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Hannibal Lecter y Clarice Starling: el roce de tu piel

¿Cuándo dos personas se convierten en pareja? No parece una pregunta de fácil respuesta, y cualesquiera individuos-muestra que eligiéramos al azar, basándose en su experiencia, con casi toda seguridad ensayarían respuestas distintas. “Cuando le vi por primera vez y me correspondió la mirada, desde entonces no nos hemos separado”, dirá alguien; “después de acostarnos durante dos meses”, repondrá otro; “cuando supe que daría la vida por mí”, concluirá un tercero, quizá el más exigente de todos. No cabe duda de que el inicio de las parejas tiene mucho que ver con el contacto de los cuerpos, de las pieles, y que alcanzar ese momento, transitar de un lado a otro de ese umbral iniciático, suele ser condición necesaria para que sus integrantes marquen la fecha en su calendario personal. No podría ser menos para el caso que nos ocupa.

De todas las parejas en la historia del cine, la que forman Hannibal Lecter y Clarice Starling en El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) se cuenta entre las más disfuncionales. Como todo el mundo sabe, en la película tiene más peso (en minutos de metraje) la caza del psicópata Búfalo Bill que el diálogo extraordinario entre estos dos personajes extraordinarios (delimitado por los apenas dieciocho minutos en los que Lecter aparece en pantalla), pero no es menos cierto que casi nadie se acuerda del susodicho, de su cara (tal vez sí de su impúdico baile ante el espejo, en el que oculta su sexo masculino entre las piernas para mostrarse a sí mismo tal y como querría ser: una mujer) ni de los motivos que lo llevan a matar a jovencitas pasadas de peso para arrancarles la piel. De lo que nadie se olvida es de Lecter, ni de la inefable relación que establece con Starling en sus escasos encuentros. ¿Qué son el uno para el otro?

“No hay palabras para lo que él es”, responde Starling a otro personaje cuando éste le comenta que ha oído que es una especie de “vampiro”.  Que es un monstruo ya se nos deja claro desde el principio gracias a la anticipación morbosa creada por el mentor de Starling, el inspector Jack Crawford, y a ese paseo de pesadilla por el subsuelo del hospital psiquiátrico de Baltimore en el que Starling debe soportar los gritos, insultos y vejaciones de otros locos peligrosos hasta alcanzar la última celda, separada del pasillo por una sólida y transparente pared de metacrilato, donde la espera Lecter, de pie, inmóvil, mirándola atentamente con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, un hombre de unos cincuenta años que parece totalmente inofensivo.

Sin embargo, ya sabemos, al igual que Starling, que el cincuentón de aspecto anodino es un caníbal que ha asesinado a innumerables personas después de someterlas a torturas inimaginables. De todos los locos peligrosos, él es el más peligroso de todos, quien debe estar completamente aislado de los demás, aquél cuya huida debe impedirse por todos los medios, la cúspide de una pirámide de perversión y terror. Starling, a pesar de todo, no se arredra.

Quiere de Lecter cierta información para resolver el caso de Búfalo Bill, lo que le permitiría ascender entre los cadetes de la academia del FBI. Lecter accede a facilitársela en una especie de diálogo socrático, pero no a cambio de nada: popularizando el latinajo quid pro quo para el gran público, lo hará sólo si Starling comparte con él detalles de su propia vida, algo que necesita para ¿qué? Analizarla, desde luego, diseccionar su psicología, encontrar sus puntos débiles, los motivos que la han llevado hasta allí. ¿Es Starling una persona inocente? En su desempeño trata de engañar a Lecter con tal de alcanzar sus objetivos, lo que denota a la vez ambición y estupidez: el caníbal tiene una inteligencia desmesurada, hipertrofiada, de las que sólo se pueden encontrar en la ficción. Ése es el superpoder de este superhéroe del mal: nada se le escapa, y menos los devaneos de una novata que, en la encarnación flagrante de la luz frente a la oscuridad (Starling vs. Lecter), pretende hacer el bien con el ansia velada de resolver ciertos traumas de infancia, traumas que son el alimento favorito del perturbado hasta quien la ha conducido el destino. Lecter advierte el núcleo de esa especie de “perversión bondadosa” que empuja a Starling a tratar de acallar a los corderos. No parará hasta saberlo todo, hasta tener a la novata Starling “abierta en canal” sobre su diván. ¿No es ése un comienzo para una pareja, el interés obsesivo por el otro, que lleva al uno a inmiscuirse en su pasado, a querer conocer los más mínimos detalles, hasta que su presencia mental es acaparadora, integral, ucrónica, imposiblemente retrospectiva? Lecter quiere apoderarse del pasado de Starling, y con él de la propia Starling, quien se convierte en su objeto de estudio, su pupila y, también, ¿en su objeto de deseo?

El resto de las referencias literarias y cinematográficas relacionadas con esta versión posmoderna de “la bella y la bestia” traicionan cualquier tipo de análisis acerca de las emociones que anidan entre ellos, y pervierten la objetividad con la que se debe atacar una obra de arte como “ser” individual. Gracias a Hannibal (Thomas Harris, 1999), la secuela literaria de El silencio de los inocentes (Thomas Harris, 1988), libros en los que se basa el “Lecterverse”, sabemos que Starling cede a los “encantos” de Lecter y, finalmente, la pareja llega a materializarse en el sentido más estricto. Sin embargo, por medio de Hannibal (Ridley Scott, 2001), la secuela cinematográfica de El silencio de los corderos, muy poco fiel a su homónimo literario, sabemos también que eso mismo no ocurre (Starling no ama a Lecter), pero sí que éste hace un sacrificio innecesario (se cercena a sí mismo una mano cuando podría habérselo hecho a ella) en su última huida. Lecter ama a Starling. Haciendo las sumas y las restas, es evidente que hay algo entre ellos, que el sustrato de su relación está abonado de una forma de amor, aunque sea depravado, y que de tal sustrato surge una pareja eterna en el imaginario colectivo de los cinéfilos que, al igual que en la vida, se concretará con el roce de sus pieles.

En El silencio de los corderos, Lecter es trasladado desde Baltimore a Washington D.C. para, supuestamente, proporcionar cierta información a la madre de la última víctima secuestrada por Búfalo Bill, una importante senadora. Lo mantienen encerrado en una jaula que ocupa buena parte de un gran salón en un hotel de la ciudad.

Allí es donde lo visita Starling por última vez antes de que se desencadenen los acontecimientos finales de la película: la localización y abatimiento del peligroso Bill, un prodigio cinematográfico rodado en una plano-secuencia subjetivo de “visión nocturna”, inmediatamente precedido por un artero montaje paralelo.

Los malabarismos no terminan ahí: el director ya había jugado unos minutos antes con la estructura narrativa de la película desplazando el clímax emocional a un terreno extraño, baldío, equidistantemente lejano a cualquier centro de gravedad. Después de su último diálogo socrático en el salón del hotel de Washington, cuando Starling ya se marcha escoltada por varios miembros de la policía, Lecter, con un grito imperativo, le hace notar que se ha olvidado una carpeta importante; entre los barrotes, sostenida por su mano de monstruo, la saca al otro lado para que su pupila/amada la recoja. Es imposible que Lecter le haga daño, pero Demme nos lo hace creer por medio de planos alarmados de los escoltas, además de por una intensificación (¿efectista?) de la música. Starling se zafa de los policías y se abalanza sobre la carpeta: lo que vemos en un primerísimo primer plano, en lugar de una agresión tan ilógica como fuera de lugar, es el roce sutil del dedo índice de Lecter con el dedo índice de Starling. Sus pieles por fin se tocan.

Ese extraño gesto de cariño, complicidad, deseo o ansia de posesión, sobrevive en la memoria por encima de otros detalles. ¿Trata Lecter de redimirse, de mostrarse levemente vulnerable, como si quisiera dar a entender que podría ser otra persona, o deshacer lo que ya ha hecho? Por supuesto que no: en su posterior huida despelleja y asesina a varias personas.

Lecter seguirá siendo un monstruo el resto de su vida, algo que a Starling no le preocupa, pues sabe, al igual que nosotros, que nunca tratará de encontrarla. Si ese hipotético encuentro se diera, ¿el contacto de los cuerpos alcanzaría el siguiente nivel, el nivel asociado con el placer, tan ajeno a la sobrecogedora representación del mal embebida en Lecter, de la que únicamente emana dolor y pérdida? Nos estremecemos sólo de pensarlo, al igual que debe de estremecerse Clarice Starling al recordar el efímero contacto de sus dedos.

Fernando Jiménez Alburquerque es Profesor Ayudante Doctor en el departamento de Matemáticas Aplicadas a la Ingeniería Industrial, Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial, UPM. Ha sido investigador postdoctoral en la Universidad de Waseda (Tokyo), Universidad Técnica de Múnich, Universidad de Waterloo (Canadá) y Universidad de Oxford (Reino Unido). También es autor de la colección de relatos Ciudades, editorial Atlantis (2018).

Una respuesta a “Hannibal Lecter y Clarice Starling: el roce de tu piel”

  1. Elena dice:

    Me ha encantado este viaje al centro de El silencio! Muchas gracias Fernando!!

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