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“The Young Pope”: El reverso siniestro del liderazgo ante el déficit de subjetividad

Analizamos “The Young Pope”, el debut del cineasta italiano Sorrentino en el mundo de las series de televisión.

Había expectación por ver qué tal sentaría a la singularísima pluma cinematográfica de Sorrentino, una que había reflejado su carácter con intensidad en películas como “La Gran Belleza” (2013) o “La Juventud” (2015), el paso al medio televisivo, con el rodaje de su primera serie de televisión. Medio televisivo que, sin embargo, como sabemos, cada día es menos televisivo, o al menos conforme al sentido clásico de esta palabra, heredando características puramente cinematográficas, y quizás por eso, cada día, también, un poco más cerca del espacio que Sorrentino necesita para ser… él mismo.

Y puede que no hayan sido pocos los que se sintieron decepcionados al descubrir que, para este primera aventura televisiva, Sorrentino había elegido una temática claramente religiosa. Y es que “The Young Pope” tiene al Papa como protagonista central y absoluto de esta historia que no deja de transitar por lo religioso ni un minuto. No obstante, cabe dar un par de ideas a este respecto. En primer lugar, decir que esta elección, por más que nos resulte llamativa, se venía anticipando a tenor de sus últimas producciones. No en vano, al italiano se le veían las intenciones en ese metraje, más o menos contenido, incluido en “La Gran Belleza” que parecía hacer sentir las ganas de llegar más lejos; y desde luego también en “La Juventud”, donde se albergaban ganas de lanzar apreciaciones sobre lo clerical a una historia que tenía por tema central, nada menos, que el sentido de la existencia. Por otra parte, y considerando el vínculo casi explícito que existe entre Sorrentino y Fellini, bien acreditado sobre todo desde “La Gran Belleza, todo apunta a que la cuestión clerical, tanto más que el “asunto religioso”, estaba llamado a ocupar una posición relevante en la filmografía general de Sorrentino, presente o futura, como lo hizo en la filmografía de Fellini.

"La Gran Belleza" versus "The Young Pope" Sorrentino

No obstante, cabe proponer The Young Pope” como un producto no dirigido solamente a un público receptivo con la cuestión religiosa, sino a un público general al que lo religioso se le propone más bien como contenido “para abordar”, y por tanto ni a modo de arenga, ni de defensa de lo clerical. Es más, a la luz de las interpretaciones psicoanalíticas que contiene, y que desarrollaremos más adelante, podría proponerse The Young Pope” como un punto de reflexión antropológica que, a través de lo psicológico, nos habla de nosotros mismos y de cuanto de nosotros mismos requiere la condición religiosa. “The Young Pope” tiene elementos pensados para los espectadores más puramente anticlericales, quizás situados en la más posicionada de las izquierdas progresistas; pero también contenidos de valor para quienes aún enarbolan un profundo respeto por lo religioso reconociendo en ello su condición de sagrado. Sorrentino contiene la crítica del lado del anticlericalismo con idea de abrir espacios de respeto a lo sagrado, permitiendo así una cierta satisfacción transversal para toda clase de públicos. ¡Cosa nada fácil con un tema que, a priori, promete descontentar en todas direcciones!

 

Un casting de carácter

No revolucionario, ni insólito, y mucho menos incomprensible. No obstante, es innegable que la elección del cuerpo actoral para “The Young Pope” refleja un trabajo “de carácter”. Sorrentino hace un ejercicio de pura creación artística en la elección misma de cada actor para cada personaje, como refleja el hecho de que la mera combinación entre ellos, actor y personaje, hace que éste adquiera intangibles sorprendentes por la simple elección de aquél, es decir, del cuerpo que le servirá de soporte. No son actores anodinos comprometidos en el ejercicio de transparentar su carácter para que se vea el personaje, sino actores con cartel y con estructura propia que calzan en sí mismos buena parte del personaje al que van a dar vida. Puede considerarse esta costumbre como contraria a la ortodoxia dramática, pero convendría echar primero un ojo al resultado antes de condenarla inmediatamente, pues quizás algunas de las mejores elecciones de “The Young Pope” tengan que ver con alguno de sus grandes nombres. Valga, por ejemplo, el gran nombre de Diane Keaton que configura aquí un muy querido personaje hasta el último momento.

Jude Law - "The Young Pope"

Es verdad que la “Hermana María” nunca deja de ser un poco Diane Keaton, como lo es que el Papa no deja nunca de ser Jude Law, pero, ¿por qué será que esto no chirría en el metraje de Sorrentino? ¿Por qué será que este reconocimiento de la pre-estructura del actor en todo lo producido en materia narrativa no socava su capacidad como personaje, que se mantiene en todo momento perfectamente legible y digno de emoción? Es posible que estos excesos que la creación de los personajes se permiten tenga que ver con la propia lógica excesiva de Sorrentino, una que trasciende lo actoral y que se focaliza muy especialmente sobre todos y cada uno de los detalles estilísticos de la imagen. Y es que Sorrentino abre permanentemente espacios de cierto histrionismo estético que ensanchan la franja de lo admisible en aras de un formalismo muy particular. Quizás estos espacios adquiridos por su personalísima manera de deformar la escena para reformularla en la clave más estética de las posibles, procuren a sus personajes una permisividad para lo subjetivo, para lo que resulta muy personal y fijo de Jude Law o de Diane Keaton, sin que estas características queden, en el conjunto, desubicadas o injustificadas. Si fuera así, podríamos afirmar sin duda que Sorrentino habría sabido encontrar un (des)equilibrio estable donde los excesos armonizan y hasta lo inconveniente encuentra su lugar estético. Se nos ocurren escasos creadores donde estos elementos, normalmente identificativos de narraciones desaforadas y de mala calidad, consigan crear buenas historias. En los primeros momentos de “The Young Pope”, el desajuste entre lo que (pre)conocemos de Jude Law y su personaje, nos genera una cierta fricción, pero al final de la temporada no hay más “The Young Pope” que el que Sorrentino ha creado eligiendo a Jude Law, y por tanto algo de este nombre debe ser reivindicado y localizado en su personaje sobre la pantalla.

No obstante, no se puede decir que esta sea ni una novedad en el cine de Sorrentino, ni tampoco, precisamente, una costumbre perniciosa. Es indudable que buena parte de los personajes más importantes de sus películas se han construido integrando en ellos mucho de cuanto se consideraría infraestructura del actor que le ha dado vida. Así, es imposible “leer” el personaje de Cheyenne en “Un lugar donde quedarse” (2011) sin localizar las aportaciones personalísimas de Sean Penn, que pesa como gran estrella sobre la pantalla, sin que por eso deje de emocionarnos. Por no hablar de la excelsa manera cómo Servillo da forma a los personajes de Sorrentino que éste le encarga, hasta el punto de que ya no es posible imaginar sin él algunas de sus películas, como sucede con “Las consecuencias del amor” (2004), con el biopic sobre Giulio Andreotti titulado “Il Divo”(2008) o, por supuesto, con “La Gran Belleza”. De hecho, dónde termina Sorrentino y empieza Servillo puede ser una cuestión imposible de esclarecer más que en una lógica de duelo creador entre dos enormes talentos artísticos. El propio Sorrentino confesaba en el estreno de “La Gran Belleza” que durante el proceso de concepción de la película, todo parecía de alguna forma deslavazado, enmarañado, hasta que apareció el personaje central, Jep Gambardella, que dio estructura y reunión a todas las escenas y sentidos que habían sido diseñados por separado, y que fue encargado a Servillo para que representara con mucho trazo a este personaje tan crucial sin el que toda la película se desmoronaría irremisiblemente. Sello propio de Sorrentino que busca a otros con sello propio para ponerlo también en juego.

 

Cambio de medio para el formalismo sorrentiniano

A juzgar por la impresionante naturalidad con la que la traducción se ha realizado, pareciera que el cambio de medio narrativo no se hubiera producido, pero lo cierto es que “The Young Pope” representa la primera experiencia de Sorrentino al frente de una serie de tv, con todo lo que en términos de “adaptación” ha supuesto. Lógicamente, cabía el interrogante sobre el modo cómo el creador obraría esa necesaria traslación narrativa desde los usos y costumbres de su cine, y del cine en general, a SU serie de televisión. Por un parte, el reto tenía que ver con el cambio de medio que afronta todo cineasta cuando crea una serie de tv y que ya habíamos visto suceder con las series de otros grandes directores, como Soderbergh, responsable de la serie de tv “The Knick”, o como Scorsese con “Boardwalk Empire”. Por otra, el específico reto al que se enfrentaba Sorrentino como alma máter de una estética absolutamente singular que había encontrado en el cine un medio perfecto para desplegar su estilo. Sin embargo, cabe decir poco sobre este punto: La traducción ha sido perfecta; “The Young Pope” es un producto formalmente sorrentiano sin ninguna clase de dudas hasta el punto de que sirve para consolidar esta estética como su más característica forma de “ilustración” de sus historias. De hecho, y aunque en sus dos últimas producciones, “La Gran Belleza” y “La Juventud”, la invasión estética de su imagen era ya apabullante, “The Young Pope” intensifica otro tanto la presencia de su firme trazo fílmico haciendo de él algo aún más reconocible. ¿Quizás es que ya había en la estética de Sorrentino elementos específicamente televisivos?

 

Un producto formal 100% Sorrentino

Considerando la estética de “The Young Pope” como algo de facto, y ya no como el resultado de un cambio de medio, la conclusión es exactamente la misma. Los gestos formales de “The Young Pope” delatan a su creador visual con una fidelidad extrema, sobre todo a través de:

1. Una iluminación artificiosa: Luces saturadas, colores intensos, grandes superficies de color, puntos de realce lumínico insoslayables, toques cálidos que se reparten en los planos y mil maneras más de hacer de la luz no solo una legítima protagonista del relato sino también convertirla en el dedo que señala los lugares donde Sorrentino HA DECIDIDO algo que tiene que ver con la imagen, como el puntero que guiaría nuestra mirada dirigiéndola hacia los cálidos rincones de unos planos de los que, a menudo, no querríamos irnos. En Sorrentino, la imagen NO se esconde, no se disimula, sino que se coloca en el centro mismo del narrar, como una palabra más de cuantas se ponen en juego, organizando el sentido emocional de todo lo que vemos. No existe la más mínima intención de disfrazar el sentido semiótico de la luz, ni de transparentar la mano creadora del iluminador, sino de emplear la luz para DECIR y para dibujar, en cada plano, una imagen enormemente atractiva y seductora. Eso sí, no es un efecto para todo el mundo; y es que tanta deliberación lumínica tiene, por contra, el efecto de generar rechazo por parte de aquellos a los que no les gusta sentir este tratamiento tan artificioso.

"The young Pope"

2. Deliberación absoluta y constante de la composición: En realidad, nada que no estuviera puesto en juego en sus películas anteriores, especialmente en las dos últimas, pero “The Young Pope” lleva esta minuciosidad compositiva a un extremo que, sumado a la longitud de un metraje más largo por su naturaleza de serie de tv, alcanza un nivel de compromiso sorprendente. No es extraño que los primeros minutos, o los primeros capítulos de una serie con vocación estética, se articulen casi a modo de exhibición formal; pero “The Young Pope” mantiene su compromiso compositivo capítulo tras capítulo, con un nivel de estabilidad verdaderamente sorprendente. Pocos son los planos en los que se advierte el toque anodino de una dirección transparente. Por el contrario, Sorrentino hace sentir la dirección cinematográfica desde el primer instante de cada plano, con una elección compositiva enormemente consciente, deseando a cada oportunidad hacer sentir su voluntad creativa.

"The Young Pope"

Se puede argüir que el efecto es artificioso, apelativo del que, con toda seguridad, Sorrentino no huiría, pero también puede resultar muy atractivo para ojos aficionados a sentir el cuidadísimo cincelado de cada plano. Y es que Sorrentino coloca los objetos, las superficies, los rostros, el primer y el segundo plano, etc., en busca de combinaciones visuales elocuentes y llamativas que llamen constantemente la atención sobre el modo cómo el relato se está articulando. Un plano, una creación.

Bueno, una forma verdaderamente activista de relacionarse con lo que podríamos llamar el “lenguaje cinematográfico”, reivindicando cada pliegue posible de su estética para ensayar significados en el continuum de unas imágenes reflexionadas y construidas hasta el paroxismo compositivo. Siempre hubo Sorrentinos que con martillo y cincel, es decir, con grúas y focos, hicieron surgir relatos llenos de imágenes de artificio, a veces con intenciones oníricas o de otras clases, pero pocos consiguen mantener el nivel durante horas de metraje sin ceder ni a la relajación ni a la pérdida de los sentidos.

"The young pope"

3. La música: Quizás el más posmoderno de los rasgos fílmicos de la estética sorrentiniana debido a esa lógica de mezcla pastiche o collage estético en donde la música comparece como un elemento absolutamente inesperado. Por supuesto, se trata de un recurso estético que también había sido intensamente utilizado por Sorrentino en sus películas anteriores. Al italiano no le tiembla el pulso para conseguir estratificaciones estéticas insólitas por la mezcla de sus reflexionadísimas imágenes con músicas protagonistas que atrapan la atención del espectador. Si, decíamos, Sorrentino decide activamente cada elemento compositivo de todos los planos, elige con voluntad y carácter cada una de las músicas que los acompañan. El efecto, sin duda, es absolutamente reconocible, una distinguida firma que apunta a Sorrentino allí donde aparece y que le une a un reducido grupo de cineastas con capacidad para crear escenas verdaderamente hipnóticas con elementos musicales antagónicos con la imagen, violentamente contrastados entre sí, como algunas escenas de los films de Tarantino (inolvidable esta contradicción musical tan productiva), o, y piensen despacio en la comparación, algunas escenas históricas de la filmografía de Stanley Kubrick (con algunas elecciones armónicas pero inesperadas). Si la altura del trazo sorrentiniano está a la altura de estos nombres o no, ya es una oportunidad subjetiva para la valoración de cada uno, aunque hay que reconocer que la mezcla de músicas de Sorrentino alcanza momentos de lo más emocionantes que, gracias a la música, hace falta volver a ver. O escuchar.

 

Consideraciones psicoanalíticas

La elección de la temática religiosa puede hacernos creer que el foco central del asunto de “The Young Pope” terminará apuntando hacia lo trascendente en uno u otro momento, como el sino íntimo de un relato que comienza con el Papa y termina con él, suscitando en el relato todo el imaginario de un Papado (viajes, discursos, nombramiento de cardenales, etc.). Sin embargo, muy al contrario, los puntos cruciales que el relato de “The Young Pope” va transparentando a lo largo de la narración irán mostrando una faceta mucho más psicoanalítica que religiosa. De hecho, el nudo gordiano del planteamiento de “The Young Pope”, es decir, la etiología del futurible de la serie, no solo prescinde de toda posible trascendencia sino que además se plantea de tal forma que la excluye de forma casi definitiva. ¿De qué hablamos aquí? Bueno, de las razones por las que el personaje principal de “The Young Pope” actúa como actúa. Pero, antes de nada, estudiemos primero el futurible que nos plantea Sorrentino.

"The young pope"  "The young pope"

La pregunta sería; ¿qué sucedería si, por circunstancias, el próximo Papa fuera un hombre joven? Digamos, de mediana edad, joven en comparación con la media de los Papas habituales. ¿Por fin se produciría la apertura vaticana que muchos llevan siglos esperando? ¿Jugaría su juventud a favor de una cierta empatía con los fieles más jóvenes? ¿Por fin se produciría esa conexión religiosa con una juventud que por naturaleza reivindica una mayor contestación frente a las autoridades y el poder? Las preguntas tienen un marcado carácter positivo para la Iglesia pues pareciera que, en el imaginario colectivo, se situara la ilusión de que, si el próximo Papa fuera más joven, la Iglesia interiorizaría algunos valores de apertura religiosa, ¿no es cierto? ¿Podría, en efecto, esperarse algo semejante? Bueno, la tesis de “The Young Pope” se aleja profundamente de esta hipótesis explorando precisamente la contraria. ¿Y si como resultado de un extraño cónclave resultara elegido Papa un hombre que pusiera en marcha un Papado profundamente reaccionario con un discurso medieval que configurara un dios alejado de los valores más accesibles del Nuevo Testamento? ¿Y si el nuevo (y joven) Papa reivindicara una visión arcaica de Dios basada en el temor y la oscuridad? Esta es la tesis sorrentiniana desde la que parte “The Young Pope”, totalmente inesperada por la audiencia, y que capta inmediatamente toda nuestra atención.

Sorrentino pone en marcha un tramposo futurible… que termina encontrando un sentido, en forma de mensaje final, válido casi en términos de recomendación. A medida que la serie avanza (y por supuesto a partir de aquí presentamos muchos espoilers), el espectador va descubriendo que el nuevo Papa no es una elucubración hacia atrás del que podría haber sido cualquier otro Papa. Es decir, no es un tipo de personalidad anodina y distante pasado, sino, por el contrario, un tipo con su propia y muy complicada subjetividad interior, en constante actividad. Dicho de otra manera, se trata de un hombre con un pasado muy particular que a pesar de su “corta” edad sigue lidiando en su interior con su condición de huérfano. Emerge, así, el camino de vida de un hombre particular que aún trata de encontrar un sentido para un fragmento de su vida con el que lucha desde que todo sucedió. Sus padres, una pareja de hippies, le abandonaron, y él se interrogaría por ello durante toda su vida, hasta el punto de que ello terminará condicionando el carácter de su mayor obra de vida, es decir, su Papado. Como se nos propone dentro de la propia serie, algo de esa frustración se vuelca hacia los fieles en forma de ira, justificando ese carácter retrógrado del nuevo Papa Pius XIII. En otras palabras, él no deja de considerar su trayectoria en lucha y su enorme falta, una que le ha acompañado desde que sus padres le abandonaron, como un sendero de éxito, a pesar del dolor cristalizado en el trayecto. Y, por tanto, aspira a imponer a todos los demás una réplica de su propio y doloroso sendero, bajo el cual late la figura de un problema no resuelto, una complicación no suficientemente elaborada y aún activa en su interior. A falta de localizar como objeto de su ira el rostro de sus padres, el Papa volcará esa energía contra todos los fieles. El Papa parece estar poniendo en juego algo de lo que enunciaríamos como… “Si yo fui abandonado y sin la ayuda de mis padres llegué a triunfar, vosotros no contaréis con el apoyo de mi Iglesia”.

De modo que ése y no otro es el verdadero plano interior en el que el personaje del Papa se va a desplazar a lo largo de la serie, y no por los acontecimientos políticos o mediáticos que van produciéndose durante su Papado. Lo que Sorrentino nos empieza a contar desde el mismo momento en que el Papa inaugura su etapa “del terror” es un deslizamiento interior, o mejor, un proceso de elaboración subjetiva, producto del cual, nuestro Papa deberá lidiar con su recuerdo y con el modo cómo vive la pérdida de sus padres. Y todo ello al tiempo que no deja de ser el Papa de todos los fieles, lo que incrementa la presión y la urgencia de esa progresión. Ningún espectador debería perder de vista ese problema en el pasado del Papa, ya que le servirá como llave de acceso para comprender todas sus actuaciones, así como el final de la temporada.

Visto desde este punto de vista, podría decirse que el comportamiento de nuestro Papa resulta un tanto… infantil, ¿no es verdad? Sí, porque, en realidad, es incapaz de lidiar con la falta que le abruma desde que fuera abandonado y no puede reconciliarse con su propia niñez, es decir, con su pasado y el lugar que ocupó en él. No quiere saber nada de su falta, y allí donde se le impone, pues su recuerdo no cesa de presentarse una y otra vez, él no quiere saber nada de ello. Inmerso en su deseo de recuperar a sus padres e incapaz de salir de él, por más que ello resulte prácticamente imposible, nuestro Papa no puede pasar página. Es incapaz de aceptar que fue abandonado, al contrario que la Hermana María, la monja que se hizo cargo de él y lo crió como a un hijo. La serie terminará desvelando que María también fue huérfana, pero ella sí pudo hacer frente a su falta. Se nos hace entender que ella sí lidió con su propia vivencia y encontró una forma de integrarlo en el recuerdo de su niñez. Por supuesto, ello tuvo un efecto en su vida, al punto de que ésa, y no otra, es la verdadera razón por la que ella terminaría dedicando su vida a los niños, a la reparación del dolor de aquella niña que ella misma fue. Ella sí consiguió hilar un discurso con el que superó la pérdida y la llevó consigo, pero simbolizada, no abrasiva, en su interior y para siempre. Nuestro Papa no fue capaz y aún arrastra ese deseo insatisfecho convertido en enorme frustración cuyo carácter terminará contaminando sus decisiones papales. Quiere satisfacer su deseo a toda costa, como hacen los niños. Así nos damos cuenta de que ese “Papa joven” del título de la serie, en realidad, puede hacer referencia a otro Papa joven, un “Papa niño”. De algún modo, “The Young Popenos propone que un “Papa joven” es un “Papa niño” que todo lo quiere y que aún no ha aceptado los sinsabores de la existencia. Pero, ¿quién mejor que el Papa debería, teóricamente, poder comprender los sinsabores de la vida? ¿Acaso no es ésa una de las alturas que se le presuponen y se le esperan a uno de los representantes de Dios en la tierra? ¿Cómo no va a poder lidiar con el dolor el vicario de Cristo? El Papa es el destinatario legítimo imprescindible para los menos afortunados, los que han sufrido las mayores pérdidas, las mayores tragedias, los más vulnerables, etc. ¿Quién, si no la Iglesia, debe sin falta estar frente a aquellos que más la necesitan? ¿Y qué mejor rostro que el del Papa para reflejar esta compasión? Nuestro hipotético Papa “niño” no puede escuchar a esos fieles pues, en realidad, no quiere saber nada de su dolor, ante cuya presencia no hace más que resonar el suyo propio como una asignatura suspensa en lo más hondo de su corazón. Y en su empeño por negarla, en lugar de mirar a los fieles a sus ojos y decir…

(como dice, en una pesadilla)
Papa: ¿De qué nos hemos olvidado? Nos hemos olvidado de vosotros.

… lo que el Papa dice es:

(en la realidad)
Papa: ¿De qué nos hemos olvidado? ¡Nos hemos olvidado de Dios!

Articulándose así la fe como el truco perfecto para no mirar a los ojos del que sufre, para no hacer un hueco a su falta, para no tener que reconfortar al que siente dolor, pues él mismo sufre y nada quiere saber del sufrimiento de otros. Y por cierto, algo de eso tiene que ver con el hecho de que nuestro Papa compareciera para exclamar esta máxima (que se convertirá en la guía de su Papado) como una figura oscura que oculta su rostro; que oculta sus ojos.

"The young pope"  "The young pope"

Visto así, no es casualidad que fuera en un sueño donde el Papa Pio XIII dijera “Nos hemos olvidado de vosotros”, es decir, la frase que, en el fondo de su ser, querría poder decirles a los fieles con la más absoluta sinceridad. Los sueños nos muestran nuestros verdaderos deseos, aquellos que no podemos tolerar, y el de Lenny (su nombre de pila) sería poder ser el hombre que quiere ser, el que no se reconoce a sí mismo que desea ser con todas sus fuerzas, es decir, accesible y compasivo; el hombre que hubiera podido lidiar con sus pérdidas y que mirara a los demás a los ojos para hacer hueco a su dolor y reconfortarles en su sufrimiento.

Y no contento con ello, Lenny sigue diciéndoles a los fieles que hagan lo mismo que él:

Papa: Voy a ser muy claro con vosotros. Tenéis que estar más cerca de Dios que de los demás.

Y así no tener que afrontar el dolor del otro con el que Lenny no puede lidiar. El truco de no olvidar a Dios, bien le vale no tanto para poner en valor a Dios, que seguramente no precisa de tal cosa, sino para sortear elegantemente la más difícil de las tareas que se le encomiendan, que es mirar a quiénes sufren.

Bueno, algo de esto cobra sentido si recordamos que, al final de la temporada, cuando el Papa da su gran discurso en la Plaza San Marcos, comienza hablando de la beata Juana, que murió con apenas 18 años tratando de consolar a los demás. Comenzó su papado hablando de no mirar a los ojos sino esconderlos solo para Dios, en una escena oscura y medieval, pero terminó hablando en una escena a pleno día, llena de luz, acerca de la obra de la beata Juana que dedicó su corta vida a consolar a sus semejantes. Y así es cómo la historia… (de esta primera temporada), queda contada, y así es cómo la podríamos resumir en el único plano de fondo que realmente importa:

"The young Pope" "The young Pope"
1×02: Un papa joven -> 1×10: Un papa menos joven

El desplazamiento del Lenny de la oscuridad al Lenny de la luz, uno que ya se había escrito unas escenas antes cuando Lenny confiesa…

Papa: He dejado de buscar a mis padres.

…se comprende, y el niño confirma que está empezando a convertirse en un adulto.

Sin embargo, “The Young Pope” no acota esta crítica de incapacidad de superación del dolor a la figura del Papa, sino que la hace extensible a la totalidad del cuerpo de sacerdotes de la Iglesia. Así, la serie “acusa” a los curas de haber decidido amar a Dios para evitar el dolor que produce amar a nuestros semejantes. Visto así, se desliza una crítica inconmensurable, cuya potencia va más allá del anticlericalismo, y nos hace ver que algo de esta incapacidad para superar el dolor, pero también la urgencia por hacerlo, está en el centro mismo del relato de “The Young Pope. ¿No les parece que nuestro Papa joven nos habla de cómo es necesario superar el dolor, con la ayuda de los demás, para llegar a ser el Papa adulto que podríamos ser? ¿No les parece que “The Young Pope” nos habla, como habíamos visto en otros relatos como “Jurassic World”, “Alps” de Giorgos Lanthimos o en “Attenberg” de Athina Rachel Tsangaris, sobre la deficitaria construcción subjetiva de nuestro tiempo?

Y, en definitiva, ¿no les parece que Sorrentino pareciera estar ensayando la posibilidad de que la verdadera y más legítima condición Papal solo hiciera su acto de presencia al final de la vida del hombre que lo encarna, es decir, que requiriera de la más alta consolidación y estabilidad subjetiva para afrontarlo todo como el gran líder que todos esperan que sea?

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