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Guillermo Tell, "El contador de cartas" y la redención según Paul Schrader

Casi medio siglo separa a Travis Bickle, protagonista de Taxi driver (Martin Scorsese, 1976), de William Tell, su homólogo de El contador de cartas (The Card Counter, Paul Schrader, 2021). Oscar Isaac, el actor que interpreta a este, aún no había nacido cuando la obra maestra de Scorsese se estrenó. Por entonces, Paul Schrader tenía apenas treinta años, no había combatido en Vietnam, como su famoso personaje, pero su cuerpo era, literalmente, el campo de batalla de un proceso autodestructivo, la evidencia frágil y molesta que le ataba a un “aquí” al que, según cuenta en su libro Schrader on Schrader and other writings, no le resultaba excesivamente estimulante pertenecer. Cierto, no había visto morir a sus compañeros en una guerra librada a miles de kilómetros, pero su mirada no era, en esencia, muy distinta a la de Travis (Robert De Niro), ese excombatiente que purga sus pecados encarnando brutalmente esa “lluvia que limpiará las calles de escoria”.

Cuenta Schrader que, tras varias separaciones y una úlcera causada por la adicción al alcohol que casi le causa la muerte, fue capaz de escribir el guion en tan solo unos días. Fue el acto catártico de un autor que desconfía profundamente de categorías como “bueno” o “malo”, “justo” o “injusto”, pero que mantiene a lo largo de toda su obra una fe, podría decirse que religiosa, en las ideas de catarsis y de redención. Como reza el tatuaje inscrito en la espalda del William Tell de El contador de cartas: “Confío mi vida a la providencia, confío mi espíritu a la gracia”.

No entraña grandes dificultades encontrar puntos en común entre los personajes protagonistas de Taxi driver y El contador de cartas. Travis Bickle vuelve de Vietnam y William Tell, protagonista de esta última, de Irak, donde ha ejercido llámesele de interrogador o llámesele de torturador en la prisión de Abu Ghraib. Travis se convierte en taxista del turno de noche y William, en una especie de nómada que, gracias a su habilidad para contar cartas, adquirida en los diez años de prisión a los que fue condenado por sus acciones, va de casino en casino ganando modestas cantidades en el juego del blackjack. Ambos comparten una máxima: pasar desapercibidos, ser invisibles. Con medio siglo de distancia, Schrader pone en boca de sus dos protagonistas una frase casi idéntica. Dice Travis Bickle: “Los días se suceden con monotonía unos a otros, ninguno se diferencia del anterior ni del siguiente. Son como eslabones de una larga cadena. Hasta que, de repente, surge el cambio”. Y William Tell: “El póquer se trata de esperar. Pasan horas y días. Mano tras mano, cada una igual a la anterior. Entonces, sucede algo”.

Y, como ambos anuncian, de pronto, algo lo cambia todo. Ese algo es la posibilidad de redimirse. Travis conoce a Iris (Jodie Foster), una prostituta menor de edad a la que intentará sacar del ambiente sórdido y violento en que vive; a William Tell se le presenta un joven llamado Cirk (Tye Sheridan), el hijo de un militar que fue compañero de Tell en Abu Ghraib y que, tras cumplir su pena, se suicidó. El joven intenta involucrarle en su intención de encontrar al general que diseñó aquella mecánica del horror y aplicar sobre su cuerpo esa máxima bíblica de “ojo por ojo y diente por diente”. Claro que William tiene otros planes para Cirk: disuadirle de sus intenciones y recaudar el dinero suficiente, esta vez compitiendo en los grandes circuitos del póquer, para que este pueda empezar una vida nueva y dejar atrás ese fango de violencia del que él mismo se siente incapaz de salir. En ambos casos encontramos a dos personajes al margen de la sociedad que deciden ejercer como agentes de la cultura tratando de reintroducir a otros sujetos, no menos outsiders que ellos, en el seno de dicha cultura. Ambos verbalizan una fantasía común: la de unos hipotéticos Iris y Cirk convertidos en sujetos normalizados. Travis y William, que inicialmente son reacios a la intervención, que miran y conocen desde su lugar de observadores, ellos, al final del camino, una vez devienen actores, encontrarán la misma violencia que inicialmente pretendían ahuyentar.

De hecho, ya solo la elección del nombre, William Tell, avanza ese encuentro inevitable. ¿Pero por qué de todos los nombres posibles Schrader escoge precisamente este? O, dicho de otro modo, ¿qué tienen en común el héroe de la independencia suiza con este William Tell, y por extensión, con Travis Bickle, sujetos solitarios, golpeados por la culpa? Según cuenta la leyenda, Guillermo Tell era un ballestero famoso por su puntería que vivía en el siglo XIV en la Suiza dominada por el imperio Habsburgo. Un día, el Gobernador le puso frente a una prueba terrible: acertar con un tiro de ballesta a una manzana situada sobre la cabeza de su hijo. Acertó y, aun así, fue aprisionado. Consiguió escapar y dio muerte al Gobernador iniciando así la revuelta contra los opresores. La leyenda de Guillermo Tell cobró mucha fuerza en el siglo XIX, durante el romanticismo. Parte de culpa la tuvo Schiller, que escribió su famosa obra Wilhelm Tell. Schiller, que por cierto también era un gran jugador de cartas, tuvo una vida totalmente contrapuesta a la de su héroe: se dedicó desde más bien joven a la docencia universitaria y huyó, según parece, de las turbulencias. Algo, no obstante, sí compartía con su Wilhelm Tell: una gran rectitud moral. Así lo describieron algunos de sus contemporáneos, Goethe entre ellos. Fue seguramente por este motivo que en su obra construyó un personaje que representaba las ansias de libertad y autonomía, pero siempre dentro de un marco moral y social respetable. Su Wilhelm es un buen padre, un suizo responsable que, situado en una encrucijada, se convierte, sin desearlo, no en un asesino sino en un héroe de su pueblo. Algo así como Mel Gibson en Braveheart y, en resumen, todo lo contrario a lo que sería un espíritu individualista. Nada mejor que fijarse en la escultura de Guillermo Tell que está situada en el cantón suizo de Uri, desde donde, según parece, inició la revuelta. En ella no se representa a un revolucionario ni a un guerrero sino, simplemente, a un buen padre que camina con el idílico paisaje helvético de fondo y que, sí, lleva una ballesta, aunque queda en segundo plano, como si su incorporación respondiera a una ineludible deuda iconográfica.

Solo diez años después del Wilhelm Tell de Schiller, Lord Byron dio forma a un héroe situado en las antípodas. Las peregrinaciones de Childe Harold perfilan a un joven hastiado del mundo y con un pasado conflictivo, trasunto del propio Byron, que, a lo largo de sus viajes, aspira a realizarse al margen de su comunidad. No resulta disparatado imaginar a Travis Bickle o al William Tell de Schrader como Childes Harold contemporáneos, inadaptados, reacios a formar parte de una sociedad a la que desprecian. Al menos hasta que surge, ya lo dijimos, la oportunidad de redimirse. Como se sabe, el propio Byron estuvo muy lejos de mantener toda su vida esa postura de distanciamiento o cinismo. Él también intentó redimirse. Poco después de cumplir los treinta y cinco, marchó a Grecia a combatir por la independencia de este país. Recordando la famosa frase de Marx (Karl, no Groucho) que dice que la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia y la segunda, como farsa, lo que le ocurrió a Byron constituye el reverso perfecto del triunfal Wilhelm Tell de Schiller: el poeta inglés llegó a este país tan lejano, que se encontraba dominado por los turcos desde hacía tres siglos y, antes incluso de poner un pie en el campo de batalla, cayó enfermo y murió en la ciudad de Mesolongi.

Algunos historiadores aseguran que la aventura de Byron no fue tan absurda como tradicionalmente se ha dicho y que su muerte se debió, sobre todo, a la mala suerte. Allí, el poeta creó su propio ejército y diseñó un plan militar, según parece, bastante verosímil para tomar la ciudad de Lepanto. Sus acciones inspiraron a otro personaje que, más de cien años después, quiso, como Byron, lograr “la armonía de la pluma y la espada”, esto es, la vida entendida como búsqueda de la belleza, y la acción. “Las palabras me han separado de mi cuerpo”, escribió Yukio Mishima, que, de joven, incurrió en un acto deshonroso: exagerar los síntomas de su enfermedad, un simple catarro, para ser tomado por tuberculoso y salvarse de ir a la guerra. Años después, siendo el escritor más exitoso de Japón, Mishima comenzó a desconfiar de ese camino solitario del artista que renuncia a la intervención directa en el mundo; sintió, ahora sí, la necesidad de corporizarse. A mediados de los 60, tomó como suyo el deber de proteger a la nación de la invasión cultural extranjera que, a su parecer, la pervertía desde la finalización de la II Guerra Mundial. Para ello, como Byron, formó su propio ejército, dirigido en este caso a devolver al Emperador de Japón sus plenos poderes y, a la postre, también como Byron, Mishima topó con la realidad.

No es casualidad que Paul Schrader le tomara como protagonista de la que es, sin duda, una de sus películas cumbre: Mishima, una vida en cuatro capítulos (1985). Y es que hay una línea que no es recta pero sí legible que parte de Travis Bickle, continúa en Mishima y concluye en el William Tell de El contador de cartas. Se trata de tres personajes a los que encontramos inicialmente situados en el margen de lo social, espectadores desencantados que, a través de la escritura, se construyen como sujetos morales.

Es importante señalar que sus valores no son en sí mismos antisociales, no son fruto de un individualismo radical, no son “egoístas”, algo especialmente visible en Travis y Mishima, que pretenden invertir la decadencia moral que advierten a su alrededor. Lo que sí se les puede achacar, y no es poco en la sociedad posmoderna en que se encuadran, es el rigor con que estos valores son planteados. Ellos, personajes distanciados de cualquier relajamiento hipócrita, ajenos a la ironía y salvajemente literales, se mueven en el exterior de la sociedad, hasta que algo hace que busquen la redención interviniendo activamente en ese medio, la sociedad, que les es, en cierto modo, hostil o, cuanto menos, extraño. El resultado es equiparable en los tres casos. Travis acaba generando un incomprensible baño de sangre; Mishima, haciéndose el harakiri tras intentar, de manera infructuosa, impulsar un golpe de estado militar en Japón; William Tell, tan confiado en que solo con sus acciones —y su dinero— Cirk renunciará a su macabro plan, precipita, sin saberlo, la ejecución del mismo.

En palabras de Paul Schrader,

Lo que intentaba era captar la falta de responsabilidad que la gente parece tener (…) Nadie se considera realmente responsable de nada. Yo vine de un lugar donde nacíamos llenos de culpa, donde éramos responsables de cosas que incluso no habíamos hecho1.

Tal vez a causa de la severa educación calvinista en que creció, su cine presenta a personajes que se rigen, como el Wilhelm Tell de Schiller, por sólidos principios morales, solo que, a diferencia de lo que ocurre con este, dichos principios no rubrican su pertenencia a la sociedad, sino que, al contario, les enajenan de ella. El episodio que traza el paralelismo directo entre Wilhelm Tell y el William Tell de Schrader tiene lugar en el momento de la película en el que el protagonista decide ir él mismo a ajusticiar a ese villano que, al igual que el Gobernador, opera en un sentido metafórico como representante del mal absoluto. A diferencia del héroe suizo, William Tell no pretende salvar a nadie. Sería inútil: ya no queda nadie a quien salvar. La violencia contra el violento, eso que, en función de las coordenadas geográficas y temporales, se ha llamado en algunos casos justicia y en otros, terrorismo, es el elemento incómodo que Schiller justifica con todo su armamento moral; en El contador de cartas, en cambio, la violencia se vuelve un fin en sí misma. Sin el respaldo de un cuadro moral en el que inscribir sus acciones, solo en una violencia desdoblada, la que él ejecuta sobre el cuerpo del otro y la que el otro ejecuta sobre el suyo, logra este William Tell de Schrader asomarse, al fin, a la posibilidad de redención y al reencuentro con lo exterior.

Referencias

[1] Citado en GRATER, T. (2021, 1 de septiembre). Paul Schrader Talks “Infectious” Cancel Culture, Why The Oscars Are “Broken” & Being Thrown Out Of A Quarantine Poker Club – Venice. Deadline. Recuperado de: https://deadline.com/2021/09/paul-schrader-talks-infectious-cancel-culture-oscars-broken-being-thrown-out-of-paul-danos-zoom-poker-club-1234825403/

Estudié periodismo y he acabado especializándome a nivel profesional en concursos culturales de la televisión pese a que soy incapaz de sintonizar una. También colaboro con varios medios escritos y encuentro sitio para mis tres pasiones, leer, ver cine y escribir, que son, básicamente, lo único que ha permanecido invariable en mi vida desde que era niño. Curso una tesis doctoral sobre un autor argentino que vivió en Barcelona y del que apenas se publicó nada hasta después de su muerte. Confío en que no sea una premonición.

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