“Edificio España”: Radiografía simbólica y documental de la pérdida de un emblema

¿Cuántas son las rasgaduras que puede provocar la pérdida de un edificio emblemático?. ¿Cómo se aborda su pérdida cuando se asiste a ella físicamente y en primera persona? Analizamos el documental “Edificio España” de Víctor Moreno y sus estrategias de aproximación a una “realidad-metáfora” de un momento y de una cierta tragedia.

Edificio España” fue concebido como el rastro documental de un proceso de cambio, el de un edificio emblemático de Madrid, que estaba en ese momento crucial de su existencia a punto de recorrer un trayecto de transformación en el que, de alguna forma, también iba a transformarse la ciudad de la que había terminado siendo uno de sus símbolos. Y es que no sucede frecuentemente que un edificio de semejante trascendencia cultural, social, topográfica, que forma parte del repertorio visual de la ciudad, afronte un absoluto vaciado físico y espiritual para vivir una nueva fase de su existencia. Víctor Moreno advirtió el sentido de semejante oportunidad y cámara en mano resolvió internarse por él y reflejar todos los “sentidos” que pudiera encontrar en tal emplazamiento dando como resultado más de doscientas horas de grabación. Cuando el vaciado del edificio se hubo completado, la obra fue paralizada y el edificio quedó a la espera de nuevas decisiones. Aunque hoy sabemos que el Edificio España ha sido recientemente comprado por un inversor chino que destinará el emplazamiento a la construcción de un nuevo hotel, viviendas, etc., al término de la filmación de este documental el enigma por su futuro aún no había sido desvelado y la incertidumbre del coloso era todavía la nota dominante.

Patrice Leconte hizo comenzar su film El perfume de Yvonne con una somera sucesión de planos fijos de ciertos emplazamientos para el espectador aún desconocidos y desprovistos de sentido, pero en los que el metraje situaría después a sus personajes y sobre los que construiría todos sus sentidos. En otras palabras, Leconte hace preceder el emplazamiento al sentido, como un marco de potencial semiótico pero desprovisto aún de todo relato asociado que permita la construcción de dicho sentido. Es la promesa del sentido, la apuesta por el descubrimiento o construcción del mismo, lo que nos impulsará por el devenir del film para ir enriqueciendo esos emplazamientos con las historias que los justificaron. Quizás sin pretenderlo, Víctor Moreno hace algo similar en “Edificio España”, situando en el centro de su documental un emplazamiento físico que en la medida en que aparece ya prácticamente desnudo, desprovisto de mobiliario, pertenencias, objetos personales, etc., comparece como aquellos lugares aún desconocidos con los que comenzaba “El perfume de Yvonne”. A partir de ese instante, la cámara tratará de buscar entre los escombros de la faraónica obra de vaciado del edificio aquellos retales de sentido, fragmentos de historias, pedazos de vida que permitan rearmar lo que otrora fue, sin duda, un crisol de grandes y pequeñas historias personales que palpitaron entre sus paredes. La narración, si es que en este caso podemos hablar de tal cosa, por tanto, revela su lógica más arqueológica, aguardando atento a la retirada del escombro o de los últimos muebles con la esperanza de que allí se encuentre el retal último de una historia de valor. Así es cómo vivimos, como una historia de valor, el instante en que la retirada de un cubrerradiador de madera revela que había escondido durante años la presencia de un objeto, un pequeño tesoro, que vuelve a la vida sin contarnos demasiado de su propietario y mucho menos sobre las causas por las que el sujeto invisible de la acción necesitó ocultarlo del ojo ajeno. Es en esos retales donde se revela el trazo de la presencia de tales historias personales. Ahí es donde localizamos, primero, nuestro deseo de consumo de esos relatos ocultos, de reconstrucción de la historia. Y segundo, en tanto que historias reales, ese proceso de recuperación del relato revela su condición más voyeur.

Víctor Moreno logra, seguramente sin ser consciente de ello, poner en marcha una vieja técnica documental que rigió parte del trabajo de los más grandes cineastas documentales de la historia del cine: la obra documental de los cineastas polacos de los años 70, entre los que sobresaldría con el tiempo el inconmensurable nombre de Krzystof Kieslowski. La técnica, denominada “to activate reality” y que en aquellos tiempos se concibió como algo necesario, ha sido recogida por Miroslaw Przylipiak como una de las características fundamentales de este cine documental que ha quedado como uno de los mejores de la historia. La técnica parte de la asunción de que la captación de la imagen que presta una realidad dada no es más que una fotografía plana y silenciosa que oculta sus lógicas y vicisitudes más propias. En otros términos, la simple reproducción plana de la realidad no recoge más que una opaca e impenetrable pose de la misma en donde no es posible localizar su génesis, su dinámica, su esencia, etc., que también forma parte de esa realidad (si es que no es, precisamente, su parte “más real”). Los cineastas polacos de los años 70 procuraban “activar la realidad” ante la cámara para que los elementos captados revelaran en su vibración dinámica las facetas que ocultaban. Producían un cierto “meneo” de la realidad para que ésta se mostrara de forma más rica, revelando su condición más “real”. Se trata de un concepto que tiene mucho sentido desde la cinematografía y que quizás no había sido explotado anteriormente con técnicas como la fotográfica para la que este “temblor” de la realidad puede ser de más difícil captación. Víctor Moreno no hace temblar la realidad del “Edificio España”, pero es una empresa de reformas y una legión de obreros quienes llevan a cabo el removimiento de esa realidad ante la cámara. La (práctica) ausencia de los verdaderos inquilinos del edificio no permite indagar en lo psicológico, es decir, el removimiento no alcanza a captar las lógicas psicológicas de los inquilinos, pero sí es cierto que el temblor que desarma la realidad hace aparecer sus pepitas de oro, sus objetos escondidos, sus rincones más significativos, etc. Esta es la gran oportunidad, el valor de la gran ocasión que aprovecha Víctor Moreno: Un enorme temblor que desarma los elementos y los coloca del revés ante la cámara en busca de sus pequeños tesoros. Puede que la ausencia de la “realidad pasada” del interior del edificio reste mucho al documental, pero también es verdad que alcanza algunos detalles que solo emergen cuando la realidad es reducida progresivamente, elemento por elemento, durante meses, hasta que no queda nada. Sin duda, no es la forma que los cineastas polacos de los 70 tenían en mente cuando hablaban de “activar la realidad”, algo más sutil aplicado a las personas, pero quizás su lógica más primaria sirva aquí como energía arqueológica que hace aflorar elementos de valor.

"Edificio España" (Documental)

En sus notas oficiales sobre el documental “Edificio España”, Víctor Moreno asegura que el objeto primero de su documental fue reflejar el proceso de cambio que iba a atravesar un edificio tan emblemático; y afirma: “La inauguración del nuevo Edificio estaba prevista para finales del 2010 y me sentí persuadido a no abandonar la filmación de las obras hasta dicha fecha”. Es decir, la pretensión original fue documentar el proceso desde su fase inicial de vaciado hasta la inauguración al final de su nueva reconstrucción. Considerando que la obra fue paralizada tras el vaciado y que la reforma no llegó a comenzar, cabe pensar que el documental solo pudo recoger la primera parte teórica, quedando la segunda postergada indefinidamente. El despliegue de una primera parte pero sin la catarsis posterior de la segunda, debió requerir de una reformulación del sentido del relato, condenado a localizar su justificación en esa primera parte que, en principio, no gozaba de una clara autonomía discursiva. Quizás aquí se encuentre la causa principal de esa sensación de desorientación que va invadiendo al espectador hacia la segunda parte del documental en donde ya se advierte la ausencia de evolución narrativa. Entonces es cuando “Edificio España” revela que su lógica principal no puede ir mucho más allá de asistir al vaciado físico y simbólico del lugar, y es ahí donde hemos de detenernos en el análisis de lo mostrado. Ahí es donde deberemos localizar los elementos de valor del documental y las guías del sentido que tratará de encontrar hasta sus últimas imágenes.

Atendamos a las que podríamos denominar “estrategias de aproximación” al edificio. Sí, porque el vaciado y desescombro de un enorme edificio puede apabullar con sus imágenes de deconstrucción obrera, pero deberíamos detectar sentidos buscados y encontrados en el devenir de las imágenes y estos, cabe pensar, deberán estar relacionados con el enfoque conceptual con el que Víctor Moreno desembarcó en la obra. Por ejemplo, y dado el carácter emblemático del edificio, uno que sabemos que alberga mitos propios, anécdotas pasadas, momentos de renombre, etc., una de esas lógicas debió ser, seguramente, la más puramente «nostálgica». Dicho de otra manera, la pretensión de (re)vivir el goce de conectar con una realidad que aunque no vivimos en primera persona como sujetos, sí vivimos en clave de consumo cultural en general. El Edificio España está en el imaginario de todos los madrileños y de gran parte de los españoles como un edificio-emblema que remite a un pasado significativo para una gran parte de nosotros. Víctor Moreno nos ofrece una pasarela interna para reconectar y re-consumir, y de qué manera, una muy interna del edificio, ¡sus pasillos mismos!, el fenómeno cultural que el edificio fue. Sin embargo, esta lógica nostálgica se ve en exceso lastrada por no haber podido recoger los primeros momentos del vaciado, aquellos en los que el pico y el mazo de los obreros debieron intervenir violentamente sobre lo que aún era un espacio habitable, rincones y lugares accidentados de subjetividad y rastro humano: despachos, dormitorios, comedores y cajones de baños en donde centenares de personas dejarían atrás objetos de sus vidas pero que, sometidos a esta lógica nostálgica, habrían servido como fósiles guía de irreductible valor de los relatos humanos que allí se encerraron. Esa concesión, esas imágenes perdidas que se produjeron pero que no se recogieron porque precedieron al momento inicial de la filmación, debieron contener los pertrechos comunicativos necesarios para desplegar esa lógica nostálgica en toda su plenitud. Ese tesoro, repartido hoy en los recuerdos de quiénes lo vivieron, ejecutaron o dirigieron, se ha perdido para siempre y hubiera sido el verdadero repositorio necesario para el ejercicio nostálgico que se pone en juego en “Edificio España”. Parece claro que Víctor Moreno es consciente de esta pérdida, pues el primer plano interior del edificio que aparece en el documental es uno en el que se muestra la pared de una habitación infantil que aún conserva pegados los dibujos realizados por los niños que allí crecieron. Todo el documental ansía captar el rastro humano que queda dentro del edificio, escaso ya en ese instante, antes de ser reducido y aniquilado por los obreros. Y aunque esta aniquilación es ya enorme desde el primer plano del interior del edificio que muestra el documental, aún es posible localizar en sus imágenes algunos momentos nostálgicos de gran valor: Los logotipos de los restaurantes que contenía el edificio, la retirada de sus moquetas, los cubrerradiadores bajo las ventanas (que se convierten al final del metraje en todo un símbolo descubierto del interior del edificio que fue un día), los posters en las paredes que sus propietarios abandonaron, las grandes fotografías enmarcadas del propio edificio que remiten a sus momentos de gloria, etc. Una franja de riqueza subjetiva en donde es posible localizar fragmentos de historias y recuerdos que disparan el efecto nostálgico del documental.

"Edificio España" (Documental)

Otra de las lógicas posibles de “Edificio España” es la de documento histórico que recoge los signos culturales y humanos de un pasado en el que brilló. Evidentemente, en sus habitaciones de hotel, viviendas y galerías comerciales se puede “leer” el texto que allí se escribió en términos semióticos, el paisaje cultural lleno de detalles que se convirtió en el escenario de miles de personas a lo largo de varias décadas. Es posible encontrar las claves estéticas del diseño gráfico de nuestro pasado hasta en los mencionados logotipos de los restaurantes, el cariz de las primeras calidades de su imponente hall, o el aspecto retro-industrial de sus salas de mantenimiento eléctrico. También la basura que aparece entre las rendijas de los escombros, tales como documentos antiguos, baúles de mimbre, ropa vieja, teléfonos antiguos, libros abandonados, etc. refleja la idiosincrasia del momento en que fue generada, como no puede ser de otro modo. Sin embargo, de nuevo, la pérdida de las primeras imágenes, la entrada virgen al pasado embalsamado que allí debió guardarse hasta su vaciado, quizás haya restado demasiados signos para que esta lógica alcance toda su justificación.

Cabía pensar que otra de las lógicas específicas podría haber sido la de recoger y reflejar el “vaciado simbólico” del edificio, es decir, el proceso por el cuál, el trabajo exógeno de los operarios, ajenos al fenómeno cultural al que el edificio remite, va desintegrando las historias que conforman su propia mitología. Y es que, durante décadas, los medios de comunicación han ido recogiendo gran parte de las anécdotas, noticias, subhistorias y relatos nacidos en el seno del Edificio España y que con el tiempo se han convertido en un conglomerado cultural que se ha incorporado al patrimonio intangible de la ciudad.

Las imágenes de Víctor Moreno, cabría pensar, producirían un efecto de disgregación de este patrimonio poniendo el foco en la pérdida de todo lo que el edificio fue (y representó). Sin embargo, lo cierto es que “Edificio España” alcanza el efecto contrario: Realiza un cierto apuntalamiento de su tejido simbólico recuperando parte de esa mitología propia y consolidando su presencia en el patrimonio cultural del que los madrileños forman parte. De algún modo, encuentra en su propio soporte documental el asidero cultural donde anclar parte de esa mitología propia, no sabemos si con la intención de que no se pierda, pero desde luego consiguiendo parte de ese efecto. Así es cómo sucede en aquellas escenas en las que los sujetos parlantes cuentan ante la cámara parte de esas subhistorias. Por ejemplo, cuando nos relatan la historia del mítico fantasma de la planta 14 que, dicen, aterrorizaba con sus ruidos a los inquilinos. No obstante, la lógica también queda incompleta dado que estos trazos mitológicos son muy escasos y apenas representan más que una minúscula parte de toda la rumorología, anecdotario, recuerdos, etc., que los medios de comunicación han recogido durante décadas y que cualquiera puede reunir hoy en día en pocas horas de investigación. Por tanto, tampoco ésta parece haber sido la lógica deliberada que ha regido “Edificio España”, aunque parte de su efecto haya quedado integrado en su metraje.

Otra lógica ha sido la de recoger el carácter blasfemo del vaciado del Edificio España. Se trata de un efecto psicológico que el espectador experimenta en forma de sabor de fondo y que acompaña a las imágenes que recogen la diafanidad del edificio una vez vaciado. El ojo, sorprendido por la ausencia de todo aquello en donde sobreviviera el rastro humano, se revela incapaz de reconstruir ese escenario habitable que suponíamos que existió allí, al menos sin la ayuda de la proyección imaginativa, lo cuál no sería exactamente un viaje al pasado sino a un futuro virtual subjetivo del espectador. Y ello, en combinación con el carácter emblemático del edificio, produce un efecto de inquietud por reconocer la blasfemia por la deconstrucción del soporte físico que contribuía a la sujeción de un tejido simbólico absolutamente privilegiado en donde reconocemos escrita parte de nuestra identidad histórica. No obstante, y de nuevo, no haber podido asistir al momento en que el destrozo atentara por vez primera contra la nobleza de los materiales habitables ha restado demasiada sustancia a una lógica que también habría podido alcanzar un sentido de lo más abrasivo.

Podríamos también hablar de lógicas que, sin haber sido tomadas como “estrategia de aproximación”, porque no fueron deliberadas, revelaron, sin embargo, un gran efecto narrativo a través de las imágenes captadas. El propio Víctor Moreno lo refleja en sus notas: “Me di cuenta de que ese inmenso Edificio constituía en realidad una monumental metáfora de España y de un período único de nuestra reciente historia social y económica”. Y es cierto que en esas imágenes captadas emerge la sensación de “vaciado” y de “deconstrucción”, términos que remiten en clave sociopolítica a la realidad actual de España. Y si tenemos en cuenta que el edificio en cuestión se llama “Edificio España”, parece que la metáfora está incluso hecha oficial. Pareciera como si el documental nos propusiera partir el edificio por la mitad, como en los comics de Rue del Percebe 13, y asistir a su interior como una radiografía de la situación del país, uno que por todas partes parece estar en fase de desescombro. La deconstrucción remite a la crisis y el vaciado a la pérdida que ésta conlleva. Todo el documental es una constante metáfora de una pérdida que se nos presenta en términos físicos pero que daña especialmente en su concepción simbólica y humana. El hecho de que, además, a “Edificio España” se le haya arrebatado esa segunda parte correspondiente a la reforma del edificio en la que se esperaban los signos de su catarsis y esperanza, acentúa la pérdida en unos términos que frisan la tragedia. El documento “Edificio España” contribuye a la sujeción de la mitología del edificio, pero también constata la pérdida irreparable de un objeto público irreemplazable.

Víctor Moreno consigue, además, poner en valor una cierta franja de experiencia privada del edificio, una en la que normalmente no solemos reparar, que es todo un tesoro personal. Y es que, si atendemos a la pérdida desde un punto de vista externo, es decir, el de aquellos que atendemos al fenómeno que suscita la pérdida pública del edificio, emergen significados sociales, políticos, culturales, simbólicos, etc., pero es igual de cierto que existe una franja de construcción subjetiva y de experiencias individuales que están sostenidas por un edificio de trascendencia pública pero que son de naturaleza intensamente privada. Por ejemplo, la experiencia de aquellos que entraron en contacto directo con el edificio en algún momento de su fase activa y para los que aquello conllevó un cierto impacto. Víctor Moreno recoge la casualidad de que uno de los vigilantes de seguridad de la obra de vaciado pasara su noche de boda en el Hotel Plaza que se hallaba en el Edificio España. Quiso el destino que sus tiempos de “construcción” y de “deconstrucción” se situaran en el mismo escenario. En tales lugares intangibles reside también el valor acumulado de un edificio que está cosido a las experiencias de varias generaciones y localizamos otra capa de valor humano, ésta un tanto más invisible, que se pierde con la deconstrucción del edificio. Sucede este fenómeno cuando se produce la extraña coincidencia de que un edificio se convierta en un emblema pero al mismo tiempo sea “razonablemente accesible” para el gran público: El edificio extiende su mito, su fenómeno, por las vidas y los recuerdos de decenas de miles de personas que se verán para siempre de alguna forma interpeladas en su psiquismo más privado en presencia del edificio o cuando éste sea mencionado en algún medio de comunicación. Así, la trascendencia pública del edificio revela una trascendencia también privada, y que aunque ésta no sea conocida por los medios, es aún más trascendente para aquellos que le dan soporte desde su esfera más privada. Con su entrevista al vigilante, Víctor Moreno sitúa un nuevo vector de búsqueda de significados del edificio que apunta a una miríada de rincones personales, absolutamente imposibles de reunir, pero de un valor inestimable. Y como documental, en tales momentos, arranca un cariz sentimental entre tanto escombro y consigue algunos magníficos momentos. Impagable la mirada perdida y callada de ese vigilante que mientras cuenta los años de aquella noche irrepetible de su vida, le sentimos revivir sus recuerdos y sus ilusiones. Pareciera que fuéramos capaces de sentir el engranaje de su memoria no solo recuperando las imágenes de su mente (unas que como espectadores voyeur deseamos VER), sino también reconstruyendo el sentido que aquella experiencia ponía en juego para su propia vida y que quedó (“hace 28 o 30 años”) para siempre impregnada de ese soporte físico llamado Edificio España. Su largo silencio y los ojos perdidos son la constatación de que para él, ese recuerdo tiene un sentido inmenso, por mucho que niegue ya (“ya nada, nada…”) el efecto de aquello en su vida. A continuación le vemos esconder los ojos bajo la gorra de vigilante para no ser filmados, para no enseñar un rostro que es la traducción muscular y facial de una pérdida inmensa articulada por los recuerdos e intensificada por su presencia en el edificio en donde todo sucedió. Atisbamos desde fuera que hemos asistido injustamente al desenfreno simbólico, nostálgico y trágico de un “sentido” que el edificio posee pero que está instalado en la mente del vigilante: un sello más que el edificio ha dejado a lo largo de generaciones, que son de su propiedad, pero que están diseminados por la experiencia colectiva de miles de personas. Nuestro vigilante siente la punzada del recuerdo, pero nos preguntamos más: ¿Es que la idea de que la habitación donde vivió una noche tan importante sea reducida a nada no le supone una pérdida en su construcción psíquica? ¿No es como si esa pérdida dejara un agujero en el tejido simbólico que da sentido a su existencia? ¿Acaso este “sujeto” no es un poco menos “sujeto” al aceptar la pérdida de algo que sostenía el propio relato pasado de su existencia?. ¿No es ese rostro “perdido” la consecuencia de un “sujeto perdido” que está intentando recolocarse ante la pérdida de ese fragmento de su tejido subjetual?

Por supuesto, Víctor también alcanza esa franja humana invisible cuando es invitado a entrar en la vivienda del único inquilino que encontramos, alguien que vivió durante 30 años en ese exacto lugar que, con sus palabras, se va cargando de algunos escasos pero valiosos sentidos. El inquilino habla de las “fabulosas vistas” de la vivienda o de lo mucho que se estaba acordando de su mujer, lamentablemente fallecida. Entrar en su cuarto de baño, imaginar su salón lleno de vida, etc., se puede comprender como una reconstrucción de la franja humana de la vivienda, o quizás como la contraseña que hace visible lo invisible que no ha dejado de estar allí. Sea como fuere, cuando los obreros irrumpen acto seguido en esa casa (que el inquilino dejó cerrada con llave a pesar de todo), nos parece que su acto de “destrucción” es trágico y violento. Nos identificamos con el inquilino y no solo sentimos la caída de esas paredes, sino también la aparente desidia, su inercia vacía, con la que los obreros reducen la casa a un espacio diáfano que se une a todo el restante, perdiendo toda su singularidad subjetual. Tras conocer al inquilino, la destrucción de su baño, el suyo y el de su mujer, ya no nos parece solo un acto de trascendencia pública, pues no remite al emblema del Edificio España, pero nos araña en el corazón por no poder evitar evocar las escenas imaginarias de intensa intimidad que esos lugares guardan celosamente y que se llevarán para siempre. ¿Desaparecen los secretos cuando desaparecen los lugares que los guardan?. Ver sacar la bañera del cuarto de baño hace al espectador imaginar momentos privados, construidos a partir de nuestro propio imaginario humano, de sabor cinéfilo pero en realidad construidos con la bañera real de un inquilino cuyo rostro conocemos. Moreno acierta al hacer suceder a esta escena ésa otra en que vemos cómo los camiones trasladan el escombro por carretera hasta una planta industrial donde es sometido a sucesivos procesos de transformación y reducción del escombro hasta convertirse en pura arena. Es decir, lo homogéneo, lo uniforme, lo que ha perdido su accidente humano y su riqueza personal, donde se remata la “destrucción de la obra [personal]” que había afirmado el inquilino de la vivienda. La obra de la mujer de Germán se ve reducida a una montaña de arena en donde ya no se reconoce nada de lo que fue su vida.

"Edificio España" (Documental)

Si la cámara de Víctor Moreno encontró ánimo de captar la deconstrucción y el vaciado del Edificio España e incluso pretendió alcanzar el fin de su reforma, quizás sea necesario que complete esta obra con una necesaria y urgente segunda parte. En ella, Moreno podría captar y reflexionar sobre el significado latente en ese derribo previsto del edificio (exceptuando su fachada) y su trasera reconstrucción. ¿Cuánto de él será el Edificio España que fue? ¿Cuánto de la función nostálgica y decorativa que desempeñará esa fachada será suficiente para los madrileños que “vivieron” el “otro” Edificio España? ¿Merecerá aún llamarse “Edificio España”? Sin atender al valor económico, ¿será un edificio más valioso para los madrileños que el que hasta ahora ha sido? ¿Ha sido una pérdida comprensible? ¿Habría sido posible conservar el edificio como era, de la misma forma que hoy se conserva el Empire State Building en Nueva York? Desde luego, como obra cultural, “Edificio España” exhorta a ser completada con una segunda narración que enfoque el sentido de la primera, que le aporte un punto de inflexión para poder encontrar un relato más completo y que desarrolle sus lógicas a medio cerrar. Quizás haya imágenes perdidas que no se puedan recuperar ni a través de la arqueología más dedicada, parte de la cuál ya ha sido llevada a cabo por Moreno, pero sí es posible añadir nuevas imágenes, unas que aún no se han producido, y que pueden hacer entender mejor la realidad del Edificio España y el sentido de “Edificio España” como documental, dotando a la obra de una muy conveniente evolución narrativa.

Hay hoy un ejercicio madrileño que los espectadores de “Edificio España” deben hacer cuanto antes: Volver a caminar por la Plaza de España y mirar hacia arriba para y “escuchar” las “palabras” de la imponente fachada del Edificio España. Caminar por su acera más inmediata, la que le circunscribe ante su entrada principal, hace sentir la eléctrica presencia del símbolo que el edificio sigue sosteniendo aún hoy. Y es que, aunque ya vaciado de todo, el edificio sostiene aún su símbolo. Puede que quiénes no hayan visto el documental lo conciban como una mole silenciosa y muerta cuya fachada es hoy una impostura demasiado bien centrada, pero tras ver “Edificio España” de Víctor Moreno, el edificio parece gritarte por sus ventanas y apabullarte con su pérdida que en realidad es la tuya. Se siente en su saludo aplomado e imponente no ya el discurso desconsolado de un personaje acabado sino más bien una seguida forma de ruinas físicas que imaginas desde la calle, en donde ya es casi imposible encontrar la personalidad del que fue. Pasear por la Plaza de España mirando de nuevo al edificio, una forma nueva de hacerlo tras ver el documental, nos hace sentir que el edificio ya no agoniza; ya es un cadáver al que hemos dejado morir. Y hay un cierto acto de barbarie y blasfemia en ello.

En definitiva, “Edificio España” se revela como el efecto audiovisual de una pasión personal en la que nos reconocemos muchos por razones de identidad cultural y con la que nos resarcimos, aunque sea parcialmente, por la pérdida que asumimos por la llegada de los nuevos tiempos, los nuevos episodios de la vida del Edificio España; pero el documento en sí aparece más bien como un “hub” de sentidos que no se desarrollan en toda su plenitud. El futuro del edificio hoy es el de ser vaciado no ya dentro de sus paredes, sino por completo dentro de su fachada misma, que será lo único que se conservará, aumentando el valor del documental. Nos encomendamos a una segunda parte (que se nos antoja extraordinariamente necesaria) que complete el sentido y que haga más visibles los que ya tiene, pero también agradecemos la atención por un icono que es ya un emblema de una realidad perdida.

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