Escenas para la historia: “Un verano ardiente”. Cine no apto para novatos emocionales

Un verano ardiente - GarrelUna inadvertida película con Louis Garrel y Monica Bellucci capaz de desplegar un difícil entramado emocional con diálogos fuera del alcance de novatos emocionales.

A veces, las películas más insospechadas encierran soplos de genialidad que alcanzan rincones de la vida imposibles para otras producciones enterradas en premios y nominaciones. No es que tengamos la seguridad de que la película que mencionamos hoy aquí merezca ser considerada de facto una buena película, ni tan siquiera de que contenga en realidad un buen ejemplo de dicho soplo, aunque quizás sea un digno pretendiente al título, como puede comprobarse atendiendo a las frases y los acertadísimos diálogos de algunas de sus escenas. Se trata de “Un verano ardiente” (“Un ètè brûlant“), película dirigida en 2011 por el francés Philippe Garrel (“La frontera del alba“, 2008) y protagonizada principalmente por su hijo Louis Garrel y por la célebre Monica Bellucci. La película cuenta la historia de Frèdèric (Garrel), un adinerado y joven pintor que está casado con Angèle (Monica Belluchi) y con quién comparte una vivienda en Roma. Frèdèric invitará a uno de sus amigos y a su pareja a pasar unos días en su casa de Roma creando así un escenario íntimo-social en el que se producen interacciones a medias entre lo tópico y lo irresistible.

Un verano ardiente”, como la mayoría de las películas que se adentran en el análisis y el desarrollo de historias emocionales, aborda más de una subhistoria de forma simultánea, aunque todas ellas parecen tratar de forma latente el asunto de la sempiterna y omnipresente “dependencia emocional” que se produce entre personas que tienen fuertes sentimientos. Frèdèric y Angèle están separados por una notable diferencia de edad que se advierte, de algún modo no explícito, en el hecho de que él tiene menos experiencia en materia de relaciones sentimentales y elige caminos menos recomendables; mientras que Angèle, por su parte, parece una mujer más versada y experimentada en materia emocional y exhibe una mayor prudencia, aunque no desprovista de una cierta determinación de la que hará gala a lo largo del metraje. Esta diferencia de edad no ha sido óbice para la construcción de unas relaciones de dependencia de ida y vuelta entre estos dos personajes lo suficientemente atractivos en todos los sentidos como para que ellos, y no la pareja invitada, se conviertan pronto en los auténticos protagonistas de la película. Esta otra pareja de amigos es planteada por la narración como punto de entrada, casi voyeur, a la relación de Frèdèric y Angèle, aunque si no fuera por estos, en realidad, la película quedaría exenta de su mayor patrimonio.

Frèdèric y Angèle han formado un matrimonio de dependencias que mantienen la estructura desde hace tiempo sin ayuda de un amor en plena forma. En los comienzos de dicha relación, Angèle fue una mujer que había hecho realidad su sueño de convertirse en una actriz profesional y participar en multitud de películas. Este reconocido estatus de actriz le había abierto las puertas de acceso a una franja de prestigio por encima de lo convencional en la que ella celebraba estar instalada por fin. Sin embargo, al comenzar su relación con Frèdèric, de quién se terminó enamorando y con quién se casa, Angèle procede a apartar progresivamente sus objetivos personales y profesionales y supeditar todo el sistema de su vida al bienestar y el progreso de su relación sentimental con Frèdèric, un tipo que la había convencido de su valor. No en vano, éste comparece como un artista autosuficiente que no precisa de trabajo para su sustento, que goza de una situación económica más que desahogada y cuyo perfil personal responde al de un tipo autónomo, decidido y resuelto. Años después, Angèle se encuentra tan protegida bajo el auspicio económico y emocional de Frèdèric, y tan alejada de su éxito profesional, que ya no encuentra la manera de volver a retomar su carrera en el punto en el que la dejó. Además, ella sabe que Frèdèric no está a favor de que vuelva a trabajar en el mundo de las películas, sino que la quiere dedicada a él, cosa que a ella le supone una limitación personal que está dispuesta a observar. Angèle, por tanto, advierte que el único camino de avance posible es el que le conduce a Frèdèric, y cualquier otro le resulta arriesgado y dificultoso, cuando no perdido para siempre.

Un verano ardientePor su parte, Frèdèric también se ha refugiado en el amor y el cariño de Angèle y se encuentra en una relación de dependencia con ella, aunque, quizás debido a su juventud, a su energía, o a la sensación de “no tener límites” que suele acompañar a aquélla, no es consciente de tal dependencia. Frèdèric llega a decirle a su amigo que no podría vivir sin una mujer, pero en realidad esta idea no parece tener ningún impacto sobre el tipo de relación que mantiene con Angèle, al menos en lo que se refiere a su trato diario. De hecho, éste caracteriza más bien por su propio deseo, su propia impronta de vida y no parece atender en igual medida las expectativas de Angèle. Es más, llega a colegir que éstas, en realidad, se satisfacen en exclusiva a través de él, de su amor y de su atención, insinuando que él es lo único que Angèle necesita para sentir felizmente su matrimonio. En una de las escenas de la película, frente a una pintura que Frèdèric está terminando, Angèle le insinúa que esa pintura le hace “sufrir”, y él le contesta: “Cualquier pintura en la que tú no figures te hace sufrir”, lo que termina haciendo llorar

a Angèle. Sin embargo, el devenir de la historia hará emerger signos inequívocos de la reciprocidad de la dependencia que se establece entre ambos, presentados al comienzo de la historia como dos ejemplos lustrosos de personas enamoradas confeccionando una franja de prestigio (un pintor joven, una actriz de éxito…) y concluyendo, finalmente, que se trata más bien de una pareja tristemente agotada y apenas sostenida gracias a la gran dependencia recíproca que construyen entre ambos.

La mencionada escena frente a la pintura es uno de los momentos estelares de “Un verano ardiente”. Se trata de una compleja y bien codificada escena en la que se articulan varias subhistorias que se producen entre ellos, y que aluden tanto al presente que viven como al pasado del que proviene su propio matrimonio. Angèle acaba de llegar a casa, prepara una bebida para Frèdèric y se la lleva para que la disfrute mientras trabaja en su cuadro. Ella se acerca, acaricia su pecho por debajo de la camisa y comienza un muy medido diálogo no apto para novatos emocionales:

– ¿Te gusta? – le pregunta Frèdèric
– Muy bonito – dice ella tomándose su tiempo y contestando sin mirar a la pintura.
– No te pregunto eso. Te pregunto si te gusta. Bueno, ¿te gusta?
– Sí me gusta. (pausa) Estás tan pendiente de mi respuesta que parece que miento, cuando no lo hago. Siempre me ha gustado lo que haces.

Frèdèric, cuyo éxito como pintor está aún por constatar y que debe su privilegiada condición a sus recursos heredados, deja entrever la forma cómo busca la aprobación y el respaldo artístico en la persona a la que ama, encomendando dicha aprobación al amor que ella siente por él. Frèdèric espera que su mujer no sólo le respalde, sino que verdaderamente se sienta atraído por su trabajo, mostrando una dependencia emocional que deja traslucir sus propias dudas artísticas hacia sí mismo y hacia su trabajo. Angèle es consciente de esa debilidad de Frèdèric, pero no puede apuntarla en voz alta puesto que supondría poner de manifiesto la debilidad de su matrimonio y ahondar en una crítica que terminaría con su propia relación. Siente la presión que ejerce Frèdèric sobre ella para que conteste positivamente. Tanta es la presión que siente, con la cara de Frèdèric aún girada en espera atenta de su respuesta, que ella siente que no puede contestar en libertad. Y de ahí la frase: “Estás tan pendiente de mi respuesta que parece que miento, cuando no lo hago”. El exceso de atención y la insistente presión hacen que sus palabras “sí me gusta” cobren un cariz teatral que parece insinuar que miente. Es la gran frase de la película.

– ¡Mentirosa! – dice Frèdèric
– No miento. (Pausa). Hay cuadros que me hacen sentir bien y otros que me hacen sufrir.
– ¿Y éste te hace sufrir?
Angèle guarda silencio.
– ¿Te hace sufrir? eh? – insiste Frèdèric
Angèle guarda silencio.
Frèdèric se exaspera y sonríe molesto. Él se da la vuelta para mirarla, ella se aleja y se da la vuelta para esconder su rostro. Y comienza a llorar.
– Cualquier cuadro en el que no figures te hace sufrir.

Frèdèric es consciente de esa dependencia que Angèle siente por él e interpreta que la satisfacción de ella se resuelve a través de la atención que él le puede o no profesar. Angèle considera su entrega como una forma de amor y una forma de proteger su matrimonio, pero él pierde el rumbo y, considera la solicitud de atención de ella como algo que no necesita, sin darse cuenta de que ello conduce a la aniquilación emocional de ella. Angèle se desespera al ver que su atención por él y sus cuidados por el matrimonio no son valorados y no están teniendo el efecto esperado. Y en realidad, tras sus otras concesiones profesionales anteriores, lo único que justifica su presencia en la relación es el amor de él, de cuya existencia él ha dejado de mandarle señales.

Un verano ardiente” no puede presumir de ser una gran película, pero sí de haber puesto en escena el devenir y la intimidad de unas conversaciones conyugales entre dos personajes que mantienen una relación de lo más compleja. Con ella, Garrel vuelve a demostrar su talento para lidiar con diálogos profundamente adultos y auténticos atracones de realidad, como ya demostrara en otras películas como “El nacimiento del amor” o  “El Corazón Fantasma” (1996), por cierto también en pura reflexión sobre la dependencia entre las personas.  El debate sobre la recíproca dependencia entre Frèdèric y Angèle sería eterno, como lo sería la búsqueda de las sensaciones que se esconden detrás de cada una de las frases del diálogo que hemos reproducido. Seguramente, cada pareja sentimental que asista a la escena le proyectará diversas interpretaciones que tienen más o menos sentido para cada uno de ellos. La escena tendrá efectos imprevistos según el matrimonio que la vea, como puede suceder con cualquier pareja matrimonial o no que cometa la imprudencia de ver juntos Eyes Wide Shut, de Kubrick, y que la comprenda de verdad. En cualquier caso, estas relaciones caleidoscópicas en donde resulta imposible encontrar el claro y buen proceder en ninguno de los dos personajes son la demostración de que el cine es fundamental para la vida, y que estas escenas son todo un aprendizaje de lo más necesario para salir al mundo y vivir la compleja e insondable enjundia del amor y sus formas. Lástima que una película seguramente etiquetada como de nivel medio no goce de más oportunidades para desvelar sus interesantes e imprescindibles rincones.

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