“El hilo invisible”: La madre, el amor y un vestido de novia

En la introducción que escribe Eugenio Trías para su libro Lo bello y lo siniestro nos dice: “Kant dice en la Critica del juicio que el arte puede tratar cualquier asunto y promover cualquier sentimiento, independientemente de su moralidad y del horror que pueda despertar. Un único límite señala a la obra de arte una única restricción: un sentimiento que, al ser suscitado por una obra, produce inmediatamente la quiebra del efecto estético. Tal sentimiento imposible de ser promovido es, al decir de Kant, el asco”.

Al terminar el visionado de El hilo invisible, ese sentimiento de asco puede que sea el que quiebre el efecto estético. Pero ese sentimiento tan solo es una veladura de la historia que subyace y que no nos puede hacer perder su sentido.

Para empezar, centrémonos en el título, que literalmente traducido sería “El hilo fantasma”. El fantasma, entendido desde distintos ángulos, es el que circula y atraviesa la historia. Y veamos cómo, una vez llegados al final, ese fantasma no nos va a resultar en absoluto transparente. De aquí la necesidad de tener en mente el equívoco, veladura, que nos encontramos en primer lugar en la narración. Los fantasmas aquí son muchos y de distintas naturalezas, fantasmas que iremos desgranando poco a poco.

No es de extrañar que la persona que abre y cierra la narración sea Alma y no Reynolds, por ser ella la artífice, la hacedora de todo lo que va a pasar. Ella es la única que sabe escarbar en lo más íntimo de un hombre que parece un sólido muro. Alma está conversando con otra persona, de manera bastante íntima:

-Reynolds ha hecho realidad mis sueños y yo a cambio le he dado lo que él más desea- le dice Alma.
-¿Y qué es? -le pregunta el otro personaje.
-TODO MI SER- contesta Alma. La respuesta no puede ser más categórica.
-Vaya, sí que es un hombre exigente, ¿no? Debe ser todo un reto estar con él, ¿no?- le pregunta el acompañante.
-Sí, puede que sea el hombre más exigente-asegura Alma.

Puede que este comienzo sea una de las claves de la narración de El hilo invisible, de la historia entre Reynolds y Alma. Pero Alma no ha sido la única “compañera” que ha tenido Reynolds. Nos presentan a Joanna, una de las (probablemente) muchas que hayan pasado por el taller. Joanna le insiste a Reynolds para que desayune más, pero él le dice: no quiero más cosas pesadas.

Ella, azorada, le contesta: “no lo recuerdas, tal vez se lo dijiste a otra persona”. Sí, Joanna no ha sido la primera (ni la última) en penetrar en esa jaula dorada en la que vive Reynolds. Una jaula, una cárcel, cuyo alcaide es su hermana Cyril, que ejerce con mano férrea de asistente, secretaria, confidente, de Reynolds. Es la persona que mejor conoce (o mejor cree conocer) a su hermano. No es casualidad que Cyril sea la que adopte el “rol masculino” de los dos: ella fuma, va vestida de oscuro, con el pelo recogido y tiene despacho propio. Es más, cuando Reynolds necesita un consejo, necesita ayuda, va al despacho de su hermana, como el niño asustado que va al despacho de su padre, o del niño castigado al que mandan al despacho del director del colegio. Poco a poco vamos desgranando detalles de la vida de Reynolds, de su infancia (o al menos, nos podemos imaginar gran parte de ella), de su relación con su madre. Empezamos a vislumbrar cuáles son los “hilos fantasma” que mueven la vida de Reynolds y su manera de comunicarse con los demás.

-¿Dónde estás, Reynolds? Nada de lo que diga puede hacer que recobre tu atención, ¿verdad?- le pregunta Joanna.

Reynolds es como un niño malcriado, un niño que va cambiando su foco de atención allá donde esté su interés momentáneo, como un niño que se cansa enseguida de su juguete nuevo. Durante una cena, Cyril le dice: “¿Qué quieres hacer con Joanna? Bueno, es encantadora, pero le ha llegado el momento. Y está engordando de estar sentada esperando a que te vuelvas a enamorar de ella. Voy a darle el vestido de octubre, ¿te parece bien?”- le pregunta Cyril.

En el restaurante que se ha convertido en lugar de confidencias entre hermanos y donde siempre se sientan en la misma mesa, Reynolds tiene el pequeño “atrevimiento” de pedir por su hermana su comida sin esperar a que ella elija, donde Reynolds se abre a su hermana: “Tengo una sensación de inquietud, sin basarme en nada en concreto. Es una desazón, pero últimamente tengo unos recuerdos muy vivos de mamá, que me viene en  sueños… huelo su perfume. Una fuerte impresión de que está cerca de nosotros, intentando comunicarse (…)”. Además Reynolds expresa su deseo de que su madre haya visto el vestido que acaba de crear. Reynolds necesita de la aprobación de su madre, aun ausente.

-Es reconfortante pensar que los muertos velan por los vivos. No me parece en absoluto siniestro- confiesa Reynolds a su hermana.

Su hermana le propone que se vaya “al campo” y que luego iría ella, como la propuesta de un matrimonio de “vete tú al campo a relajarte, que yo me quedo trabajando”, pero al revés.

Este viaje será el punto de inflexión en la vida de Reynolds, ya que allí conocerá a Alma, pues ella es la camarera que le sirve el desayuno. Se fija en ella tras tropezarse con su aspecto desgarbado y su sonrisa. Parece una “niña patosa” que transmite ternura por todos los poros de su piel. Y en este primer encuentro, no va a saber quién es más niño de los 2. Reynolds pide el desayuno como un crío al que su madre no le vigila, pide todo lo que gusta, todo lo que está prohibido. Pide mucho más de lo que puede comer, caprichos.  Le pregunta a Alma si quiere cenar con él, y ella contesta entregándole una servilleta con su nombre, dando a entender que ya intuía que se lo iba a pedir.

En la cena, Reynolds rompe una “regla no escrita” de las primeras citas: no hablar de tu madre. Reynolds habla largo y tendido de ella. Le pregunta a Alma acerca de su madre, que le enseñe una foto. Ella le dice que tiene una foto en casa, no allí. Reynolds le contesta: “Llévala contigo; lleva siempre a tu madre contigo”.

Alma le pregunta a Reynolds por la suya: “Está aquí, en la entretela – dice mientras se toca en el pecho-. Sobre el pecho llevo un mechón de pelo de mi madre, para tenerla siempre cerca de mí. Era una mujer extraordinaria”.

“Debes de quererla mucho”, le asegura Alma.

Alma come como una niña pequeña, agarrando el tenedor como si fuera la primera vez que usa uno. No deja de llamar la atención cómo los roles de niño-adulto se van a ir turnando hasta que sea Alma la que reconozca y acepte la personalidad de Reynolds.

De camino a casa, Reynolds conduce muy rápido, como un niño malcriado, como un veinteañero que roba el coche de su padre. “Niño malcriado”, esta expresión va a aparecer mucho, ya que es la que mejor define a Reynolds.

Entran en la casa de Reynolds, y allí le empieza a hablar de su madre (de sí mismo). Le enseña una foto de su madre vestida de novia: “Le hice este vestido cuando tenía 16 años. Era para su segundo marido”.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

Alma le pregunta por el paradero del vestido, y Reynolds le dice que estará “convertido en polvo”. No sabe qué pasó con el vestido. Parémonos aquí. Un chico de 16 años hace con sus propias manos un  vestido de novia para su madre, seguramente sea su primer trabajo. Una mujer, una madre, lo guardaría como la cosa más preciosa que tiene. Pero no, la madre de Reynolds no, su madre lo pierde de vista. Vemos cómo Reynolds ha buscado desde pequeño la aprobación de su madre, y ¿qué mayor aprobación puede haber que la de confeccionar el vestido de novia? Reynolds creció sin padre, pero al casarse su madre por segunda vez, teniendo él 16 años, él aprueba ese matrimonio con ese vestido, incluso puede que animando a su madre a ese matrimonio gracias a ese vestido. La madre. Otra vez aparece aquí la sempiterna figura materna. Aquí no puede dejar de volver a nuestra mente “El drama del niño dotado” de Alice Miller, ya que aquí tenemos la clave de los traumas de los niños y su repercusión en la vida adulta. Es muy conocida su reflexión: “La experiencia nos enseña que, en la lucha contra las enfermedades psíquicas, sólo disponemos, a la larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la verdad de la historia única y singular de nuestra vida”. Un niño que se comporta según se espera de él, supone un aniquilamiento de la personalidad del mismo en la edad adulta. Yendo más lejos, Miller culpaba a los padres de la neurosis y psicosis de la humanidad.

También le cuenta que le pidió ayuda a su cuidadora para terminar el vestido, a lo que ella se negó ante la superstición existente al respecto: si una mujer toca un vestido de novia, no se va a casar nunca. Así que le ayudó su hermana.

-¿Y ella? ¿Se ha casado?-pregunta Alma.
-No -contesta Reynolds, quitando importancia al asunto, como queriendo decir: ¿por qué habría de casarse mi hermana (si me tiene a mí)?

Se sientan a hablar, en un momento íntimo, delante de la misma chimenea en la que Alma se va a confesar delante del personaje misterioso del principio, que como veremos al final, va a cerrar también la historia. ¡Pensemos en cuántas conversaciones íntimas se desarrollan delante de una chimenea!

Vértigo, Hitchcock

-Soy un soltero empedernido… soy incorregible (…) Las expectativas y suposiciones de los demás son las que causan sufrimiento-confiesa Reynolds.

Acaso, ¿no son estas las palabras de un hombre que no haya madurado, como las de Valmont en “Las amistades peligrosas” y su “no puedo evitarlo”?

Las amistades peligrosas, Stephen Frears, 1988

¿No está aquí reconociendo que las expectativas (de su madre) son las que le causan ese sufrimiento que tiene ahora, porque, al fin y al cabo, está reconociendo que tiene un sufrimiento interno? Aquí se confirma la teoría de Alice Miller, de que el niño Reynolds se ha comportado como su madre ha esperado de él, y eso ha aniquilado su personalidad. ¿Qué ha recibido él a cambio? Su madre perdió el vestido de novia.

Y ahora, Reynolds coloca a Alma en el centro de su taller para vestirla, y como James Stewart viste a Madeleine en “Vértigo” para “desnudarla” y “prepararla para el amor”(Hitchcock dixit), viste a Alma porque la ha elegido y la “prepara para el amor”. Pero, tal y como prometió a su hermana Cyril aparece y les pilla en ese “momento amoroso”, les pilla in fraganti. Y ahora tenemos… un trío.

Vértigo, Hitchcock

-¿Quién es esta encantadora criatura que hace que la casa huela tan bien?- pregunta Cyril mientras olisquea a Alma, cual perro guardián.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

Reynolds le pide a su hermana que le ayude, ya que va a tomar las medidas de Alma para hacerle un vestido. Apunta el nombre de Alma en el cuaderno, para diferenciarla, ya que NO es la primera. Cyril sigue el juego de su hermano, ya que este es SU juego; ella le consiente este momento, sabe que puede que este momento sea el momento más parecido a una relación sexual que su hermano conoce. Y, ¿qué hace Alma mientras tanto? La cara de Alma no es la de alguien que es el centro de atención, mira a Cyril con desconfianza.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

-No tienes pecho-le dice Reynolds a Alma.
-Lo siento-le responde Alma.
-No, mi trabajo es realzar tu pecho… si así lo decido- le asegura Reynolds. Está claro que este es su territorio.

Cyril se acerca a ella y le dice: “Tienes la figura ideal. Le gusta un poco de tripita”. Está claro que ninguno de los dos hermanos “regala los oídos”,  sino que dicen la verdad, aunque no hagan sentir a Alma como una princesa. Pero escuchamos la voz en off de Alma asegurando: “En sus manos alcanzo la perfección, y me encuentro muy bien”.

Lo que siempre va a parecer una cena   romántica va a tornar en una cena a tres, un mènage a trois; curioso también que las únicas palabras cariñosas son las que dedica Reynolds a su hermana.

Al llevarla a su casa por primera vez, Reynolds vuelve a marcar territorio: “TU habitación, yo estoy justo al lado”-le indica a Alma. No, no van a compartir la habitación.

Alma ha entrado en la fortaleza de Reynolds, pero no olvidemos que Cyril es la alcaide: “Cyril siempre tiene razón (…) ES cierto porque ES cierto”-le asegura Reynolds sobre su hermana. Desde luego, no es de los que va a dar la razón simplemente por agradar.

Pero Alma no se va a achantar con esto. En ese mundo controlado por los dos hermanos, en esa rutina que para Reynolds es un bálsamo, va a llegar Alma haciendo, literalmente, ruido. El ruido que hace durante el desayuno desespera a Reynolds, le saca de sus casillas. Intenta acudir por la noche a su habitación, pero él está trabajando. Su habitación, de difícil acceso físico, en un estrecho pasillo, reflejo de la personalidad de Reynold, de difícil acceso. Tan sólo su hermana va a poder acceder, y sin permiso, a la habitación; al fin y al cabo, es la alcaide.

Después de un desfile (¿acto sexual?), él termina agotado y abatido como un niño; en el coche, su postura corporal es la de un niño. Deja que Alma conduzca, deja que le cuide. Y es entonces cuando volvemos a escuchar la voz en off de Alma explicando que: ”Entonces es como un bebé, es como un niño malcriado -¡otra vez!-. Cuando está así es muy tierno”.

Cuando ella defiende a la firma y a un vestido diseñado por Reynolds al pensar que la mujer que lo llevaba (la mecenas, ni más ni menos) no era digna de llevarlo, él “rompe” ese muro que le rodea y la besa en la calle, como si el hecho de esa defensa le excitara sexualmente. De hecho, Alma ya va conociendo a Reynolds, y ya sabe dónde apretar para esa excitación. Durante una cena con Cyril y su socio, ella le pregunta: “¿Tienes hambre? ¿Te has quedado con hambre?”. Reynolds la lleva de la de mano hacia su habitación. De hecho, todo esto nos recuerda al momento en el que se conocen, cuando él pide mucha comida. Este es un signo típico de los niños, el tener hambre. Reynolds, cuando está feliz, se siente hambriento.

Cyril es su única preocupación cuando Alma le sorprende con una cena para dos y les da la noche libre a todas, Cyril incluida. Y, ¿qué le dice Alma durante la discusión? Que parece un niño pequeño y que todo a su alrededor parece un juego. Pero Alma sigue sin achantarse y no toma la decisión que sería más razonable tras una discusión en la que él incluso, la echa de casa. No. Alma se queda, resiste, aguanta. Aunque, va a aguantar usando un pequeño “truco”. Porque es justo al día siguiente cuando ella le envenena por primera vez con una pequeña dosis de seta venenosa en el té. Los efectos del envenenamiento se van a manifestar mientras examina el vestido de novia que le está haciendo a la princesa de Bélgica. Otra vez el vestido de novia y toda la simbología que ello acarrea. Reynolds se cae encima del vestido estropeándolo, por lo que debe guardar cama… y las modistas empezar con uno nuevo. Cyril no da crédito cuando sus trabajadoras le dan la noticia de que su hermano está enfermo y que ha dañado el vestido al caerse encima. Es más, llega a preguntar varias veces: “¿quién se ha caído encima del vestido?”.

Alma le cuida como un niño, como lo que siempre ha querido. Parece que ha llegado a la conclusión de que la única manera que tiene de poder acceder a él y de que él se abra a su vez a ella es llevarlo a un estado de indefensión absoluta. Ella necesita ocupar el lugar de su madre, ser ese fantasma que tanto echa de menos. Acaba de descubrir el “hilo fantasma” que los une; es más, Reynolds le dice: “si te alteras me muero aquí mismo”. ¿Qué es lo que le está demandando Reynolds a Alma? Que ejerza la fuerza, que sea ella la que ocupe el papel de madre y le cuide. Le confiesa que está asustado, le confiesa su debilidad.

Al ayudar Alma con el vestido, puede que con la maldición de los vestidos de novia en mente, ve que Reynolds ha cosido en el bajo del mismo “Nunca maldito”, como queriendo ayudar a todas las mujeres que ayuden en su confección a no sufrir ese castigo, y quizá también, a la propia novia.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

Y es aquí, en este estado de indefensión, cuando Reynolds ve a su madre en la habitación. Ella viste con el mismo vestido de novia que él diseñó y confeccionó y que ahora está perdido. Su madre está impasible, silenciosa.

-¿Estás aquí? Siempre estás aquí. Te echo de menos. Pienso en ti continuamente. Cuando sueño oigo tu voz pronunciando mi nombre, y cuando me despierto, las lágrimas recorren mi rostro. Te echo de menos, así de sencillo. Quiero contártelo todo. No entiendo lo que dices… no oigo tu voz”-le dice Reynolds a su madre, en este desgarrador soliloquio que nos destroza el corazón. Reynolds no puede expresar mejor lo que echa de menos a su madre; es el llanto de un ser indefenso que verdaderamente echa en falta a la figura materna. Cuando conoció a Alma le dijo que era “una mujer extraordinaria”. En su recuerdo verdaderamente parece que así lo era, aunque en la realidad no lo fuese. En SU realidad, en sus recuerdos, lo era.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

El médico que le (intenta) atender confunde a Alma con la señora de la casa, la llama “Señora Woodcock”, justo antes de que Alma entre en la habitación de Reynolds a ver cómo está. Parece que la presencia de su madre hace que la fiebre le baje, como el beso materno en la frente para notar la temperatura. Durante unos segundos, Alma y la “madre” se encuentran en la misma habitación, como cediendo ella también su puesto, para después desaparecer.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

La fiebre ha bajado, Reynolds está mejor. Tan solo hace falta el siguiente paso, que da al declararse a la mañana siguiente a Alma. Se ha quedado dormida en un diván, en la misma habitación donde está el vestido de novia terminado, el vestido que él mismo había destrozado al caerse sobre él. Y en este escenario es donde escuchamos el primer (y único) “te quiero” que va a pronunciar Reynolds.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

“No quiero estar nunca sin ti (…) Hay cosas que quiero hacer. Creía que mis días eran ilimitados, cometía los mismos errores que había cometido. Ya no puedo ignorarlos. Hay cosas que me corroen, cosas que debo hacer. Cosas que no puedo hacer sin ti, para que mi agrio corazón no se ahogue. Para romper una maldición. Una casa que no cambia es una casa muerta. Alma, ¿quieres casarte conmigo?” le pregunta. Desde luego, el escenario no es el perfecto para una pedida de matrimonio: no hay anillo, no hay glamour… No es lo que cualquier chica soñaría. De hecho, Alma no dice nada al principio. ¿Por qué? Puede que porque, aparte de ese “te quiero”, Reynolds en todo momento ha hablado de SUS razones para casarse, de por qué necesita a Alma en su vida. Tras un silencio bastante incómodo, Alma le pregunta que “si él se quiere casar con ella”, a lo que él contesta que sí. Y él vuelve a repetirle la pregunta, a la que la respuesta ahora es un “sí”.

El día de su boda el vestido de novia no es como el vestido que Reynolds diseñó para su madre o para la Princesa de Bélgica. Definitivamente, la pedida de mano y la boda de Alma no son los que cualquier chica podría soñar. En la ceremonia, nos enteramos del segundo nombre de Reynolds: Jeremías. Y como en las (buenas) películas, todo, nombres incluidos, están minuciosamente pensados. Reynolds lleva como segundo nombre el de un profeta, y es justo en su boda cuando sale a la luz. Jeremías significa “Dios pone orden”. Y es curioso que parece que en la boda tenga que aparecer su nombre para que, efectivamente, “Dios vaya poniendo orden”. Y como dato curioso, veamos cómo murió el profeta… murió envenenado. Y no, Alma no tiene segundo nombre. Al alma le atribuye la capacidad de sentir y pensar. Así que como podemos comprobar, a Alma no le es necesario otro nombre, ella se basta y se sobra. Reynolds, por el contrario, sí necesita de su alma/Alma.

La luna de miel no va a ser la ideal para Reynolds, ya que presencia cómo Alma vuelve a convertirse en ese ser que le crispa los nervios, y hace ruido al comer y sorbe los líquidos.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

En una reunión con amigos, deja a Reynolds en evidencia, pero con la ayuda de una amiga que le azuza con frases como “esta noche apenas te ha mirado”, “casarte con una cría”, “tu mujer es bastante maleducada”…

Efectivamente, Alma es más joven y en Nochevieja quiere salir a bailar; Alma no quiere acomodarse a todas las costumbres que tiene Reynolds, y mucho menos, con esa vida de trabajo y vida en la que está a sus anchas. Alma se pone el primer vestido que hace Reynolds para ella, y sale de fiesta, dejándole solo. No sabemos si Alma ha salido porque realmente quería o para desafiar a Reynolds, pero se sale con la suya. En esa fiesta absurda aparece Reynolds a buscarla, y sin mediar palabra, se la lleva, mostrando Alma cierta mirada de satisfacción.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

Pero todo ha cambiado para Reynolds, que acude a su hermana, su confidente, a quejarse de Alma, que poco a poco, va ocupando más espacio incluso en el taller de costura.

-He cometido un grave error en mi vida, Cyril-le dice Reynolds.
-¿Qué quieres que yo haga? -le contesta su hermana, que observa cómo en ese momento Alma entra en la habitación sin que Reynolds se percate. Sin mirarla, deja que su hermano se explaye y permite con este acto que Alma escuche todo.

-No puedo trabajar, no puedo concentrarme, no tengo confianza… ella no tiene cabida en esta casa. Nosotros construimos esta casa, los dos. Ahora lo está poniendo patas arriba. Me está transformando, nos está volviendo el uno contra el otro. Su llegada lo ha alterado todo por completo-Reynolds se queja a su hermana como un niño pequeño lo haría de su hermana recién nacida. Pero parece que el silencio de Cyril otorga a Alma su papel de madre, a la vez que le da su apoyo, cosa que exaspera a Reynolds, que las llama “maleducadas” y les expresa que “en esta casa hay un aire de muerte silenciosa y no me gusta nada cómo huele”.

Justo después, aparecen en el plano unas setas que Alma está cocinando. Reynolds la observa detenidamente; ve cómo consulta el libro de setas (venenosas), cómo se lava las manos una y otra vez… Alma hace mucho ruido, como al principio, como una niña pequeña que ha hecho una travesura y quiere que se sepa lo que ha hecho. Reynolds está empezando a entender todo, y nosotros lo vemos en su rostro. ÉL YA SABE Y ACEPTA.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017

Se come un trozo de la tortilla que ha hecho con las setas, y Alma le dice: “quiero que no puedas ni moverte, indefenso, tierno, abierto, que sólo yo pueda ayudarte… y luego quiero que recobres las fuerzas. No vas a morir; puede que desees hacerlo, pero no vas a morir”.

Reynolds la mira por un instante y le dice: “bésame ahora antes de que sienta náuseas”.

La siguiente escena, a pesar de ser bastante escatológica, puede que sea el culmen del romanticismo tanto para Alma como para Reynolds: sentados en el baño, con el suelo recubierto de papel de periódico; Reynolds con un recipiente entre las manos y Alma a su lado, los dos sonrientes, felices, cómplices de la situación, conscientes de lo que está sucediendo. Una escena que nos recuerda a María de Betania ungiendo los pies a Jesucristo.

El hilo invisible, Paul thomas Anderson, 2017


A pesar de que Alma ha sido muy cuidadosa, Reynolds le pide que llame al médico, con lo que entendemos la situación del principio, la conversación entre Alma y el médico, el mismo médico que fue a socorrer a Reynolds la primera vez que Alma le “envenenó”, por lo que el médico ya ha visto esta situación antes, no es nueva para él. Mientras llega el médico, escuchamos la voz de Alma en off: “si no saliese de esta, si mañana no estuviera, no importa, porque sé que en la otra vida me estaría esperando”.

También escuchamos a Alma cómo habla de sus planes de futuro, que incluyen fiestas e hijos, a la vez que vemos estas imágenes. Pero, ¿son estos solamente los planes de futuro, o es lo que pasa realmente en el futuro? Probablemente, estos planes sean fruto de la imaginación de Alma, porque ella puede que ya sepa que ella es la que va a ejercer a partir de ahora, el papel de madre. Han encontrado esta peculiar manera de relacionarse, esta particular manera de ser uno. ¿Podemos hablar de una relación sadomasoquista? Aunque a primera vista podemos afirmar esto, estrictamente no es así. Si el masoquismo (en este caso el masoquista sería Reynolds) se define como la perversión de quien goza verse humillado o maltratado por otra persona, Reynolds no encuentra el goce con el “envenenamiento”, sino con la situación resultante de esto: sentirse como un niño, indefenso. Efectivamente, y tal como decía Alma al principio, Reynolds tiene todo su ser. También dice que “ahora ya soy mayor, y veo las cosas de manera distinta”. Acaso, ¿está hablando cuando ya han pasado muchos años, o ese “ya soy mayor” es simplemente la aceptación de su rol, de su nueva situación en la pareja? Todo parece indicar que sí, ya que también dice: “Cuido tus vestidos, los protejo del polvo, los fantasmas y el tiempo”. Ya nadie va a descuidar de los vestidos de Reynolds, como pasó con el vestido de novia de su madre.

-Sí, pero ahora mismo estamos aquí-le contesta Reynolds.
-Sí, claro que sí-le contesta Alma.
-Y empiezo a tener hambre-le contesta Reynolds, con esa respuesta que siempre tiene cuando está feliz. Es un niño que tiene hambre.

 

Historia de dos vestidos

A cualquier cinéfilo le encantan los detalles que enlazan películas, que las relacionan. Esos pequeños descubrimientos que nos hacen sentir dichosos por amar tanto el cine. Pues bien, ¿no parece que el vestido que diseñó Reynolds para su madre es muy parecido al vestido de novia del personaje de Wynona Rider en “La edad de la inocencia” en su boda con el personaje de… Daniel Day-Lewis/Reynolds? Encontrar una conexión entre ambos personajes es complicado, puesto que poco sabemos de la madre de Reynold, y en un caso se trata de una primera boda y en el otro en una segunda boda, pero por época sí encajaría con la edad de la madre de Reynolds.  May, el personaje de Wynona Rider en “La edad de la inocencia” es una chica que a ojos de ojos de todo el mundo, es una chica con una candidez absoluta y obediente en todo momento de su familia y de las normas y usos sociales de la época, pero que una vez casada, una vez se ha enfundado ese vestido de novia, comprobamos que se ha vuelto en una persona sumamente manipuladora y capaz de urdir tramas para mantener a su lado a un marido que sabe que no la ama, pero al que la obligación para con sus hijos le mantiene en una falsa comodidad burguesa. Acaso, ¿el hijo de May, no podría ser el resultado de todo eso, y buscar en todo momento la aprobación de la madre? ¿No es lógico que una madre para la que el vestido de novia tan solo ha supuesto un mero trámite se haya “olvidado” de él en el fondo de algún armario? ¿Una niña como Cyril no podría haber aprendido de una madre así a ser guardia y custodia de un niño indefenso y cuidarle de no caer en las redes de una mujer como su madre?

“La verdadera soledad consiste en vivir entre toda esa gente encantadora que sólo te pide que finjas”, se dice en “La edad de la inocencia”, y esta sensación es la que parece que es la que acompaña a Reynolds durante su adolescencia y madurez. Fingir, ser que lo se esperaba de uno.

La edad de la inocencia, Martin Scorsese, 1993

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