“Un corazón en invierno”: El vacío de Stéphane

La más reveladora escena para llegar a convencernos de lo que no hay dentro de Stéphane es ésa en la que él mismo acude a casa de Camille para confirmar que todo aquello de lo que ella le había acusado, es decir, “de no ser nada”, es cierto. Sin duda, nos da la explicación más honesta para este personaje cuyo invierno parece ser centro del film, pero que poco a poco irá revelando su naturaleza periférica:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Han transcurrido unos días desde la escena del restaurante. Stéphane ha reflexionado sobre lo sucedido y, sin duda, no está conforme con lo que había dicho de sí mismo cuando Camille le interpeló llevada por el despecho.

Stéphane: No he venido para disculparme. – Dice, a pesar de que, en realidad, es fundamentalmente para lo que ha ido. – Quería verla.
Camille: Ya me ve.

Stéphane trata de poner en valor su deseo de verla, esperando que ello cotice, por fin, en el plano en el que Camille lo esperaba desesperadamente en el pasado. Pareciera que, si bien Stéphane no dispone del corazón a través del cual relacionarse con Camille, sí es consciente de la pérdida que ha sufrido por culpa de su vacío, por “no ser nada”, por “no saber ser algo para ella”. Stéphane confía, aunque sin demasiada esperanza, que su presencia, por fin, pueda valer en sí misma, que sería el acceso para ese corazón faltante, en tanto que dicha presencia no estuviera sometida a utilidad alguna. Sin embargo, el semblante frío de Camille, que no tiene ya nada para él, le obliga a reformular su discurso de tal modo que pueda justificar su presencia, allí donde ésta ya no vale por sí misma. O peor, allí donde solo opera como provocación para Camille.  Así es cómo Stéphane comienza a hablar de sí mismo en lo que terminará siendo una forma de disculpa, precisamente lo que negaba querer hacer. Stéphane se disculpará, no por no tener un corazón, sino por haber intentado zafarse de las acusaciones de Camille, y por tanto, por una cierta falta de sinceridad.

Stéphane: Yo sé que no soy nada. Soy bueno en mi oficio. Pero tenía razón… En mí hay algo que no vive. No consigo… Me quedé atrás hace tiempo. Llevo tanto tiempo de retraso… La he perdido a usted, y he perdido a Maxime. No destruyo a los demás, sino a mí mismo. No puedo repetírmelo solo. Tenía que decírselo.
Camille: Lo ha dicho. Soy yo la que está vacía ahora.

Camille le hace saber de lo fútil de su presencia, ya sin valor, y por tanto, Stéphane confirma la pérdida. Confirma que su vacío le condena a vivir permanentemente sufriendo pérdidas, como la de Maxime, y sobre todo, la de Camille. Nótese que no es el discurso de un hombre desesperado que se ha despertado desconsolado sabiendo haber perdido un gran amor, sino más bien el discurso de un hombre reflexivo y cerebral que confía en que sus palabras inspiren la lástima para perdonarle lo que (no) ha hecho. De nuevo, incluso allí donde aparece una necesidad de decir algo, un elemento que participaría de lo emocional, sigue actuando desde su hueco, desde el vacío que le conforma, es decir, verificando en él la existencia de ese hueco vacío desde el que jamás podrá ser el hombre al que ame Camille.

Violenta, casi cruel, la forma cómo Camille le echa de su casa, sin perder en ningún momento la compostura de lo social:

Camille: Tengo que arreglarme – le dice, mientras comienza a caminar hacia la puerta de casa para que él la siga. – Y entonces, ¿qué va a hacer?
Stéphane: No lo sé.

Al llegar a la puerta, Camille se vuelve para mirarle. Es un gesto sin contenido, sin emoción,…

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

…reflejo del de Stéphane por más que, precisamente en ese momento, él deseara encontrar otro que ya le dirigió en otro tiempo:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Pero esa mirada se perdió, ya no existe para él. Camille, cuyo corazón ya no desea ningún encuentro con el no-corazón de Stéphane, rehúye su mirada en el momento del adiós, impidiendo toda complicidad, toda “ocasión”, toda oportunidad para el reencuentro. Tanto es así que por un instante le retira la mirada de los ojos, la baja un momento, y al reencontrarse con ella, se apresura a abrir la puerta de su casa para que Stéphane se marche. Y sus palabras candan el cierre:

Camille:  Buena suerte.

Y la puerta se cierra, pero no con normalidad, sino con urgencia, casi al borde del portazo. Stéphane es expulsado con cierta violencia, cosa que a él no se le escapa, como podemos comprobar por el modo cómo, sorprendido, se gira para mirar la puerta. Ha sido expulsado de esa casa, y “abandonado” en un plano de colores fríos, un desierto de aspecto lunar, para el que él mismo opera con los colores de una roca:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

¿Está Camille, como ella misma dice, por completo vacía? Bueno, el texto contiene elementos para el debate. La interpretación más convencional sería la descrita hasta aquí, pero también se podría prestar atención a otros pequeños detalles. En primer lugar, la vehemencia, casi contundente, con la que Camille le arroja a la cara estas palabras: “Ahora soy yo la que está vacía, en las que parece latir aún el despecho, produciéndose algo de una “devolución justiciera” proveniente de un corazón aún en proceso de sutura, de cicatrización, desde luego aún incompleta. Por otro lado, la urgencia de que Stéphane abandone la casa, es decir, su incapacidad para dedicarle una conducta desprovista de componente emocional, parece evidenciar que los sentimientos aún atraviesan su forma de actuar, y que Stéphane aún no es cualquier persona. Por último, el detalle de la mirada durante la despedida. Como decíamos, es evidente que Camille no sostiene su mirada, pero podríamos preguntarnos el porqué. ¿Por qué impide la complicidad? ¿No será que no quiere vivirla porque aún está ahí? ¿No pareciera que, quizás, la intensidad del momento de la despedida, esa “ceremonia” en la que se requiere el cruce de miradas, hace temer a Camille transar y caer de nuevo en la tentación de sus sentimientos, como si aún albergaran un deseo de reunión? Camille sabe de la inconveniencia de esa reunión y, quizás, por ello le expulsa violentamente llevada por el deseo de ajusticiamiento pero también por la prisa por apartar de sí la tentación. Después de todo, ella no es ajena al hecho de que Stéphane ha acudido a su casa para “devolverle” algo, para concederle un lugar importante (“no puedo repetírmelo solo, tenía que decírselo”, le dice a Camille), un lugar que participa del que ella se moría por sentir unos días antes. Sí, puede que, en el fondo, la voluntad de Stéphane de hacer presencia fuera insuficiente en comparación con lo que ella reclamaba otrora y que, además, fuera puesto en juego tan solo por el convencimiento de que ese paso caía del lado de lo que él, habitualmente, no podía hacer, en la confianza de que fuera, por fin, lo que había que hacer. Dicho de otra manera, como si el acto fuera, en realidad, una impostada dramatización de lo que un corazón le habría urgido a hacer. Sin embargo y bajo el influjo del amor, Camille, aun sabiendo algo de esa dramatización, bien pudiera ceder a la tentación, motivo por el que ella cierra la puerta con la violencia necesaria. Necesaria por él, pero también necesaria para ella, por distintas razones. Stéphane encaja esa violencia volviéndose a mirar la puerta, sintiendo haber sido echado de casa, aunque, como vemos, algo de esa violencia respondería también a la protección de Camille frente al que fuera, necesariamente, su primer y más sincero objeto de deseo.

¡Todo lo contrario de cuanto sucede en la escena final!, que sirve para rubricar definitivamente el cambio producido en Camille. Cambio que va a aparecer bien acreditado en la calma, la serenidad y la cortesía amable en todos y cada uno de los gestos de Camille al reencontrarse con Stéphane:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Ni rastro ya de su contenido gesto, de su latente ira ni de su potente protección personal. La comparación de los rostros es de lo más elocuente:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

La vida ha seguido para ella, pero no igual, ya desprovista de esa obsesión de perfección que durante tanto tiempo ocultó su grieta personal. Camille se mueve ya por el mundo con una apertura personal que se expresa a través de su música, ya convertida en una gran violinista de éxito, y a la que aprendió a dotar de emoción junto a Stéphane. Camille puede ya comportarse con naturalidad frente a él.

Stéphane: ¿Toca en París esta semana?
Camille: Sí. ¿Vendrá a verme? – dice ella, con un gesto como pidiéndole que lo haga, que no la decepcione.
Stéphane: Claro.

Stéphane ve a Maxime llegar con su coche y sabe que Camille se irá en breve con él.

Stéphane: Me alegro de haberla visto.
Camille: Yo también – dice ella, sonriendo serenamente.

¿En dónde encontrar la grieta templada de Camille, activa pero comedida al mismo tiempo? Decíamos que Camille es una nueva mujer, una que ya reconoce en sí su propia falta, y que ha aprendido a recoger cuanto de ella emana para integrarlo en su vida y en su música. Decíamos que es una nueva mujer que ha “superado” la perfección, descartándola, y para la que la música es un medio para expresar su propio deseo. Decimos que en esta escena es una mujer curada, una paciente resuelta capaz de no inquietarse por la presencia de su otrora objeto de deseo. Sin embargo, sus gestos son calmados, sus palabras contenidas y su presencia, la de una mujer estable que nos recuerda a la del comienzo de la película. Entonces, ¿dónde encontrar la presencia de esa grieta, siquiera comedida, recién descubierta en la travesía de su amor por Stéphane? Bueno, en dos detalles. En primer lugar, en el beso de despedida. Conviene fijarse en él detenidamente, pues hay en su ejecución una bonita mezcla entre el aprecio más sincero, la nostalgia de un horizonte que no se convirtió en realidad, y también el amor por alguien que es distinto a cualquier otro y al que se le reconoce UN LUGAR.

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Un plano CRUCIAL, que no debería pasar inadvertido, donde los gestos de Emmanuelle Béart debieron ser diseñados hasta el último detalle por Claude Sautet:

Claude Sautet dirigiendo a Emmanuelle Beart y Daniel Auteuil en "Un corazón en invierno"

Controlando por completo hasta el más mínimo detalle de la interpretación para reflejar el cambio experimentado en Camille, el punto justo de equilibrio, su nueva capacidad para controlar su presencia frente a Stéphane:

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

Camille pone su brazo sobre el cuello de Stéphane, como fijándose a él para asegurarse el beso, para asegurarle el beso, reconociendo el lugar de alguien crucial para ella. Segura, desprovista de tentación alguna, suturado ya todo posible despecho, Camille puede fijarse a él sabiéndose sujeta a su propia serenidad. Desaparecieron los motivos para dar portazos, para echarle de casa, para asegurar la distancia que le impida volver a caer en la tentación. Solo así puede ella dirigirle no solo esas sonrisas, sino el más potente de los castos besos. Si nos fijamos detenidamente en la ejecución del plano detectaremos que la posición de la cámara convierte un casto beso en la ilusión de un beso en sus labios, uno que, por todos los demás detalles de la escena, parece estar sucediendo. En realidad, no, es un casto beso, pero es la reminiscencia de otro que no vivió… y de cuya falta no podrá zafarse nunca. Puede que el momento haya pasado, pero el hueco de aquel beso inexistente aún se siente en el beso actual, y algo de su potencia se sublima aquí en forma de infinito cariño. Camille cierra sus ojos, entregándose en la medida en que ha decidido, fuera de todo descontrol, pero entregada en la sinceridad de un beso que sabe a agradecimiento, a reconocimiento, a satisfacción. Adivinamos la sorpresa de Stéphane, su obnubilación desmedida por ese beso cuya potencia no puede devolver, no está en su haber, pero de cuya veracidad y cariño sí puede dar toda fe. Él sabe de la verdad contenida en ese beso casto que adivinamos aterrizado a pocos milímetros de sus labios, al menos así quiere Sautet que lo pensemos, e imaginamos a Stéphane atravesado por la sorpresa de encontrar en ella la huella de un hueco que él construyó pero en el que no pudo instalarse. Como espectadores, nos encanta el beso, nos resarce, lo sentimos más largo de lo que el compromiso social exigía, y en él, por tanto, encontramos un sentido que resiste a las palabras pero que sabemos que ella se lleva consigo y que nos hace felices. Ella sabe de ello, él puede dar fe, ella se lo lleva para siempre, él sabe que lo hizo posible. Ella es ahora gracias a él, se lleva el efecto primaveral de cuanto él obró, si bien él sabe que no ha sido más que algo para ella, pero nada para sí mismo, puesto que él “no es nada”, ni lo será después del beso. Él puede ver lo que ella se lleva, pero no puede agarrarlo para sí, no tiene dónde sujetarlo, no tiene con qué procesarlo ni con qué devolverlo. No sabe en qué consiste, aunque lo vea irse con ella. De ello solo puede saber que sucedió, y que él quedó, finalmente, igual, en su invierno.

"Un corazón en invierno" (Claude Sautet, 1992)

 

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