“Web Therapy”: Sintomatología extrema de un relato de orientación puramente online

Web Therapy” no resulta tan interesante como producto audiovisual que disfrutar en estos tiempos, sino más bien como un notable ejemplo del todo sintomático de lo que podríamos llamar la narrativa de éstos. Pensada inicialmente para ser un conjunto de “webisodios”, es decir, un producto diseñado intrínsecamente y desde su primer momento para ser consumido en y a través de la Red, la serie presenta todos los síntomas que atribuimos a la narrativa actual, la más moderna, la más próxima a los nuevos canales de distribución de contenidos audiovisuales que llevan años reclamando su papel primordial en esta nueva fase online a la que estamos inexorablemente abocados. El éxito de estos canales (Netflix, Yonvi, Amazon, iTunes, etc.) está poniendo (otra vez) de actualidad la inapelable frase macluhiana que decía que “el medio es el mensaje”, efecto apreciable en el modo cómo estas nuevas series de TV están incorporando unos ciertos elementos, retirando otros y, en general, repensando su narrativa misma para adaptarse óptimamente a las especificidades de estos nuevos canales así como a las costumbres de consumo de los nuevos espectadores online.

Fragmentación de la atención con múltiples elementos reclamantes

Web Therapy” mantiene durante gran parte de su metraje un tipo de plano muy particular: El pantallazo, o el escritorio remoto de la protagonista, Fiona Wallice (Lisa Kudrow), como si el espectador fuera el usuario del ordenador a través del cuál ésta se relaciona con el resto de personajes. Sólo la enunciación de esta morfología básica de la serie ya requiere del uso de multitud de términos que en lugar de remitir a un espacio virtual de narración, remiten a la realidad del usuario de pantallas en el que todos nos vamos convirtiendo progresivamente. Reconocemos en pantalla el menú superior del sistema operativo, los iconos de algunos documentos de Fiona (como los borradores de un “Business plan”), el fondo del escritorio, etc. La serie adopta el paisaje natural del usuario online, o al menos del usuario de las actuales tecnologías de la información, y lo dispone como espacio de fondo sobre el que dispondrá después la narración principal. Sin embargo, ésta tampoco limita sus elementos narración a una ventana que muestra la imagen de un personaje frente a su webcam, sino que suele emplear dos ventanas, aumentando de este modo los elementos en pantalla. No es extraño que veamos al personaje de Fiona a través de su webcam haciendo una llamada telefónica a un personaje fuera de plano cuyo número de teléfono vemos en pantalla porque allí aparece una ventana con los datos del contacto obtenidos de su agenda. Y además de la agenda, “Web Therapy” muestra junto a la imagen de Fiona otros elementos como fotografías, grabaciones de videoconferencias anteriores, sus e-mails, etc.  Y por supuesto también es habitual que ese escritorio virtual que abarca toda la imagen disponga una ventana de navegador donde podemos ver la página web del negocio de Fiona, que funciona al mismo tiempo como una “autopromo” de la serie en sí misma. Por tanto, estamos ante un escritorio que fagocita e incorpora a su lógica cualquier tipo de elemento que pueda servir a la narración. Salvo en las ocasiones en las que la imagen de la pantalla conecta con la imagen de una webcam y el personaje aparece como un “busto parlante” que la abarca por completo, el resto de planos juegan a combinar rabiosamente toda clase de elementos en pantalla que reclaman la atención del espectador. Y por cierto, si hay pocas cosas que reclamen tanto la atención de un sujeto como unos ojos que le miran, el sistema dual de videoconferencias de “Web Therapy” no pone uno sino dos pares de ojos mirando a cámara formulando una doble interpelación al espectador. Toda una declaración de intenciones de una serie que nos mira por partida doble para captarnos hasta el final, y que comienza haciéndolo desde los mismísimos títulos de crédito que terminan con una webcam que gira y nos apunta directamente a los ojos.

"Web Therapy"

Decía Nicholas Carr en su libro “Superficiales. Qué está haciendo Internet con nuestras mentes”, que tras convertirse en un usuario de las nuevas tecnologías y ver su vida alterada por completo por las nuevas costumbres, encontraba muchos problemas para concentrarse en un texto y leerlo con atención hasta el final. Afirma que, tras empezar a leer, su mente tarda poco en empezar a preguntarse qué otras cosas podría estar haciendo en lugar de leer, qué otras actividades reclaman su atención, impidiendo una lectura profunda y calmada. De hecho, incluso los periódicos online suelen disponer el artículo principal a un lado de la pantalla dejando una o varias columnas laterales que discurren paralelas al cuerpo de texto e incorporando multitud de elementos que reclaman la atención, tales como secciones tipo “Lo más leído”, “la noticia del día”, histriónicos banners de publicidad con animaciones llamativas, fotografías, etc., elementos todos ellos que parecen animarnos a abandonar la lectura para dirigirnos cuanto antes a otro texto, otra web u otra actividad. Web Therapy” parece incluir ya de por sí dentro de su propio espacio discursivo, el rectángulo de la pantalla, toda una dieta de elementos que reclaman nuestra atención y que se asemejan, si no reflejan, la morfología de nuestros propios escritorios. “Web Therapy” hace coincidir en el tiempo y en el espacio de su rectángulo tanto la imagen de los personajes como el resto de elementos reclamantes de atención que captan nuestra mirada pero que, en la medida en que aportan una información complementaria al discurrir de la narración principal, parecen remitirnos de nuevo a la reconexión con la misma. En este sentido, el universo de “Web Therapy”, el espacio virtual del escritorio que es el mundo en el que aparecen todos los elementos, parece reflejar la locura de nuestros propios escritorios pero sometiendo cada elemento a la lógica misma de la narración. Pudiera considerarse esto como una táctica para tratar de mantener la atención del espectador dentro del propio rectángulo discursivo de la serie. El empeño tiene sentido en tanto que capitaliza la recuperación de la atención del espectador en forma de fidelidad audiovisual, aunque también es cierto que es pacatamente ingenuo considerar que esta simultaneidad de elementos puede competir con los verdaderos arietes de la desconexión del espectador que son redes como Whatsapp, Twitter o Facebook (cuyos efectos hemos estudiado anteriormente en Código Cine).

Resulta divertido atender al hecho de que en “Web Therapy”, ni siquiera los personajes principales prestan toda la atención a la actividad principal que están llevando a cabo. Hay multitud de ocasiones en las que vemos cómo Fiona escribe al ordenador mientras escucha a sus pacientes, o cómo desarrolla otras actividades paralelas del mismo modo cómo actuaría el usuario paradigma de las tecnologías de la información.

Sin duda, debemos esperar un reconocimiento por parte del espectador de esta división de la atención en la que encontrará puntos de conexión con su propia vida y su propia forma de ver “Web Therapy”.

En cualquier caso, resulta muy sintomático que la serie trate de reunir todos los elementos en su propio discurso en lugar de tratar de focalizar la atención en uno solo. Es un síntoma de nuestra nueva manera no ya de ver películas, sino de ver nuestro mundo, y muy especialmente el que involucra a las tecnologías de la información.

 

Una idea principal adaptada a períodos cortos de atención

Fiona Wallice es una terapeuta que trata de ayudar psicológicamente a sus pacientes mediante sesiones cortas de tan sólo 3 minutos en lugar de las sesiones habituales de 50 minutos de duración. Según explica ella misma, el objetivo es impedir el desarrollo de la “cháchara habitual”, totalmente improductiva en su opinión, y concentrarse en el problema real de los pacientes. Más allá del interés o la presumible ineficacia de la ocurrencia, que corresponde más bien a la lógica cómica de la serie, cabe apuntar que la idea no es casual. Hablábamos anteriormente de que la atención de los nuevos espectadores está cada vez más fragmentada y que aumenta la dificultad para posarla en un asunto únicamente, por lo que cabe pensar que la atención del espectador se ha vuelto impaciente y que estará hoy menos dispuesta a conceder tiempo a la trama para que lleguen sus acontecimientos principales. Las sesiones de terapia de apenas 3 minutos son la promesa que “Web Therapy” despliega ante sus espectadores en virtud de la cuál los acontecimientos deseados, lo inesperado y cómico de su narración, llegará en breve y no requerirá de una larga exposición. Y no es una promesa baladí, en tanto que el encuentro de los “plot points”, o las imágenes más deseadas de la serie, son la única razón por la que el espectador mantiene su condición de tal. Un ritmo lento o la demora (aparentemente) injustificada de la entrega de tales imágenes deseadas supone hoy más que nunca una oportunidad para la desconexión que los espectadores realizarán llevados por cualquier otro elemento reclamante de su entorno. Las sesiones de 3 minutos que son un elemento del interior del discurso, trasciende el límite de éste para convertirse en una razón para seguir conectado a la serie ante la promesa de que lo mejor no exigirá prácticamente espera alguna. Y esto es lógico en un entorno donde la atención del espectador está cada vez más dividida.

Por si esta compresión de la narración no fuera suficiente para caber en los espacios de atención cada vez más pequeños de los espectadores, el capítulo entero se divide en unidades menores o subcapítulos (con títulos propios que sirven para unir los elementos entre sí) que reducen aún más el metraje destinado a cada unidad narrativa. El resultado es un permanente encuentro con el comienzo y el final de unidades y subunidades narrativas que no permiten que se produzca el efecto de un discurrir lento o complejo. El espectador se sorprende constantemente al comienzo de una unidad narrativa o de un final que es la excusa directa para un nuevo comienzo. La mente del espectador no puede reposar sobre ninguna subhistoria en tanto que comienza y finaliza en un espacio extraordinariamente breve. Es cierto que las subhistorias se continúan entre sí en una dieta de temáticas definida por los guionistas pero también es verdad que la permanente conexión y desconexión de cada una de las subhistorias no permite su concepción como un continuum legible, sino como un conjunto de elementos dispares.

Según afirma el personaje principal, Fiona Wallice, las sesiones de 3 minutos de duración son perfectas para que el paciente no divague, sino que aborde rápidamente el problema que le ocupa. Es decir, Fiona viene a decir que lo reducido del tiempo de cada sesión obliga al paciente a concentrar su atención, que es exactamente lo que pretende del espectador. Y para evitar que éste pierda el interés le atormenta con un inquietante ritmo de comienzos y finales de capítulos y subcapítulos que renuevan el estímulo a cada minuto para anestesiar esa voz en la mente del espectador que le pregunta qué otras cosas podría estar haciendo en lugar de ver “Web Therapy”.

 

Simplicidad de tramas y personajes para la lógica de capítulos de 20 minutos

Como ya estudiamos hace tiempo, la duración de los capítulos de las series de TV no sólo afecta a la planificación de la presentación de los acontecimientos de su argumento sino que transforma la lógica y mecanismo interno de los personajes y de las tramas. Dicho de otro modo, afecta al contenido mismo que se narra y a las lógicas internas de funcionamiento de sus personajes y sus tramas. El caso de “Web Therapy” no sólo se adapta perfectamente a esta lógica sino que la encarna hasta el paroxismo, uno tal que pone a los personajes al borde del absurdo o de la pérdida total de su verosimilitud.

Recordemos que decíamos que las series de TV de capítulos cortos tenían personajes más simples, más proclives a los estereotipos, montajes ritmosos, guiones directos que entregan rápidamente sus tesoros, etc (listado completo aquí). “Web Therapy” se ajusta a muchos de estos elementos dejando atrás incluso la puntuación media de la mayoría de series de capítulos cortos. La simplicidad de personajes como Fiona Wallice, su madre o sus pacientes hacen que las tramas sean predecibles y se doblen excesivamente para articular un efecto cómico que por su evidencia rara vez consigue más que una silenciosa mueca de sonrisa. Tanto es así que el sentido de los actos de los personajes se pierde por completo, permitiendo incluso que la noticia de una infidelidad no despliegue el disgusto trágico en el rostro del engañado, que tarda varios días en reaccionar ante su pareja. Es sólo un ejemplo entre docenas de cuantos es posible encontrar sólo en el espacio de un capítulo. Ninguno de los personajes alcanza jamás la más mínima profundidad subjetiva ni ninguna clase de ambigüedad moral que tan productiva a resultado entre las series modernas y de la llamada “golden age”.

En cuanto a los estereotipos desplegados: Hay un experto en ordenadores que es indio, una rubia tonta y superficial, un psiquiatra con problemas psiquiátricos, etc. etc.

En definitiva, un producto de muy escaso interés narrativo que fracasa completamente como relato de calidad pero que por sus características morfológicas y discursivas resulta del todo sintomático de las narraciones pensadas para canales online. Fragmentación constante de la atención, renovación del estímulo, ojos que nos miran, multiplicidad de elementos, etc., como tácticas de conexión con el nuevo espectador al que se le promete que la experiencia de ver “Web Therapy” no le “tomará” demasiado. No se les ocurra verla a no ser que les interese desde el punto de vista de una cierta investigación.

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