No puedo ser objetivo con “Twin Peaks”

Amazon ha conseguido el milagro de poner de nuevo en marcha una serie clásica inolvidable: “Twin Peaks”, que tendrá una tercera y breve temporada. Imposible ser crítico con una serie demasiado crucial en mi vida.

 

Ahora que ando, como cualquiera, sumido y zarandeado por esta bien llamada “golden age de las series de tv”, que tan pronto le sacude a uno con tandems del estilo Woody Harrelson con Matthew McConaughey, o le noquea del todo con noticias como que Woody Allen rodará para Amazon su primera serie de tv, siento un cierto cariño por todos aquellos artículos, reportajes, posts de bloggers, etc. que echan la vista atrás y se acuerdan de las series que hicieron historia. Y sí, sé que aquí suelen estos autores acordarse de series como “Los Soprano”, “The Wire” o “A dos metros bajo tierra”, quizás el triunvirato oficial de calidad extrema que vertebra el origen de esta época tan florida; pero también hay quién ahonda incluso más y desentierra series que fueron éxitos en épocas para olvidar en las que a la golden age ni se la esperaba. En aquellos momentos, el concepto de “serie de éxito” no andaría lejos del “Coche Fantástico”, “Cosas de casa” y, por supuesto, aquella máquina de hacer dinero llamada “Los vigilantes de la playa” (“Baywatch”) que nos hizo a todos capaces de reconocer las playas californianas al instante, si no por la forma de las casetas de sus vigilantes, por los bañadores rojos… de… sus vigilantes. Y sí, es un pozo oscuro en donde algunos querríamos ahogar y aniquilar el capítulo más negro de nuestra relación con las series de TV ya que aquellas fidelidades televisivas no sólo no computan hoy para mejorar nuestra nota de seriófilos sino que además nos enturbian el curriculum y decidimos ocultarlas con violencia.

Eso sí, allí donde la historia oscura de las series de TV recibe algo de luz, allí donde el cariz no es vetusto sino “vintage” y encumbrado por este término se admite su perdón, resisten algunas series de tv que escribieron capítulos decentes. Sí, al menos decentes, o incluso, en mi opinión, verdaderamente brillantes. Yo no puedo ser objetivo con “Twin Peaks”.

Debía ser el año 91 ó 92, qué sé yo. Yo entonces me gastaría unos 12 ó 13 años. De camino a mi colegio, todas las mañanas, pasaba delante de un quiosco ya desaparecido ante el cuál siempre había algo que mirar. Lo recuerdo como una esquina construida artificialmente en plena calle, bastante oscura en su interior, con una ventanilla en medio, por donde se pagaban los periódicos y las revistas. Sí, era aquella época. Alrededor de la ventanilla y de la señora que enseñaba por allí a veces la cabeza, a veces las manos, pero nunca las dos cosas a la vez, se desplegaba toooodo un repertorio de revistas que nunca me compraba y que no habría sabido ni ojear, pero que así puestitas todas juntas formaban sin saberlo un mosaico indescriptible que tenía que mirar. Como muchos años después diría mi profesor de Creatividad Publicitaria en la Complutense de Madrid, Pedro Vidal, los quioscos tienen ese talento innegable para encrucijar los colores y las portadas de unas y otras revistas formando una “golosina visual” para los ojos en la que uno termina naufragando sin remedio. Yo lo hacía cada mañana hasta que el colegio apremiaba más que los destellos de las revistas y el instante cuché del día se quedaba atrás. Ese pequeño calambrazo de capitalismo, aunque yo jamás lo habría llamado así, me gustaba más en su conjunto que por separado, aunque una mañana todo cambió.

"Twin Peaks"

Apenas recuerdo su portada, pero desde luego sí recordaré para siempre su título prometedor: “El Diario Secreto de Laura Palmer”. Todos los días me detenía tanto como me era posible para mirar la portada de ese librito pequeño que habían colocado a la altura de mis ojos en una de las paredes laterales del quiosco. Para entonces, “Laura Palmer” se había convertido en una de las expresiones que más cautivaban mi atención, asociada a una serie de TV que había llegado a España con una presentación extraordinaria y que no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. ¿Quién era esa Laura Palmer?, ¿y por qué la habían matado? Es más, la imagen de Laura, cuyo rostro, pálido pero también irresistiblemente atractivo, se estaba convirtiendo ya en una de las imágenes más reproducidas de la época… en revistas, en las autopromociones que emitía Telecinco para promocionar el comienzo de la serie, etc. “Laura Palmer”, uno de los personajes menos importantes de “Twin Peaks”, había conseguido proyectar su nombre hasta convertirse en el mayor mcguffin del momento, el envoltorio del mayor misterio imaginable cuya resolución parecía inalcanzable para mí puesto que entonces no me resultaba fácil ver la serie. Yo… aún no tenía edad para verlo todo, y recuerdo que a mis padres no les pareció especialmente bien que yo viera aquella serie que prometía ser la entrada a una nueva forma de televisión, aunque yo de eso, por entonces, no tenía la menor idea. Ellos, mis padres, andarían preocupados no tanto por la relevancia narrativa o de producción de la serie, creada por un enorme cineasta como era David Lynch, sino por el contenido de la serie… uno que a mí, la verdad, también me preocupaba en alguna medida, no lo negaré. Yo había descubierto ya entonces que mi sensibilidad para la pantalla tenía un umbral bajito y sensible al que no convenía molestar ni superar en exceso, y “Twin Peaks” evocaba para mí ingredientes asombrosos sólo con pronunciar con placer y respeto las dos sílabas tónicas que formaban su misterioso nombre. Por entonces, cuando yo descubrí “El diario secreto de Laura Palmer”, ya estaba fascinado por la promesa de esta serie que se había desmarcado entonces de cualquier otra serie que yo estuviera viendo o hubiera visto en toda mi vida.

Además, hay que recordar que “Twin Peaks” sigue siendo hoy un magnífico ejemplo de contenido de aquella nueva forma de TV que se estaba emprendiendo en España con la llegada de los nuevos canales privados. Y de entre ellos, Telecinco, sin duda, iba a ser el más llamativo de todos. Recuerdo bien que si querías tener algo que comentar con tus compañeros de colegio más valía que hubieras visto los nuevos programas de los nuevos canales, como “Humor amarillo”, “Pressing Catch” y toda clase de violentas propuestas que sabíamos que de otro modo nunca habrían llegado a TVE, al menos en aquella época. Y entre los nuevos contenidos, la apuesta por las series de TV también trajo grandes propuestas. Pero… ninguna irrumpió ni sacudió la parrilla televisiva como lo hizo “Twin Peaks” y su omnipresente pregunta fatal cuya respuesta prometía una serie diferente a todo lo que habíamos visto antes y llegar a frisar con esmero el límite visible del horror. Luego nos dimos cuenta de que esa asíntota estaba mucho más lejos y que la TV iba a empujar la línea mucho más con series y películas mucho más violentas, pero entonces eran otros tiempos y no teníamos aún desarrollado el callo en el ojo que mi profesor de narrativa audiovisual, Enrique Castelló, siempre mencionaba.

¿Qué podía contener “El Diario secreto de Laura Palmer”? Ésa era la gran pregunta que me hacía yo con 12 ó 13 años. ¿Qué había en esas páginas aparentemente alcanzables que pudiera servir para esclarecer el misterio de Laura Palmer? ¿Habría allí algo que yo pudiera leer y en lo que nadie hubiera reparado antes, que sirviera para resolver el misterio? Y además… era un diario ¡íntimo!, lo que incrementaba la onda expansiva del mayor misterio al que yo me entregaba esos días con la faceta vouyerística de la investigación. La posibilidad de husmear entre las intimidades de aquel enteco cadáver, cuyo rostro lucía hermoso y a cuyas piedrecitas faciales les encontraba yo una cierta coreografía, no hacía sino incrementar aún más mi enorme curiosidad. Parecía que la pregunta sobre la identidad de su asesino era un asunto crucial para todo el mundo y yo quería sumarme a esa preocupación colectiva que, de repente, estaba empezando a copar toda mi atención. Y en éstas, allí estaba su ¡diario íntimo!.

Pero mis deseos de investigación iban a topar pronto con una asíntota infranqueable que, por entonces, se había convertido ya en uno de los límites más específicos de mi existencia: La hora de irme a la cama. Puede parecer frívolo hoy, o quizás no tanto considerando lo desestructurado de mi mapa de sueño actual, pero lo cierto es que entonces había pocas verdades tan inexpugnables como la de que a las 10 o las 11 había que irse a dormir. Y el destino quiso, o quizás la promesa horrorosa del contenido de la serie, que “Twin Peaks” superara con creces esa línea imaginaria de mi existencia que marcaba el final de cada uno de mis días y que no se podía burlar en forma alguna. Así fue cómo el mundo de Laura Palmer empezaba a quedar fuera de mi alcance, y creedme que ésa fue una de las peores noticias que recuerdo recibir por aquella época. Daba igual cuánta emoción acumulara yo viendo día tras día las autopromociones de “Twin Peaks” en Telecinco, sólo servirían para confirmar una y otra vez que ese misterio estaba fuera mi alcance y que aquella fatalidad en la vida de Laura Palmer iba a ser asunto… de otros más afortunados que yo. Para colmo, no sé si porque al ser yo casi un niño mi percepción del tiempo era otra diferente a la que tengo ahora, pero lo cierto es que a mí siempre me parecerá que Telecinco empezó a emitir las autopromociones de “Twin Peaks” semanas, y semanas y semanas aaaaantes de que se emitiera el capítulo piloto, aumentando hasta el paroxismo al mismo tiempo tanto mi curiosidad malsana como mi frustración televisiva.

Cuando mis padres me permitieron, recuerdo que no sin dudas, comenzar a ver la serie… hubo que recurrir a un artilugio maldito propio de aquellas eras como era el VIDEO, un maquinote descomunal con la magia necesaria para obrar el hechizo de superar la línea imaginaria del fin del día, la hora de acostarse. Y digo maldito porque si bien sus bondades fueron clave en la historia de mi existencia, sin el cuál quizás no habría yo operado esta cinefilia paralizante que me aflige desde hace décadas, también fue siempre fuente de frustraciones violentas. Y no fueron pocas las veces que hubiera querido yo truncar la vida del maquinote descomunal dándole una ostia histórica tras comprobar casuísticas satánicas de la vida de todo usuario de grabadores de video, comenzando por comprobar que la cinta se terminaba antes de grabar el final de la serie, y sin olvidar aquellos casos en los que la grabación se realizaba perfectamente pero en el canal de TV equivocado. Estas episodios fatales, que me hicieron experimentar el triste precio de ser cinéfilo antes del Emule o del Torrent, casi me hicieron perder la fe en la tecnología durante la década de los 90 y mandar las cinefilias al carajo lúgubre de Bergman. Recuerdo que “Twin Peaks” fue una de las series afectadas por esta maldición y aquellos imprevistos quedaron para siempre asociados a mi recuerdo de la serie.

Pero quiero aquí acordarme de la primera vez que vi los títulos de crédito de “Twin Peaks”. Para empezar, que alguien hubiera tenido la paciencia de embelesarse audiovisualmente con el hipnótico movimiento de las sierras mecánicas de aquel aserradero, cuando estaba en el aire la urgencia y el apremio por localizar al asesino de la preciosa Laura Palmer, hacía pensar que como espectador debía tomármelo con calma. Prometía ser así una serie de lo más larga y no convenía comenzar ya a anotar los detalles de la investigación para no dejar escapar ninguna pista. ¿Sabéis lo que pienso hoy en día cuando veo el movimiento lento de la sierras de los títulos de crédito? Primero, que hay en él una belleza extrema, una poesía de movimiento acunado por la música que es muy difícil de encontrar en los títulos de crédito de las series de tv, incluso de cuántas han nacido ya en el seno de la llamada “golden age” de las series de tv. Los giros precisos y maravillosamente orquestados de la sierra tenían un efecto balsámico que hacía calmar los misterios, los horrores y las curiosidades malsanas de la serie, y adormecía los sentidos para aclimatarnos a un ritmo de narración que nada tenía que ver con aquellos segmentos de continuidad tan histriónicos que exhibía impunemente Telecinco en aquella época. Segundo, pensaba que a lo mejor ésa era la extraña poesía que buscaba el personaje del novio de Thora Birch cuando rodaba con su videocámara a aquella bolsa de plástico girar y girar en el remolino de aire en la película de “American Beauty. Aunque no lo encontró.  De un modo u otro, el aserradero y el movimiento de su sierra se han convertido para mí en un símbolo de una forma de tv que no he vuelto a encontrar. Y volví a sentirlo hace poco cuando he vuelto a ver los títulos de crédito del capítulo piloto de la serie, ya en estado de adultez, pero seguramente fingiendo hacerlo con los ojos del chaval que fui cuando los vi por primera vez en los 90. Me da igual si el intelectualismo cinéfilo que campa algo snob por la faz de nuestras ciudades no lo considera así, pero yo a aquellos títulos de crédito los percibí siempre como puro arte.
No así la tipografía verde con la que se escribían, eso sí, los nombres de los actores… que me parece que eran uno de los pocos elementos que reflejaban demasiado bien la época en que la serie fue rodada. Qué espanto.

Con el paso de los años y sobre todo a medida que fui viendo las películas de David Lynch, tales como “Eraserhead”, “El hombre elefante”, “Mullholland Drive”, “Lost Highway”, etc., me fui dando cuenta de lo particular y extraordinario que había sido el fenómeno “Twin Peaks” en tanto obra de David Lynch. Sí, claro que en ella están muchos de los puntos identificativos de la obra de este extraño cineasta, pero también es verdad que, en conjunto, era una obra atípica para la TV de los años 90. Concebida no tanto como película o producto fílmico adaptado a TV, sino como elucubración lynch-iana que se calzó en el formato de “serie de TV” para poderlo comercializar e integrar en el “discurso televisivo” del momento, lo cierto es que el resultado es una isla narrativa que avanzó en su época algunas de las líneas que después se conviertirían en líneas de estilo habitual en la época dorada de las series de TV. Desde este punto de vista, “Twin Peaks” terminó siendo ciertamente premonitoria, y ésta sí que es una idea complicada de admitir tratándose de Lynch, al que los cinéfilos consideran capaz de cosas fascinantes pero desde luego no de vaticinar el futuro del audiovisual… ¡él que siempre ha sido tan distinto de todo!.

Audrey Horne. Si la expresión “Twin Peaks” ha superado su cualidad de “serie de tv” y se ha convertido en mi mente en el telón de presentación de las experiencias más intensas de mi pubertad, puede que Audrey Horne mereciera estar en medio del escenario en cuanto el telón subiera de golpe. En 1990, los albores de mi deseo sexual ya habían comenzado a esbozar las propuestas hermosas de unas cuantas celebrities, pero todas ellas quedaron estampadas violentamente contra el gotelé cuando el mito de Audrey Horne apareció con “Twin Peaks”. Quizás eran tiempos en los que el mito de la Lolita aún tenía efecto en los engranajes de mi imaginación (hoy ya superado felizmente) pero es cierto que con el personaje al que diera vida Sherilynn Fenn yo terminé de escribir la primera Constitución de mi sexualidad. Y he de decir que hasta 2 años después llegara “Instinto Básico” y me cambiara la morena por la rubia, no escribí la primera Enmienda para la Constitución. Supongo que el de Audrey fue otro de esos capítulos dentro de “Twin Peaks” que hicieron que la serie se convirtiera en algo imposible de olvidar para mí.

Audrey Horne - "Twin Peaks"

Si se me preguntara hoy, contestaría que Twin Peaks” fue un fenómeno televisivo de primer orden que se engranó íntimamente con mi experiencia “Laura Palmer” y que dejó una profunda huella en los recuerdos de mi pubertad. Puede que en mi mente no se encuentre archivada en la carpeta de las series de TV, sino en la de los primeros grandes descubrimientos de la vida. Con ella descubrí una cierta fascinación por el horror que con el tiempo me ha enseñado que “The Killing”, “Hannibal” o “Milennium” no son tan originales, pero también que las series de TV no tienen porqué ser un formato menor, como todos pensamos viendo “Cosas de casa” y el “Príncipe de Bel Air”. La serie tuvo tal impacto en mí que cualquier actor que hubiera participado en ella quedaría en mi mente eternamente asociado a su personaje de “Twin Peaks”, ¡Kyle Maclachlan siempre será para mí el agente Cooper!, y cuando tiempo después entendí quién era Lynch y cómo era su cine llegué a entender cómo de especial había sido el fenómeno “Twin Peaks”. No tengo la menor duda de que marcó la estructura básica de las series de investigación criminal y que aún hoy sigue poseyendo ejecuciones magistrales en algunos rasgos identificativos y paradigmáticos de esta clase de narraciones audiovisuales. Sostengo que el camino iniciado por “Twin Peaks” ha sido en muchas áreas perfeccionado por una miríada de productos posteriores que siguieron su estela, pero aún conserva el acierto honesto que siempre hizo de ella una sentencia inapelable en la historia de la TV en España. Por eso, ahora que sabemos que, tras 25 años, Lynch está rodando una nueva (aunque corta) temporada, sentimos el regreso como el despertar de un gigante. La experiencia nos ha hecho atemperar las expectativas con esta clase de “regresos”, pero lo que no cambiará es que la tercera temporada de “Twin Peaks” nos hará a muchos volver a sentir el sabor de un auténtico clásico, un firme episodio de la historia que ningún Aaron Sorkin, ni David Simon, ni ningún showrunner actual ni futuro podrá ya eliminar y bajo cuya sombra no tendrá más remedio que buscar su próximo éxito. Y es que hay algunos éxitos que brillaron en tiempos vintage… lo hicieron, sin duda, con la luz que hoy atribuimos a lagolden age” de la series de TV.

Por cierto, nunca llegué a comprarme “El Diario íntimo de Laura Palmer”, y ahora que ya no tengo edad, aún sigo pensando que quizás lo haga.

 

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