“Shame”: la libertad de la subjetividad y el espectador como juez

El siglo XXI nos presenta un contexto social característicamente diverso en cuanto a los seres humanos, empleo, prácticas lúdicas, costumbres… a veces algunas inimaginables por otras personas, pero que conforman la rutina o crean la felicidad de esas gentes. La subjetividad es esa cuestión personal que nos diferencia y nos hace individuos en una sociedad crecientemente globalizada. Entenderíamos así la subjetividad como la etiqueta personal de cada persona.

La película que nos ocupa se titula Shame (2011) protagonizada por Michael Fassbender, quien da vida a Brandon. Este personaje vive en Nueva York, tiene un trabajo estable en una gran empresa —pero en ningún momento se específica en qué trabaja— la imagen que el director, McQueen, nos transmite de este hombre es la de un empresario de éxito, el cual se puede permitir cualquier lujo así como frecuentar “lugares con clase”. Brandon, que vive solo en un apartamento, únicamente persigue el capricho de satisfacer su activa vida sexual con mujeres aleatorias, prostitutas, mujeres que conoce por aplicaciones on-line y también experimenta relaciones homosexuales.

Si recuperamos el texto freudiano El malestar de la civilización —concretamente el capítulo V—leemos “el trabajo psicoanalítico nos ha enseñado que los conocidos neuróticos precisamente no soportan estas privaciones de la vida sexual”. De esta manera, podríamos afirmar que nuestro protagonista, Brandon, encarnaría la característica de neurótico puesto que todo aquello que hace, lo hace a escondidas, por la vergüenza o por la culpa de saber que sus acciones crean un exceso. No tiene límites ante esa necesidad y el hecho de que los pudiera haber, le hace —instintivamente— destruirlos, para asegurar sus prácticas desenfrenadas.

El concepto de vergüenza que hemos señalado nos resulta especialmente interesante a la hora de describir esta película, puesto que es un film “difícil de ver” a la hora de contemplar ese exceso que nos muestra McQueen en la piel de Brandon, incomodando al espectador que se sitúa al otro lado de la pantalla. Nos muestra unos hechos sin filtro, sin insinuaciones, sin juego ni pudor, mostrando las acciones de forma directa. Se podría decir que es una obra cinematográfica de gestos, donde son estos —las acciones en sí— los que relatan la verdadera trama, restando un diálogo limitado.

El personaje que equilibra el papel de Brandon es su hermana, Sissy (Carey Mulligan), caracterizada como el polo opuesto a nuestro protagonista. Ella es romántica y dependiente frente al aislamiento y la desconexión de su hermano. Busca a alguien con quien establecer una relación estable, busca una seguridad —si volvemos al texto de Freud—, ella quiere adquirir el punto álgido de la relación amorosa que es la fusión de dos personas en una sola, creciendo en una comunión romántica entre dos individuos.

De esta manera, Sissy, está dispuesta a prescindir de su subjetividad para crear una común con su pareja, eliminando cualquier traza individual, eliminando su marca personal.

Vemos cómo Sissy no tiene miedo —o quizá tiene demasiada facilidad— para entregarse a la gente, mientras Brandon tiene una imposibilidad interna para entregarse a cualquier forma de compromiso, y así lo expresa con su hermana, a la que quiere echar de casa y con la que desearía romper todo contacto. Así como en el intento de relación amorosa con una compañera de trabajo que finalmente no culmina por la propia impotencia del protagonista (romántica y, en este caso, también sexual).

Se hace presente una insatisfacción constante que se convierte en frustración, frente a la cual se buscan soluciones para evitar el sufrimiento, en un intento de satisfacerse —a sí mismos—siguiendo la utopía de ser felices. Así, Sissy, frustrada, intenta suicidarse. Por otro lado, Brandon, insatisfecho, pretende saciarse sexualmente con ciertos puntos de sadismo —entendido como la fusión de la aspiración de amor mezclada con la pulsión de destrucción personal—. Los dos personajes, más concretamente Brandon —por ser el protagonista—, hacen evidente que su felicidad solo se encuentra en evitar el sufrimiento, entregándose a otros ya sea románticamente o
sexualmente.

Por otro lado es evidente el rechazo a su hogar con el que no se identifican, ya que aunque no tienen un origen claro es latente el alejamiento que practican hacia él. Con esta sensación de no tener un punto de partida crecen los dos hermanos con carencias afectivas. ¿Con quién se identifican? O mejor preguntar, ¿con qué se identifican? ¿El sexo desenfrenado? ¿El amor no correspondido?

Es interesante e inquietante el final vemos por última vez a la hermana en el hospital (¿se salvará?) y a Brandon, llorando, clamando al cielo, solo. Sin duda, nos deja un camino abierto a la especulación. Pero no podemos olvidar que Brandon tiene una subjetividad muy marcada y característica, él tiene un comportamiento y, realmente, ¿por qué debería cambiarlo si es lo que le da la felicidad? Este final pone de relieve como nosotros, como espectadores pasivos, tomamos la postura de jueces frente a la realidad que nos presentan en la pantalla, pero ¿realmente tenemos ese poder? ¿Quién nos lo ha concedido?

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