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"Los amantes del Pont-Neuf": Los viejos puentes

Sobre el Pont-Neuf he encontrado
de dónde sale esa canción lejana
de una gabarra mal anclada
o de la estación de metro Samaritaine.

Sobre el Pont-Neuf he encontrado
sin perro sin bastón y sin pancarta
piedad para los desesperados
ante los que la multitud se aparta.

Sobre el Pont-Neuf he encontrado
sentado sobre las piedras desgastadas
el estribillo que susurré
el sueño que una vez mi luz fue.

Los versos del poema de Louis Aragon que recita Manesquier (Jean Rochefort), un profesor de lengua francesa jubilado, a Milan (Johnny Hallyday), un hombre misterioso y solitario en la película de El hombre del tren (L'homme du train, 2002) de Patrice Leconte, son los primeros que parecen retumbar en la cabeza cuando alguien nombra a esos amantes del Pont neuf (Les amants du Pont-Neuf), la obra de Leos Carax de 1991. Sobre los puentes los dos saben mucho, tanto Carax como Leconte, de alguna manera se convierten siempre en lugares de encuentro de gente al borde de un precipicio. Será porque en los viejos puentes, como dice Louise Aragon, se encuentran los desesperados, que vagan como barcos perdidos a la orilla del río Sena, y que protagonizan la película de Leos Carax, Michèle (Juliette Binoche) y Alex (Denis Lavant). Y es el “puente nuevo”, curiosamente el puente más antiguo de París, el que se sitúa como tercer protagonista.

La película nace como un documental super8 en blanco y negro, y poco después se convierte en un proyecto enorme de cinco millones de euros, seis meses de rodaje, y la preparación de una impresionante escenografía que reproduce París casi a tamaño natural (“Caraxland”), con un duplicado del puente que aparece completamente reconstruido. Terminada tras tres años de retrasos, infortunios (Denis Lavant se rompe tendón y clavícula), deudas, dudas y escenografías efímeras que se dañaban constantemente, el largometraje pasa a la historia como la película más cara jamás rodada en París.

El film empieza con un joven artista callejero, Alex, que cae borracho y exhausto sobre el asfalto de un París nocturno y desértico, mientras una chica, Michèle, que estaba caminando por la misma calle, ve como Alex es embestido por un coche. Un autobús de la policía lo lleva a un hospital-hospicio para pasar la noche, pero Alex regresa al día siguiente a su refugio, el Pont-Neuf. En el puente, además de su viejo amigo sin hogar Hans (Klaus-Michael Grüber), ve a la misma chica, la joven Michèle, de la que descubre que es una pintora con un pasado misterioso y que padece una enfermedad que la está dejando ciega. Inmediatamente surge un fuerte vínculo entre los dos que empuja a Alex a investigar los secretos de Michèle. Encuentra su diario y descubre la verdad: la chica fue abandonada por su novio músico, Julien (Chrichan Larsson), y esperando su regreso, su vista comenzó a deteriorarse sin remedio. Un día, Michèle sigue a su antiguo novio en el metro, intenta comunicarse con él, a pesar de que Julien no quiera verla y deje la puerta cerrada. Michèle le dispara a través de la mirilla de la puerta, para despertar poco después, devorada por la duda de haber soñado o haber matado realmente al hombre. Para no pensar en ello, decide emborracharse con Alex, pasando una noche espectacular y emocionante, una noche de excesos, de pura libertad, bajo los fuegos artificiales. Es la noche en la que se enamoran y en la que se establece una conexión eterna entre los dos.

Ahora los dos están juntos, e intentan sobrevivir a duras penas. Cada día la enfermedad de Michèle empeora y adquiere dependencia de Alex. Así como Michèle desea con todas sus fuerzas volver a recuperar la vista y ser la de antes, Alex cuida y mima a Michèle, temiendo que cualquier cosa pueda alejarla de su vida. Sin embargo, la relación se ve amenazada por la perversión desesperada del viejo Hans, y por los carteles de desaparición de Michèle colgados por toda la ciudad. Alex decide destruirlos todos, y cuando intenta quemar los que encuentra en el metro, por un error mata también a un hombre, mientras en la radio Michèle escucha un llamamiento sobre su desaparición y la posibilidad de curarla completamente gracias a una nueva técnica que podría salvar para siempre su vista.

Michèle abandona a Alex y él termina en prisión por asesinato. Después de tres años Michele visita a Alex en la cárcel: los dos se juran amor eterno, bajo la perspectiva de empezar una nueva vida juntos. La promesa es encontrarse en Nochebuena en el Pont-Neuf. El encuentro tiene lugar y por algunas horas todo parece posible, pero la mujer vive con el médico que la salvó, el Profesor Destouches, y parece ralentizar, o rechazar finalmente el plan. Necesita tiempo. El protagonista desesperado, agarra el brazo de la chica y se tiran juntos al Sena. Finalmente bajo el agua se miran y se ven, quizás por primera vez, de verdad. Un barco que lleva a bordo a una pareja de ancianos acude al rescate y los aleja del puente y de la ciudad.

Tiene que haber una intencionalidad verdadera en Carax de presentar al espectador algo que disturba y molesta. Desde el comienzo de la película, se percibe una atmósfera irreal, suspendida entre la inquietud y algo perturbador que se avecina. Y no sólo mediante lo visual como los encuadres, también a través de lo sonoro: los ruidos y sonidos a nivel general, y el uso de la música. Desde el mínimo ruido de la radio al de las chanclas de Juliette Binoche sobre el asfalto, desde el fragor de los frenos de los coches, a las olas del mar, desde el violonchelo en el metro, al ritmo de las tomas, cuyo montaje (Nelly Quettier) se adapta siempre a la emotividad de los personajes. Hay que sufrir cada escena, hay que temer cualquier desenlace, tener miedo para los protagonistas, todo es trágico y desesperado hasta el último encuadre. Lo de la secuencia inicial por ejemplo, con los dos coches que recorren las calles de París y tropiezan con los dos jóvenes presentándolos uno tras del otro. Las casualidades o el destino que une a los futuros amantes en la misma calle. El primer coche presenta a los protagonistas, el segundo, ya haciendo referencia a “los amantes” por los pasajeros que lleva dentro, embiste al protagonista Alex. El amor es un sufrimiento desde el principio y parece la causa trágica y amenazante de todo desde su inicio. El amor parece además configurarse como aparente dependencia tóxica desde su comienzo, como si la necesidad material justificase la atracción o los sentimientos, véase el retrato del rostro de Alex, que Michèle hace tras el accidente, o en el caso de la relación anterior de Michèle con Julien, la incapacidad de superarla, concibiendo la experiencia amorosa como un amor fou obsesivo que no admite rechazos o fin.

Los primeros minutos de la película, rodados en el hospital para mendigos y la gente que vive en la calle, son densos, difíciles de aguantar. Como si de un documental se tratara, Carax mueve la cámara hacia las entrañas más profundas de París, y retrata con una brutal fuerza narrativa los hospicios para los clochards, que recuerdan en su osadía perturbadora, Casa de locos (1812) y Corral de locos (1794) de Francisco de Goya, donde el pintor retrataba la grotesca realidad de los hospitales psiquiátricos de Zaragoza. Un viaje alucinatorio en una galería de enajenación de cuerpos desnudos o semidesnudos arrastrándose por el suelo, donde reina una falta de solidaridad y empatía entre individuos que comparten la misma exclusión social, marcando su propia territorialidad incluso en lugares que parecen infernales. No hay ninguna idealización de la vida en la calle, no hay libertad, ni un verdadero refugio: en cualquier lugar de la existencia humana, incluso el Pont-Neuf, siempre hay una lucha con quien tiene el poder y puede forzar o ganar al otro en situaciones de momentánea inferioridad.

"Casa de locos" (1812-1819) de Francisco de Goya
Casa de locos (1812-1819) de Francisco de Goya
"Corral de locos" (1794) de Francisco de Goya
Corral de locos (1794) de Francisco de Goya

Sin embargo, como cantaría Rihanna, “we found love in a hopeless place”. De repente, la relación entre los protagonistas que vertebra toda la película, se convierte en una historia de amor lírico, retórico, sentimental, de dependencia extrema, tóxica, ingenua y sincera, sublimada por grandes momentos cinematográficos.  Cuando la tensión se suaviza, hay momentos de euforia total y casi de delirio de grandeza, tanto de los protagonistas como del mismo Carax, con encuadres solemnes, magníficos y grandiosos. Es el caso de la secuencia de los fuegos artificiales durante las celebraciones del 14 de julio en París, los dos que corren desnudos en la playa, el esquí acuático en el Sena, los carteles del metro en llamas con el rostro de Michèle quemándose. Son secuencias que hacen de la película una mezcla de géneros y estilos, que enfatizan los sentimientos de los protagonistas, obsesivos, angustiados, extremos, y generan escalofríos por el alivio emotivo y acelerado que otorgan, solo momentáneamente al espectador. Es el frenesí de los planos-secuencia que traduce la historia en imágenes y sonidos, mucho más que con el diálogo y las palabras. Dicho de otra manera, lo que importa para Carax es el cine como imagen visual, no lo real, sino lo simbólico, romántico, apasionado, el loco amor trágico de los dos protagonistas.

Al mismo tiempo, existen fragmentos íntimos, menos espectaculares, de rara belleza, como el momento en el que Alex descubre el ojo de Michèle bajo la venda, como reflejo de lo vulnerable y frágil que es ella en su condición, los dos caminando juntos en el metro de París, o el momento en el que Michèle contempla el cuadro de Rembrandt, que representa lo último y único que ella desea ver antes de quedarse completamente ciega.

"Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax.
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Son escenas en las que el ojo, y la acción del ver, tiene una importancia fundamental, exactamente como el violentísimo plano de la pistola en la mirilla, donde contemplamos a Michèle, que apunta su arma a Julien y al mismo espectador, con un estilo que gustaría mucho a Alfred Hitchcock (Spellbound, 1945) y a Giuseppe Tornatore (Una pura formalità, 1994).

Recuerda (Spellbound, 1945)
Recuerda (Spellbound, 1945)

Y aun así el espectador tiene que estar preparado para un sentimiento de desorientación, para dejarse llevar por la violencia emotiva de no saber qué dirección está tomando la historia, siempre al borde de un ataque de nervios, siempre preparándose para lo peor. Hasta la última escena. Hasta entonces no hay paz. Porque Carax ama destruir todas las convicciones y clichés cinematográficos, en una secuencia de momentos siempre inquietantes e intensos. 

Sobre el tercer protagonista de la película, el Pont-Neuf parece casi necesario precisar algunos aspectos. Se ha escrito mucho sobre la fotografía de Jean Yves Escoffier y el modo en que constantemente introduce una separación,

muchas veces con líneas horizontales marcadas, a veces diagonales, de dos mundos distintos, partiendo la pantalla en dos mitades indefinidas, a menudo representan una parte sólida y la otra líquida. El Sena y el puente, el puente y los fuegos artificiales, el cielo y el mar, Alex pilotando el barco en el Sena, Michèle caminando en la calle, dos mundos paralelos donde se mueven los protagonistas. Por lo tanto el puente es el lugar del encuentro, del refugio, del rechazo, de la dimensión mágica y el límite de la existencia de los dos amantes que sueñan algo que el puente no puede ofrecerles. Es el lugar del abandono y la ruptura entre los dos y el lugar del reencuentro. Además es el punto de partida para una nueva vida, que no puede sino encontrar su plena dimensión en el agua, en el medio donde por fin los dos amantes se ven de verdad. Es el medio donde los amantes por fin entienden que han cambiado, y pueden volver a empezar.

Resulta bastante evidente la conexión visual profunda entre Carax y L'Atalante de Jean Vigo (1934), una de las primeras obras del cine sonoro que una gran cantidad de cineastas, desde Buñuel a los surrealistas, pasando por Scorsese y James Cameron, no dejan de homenajear y citar. Cuando Carax nos presenta a Alex, lo vemos restregar su rostro en el suelo, exactamente como el protagonista del Atalante, Jean (Jean Dasté), que frota su rostro contra el hielo y lo muerde cuando ha perdido a su querida esposa.

El momento final en el río Sena cuando los dos cuerpos caen al agua, no puede no volver a sugerir ese plano en el cual Jean se tira al mar y consigue “ver” a su enamorada en este, en un juego de superposiciones y una sobreimpresión de imágenes, que recuerda claramente al montaje de algunas escenas en la película de Carax (el rápido pasaje entre la escena del esquí acuático en el Sena y Michèle que camina por la calle).

"Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax.
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Finalmente la secuencia final de la pareja feliz y eufórica encima del barco es el evidente homenaje a la película de Vigo. No obstante no es solo fuerza visual de imágenes y sonidos sino que lo que une a Vigo y a Carax es la dualidad de las dos películas, de moverse constantemente entre lo real y lo imaginario, la fantasía poética del amor entendido en su esfera teórica, y la caída a la realidad decepcionante o miserable. El esfuerzo de hacer pesar el lado poético e ideal pone en común los dos largometrajes, y es la clave posible para entender el final de la película de Carax. Los amantes del Pont-Neuf parece pedir al espectador una adhesión positivamente romántica, y del todo inesperada por cómo tiene lugar, a la historia. Como decir que hay lugares donde también esos amores, que quizá hemos abandonado a lo largo del camino, por imposibles, no terminan. De hecho tienen una segunda oportunidad, una opción para durar eternamente, cuando parecían acabarse trágicamente, como los amantes suspendidos en la proa del barco. Y ese lugar es el cine.

[Sur le Pont Neuf j’ai rencontré
D’où sort cette chanson lointaine
D’une péniche mal ancrée
Ou du métro Samaritaine

Sur le Pont Neuf j’ai rencontré
Sans chien sans canne sans pancarte
Pitié pour les désespérés
Devant qui la foule s’écarte

[…]

Sur le Pont Neuf j’ai rencontré
Assis à l’usure des pierres
Le refrain que j’ai murmuré
Le reve qui fut ma lumière]

Bibliografía

Amadio G., Gli amanti del Pont-Neuf: istinto e salvezza, 13 febbraio 2021, Culturamente, https://www.culturamente.it/cineforum/amanti-pont-neuf-recensione-film/

Alvarez Lopez C., Los amantes del Pont-Neuf, Un drama de la piedra y agua, Derivas, 11 noviembre 2013, http://cinentransit.com/los-amantes-del-pont-neuf/

Cerezal P., Los amantes del Pont-Neuf: enamorarse de una indigente, Achtung!, 5 octubre 2012,
 https://www.achtungmag.com/amantes-pont-neuf-cine-revista-achtung-cara/

Ghezzi E., Fuori Orario: Enrico Ghezzi presenta l'Atalante di Jean Vigo (1991)

Metri F., Gli amanti del Pont-Neuf: una poetica e surreale storia d'amore di Leos Carax, Redazione NPC, 28 agosto 2021, https://www.npcmagazine.it/gli-amanti-del-pont-neuf-carax-film-recensione/

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