Whatsapp… y el CINE

Whatsapp y cine

En un mundo en el que conectamos con Whatsapp multitud de veces a lo largo del día, sabemos de nuestros amigos por Facebook y de sus viajes por Flickr, la primera víctima es nuestra ATENCIÓN, cada vez más dividida. ¿Cómo afecta esto al CINE?. ¿Cómo es el consumo audiovisual que hace el nuevo hombre digital?

Hace unas semanas, el diario El País publicaba un artículo titulado Mucho Facebook, ¿poca concentración?, en el que reflexionaba sobre cómo la permanente disponibilidad de las ocasiones de contacto con los canales digitales (Whatsapp, e-mails, Facebook, Twitter, Instagram, etc.) está afectando a las personas, y en particular a quiénes más se exponen a estos nuevos canales que se han convertido en mediadores de nuestras relaciones personales. El artículo recogía algunas conclusiones definidas por famosos y solventes investigadores como Nicholas Carr, y su estudio “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, quién confiesa haber perdido la capacidad para centrar completamente su atención en un texto, como si al leer su mente desconectara llevado por la tentación de buscar otra cosa que hacer, incapaz de centrar su atención en la lectura para alcanzar todos los niveles de significado presentes en el texto.

Claramente, esto puede aplicarse no sólo a la lectura de textos, ya sean libros, artículos periodísticos, ensayos, etc. sino también al cine y otras formas de arte, especialmente aquellas que requieren de un tiempo de exposición mínimo determinado así como un mínimo nivel de atención intelectual. Una película requiere que el espectador mantenga su atención centrada en ella durante una hora y media, dos horas, o incluso más, lo que hoy en día es casi pedir al espectador un esfuerzo enorme, no sólo por el desgaste físico que todo cinéfilo sabe que ello conlleva, sino también porque, en el contexto actual de nuestras vidas digitales caleidoscópicas, que requieren cada poco la reconexión permanente con los canales digitales, mantener la atención centrada en un texto único durante “tanto tiempo” va contra natura. Sentimos permanentemente la tentación, como apuntaba Carr, de llevar nuestra atención a otro sitio, de interrumpir el visionado de la película para echar un ojo a nuestro móvil. De hecho, lo más interesante no es que hagamos esa interrupción, que afecta al visionado, sino que tengamos en marcha una alerta interna que nos indica, en medio de un “texto”, como una película, que hay que atender a nuestros canales digitales, ese insaciable tamagochi que discurre en paralelo, de fondo, a toda nuestra vida. No es que los medios digitales fuercen interrupciones permanentes, sino que se mantienen activos durante todo el día en nuestra mente y en nuestro gestor de la atención. Whatsapp y el resto de sistemas digitales de comunicación interpersonal discurren durante el tiempo de nuestra vida no como oportunidades de contacto, sino como un continuum de intercomunicación que se extiende durante todas las horas de nuestro día. Esto, lógicamente, afecta al visionado de una película, puesto que el cine se concibe por sus creadores como obras que se han de consumir preferiblemente en una única sesión que cautive toda nuestra atención.

De este modo, cabe redefinir incluso el concepto actual de “presencia”, que deja de ser un fenómeno que sucede en un único lugar y momento por el efecto de nuestra física existencia frente a algo o a alguien, y se convierte más bien en la sensación que alguien tiene de nuestra existencia, cosa que pueden sentir varias personas o grupos de personas simultáneamente y sin conocerse. Dicho de otra forma, una sola persona existe ahora en varios escenarios personales simultáneamente, y está presente en todos ellos, formando parte de alguna manera, aunque quizás no interactuando con el 100% de su atención. Hoy podemos participar en docenas de conversaciones de Whatsapp, conocer de un vistazo qué hacen o qué sucede en las vidas de nuestros amigos con Facebook, enterarnos de “qué se cuece ahí fuera” gracias a Twitter, y publicar nuestras fotos cotidianas en Flickr, Pinterest o Instagram, y todo al mismo tiempo que discurrimos como seres físicos en el lugar en el que nos encontramos. Todo a la vez. ¿El coste? Seguramente, la atención. Existimos en más lugares, nos comunicamos a la vez con más personas, mantenemos conversaciones que pueden durar días escribiendo unas pocas líneas cada tres o cuatro horas, etc., ¿de verdad alguien cree que es posible hacer todo esto prestando la misma atención que si hiciéramos solo una de ellas sin ninguna distracción? Que seamos capaces de “alimentar” todas estas oportunidades de conversación y que lo hagamos con una mínima competencia, no significa que estemos aportando el cien por cien de nosotros mismos en todas ellas.

¿Cómo no va a afectar esto al CINE?.

De hecho, lo hace de formas insospechadas. Por ejemplo, que una película dé por supuesto que su público está prestándole toda su atención, cuando hemos visto que hoy en día eso no sucede. Sin embargo, tanto los guionistas, como el director de la película, e incluso personas como el iluminador o los ingenieros de sonido, todos ellos crean la película dando por supuesto que el espectador es un tipo sentado en la oscuridad cuya vista está clavada en la pantalla y su atención totalmente magnetizada. Inconscientemente, todo el equipo artístico detrás de una película da por supuesto que su público es así, y si no… es que la película no les está interesando, y que ellos son los responsables. Sin embargo, hemos visto que hoy esto no significa necesariamente falta de interés, sino quizás tan sólo falta de atención, y que no es un efecto exclusivo de una película aburrida, sino tan sólo un fenómeno transversal que hoy se aplica a cualquier oportunidad de consumo de un “texto” o película. El riesgo de esta fragmentación permanente de la atención es que puede suponer un entendimiento equivocado del “texto”, y casi siempre suele conllevar también una experiencia edulcorada de la carga emocional o intelectual de la película. Una mente dividida puede dejar pasar una gran cantidad de derivadas propuestas a través de la película, ignorar determinados significados que van más allá de las “imágenes inmediatas” y, desde luego, no se internará por los subniveles del texto para captar ideas o sensaciones sutiles que, a menudo, son una parte crucial del cine. Adicionalmente, su mente desconectará su sentido crítico, puesto que la construcción de la crítica mental exige una atención centrada (salvo cuando tan sólo supone invocar un discurso crítico preconcebido y casi tópico). Así, dejar pasar lo sutil, perdernos sensaciones y no ser críticos, son los ingredientes suficientes para una muerte progresiva del cine. Simplemente, los “sensores” que usan las nuevas personas digitales no les permiten captar el valor del cine, y por tanto tienden a creer que es irrelevante (el cine como mero entretenimiento) o aburrido.

Una mente edulcorada que “está pero no está” requiere una forma de narración en titulares, que transmita las ideas principales en golpes semióticos intensos pero brevísimos. Ya no concebimos ver la TV sin el mando a distancia en la mano, dispuestos ya no a interrumpir el discurso televisivo, sino a hacerlo trizas hasta no dejar nada que parezca una “narración lineal”.  Las mentes actuales están deseando desconectar para conectar con algo diferente), por lo que no admiten explicaciones ni párrafos descriptivos. La comunicación debe ofrecerse en “bullets” o píldoras de información (si puede ser, de no más de 140 caracteres) a las que, paradójicamente,

las mentes receptoras tienden a ser más crédulas (hay quién dice que tendemos a creernos cualquier cosa expuesta en un PowerPoint).

Así, el cine se enfrenta a dos graves problemas derivados de esta fragmentación inevitable de la atención. Un problema de infraestructura, puesto que la disposición física de los cines está diseñada para un espectador sentado en la oscuridad, inmóvil, que centra su atención en la pantalla y que no se distrae prácticamente durante todo el metraje de la película. Es la experiencia cinematográfica clásica, algo que ya no volverá y que cada vez más resulta un esfuerzo titánico para los nuevos espectadores digitales. No debe extrañar que el nuevo espectador vea ventajas en el consumo doméstico del cine, en la pantalla de su TV, donde puede gobernar el discurrir o no de la película y en cuyo contexto puede intervenir fácilmente para fragmentar la atención y hacer hueco para conexiones con sus canales (Whatsapp, Facebook, etc.) o con otras personas alrededor. Por otro lado, el cine se enfrenta también a un problema artístico, puesto que las esencias de valor que han motivado durante décadas la concepción del cine como una obra de arte insustituible, requieren de un nivel de atención que hoy el espectador digital no ofrece. El resultado es que la percepción que el espectador tiene sobre el valor del cine ha disminuido claramente, lo que aquí hemos defendido a menudo como unas de las causas más importantes para explicar la caída de espectadores en las salas de cine, y que es mucho más grave y más complicado de resolver que el problema del precio de las entradas.

Tampoco debe extrañar que se haya producido un aumento enorme de la cantidad y calidad de series de TV, que se han convertido en uno de los “textos audiovisuales” más demandados y que ha robado espectadores al titánico CINE (la llamada “golden age de las series de TV” de la que aquí hemos hablado tanto). Claramente, las series de TV tienen características que encajan mejor con el nuevo espectador digital de atención fragmentada:

  1. Son más breves. Tienen capítulos que oscilan entre los 20 y los 40 minutos que, requieren una menor “cantidad de atención”, dejan más espacio para otras actividades y parece que requieren menos esfuerzo de consumo. De hecho, las series de TV con capítulos más largos (como “The Wire”, que suelen ser de más de 50 minutos) son, cada vez más, una rareza.
  2. Menor profundidad artística y/o intelectual: No es un norma, puesto que existen series de gran profundidad intelectual que requieren un esfuerzo interpretativo y abstracto (como “Hannibal”, “El Ala Oeste de la Casa Blanca” o “The Newsroom”) y series de gran calidad artística y visual (como “Treme” o “Mad Men”), aunque en general suelen alcanzar subniveles más limitados que los que aborda el cine de cierta calidad. Esto requiere menos atención, lo cuál es perfecto para el nuevo espectador digital que podrá desconectar y reconectar a voluntad durante el capítulo sin riesgo de no comprender lo que se le está narrando.
  3. Abordaje diacrónico de su enjundia intelectual: Las series de TV suelen alcanzar sus valores más elevados no tanto a través de capítulos concretos, sino mediante una construcción sutil y progresiva de estos valores que van tomando forma en el discurrir de las temporadas. Así, mientras que el cine debe construir un contexto de impacto emocional y artístico en cuestión de minutos, las series disponen de más espacio para lograr su objetivo, y lo hacen en sesiones más cortas en las que el nuevo espectador siente más facilidad para mantener su atención. Este fenómeno se aprecia claramente en series como “A dos metros bajo tierra”, “Los Soprano” o la mismísima “The Wire”, series definitivamente alabadas por crítica y público cuyo valor no se sustenta solamente sobre una selección de escenas o episodios, sino que más bien parece surgir de forma natural y espontánea, pero progresiva, para los espectadores que avanzan por ellas.

Las salas de cine, hijas históricas de una concepción del cine como arte de valor que requiere toda la atención del individuo, han reaccionado intentando preservar la pureza de la exposición cinematográfica a través de la prohibición del uso de móviles dentro de la sala durante la película. La prohibición se articula en nombre del derecho de nuestros vecinos de butaca a no ser molestados durante la proyección, a pesar de que nuestro vecino de butaca suele sentir la misma tentación de revisar su Whatsapp que cualquier otro dentro de la sala. El artículo de El País decía que la organización de algunos espectáculos ha decidido revertir esta prohibición y sublimarla en una invitación activa dirigida a los espectadores animándoles a compartir con sus amigos su experiencia y sus fotografías del espectáculo en tiempo real a través de las redes sociales, como hacen habitualmente cuando están en sus casas. Así, intentan convertir un problema en una acción de marketing online que emplea al público como “recomendadores” del show incrementando así la recaudación final de la taquilla. Sin duda, se trata de una muestra de adaptación a los nuevos tiempos, sobre todo lógica teniendo en cuenta que llevar la contraria al público, aquí tomado más bien por su concepción de “cliente”, no suele traer nada bueno en términos de marketing y, a la larga, suele conllevar su fracaso. Todos sabemos que, en algún momento, seremos capaces de usar nuestros smartphones y tabletas conectadas a internet mientras volamos en avión, y todos sabemos que la experiencia de consumo audiovisual favorita del público será una tal que le permita simultanear el visionado con su presencia caleidoscópica en los canales digitales. Definitivamente, esta concepción, más válida para espectáculos como los musicales o las performances, no es idónea para consumir cine o series de TV, pero también es verdad que hay tendencias imparables y fenómenos que, simplemente, ya no volverán. Si, como dice Jaime García Cantero, nos hemos convertido en esos “cyborgs” que vivimos con el móvil siempre a mano, habrá cosas que ya no podamos ser, aunque nos obliguen.

En Código Cine, siempre hemos defendido al espectador inmóvil, a oscuras, petrificado en su butaca, con el móvil apagado y con la mirada fija en la pantalla. Un fósil. Un espectador obsoleto, cuya presencia debería ser imperceptible, cuya consciencia debe quedar en suspenso durante la proyección; pero que nadie se engañe: Es el único espectador con el corazón repleto de emociones, de poesía, de ideas y sensaciones; el único espectador que bajará todos los posibles subniveles de interpretación y el que saldrá de la sala convertido en alguien que no era cuando entró. Es el único sensible a la magia del cine, una rara avis del mundo digital que sigue trabajando con las emociones y convirtiéndose en el ser más humano que puede llegar a ser.

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