“Blue my mind” o cómo la fantasía puede ser la mejor forma de retratar la realidad

A la pregunta “¿quién soy yo?”, esa cuestión a la que nos pasamos la vida tratando de dar una respuesta, a menudo sigue el acto de asomarnos a una suerte de balcón interior de uno, como si en el acto de cerrar los ojos y escuchar tan solo a nuestros sensores más profundos pudiéramos llegar a arañar algo que pudiera satisfacer siquiera en parte a esta pregunta mayúscula de nuestra existencia. En realidad, esa mirada al interior de uno solo conduce a un abismo, al de cada cual, y el de Mia (Luna Wedler), sin duda, tiene que ver con el agua y con el mar. Lisa Brühlmann dirige esta historia mil veces contada, “Blue my mind”, sobre el estrago de la adolescencia, su dificultada travesía, pero con un giro fantástico inesperado que a pesar de despegarse de la narración más realista encuentra en la metáfora la forma perfecta de alcanzar la realidad, un ejercicio de codificación que bajo la apariencia de estar renunciando a describir la experiencia como es, termina encontrándola con más precisión que nunca. Analizamos la “estrategia Brühlmann “ para hacernos sentir la transformación adolescente. Lo que sigue es un análisis, de modo que habrá muchos espoilers.

Hay a menudo en el género fantástico una voluntad por escapar de la realidad, por retorcer sus normas y condiciones, desdibujar sus límites o recolocarlos caprichosamente donde ya no se les espera, por el mero placer de ver qué sucede, de ensayar números imaginarios, escenas imposibles. A veces, detrás de esa voluntad de disponer a los personajes sobre un escenario inesperado no hay otro deseo que el de articular una propuesta espectacular e irresistible, un “¿Y si…?” para el que la película, con su relato, promete contestar de forma unívoca y excluyente, como si su desarrollo fuera el único posible. Baste el ejemplo de “Cube” (Vincenzo Natali, 1997) para ilustrar esta categoría. Otras veces, la propuesta fantástica, imaginaria o utópica, o distópica, en lugar de servirnos al deseo escapista, o mejor, bajo su falsa apariencia, termina reconduciéndonos de vuelta a la realidad, pues del examen de esos mundos imaginarios se desprenden ideas y valoraciones que podemos llevarnos al mundo real, a nuestras vidas, como si del ejercicio fantástico pudiéramos volver con ideas productivas y aplicables no para mundos distópicos sino para nuestra realidad cotidiana. Tal es el caso, muchas veces analizado, de algunas de las películas de Yorgos Lanthimos, como Alps” (2011), “Langostha” (2015) o “Canino” (2009) cuyas propuestas son correctamente catalogadas como “experimentales” (de hecho es uno de los arietes del cine experimental internacional más actual) pero que terminan diciéndonos “cosas” a las personas que somos en esta realidad palpable. Quizás se trate de textos que bajo la estrategia de la reducción al absurdo, nos aclaran o nos esclarecen ideas cotidianas que podemos aplicar. Se nos ocurre una tercera categoría, o a lo mejor una variante de la anterior, que aplicaría a la película “Blue my mind” de Lisa Brühlmann, la de los giros fantásticos que se articulan como metáforas para hacernos sentir realmente la fisicidad y la locura del estrago que son algunas de las experiencias de la vida.

Lo que Brühlmann pretende contarnos con su relato “Blue my mind” es la vivencia subjetiva que una chica adolescente, una concreta, Mia, pero también en clave de representación de cualquier chica adolescente, ha de padecer a medida que atraviesa los distintos cambios físicos que experimenta su cuerpo tras el acontecimiento de su menarquia. Hablamos, por tanto, de una difícil experiencia vital que vive todo adolescente (con o sin menstruación) y que a menudo es sentida como un estrago de difícil travesía, una experiencia complicada, cuyos cambios corporales y desarreglos perceptivos provocan miedos y angustias, además de comportamientos singulares más o menos conocidos. Aunque cada persona lo vive a su manera, en general, el estrago es más o menos universal, y suele ir acompañado de un cierto espanto de difícil representación cinematográfica más allá de los efectos psicológicos de las conductas sociales y del llamado “encuentro con el cuerpo”. De semejante experiencia, poco se puede decir sin faltar el respeto a quienes peor lo viven, tanto más a quienes ni siquiera lo superan. Por eso es que Brühlmann nos propone una figura retórica para hacérnoslo sentir de una forma más “real”: Que la joven Mia asista al angustioso proceso de transformación de su cuerpo para llegar a convertirse en una sirena.

Aquí, lógicamente, la palabra “sirena” sustituye a “mujer”, por cuanto la analogía la coloca en el último paso de un proceso de transformación desagradable que hará que Mia se sienta diferente a todos a su alrededor, exactamente como sucede en la adolescencia. Resulta interesante atender al hecho de que la palabra “sirena” no aparece en ningún momento del relato: no es pronunciada por ningún personaje, ni siquiera al tener ocasión de contemplar la cola de sirena de Mia. Por un lado, la ausencia de la palabra, del relato que pueda dotar de un sentido a los cambios brutales en el cuerpo de Mia, hace que estos se vivan de forma abrumadora. La ausencia de la palabra abre un agujero en el que Mia ya solo se puede colocar de forma angustiosa, como si su presencia misma se sostuviera sobre un interrogante que la compromete por completo y que la conduce “en volandas” hacia un destino incierto, aparentemente diferente al de todos los demás a su alrededor. La pregunta “¿quién soy yo?” cobra una urgencia trágica en el contexto adolescente, en el proceso de transformación en sirena. Que no comparezca la palabra “sirena” (por “mujer”) imposibilita que Mia dote de sentido a todo lo que le sucede, y su empeño por mantener en secreto tales cambios no hace sino impedirle vivir el momento en que otro pueda obsequiarle con una palabra, una explicación, un sentido para “lo real” que se está obrando en sus propias piernas. Sin la palabra “mujer” que aporte el relato inteligible a los cambios corporales, que describa el proceso como un hecho de lenguaje al que Mia pueda agarrarse, con el que pueda explicarse, tales cambios comparecen como algo sin sentido en absoluto, algo que provoca un miedo atroz.

De la voluntad metafórica de esa figura retórica, la transformación en sirena, nos habla el hecho de que Brühlmann no haga comparecer el mundo mágico e idealizado de las sirenas en tanto que seres irresistibles, al estilo de La Odisea de Homero, con sus cánticos sublimes; sino más bien por su desagradable condición física, “lo real” del cuerpo, que espanta y desagrada a Mia dándose cuenta de la imposibilidad de escapar de sí misma y de aquello “otro” en lo que está irremediablemente convirtiéndose. Certera metáfora de los cambios adolescentes que conducen hacia el nacimiento de una figura hermosa, pero para la que el protagonista no tiene aún una representación deseable. Dicho de otra manera, el patito feo no sabe que será cisne. Por otro lado, la condición de sirena, hermosa, frisa con lo desagradable de la transformación, lo repulsivo del proceso, revelándose aquí nuevamente la inestimable relación que señalara Trias entre lo bello y lo siniestro.

La conversión en sirena, una transformación que no ha realizado aún ningún ser humano, propone al espectador un proceso de espanto, y funciona a modo de metáfora de una transformación que como adolescentes experimentamos y cuyos estragos, con el paso del tiempo, tendemos a olvidar. Brühlmann nos obliga a revivirlo mediante una propuesta imaginaria con cuyos miasmas revivimos el proceso que ya atravesamos, reconectamos con la difícil experiencia de la transformación adolescente y volvemos a sentirla como algo, frecuentemente, ingobernable, solo atravesable. Así, el giro fantástico e inesperado de “Blue my mind” termina devolviéndonos una muy física bocanada de realidad perdida o superada, quizás tan solo consolidada en algún lugar de nuestro ser, desprovista ya de todo el punctum con el que en su día nos hirió.

Mia experimenta una llamada de la naturaleza que aparece con su primera menstruación y que hace emerger en ella nuevas conductas y deseos. Ella misma se hace consciente de que está llevando a cabo acciones que no le son propias, y así llega a confesarlo en terapia. Surgen en ella nuevos instintos que conectan con la sirena que está emergiendo dentro de ella, como el deseo de comerse a otros peces…

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

…el de beber agua salada justo después de cerrar los ojos y escuchar el sonido subacuático del mar…

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

…o el de tirarse al agua sin pensárselo dos veces para salvar a su mejor amiga a punto de morir ahogada:

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

No obstante, esa llamada de la naturaleza ya había sido adivinada por Mia cuando solo era una niña, en la orilla del mar…

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

…y hasta podríamos decir que Brühlmann nos avanza algo de lo que sucederá, dándonos a ver, como una imagen que va cobrando fuerza en el semblante de Mia, a la sirena que terminará siendo.

Así nos lo va escribiendo, quizás mediante la adyacencia permanente que Mia guarda con la pecera de su casa, e incluso también en las bonitas ondas que su pelo traza como si Mia se encontrara ya nadando bajo el agua:

Luna Wedler en "Blue my mind" de Lisa Brühlmann

No olvidemos que cuando Mia decide jugar a desmayarse, es decir, a dejarse llevar por unos segundos a su abismo interior, junto a Gianna y sus amigas, lo que verá será la forma que toma su propia naturaleza…

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

“Blue my mind” aparece como un título poliédrico en donde los distintos sentidos posibles se entrecruzan entre sí. La sirena que Mia será podría estar reclamando por instinto ese “blue”, ese azul escrito en sus entrañas, que va cogiendo fuerza en el interior de Mia. Así, “Blue my mind” podría ser la solicitud marítima de un ser que reclama su propio hábitat natural. Por otro lado, podría leerse como la afirmación de presencia de ese azul en la mente de Mia, es decir, como el reconocimiento de su condición de sirena que va compareciendo, que va emergiendo en tanto que estado dentro de sí misma. No obstante, ese estado tiene, decíamos, una analogía con los procesos de transformación adolescente que ella está atravesando, y que disparan y enrevesan sus pensamientos que parecen viajar en su mente como una espiral ingobernable. Hay momentos en que la espiral adolescente la alcanza y la secuestra por completo, arrastrándola a escenarios telúricos, totalmente antagónicos con lo marino, en los que Mia sufre de accesos existencialistas, también muy propios del imaginario adolescente:

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

Colores cálidos, ocres, que remiten al sol y a sus ocasos, al viento; colores de tierra que se imponen sobre Mia como fuerzas de disgregación, o como representaciones de sus momentos de desaliento. Colores que la detienen, la fijan al suelo en una suerte de condena existencial. Momentos en los que el anhelo se hace centro, pero no su objeto, no la forma de su apaciguamiento, aún inconcebible para Mia. Si hay una imagen para mostrar ese anhelo de un objeto imposible, debemos buscarla entre las instantáneas ocres y telúricas de “Blue my mind”.

Imágenes, por cierto, cuyos colores ya habían sido paradigmáticamente empleados por otros para representar lo telúrico:

“Tierra” (Julio Médem, 1996)

“Tierra” (Julio Médem, 1996)

Ese “Blue my mind” también puede leerse como una reclamación de paz, de esa paz subacuática que calma a Mia, para hacer que las espirales existencialistas e inestables dejen de girar, que todo se calme, que se apacigüe su desazón interior, su vértigo: reclamar azul, reclamar el azul del mar en el que todo se calme.

No hay transformación que no suponga cierta renuncia, y para Mia, esta llegará cuando ya se haya convertido en una espléndida sirena. Dejar atrás la adolescencia también supondrá dejar atrás con ella a sus padres (de los que se despedirá ya sin orgullo, a su manera, con el móvil de Gianna), y a las amistades más importantes de nuestra vida:

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann

Gianna: ¿No tienes miedo?
Mia: No, no tengo miedo.

Si la adolescencia se caracteriza por el miedo permanente con el que miramos a nuestro alrededor y a los cambios en nuestro propio cuerpo, la llegada de la adultez debiera ser señalada por la ausencia del miedo, por estar dispuesto a mirar al abismo frente a frente, el que nos hace conscientes de nuestro propio final y de la libertad condicional que se abre a sus pies en forma de vida. La imagen de la playa, la estampa del umbral del abismo, o mejor, la capacidad de Mia para mirarlo y adentrarse en él, son el hito cumplido que advierte en ella esa otra condición, otra esencia, que se ha estabilizado en ella y con la que ahora mira su propio futuro. Habrá nuevas amistades, aunque ninguna será ya igual para Mia. Se dejan mutuamente atrás para poder ser la mujer que serán. Huelgan los colores telúricos; los azules inundan cielo y mar y se reflejan en la cara de Mia revelando algo suyo, la rima existencial con la que ella ha sentido siempre el mar.

Si la película comenzó cuando Mia y su familia se mudaron a un nuevo hogar, elemento este que coincide con la menarquia de Mia y el comienzo de su nueva vida (nuevo colegio, nuevos amigos, …), la finalización de la transformación y el abandono de la crisálida, ese aparato temporal para el cambio, lleva a Mia a un nuevo lugar. Lo cerrado de lo provisional contrasta con lo abierto, lo infinitamente abierto del mar en el que desaparecerá.

La metáfora alcanza, así, un nuevo y estable acomodo. Las imposiciones del ambiente adolescente pueden hacernos sentir durante el proceso como si atravesáramos un túnel, por lo que Brühlmann representa la llegada de la adultez por la infinita amplitud del mar, con la libertad de movimientos de Mia, que exhibe su agilidad acuática con giros y tirabuzones de toda clase. Del rechazo al propio cuerpo, el extrañamiento frente al espejo del adolescente, pasamos a la aceptación de uno mismo, momento que para Mia se produce con el reconocimiento de su propia naturaleza (“marina”). La más superlativa reclamación de azul encuentra aquí su plena satisfacción, como el ingrediente necesario para calmar a Mia, para proporcionarle la libertad soñada; un azul que estaba en el título mismo de la película, y que ahora sabemos que significaba algo como “libérame”. ¿No suena un poco esto… a esto otro que ya vimos en el último plano de “Billy Elliot” (Stephen Daldry, 2000)?

"Blue my mind" de Lisa Brühlmann y "Billy Elliot"

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