Escenas para la historia: “Viaje a Cítera” y el desarraigo radical a la intemperie

Viaje a Cítera”, del director griego Theo Angelopoulos, concluye con una terrible e inolvidable escena que reproduce la más terrible sensación de frío, soledad y desarraigo.

Que Theo Angelopoulos fue capaz de crear algunas de las imágenes más potentes del cine europeo, allí donde esta denominación arraiga su sentido más geográfico y emocional al mismo tiempo, es algo aceptado y apreciado por sus seguidores, que lamentablemente no son demasiados más allá del circuito estrictamente cinéfilo. Y es que, considerando la potencia visual y emocional de algunas de las imágenes que construyó a lo largo de su filmografía, pareciera que el director griego comenzara a diseñar sus películas precisamente a partir de estas imágenes, como si todo lo demás se dispusiera después de tal modo que permitiera comprender cómo hemos llegado a dichas escenas tan impactantes que suelen quedar en nuestra memoria durante mucho tiempo después del visionado. A veces, el efecto es puramente compositivo, como ya analizamos en una de las últimas imágenes de “La eternidad y un día; otras, requiere de grandes despliegues, como la imagen de la barcaza portando  la estatua de Lenin en “La mirada de Ulises”; y otras, como en “Viaje a Cítera”, moviliza una austera producción pero de efecto humanamente sobrecogedor.

Nos fijamos, precisamente, en su escena final, allí donde todos los temas desplegados a lo largo del metraje se consolidan de forma muda en el devenir ya detenido de sus personajes principales, que no irán, literalmente, a ningún otro sitio más. Es la última escena de la película, en la que Spyros y su mujer, Katerina, se hallan sobre una plataforma flotante situada a unas decenas de metros del puerto, emplazados allí por las autoridades policiales en cumplimiento de una orden que les exhorta a sacar a Spyros inmediatamente del país. Y así es cómo el espectador choca contra esta terrible y desgarradora imagen en la que los dos ancianos se ven radicalmente rodeados de las más terribles amenazas a la intemperie. Angelopoulos mantiene a Spyros primero en soledad, y luego en compañía de su esposa Katerina, durante una noche completa sobre una plataforma tambaleante, en pleno invierno, a disposición del viento, del frío y de las olas. Imposible no fijarse en la superficie metálica y fría de la plataforma, visiblemente húmeda, casi encharcada, sobre la que los ancianos se sientan con su ropa vieja y que imaginamos también mojada como ellos. Todos los detalles de la escena remiten al frío y a la soledad: los charcos dan paso al borde metálico de la plataforma, más allá del cuál solo se ve ya el agua del mar; los únicos colores vivos son los del óxido y la suciedad que parece resbalar por sus laterales; junto a esos bordes se aprecian los pasadores metálicos para pasar cuerdas o cadenas y que aquí funcionan metafóricamente como salientes de espinos que fijan los límites de su reducido espacio de confinamiento y que aumentan esa sensación de enorme soledad. Resulta imposible no sentir la mirada de espectador atravesada por el frío literal pero también simbólico que invade a los personajes y nos escandalizamos al intuir la delicadeza de sus cuerpos frente a unas inclemencias que, en este caso, no son solamente climatológicas, sino que remiten al sistema burocrático que les ha llevado hasta allí.

Angelopoulos ensaya con esta elocuente imagen, a la que cuesta poner palabras por sentir que reducen el horror de la escena, el que podría ser un paradigmático final para la figura de un eterno refugiado, y que por cierto, es una categoría en la que aún hoy miles de personas corren el riesgo de caer producto de los conflictos internacionales y los flujos migratorios. La imagen puede considerarse la respuesta a una pregunta cuyas palabras no hemos oído en la película, ni las oiremos, pero que late en el fondo de la biografía de Spyros como metáfora de cualquier otro refugiado: ¿Cuál es el único lugar en el que podrá morar en paz? Solo podrá morar en paz abordo de una fría plataforma en medio del mar donde no es posible la vida, es decir, en unas aguas que la película etiqueta como “internacionales”, “no reclamadas”, como Spyros, y sobre las que nadie asume ninguna responsabilidad. Dicho de otra manera, Spyros y su esposa terminan confinados en un sitio que no lo es, que no tiene entidad ni sombra ninguna y sobre la que no se puede construir vida alguna. La imagen sirve como verso, como frase que nos aturde y nos espanta, pero también es el ensayo que Angelopoulos pone en marcha sobre ese arquetípico final que, en ocasiones, sigue a la vida de aquellos que son rechazados en todas partes a lo largo de sus vidas. Pocos la terminan sobre una plataforma, como Spyros y su esposa, sino que lo suelen hacer de maneras menos “poéticas” pero igual de macabras. El texto de Angelopoulos funciona aquí como una terrible proclama política que fue articulada en 1984 con el estreno de la película, pero que sigue vigente aún hoy, y más que nunca. El final de Spyros, por tanto, es una construcción artística, cuyas palabras exactas no remiten a la realidad, sino que ha sido (re)pensada a través del texto artístico del cine, y convertida en una forma de desgarradora poesía que araña el fondo de los ojos de los espectadores de clase media. Sin embargo, es una elucubración que pretende un halo de universalidad, es decir, la que adquiere al proclamarse como metáfora del final de todos aquellos que mueren lejos de su casa sin un lugar que puedan considerar propio. Angelopoulos busca una imagen en donde quepan todas las demás, las reales, las de los periódicos, y que con su eternidad artística les dé a todas una cobertura emocional lo suficientemente potente para remitir a todas a la vez. Es una imagen que nada tiene que ver con la realidad pero que remite a ella poderosamente.

El salto a la realidad, a las imágenes periodísticas, lo da el espectador, solo un minuto después de que “Viaje a Cítera” termine, y aún con la imagen de Spyros y Katerina en su retina.

Si Angelopoulos hubiera pretendido responder fielmente a la lógica de lo “coherente” y lo “verosímil”, nunca habría terminado situando a sus espectadores en una plataforma metálica sobre el mar, en pleno invierno. Seguramente, no existen caminos para justificar burocráticamente una acción como ésta, y el final de nuestro matrimonio protagonista habría devenido en otros términos. Tomemos por separado las palabras “devenir” y “situar”, que nos darán la pista sobre la voluntad de Angelopoulos. Sí, porque si la historia de Spyros y Katerina hubiera sido desarrollada de forma “coherente” y “verosímil”, jamás habrían terminado sobre una plataforma sobre el mar. Su deambular habría “devenido” de forma más natural, orgánica, posible y realista hacia otras formas de final que remiten a nuestra realidad periodística. Sin embargo, Angelopoulos hace trampa y “sitúa” a Spyros y Katerina en un retablo terrible, una composición de imposible devenir, estática, hopperiana, hierática. Se trata de una escena a la que no se puede llegar si no es por la intervención poética y tramposa de Angelopoulos, que dobla las leyes y actúa sobre el guión para “situar” a sus personajes en un marco de protesta inconcebible en términos de realidad pero que funciona eficazmente en términos de proclama política. No es casualidad que se trate del final de la película, es decir, allí donde la trampa no tiene consecuencias, pues la historia no precisará después de continuar con apariencia de lógica y realismo. Se trata de una escena imposible, solo vagamente conectada con el resto de la película por la identidad de los personajes principales, que funciona como inscripción final de la proclama y que renuncia finalmente a su narratividad en aras de una estática iconicidad con una elocuencia emocional absolutamente radical.

Puede que sean esta clase de escenas, precisamente, la característica más permanente y duradera de lo que podríamos llamar “la escritura” de Theo Angelopoulos, su trazo más personal y más reconocible.

El amor de Katerina

No cabe duda de que parte de la intensidad emocional de la escena se apoya sobre los rostros de los dos personajes protagonistas, que reflejan el paisaje arrasado no solo de los senderos por los que han caminado hasta llegar allí (algunos, por cierto, mostrados durante la película), sino también los que imaginamos que sienten dentro de sí mismos. El rostro de Spyros es el de alguien que se ha esforzado durante toda su vida para sostenerse como sujeto a pesar de ser permanentemente rechazado en todas partes y de haber causado daño a seres queridos como Katerina, a quién abandonó durante más de tres décadas. Sin embargo, es el personaje de Katerina el que resulta más enternecedor y el que en realidad arañará al espectador por su vulnerabilidad a la intemperie. No en vano, es Spyros quién rodea con sus brazos al enteco cuerpo de Katerina, que nunca jamás debió haber acabado sobre la plataforma junto a él, el hombre que la abandonó para irse a vivir y trabajar a la Unión Soviética en donde formó una nueva familia junto a otra mujer.

Recordemos que Katerina había esperado a Spyros durante esas tres décadas confiando en su regreso. En un momento, su hijo le dice a Spyros: “Vivía solo esperando tu regreso”; y su hija le dice: “Tu esposa se secó esperándote”; todas muestras del sacrificio de lealtad que Katerina mantuvo vivo durante todos esos años esperando el regreso de su esposo. La primera reacción del espectador es la incomprensión de este personaje, pero con el paso del metraje, Katerina va poniendo en valor su actuación y se postula como un ejemplo de fidelidad en el que, al final, el espectador solo puede reconocer la heroicidad que sigue a su inquebrantable amor. Ahora, prueben a mirar ahora de nuevo la imagen pensando en Katerina.

Para Katerina, no hubo jamás más amor que el que ella sintió por Spyros y junto al que pensó que estaría toda la vida. No ha conocido ningún otro hombre y ni puede ni quiere sentirse de ningún otro hombre. A pesar de sus 33 años de ausencia, Katerina sabe que su único lugar posible es junto a Spyros, y que no tienen ningún otro sitio donde ir. Ha esperado toda la vida a que volviera y, ¿qué sentido tendría ahora dejarle marchar solo? ¿acaso no sería como desperdiciar la espera realizada?. Ella, que es una anciana y que a lo largo de su existencia ha forjado la idea de que Spyros es su esposo y es su vida, ¿qué podría esperar ya tras su muerte?. Todo esto lleva a Katerina a “embarcarse” junto a Spyros en su huida, a comenzar junto a él un nuevo periplo que a su edad es toda una misión heroica, para estar junto al único hombre en el que ella inscribió su propia identidad. Si Spyros no tiene ya ningún sitio que pueda sentir propio, Katerina solo tiene a Spyros como su “lugar propio”, y tras esperarle toda una vida, no está dispuesta a renunciar a él. Si nos fijamos de nuevo en la imagen, veremos que Katerina apoya todo su cuerpo sobre el de Spyros, es decir, busca que la sujeten porque ya está a punto de caerse. Spyros la rodea, le hace “un lugar”, le marca con sus brazos el sitio donde ella puede estar, que es lo que más necesita. Katerina disfruta por fin, en las peores circunstancias posibles, el cariño de “ese lugar” por el que esperó 33 años. Y por eso su personaje, sobre la plataforma metálica sobre el mar, resulta más sobrecogedor que el de ningún otro en esta historia.

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