la muerte. Así pues, proponemos a partir de, a través de, “The Leftovers”, una suerte de ontología de lo fantasmático. “The Leftovers” supondría, entonces,  el escenario de una determinada configuración de lo real, la propuesta de una ontología de lo ausente presente y de lo presente ausente, una fenomenología del duelo, también, que es atravesada siempre bajo el paradigma del fantasma. Tal propuesta ontológica, que no debe entenderse sino como interpretación, como lectura, exégesis, de una serie pero con la pretensión de trascenderla, se aleja necesariamente de la identificación freudiana del fantasma como fantasía, en cuya obra el fantasma funcionará como fantasía originaria (Urphantasie). Las fantasías originarias, en términos freudianos, deben entenderse como estructuras fantaseadas (fantasmáticas) de naturaleza repetitiva, articuladoras de la imaginación, gestadas en un momento de pre-subjetivización, catalizadoras de los primeros estadios psicosexuales del infante, en las que operan mecanismos defensivos y contribuyen a la formación represiva del inconsciente.

Así pues: fantasma como irrealidad, fantasía fantasmal. Se marca una nítida separación, en términos ontológicos, entre un objeto intelectivo, que se genera mediante síntesis, representación, en definitiva, mediante lo que Freud denominaba guión imaginario, sublimación fantasiosa del deseo no satisfecho, frente a lo existente, objeto del mundo exterior captado por la conciencia. Ante dicha cartografía, de reminiscencia humeano-kantiana, la ontología de los fantasmas que se hace patente, aquella realidad en la que la narrativa de la serie ahonda, se acerca de forma más notable a la noción de fantasma (phantôme) de Lacan, frente al “fantasma” (fantasme) propio de la fantasía freudiana. El fantasma, aquí, no se vincula directamente al espacio de lo imaginario. Por el contrario, el fantasma se identifica precisamente con aquello que no pudo ser dicho, aquello que por tanto no pudo ser pensado, pero que está allí como carga, como peso traumático, aislado, arrinconado, pero que deja una marca: una huella que no es sino un eco de una pérdida. El fantasma es, por tanto, un remanente (un Remanente Culpable).

Remanentes culpables

No obstante, tomando el phantôme como punto de partida, y bajo el pretexto de dicha exégesis de la serie, vamos a acercarnos a una dialéctica entre el fantasma y el espectro –configurando un análisis filosófico que construya a partir de la deconstrucción de la dualidad tradicional de lo que Martin Heidegger denominaría una “metafísica de la presencia”(Vorhandenheit)[1], dualidad entre la existencia del ente como presencia y la no-existencia del ente como ausencia, entre ser-presencia y no-ser– echando mano de los acercamientos siempre laterales, siempre ambiguos, obtusos, a dichos conceptos en la filosofía de Jacques Derrida. Como él (y no a través de él), no podremos apartar la mirada de la importancia fundamental de la muerte para el sujeto existente (Dasein) en la ontología heideggeriana.

La primera pregunta que deberíamos hacernos, a mi entender, es: queda claro que “The Leftovers” gira en torno a la pérdida, la ausencia, pero, ¿hay muerte? ¿Cómo debemos entender una muerte que no deja resto fisiológico, cadáver? Para lograr una respuesta satisfactoria, deberá rondarnos un vivir desde el fin frente a un vivir después del fin. A su vez, segundo, debemos preguntarnos: ¿qué es el resto si entendemos con “The Leftovers” la posibilidad de un ya no ser que, empero, no implica dejar de ser? ¿No surgirá el fantasma sino de esa imposibilidad de despedida, a que da lugar un ente que es presencia ausente y un ente que es ausencia presente?

La Marcha Repentina origina una realidad donde no se producen millones de muertes, sino de vacíos, abandonos, des-apariciones repentinas. La idea de la marcha configura un lugar al que han marchado: de nuevo, escatología teológica. Sin embargo, nunca da lugar dicho lugar, ese reino de los espíritus por el que Kevin Garvey pudiera colarse. Sabemos que lo hace Nora en los últimos segundos de la serie, pero no lo vemos. Nadie es testigo.

Se nos dice, y al decírsenos, al enunciarlo, Nora nos hace partícipes de una especie de conjura, de exorcismo, que acaba haciendo espectro al fantasma, esto es, que hace significante de la ausencia. Derrida nos dice (tal y como se refleja en nuestra cita inicial) que los espectros siempre están ahí. Nora los hace (re)aparecer por ello devienen espectros: «da lugar, privándolos de lugar, a una muchedumbre de espectros»[2]. Pero darles lugar, traerlos al ahí, los constituye como entes presentes a la vista, (Vorhanden en términos heideggerianos); hacerlos aparecer, a su vez, es hacerlos fenómeno: «Como significación de la expresión “fenómeno” debe retenerse, pues, la siguiente: lo-que-se-muestra-en-sí-mismo, lo patente. Los phainómena, “fenómenos”, son entonces la totalidad de lo que yace a la luz del día o que puede ser sacado a la luz, lo que alguna vez los griegos identificaron, pura y simplemente, con tà ónta (los entes)»[3]. En esta caso, empero, se nos hacen aparecer bajo la forma del testimonio, del mensaje, cadena de significantes que define precisamente el aparecer mismo –lo que aparece lo hace siempre significativamente, es un elemento de la significación: toda singularidad es una singladura de un significante a otro significante–. Asimismo, nos dice Derrida que: «el phaínesthai mismo (antes de su determinación como fenómeno o como fantasía, como fantasma, pues) es la posibilidad misma del espectro, lleva la muerte, da muerte, trabaja (en) el duelo»[4].

Sólo la confabulación última de Nora se asemeja a un duelo que les ha sido arrebatado, que ha sido imposibilitado, en la pérdida dada con la Marcha Repentina. El único duelo plausible que se gesta es la posibilidad imposible del olvido. Al hacerse imposible el olvido, se carece de duelo; al carecer de duelo, se hace imposible el olvido. Bajo esta circularidad, este oxímoron, se juegan los afectos. Al inaugurarse un tiempo donde no hay experiencia del fin, no se produce una experiencia de la muerte, a la manera en que, en la cotidianidad, en términos heideggerianos, se interpreta la muerte como el concluyente haber-llegado-a-fin (Zu-Ende-sein)[5].

The leftovers

Asimismo, si se arrebata ese sentido de acabamiento, de conclusión, lo único que nos da el indicio de la muerte sería, de nuevo en términos heideggerianos, un resto pendiente, la interrupción de un acabamiento en vida que, si bien está siempre presente en la muerte, en la Marcha Repentina se haría casi literal. Ante la marcha que interrumpe la existencia y genera una falta irreconciliable e irreconciliada, se elimina de un golpe la construcción ontológica de un sujeto existente en el que:

Su muerte es la posibilidad del no-poder-existir-más (…). En cuanto poder-ser, el Dasein es incapaz de superar la posibilidad de la muerte. La muerte es la posibilidad de la radical imposibilidad de existir [Daseinsunmöglichkeit]. La muerte se revela así como la posibilidad más propia, irrespectiva e insuperable[6].

En esta realidad que en la serie se nos presenta, en esta configuración ontológica distinta, el sujeto ya no es un estar-vuelto-hacia-el-fin, sino propiamente un estar ya en el fin, un ser desde-el-fin, fin que no es sino una interrupción siempre pospuesta, que implica el final de un tiempo histórico, de un tiempo de los vivos que existen y los muertos que ya no están y se les supera; y, con dicho final, la inauguración de un tiempo de los fantasmas. Ante la no-muerte (esa no-muerte que se refleja bien en ese hotel ultramundano al que acude Kevin Garvey, el único espacio donde puede haber una muerte real y que, sin embargo, se nos muestra como una especie de viaje, otro tipo diferente de marcha), el resto ya no es un cadáver. Ante esta nueva forma de falta, en la que el resto ya no es el cuerpo al que poder dar duelo, ¿dónde encontrar el significante, el significante desde el que poder construir un relato de la ausencia presente? Precisamente, desde lo que siempre, como elemento esencial del significante, ha sido “símbolo de una ausencia”[7]: el resto, esto es, los sobrantes, que no es otro que el significado literal del término inglés the leftovers.

¿Qué es este resto, este significante de la ausencia, esta presencia ausente? Por un lado, para que sea significante de una ausencia, lo debemos considerar una huella (marque en el pensamiento de Lacan y de Derrida)[8]. Tal y como nos dice Lacan, el significante revela al sujeto que empero borra, tacha, su huella. Sin embargo, obtenemos aquí al sujeto como una huella misma, es decir, es el remanente, es la marca que ha dejado lo que ahora está ausente, casi como la impresión que dejaron en las paredes los exterminados de Hiroshima, con la diferencia de que ahora es un otro el que asume el papel de esos remanentes, porque todos los personajes de la serie no son sino ese resto: aquí, imposibilidad de borradura, imposibilidad de olvido, una huella que permanece siempre como el recuerdo de esa ausencia, de lo ausente que deja su marca, su remanente, esto es, el fantasma, que es y no es, que está siempre presente pero lo está bajo la forma de una ausencia.

Por otro lado, podemos decir que Nora, en esta escena cumbre a la que todo nuestro texto se remite, erra al considerarse a sí misma –y, con ella, todos los restos– como un fantasma. Lo que ellos representan, como presencia ausente, como significante de una ausencia, como ente que no es sino un ser que vive en un “tiempo muerto” (en el sentido particular que una idea tan sugerente posee en el deporte, por ejemplo), no es exactamente lo fantasmático, sino lo espectral, si entendemos por tal un simulacro de cuerpo viviente, un cuerpo fantasmal, la (re)encarnación del fantasma, esto es, el estar viviendo por otro que no tiene cuerpo, que no es un ente presente, que sólo deviene fenómeno, aparición (recordémoslo), porque existe ese quién corpóreo en el que fenomenarse. Tal y como lo comenta Derrida: «no hay fantasma, no hay nunca devenir-espectro del espíritu sin, al menos, una apariencia de carne (…). No volviendo al cuerpo vivo del que son arrancados las ideas o los pensamientos, sino encarnados éstos en otro cuerpo artefactual, un cuerpo protético»[9].

A partir de aquí resulta comprensible la actitud general de los personajes de “The Leftovers” a lo largo de la trama, pues no da la sensación sino de que todos ellos viven como prótesis, definición del espectro, del fantasma encarnado. Podemos atrevernos, por tanto, a afirmar que Nora Durst se equivoca: no son fantasmas, sino espectros, esto es, significantes corporeizados de esa ausencia, toda una presencia ausente que no está aquí sino por mor de esa ausencia presente en que consiste el fantasma.

Queda así articulada esta ontología de los fantasmas y los espectros, que hemos permitido pensar gracias al planteamiento, a una sencilla idea, desarrollada durante 3 temporadas donde ese vacío se vuelve palpable. Ese otro lugar del que se nos habla al final de la serie nunca aparece visualmente, no existe de suyo sino como el espacio de esos fantasmas. El fantasma, en todo caso, sólo se nos muestra visualmente a través de otro tipo de significante espectral: el Remanente Culpable. Vestidos y vestidas de blanco, siempre con un cigarro en la boca con el mutismo como modo de resistencia a un mundo al que deben hacer recordar constantemente. Son, de propio, agentes de (re)aparición, casi al modo de representantes en el mundo de los espectros de ese no-ser que siempre es tanto en esa encarnación de la ausencia en que consisten todos los personajes de Mappleton, Miracle o Australia, manifestada de forma explícita, como digo, en la aparición visual de los miembros del Remanente Culpable. Son ellos, a su vez, los responsables de hacer del aniversario de la partida, de la Marcha Repentina -ese 14 de octubre-, una reminiscencia de ese fin en el que ya se encuentra y cuya fecha constituye la databilidad de esa temporalidad propia de este universo de “The Leftovers”, de esta ontología de los fantasmas.

 

[1] «El ente es aprehendido en su ser como “presencia”, es decir, queda comprendido por referencia a un determinado modo del tiempo, el “presente” (…). Recibe [el ente], por consiguiente, su interpretación por referencia al pre-sente, es decir, es concebido como presencia (Ούσία)», HEIDEGGER, M., Ser y tiempo, Madrid, Trotta, 2003, p. 46.
[2] DERRIDA, J., Espectros de Marx: el Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, Madrid, Trotta, 1995, p. 152.
[3] HEIDEGGER, M., op. cit., p. 49.
[4] DERRIDA, J., op. cit., p. 153.
[5] vid. HEIDEGGER, M., op. cit., p. 262.
[6] Idem, p. 267.
[7] vid. LACAN, J., Escritos 1, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013, p. 36.
[8] «El significante, como les dije en cierto momento decisivo, es una huella, pero una huella borrada (…) Dejar huellas falsamente falsas es un comportamiento, no diré esencialmente humano, sino esencialmente significante. Ahí es donde está el límite. Ahí se presentifica un sujeto. Cuando una huella se ha trazado para que se la tome por una falsa huella, entonces sabemos que hay un sujeto hablante, ahí sabemos que hay un sujeto como causa», LACAN, J., El seminario de Jacques Lacan, vol. 10, Buenos Aires, Paidós, 2007, pp. 74-75.
[9] DERRIDA, J., op. cit., p. 144 (cursiva en original).

 

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