“Un corazón en invierno”: La negación de Camille

Camille, despechada, aún no está dispuesta a cerrar la herida, a suturarla, y aún planea llevar su rabia ante Stéphane y exhibirse deslumbrante ante sus ojos, de modo que comienza a acicalarse tan hermosa como sea posible… para él.

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Sus labios rojos… como el fuego que la lleva en este momento de furia. Ningún rojo de labios será suficientemente rojo para realzarla tanto como ella querría, para hacer sentir a Stéphane el escozor de la herida en el corazón que ella piensa que él sufre. Así, en el fondo, ella continúa apostando por la existencia de ese corazón enjaulado en un invierno pasajero, toda vez que no puede aceptar el hecho de que ese corazón no exista. Si ella tenía uno, allí debajo de todos los candados, él también tiene que tenerlo, y Camille acude a él con la intención de hacerle sangrar.

Ya en el restaurante, Camille muestra su rabia:

Camarero: ¿Qué le apetece?
Camille: Nada.

No me apetece nada” son las palabras que el despecho pronuncia cuando lo único que sucede es que se desea TODO. Dicho de otra manera, cuando se es “todo deseo. “No quiero nada, porque lo único que deseo lo tengo delante, y si no puedo tenerlo, no quiero ninguna otra cosa“, parece que podría decir Camille. Y, en efecto, eso es lo que es Camille, todo deseo:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Llega al restaurante, sin importar la compañía de Helene, y se coloca frente a él. Mejor dicho, coloca frente a él su más hermoso rostro, su rojo más encendido, el fuego de su mirada. En términos aún más crueles, su hermoso rostro junto al de Helene, apostando, quizás, por realzar y poner en valor el objeto al que él ha renunciado.

Camille mira a Helene un instante y dice:

Camille: ¿Quién es ese tipo? – dice, mirando a Stéphane. – ¿Qué es? ¿Una oreja?

La palabra “oreja” clama por una referencia psicoanalítica en nuestro esquema aquí desplegado. No hay duda de que Camille pone en juego la metonimia debido a la extraordinaria competencia técnica de Stéphane a la hora de reparar instrumentos, debido a su finísimo oído, pero la metonimia también resulta muy elocuente considerándole el analista de esta relación analítica secreta que han mantenido durante la película. ¿Acaso no es el analista una “oreja” para el analizante? ¿No se le representaría muy gráficamente por esta lógica del tipo “la parte por el todo”?

Camille se comporta con desprecio hacia Helene hasta que ésta prefiere abandonar la mesa.

Camille queda a solas con Stéphane, y le habla de esa herida que ha quedado abierta después de que Stéphane la rechazara y de que no está dispuesta a aceptar la sutura. Niega la cicatriz, quiere la herida abierta, adicta ahora a su escozor, del que tan poco sabe debido a su propia trayectoria:

Camille: Esto no puede quedar así. No lo puedo aceptar – dice con gesto triste y dolido. – Dígame algo.
Stéphane: Le he dicho la verdad.
Camille: Usted sabe bien que no. Cuando me vino a ver al estudio… Cuando llovía, no lo soñé. Su atención…

Lacan afirmaba que amar tenía que ver con “otorgar el ser”, es decir, mostrar el hueco que uno le hace al otro, que lleva su sello, y que es el soporte de la ilusión del ser de ese otro. Dicho de otra manera, prestar atención a otro, MIRARLE, no solo es un signo de amor, también es una forma de atribuirle el ser. Lo que Camille arguye aquí es que ha tenido noticia de su propio ser por efecto de la atención de Stéphane, cristalizada a través de las ocasiones en que él fue a buscarla, a mirarla a ella. Sin embargo, Stéphane le explica el porqué de su comportamiento:

Stéphane: Es mi oficio.

¿Se referirá al de reparador de violines? Nuestra hipótesis de relación analítica secreta, la que tendrían Camille y Stéphane, parece empezar a vislumbrarse ya no como una simple hipótesis, sino como un esquema de lo más certero. “Es mi oficio”, dice Stéphane para justificar su atención. ¿Qué atención de naturaleza personal, si no la del psicoterapeuta, resulta tan legítima pero siendo al mismo tiempo un oficio? Con la hipótesis de la relación analítica, la frase de Stéphane radiografía en profundidad todo lo que está sucediendo, ¿no les parece?

Camille: No me diga que solo soy una músico que va a su taller para arreglar una cuerda.
Stéphane: No, claro que no.
Camille: Esa forma de mirarme.
Stéphane: Era sincera.
Camille: Todo lo que nos dijimos…
Stéphane: Pero si no nos dijimos nada.
Camille: ¡Claro que sí!
Stéphane: O seré yo, que… No, no es posible. [Pausa] Pero, ¿por qué?

Camille comienza a aceptar al analista como el lugar vacío donde ella colocó cuanto decidió de sí, es decir, como el marco al que acudieron sus propias expectativas, sus deseos, sus anhelos y un escaparate de contenidos que son ella misma, pero no tanto las palabras de él, que siempre fueron escasas.

Stéphane: Ya le he dicho por qué.

Porque es su “oficio”, de analista, quiere decir Stéphane. Camille, empeñada en negar que toda atención recibida se deba a esa condición de analista sin más, sobre todo para evitar la humillación en la que ello la deja a ella, decide aplicar un inteligente truco de “reducción al absurdo”:

Camille: Pero si era un juego tenía que llegar hasta el final. ¡Tenía que follarme! Hubiera sido un cerdo, pero son cosas de la vida. – exclama Camille casi en grito.
Stéphane: Camille, basta ya.
Camille: ¡Pero usted no es nada!, ¡es usted una mierda!

Y si no llegó usted hasta el final, es que no era un juego, luego no era una mera cuestión de oficio, sino algo verdadero”, parece querer decir Camille.

Camille: Y parece que le gusta la música porque “es un sueño”, la música. Porque no tiene nada que ver con la vida.

Camille acusa a Stéphane de vivir la música como simulacro, como el simulacro que él mismo es. Lo dice ella despeinada, con el gesto descompuesto, al contrario que la música, por completo “compuesta”. Ella es lo contrario de la música en esa ejecución perfecta que aquí se pone en juego. Camille es la vida en su trazo más vigoroso, y no hace más que reclamar el trazo vigoroso de Stéphane, precisamente aquello de lo que él no es capaz.

Camille: No sabe nada de sueños. No tiene imaginación, ni corazón, ni pelotas.

Y es que Camille ha descubierto que el corazón requiere pelotas, las que ella puso en juego, y por esa razón sangra por su herida.

Camille: ¡No tienes nada ahí dentro! ¡Absolutamente nada!

Camille concluye por sí misma la afirmación que prefigurará el final de la historia, así como la esencia central del personaje de Stéphane. Estamos ya “más allá del final de la historia” de Camille que, llegada a este punto, está superando a aquel con quién ha aprendido a romper los gélidos cristales del invierno. Ella ya es capaz de VER aquello de lo que él carece, a fuerza de interpelarlo en vano una y otra vez. Solo porque llega a esa conclusión y se convence de ella, es que acepta marcharse del restaurante y poner fin a la “escena”.

 

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