Experimento 1: “El Yo, el Ello, el Ego”: El estático hombre medio (2/4)

Lost in translation - Coppola

La representación clave del hombre medio


Existe otro ámbito, además, en donde “Lost in Translation” se desmarca de sus compañeras claramente. Se trata del empeño de “American Beauty” y “El Club de la lucha” por alcanzar la crisis central de sus historias partiendo de personajes capaces de representar casi estadísticamente la vida tópica y habitual de las personas de la sociedad en la que se inscriben. Por ejemplo, “American Beauty” nos presenta a un tipo que por sus características iniciales, es decir, anteriores a su rebelión contra la hipocresía, podría representar al hombre medio de la sociedad en la que aparece integrado. Es más, la película aboga por contemplarlo como “uno más” entre nosotros, un personaje más con muchos motivos para no considerarse especial, empezando por la estructura de su lugar de trabajo, un rincón entre mesas idénticas que se extiende por la oficina configurando una planta de “iguales” en la línea de la más pura idea de la novela de Orwell 1984”. Se subraya así la levedad del personaje inicial que sólo va a convertirse en especial a través de su motivada revolución contra todo lo que venía oprimiendo su verdadera personalidad.

En el caso de “El Club de la Lucha”, el caso es similar o si cabe más enfermizo. Edward Norton confiesa su propia adicción a la telecompra, exalta y enseña orgulloso el resultado de su proceso de búsqueda interior a través de la adquisición (consumismo) que realiza a cada minuto con el dinero que gana en un trabajo aburrido, monótono y alienante (“aplicar la fórmula”, dice en la película). Incluso se nos obsequia con una estéticamente valiosa secuencia de proyección de interiorismo que, en clave de Ikea, va rellenando toda la casa y que si bien se trata tan sólo de un proceso de colocación de objetos, Norton lo hace comparecer como la vestimenta de su vida, los medidores fiables de su propia felicidad alcanzada.

El club de la lucha - Fotograma denunciando el consumismo

Por ello, en ambas películas se parte de un ser anodino y presuntamente “normal” quizás como estrategia para lograr la identificación con el espectador. Sin embargo, en el caso de “Lost in Translation”, los pormenores de las vidas normales de los personajes centrales tienen poco que ver con la de aquellos que denominaríamos “Normales”. Murray interpreta a una estrella de cine que cobra en 5 días 2 millones de dólares. Es evidente que, tratado como

se trata, llega a resultar sencillo alcanzar esa identificación, aunque, ciertamente, imaginarnos la vida cotidiana de una estrella de cine no debería ayudar en ese proceso en absoluto. Por el otro lado, Johansson se deja arrastrar hasta un agujero existencialista dentro de la más absoluta calma y el vacío más intenso de su existencia, quizás motivado por el hecho de que no trabaja en nada, se abandona a sí misma entre las paredes de la habitación de su hotel, una situación con la que también resulta más complicado identificarse. Lo verdaderamente sorprendente de “Lost in Translation” es que, a pesar de la dispar elección de vidas para los personajes, una que no nos ayuda en el proceso de interiorización de sus crisis, sin embargo, decía, resulta ser la película que alcanza una alineación más intensa con la percepción del espectador: Llegamos a sentirnos más próximos a la preocupada visión de Johansson, por ejemplo, que a la sarcástica respuesta de Spacey que se entrega a los placeres del mundo. Y, desde luego, mucho más que al insano estado mental al que Norton se ve abocado en “El club de la lucha” que incluso termina proporcionándole una estable y sólida alucinación. Quizá esta capacidad de “Lost in Translation” se apoye en dos decisiones: Una sería la de mantener la austeridad del guión, no alcanzar puntos inverosímiles en la respuesta de los personajes a la situación en la que se encuentran, o mejor, que no respondan de ninguna manera. Se trata de quedarnos hasta el final de la película en el único punto que verdaderamente resulta universal para todos los espectadores, esa sensación de vacío y de confusión por la que todos atravesamos en algún momento de nuestras vidas, pero también de soslayar la responsabilidad de quién narra la historia de contarnos el proceso de avance. No, “Lost in Translation” no avanza en absoluto, sólo nos muestra el día a día de quiénes viven dentro de su propio “infierno personal” y a través de las distintas escenas y sucesos que se narran en la película vamos configurando caleidoscópicamente la fotografía general de lo que sucede en sus vidas. Y la segunda estrategia, más artística, se refiere al casting, pues sería triste desdeñar la capacidad natural del rostro de Scarlett Johansson para provocar la identificación, una nueva “girl next door” que con su repertorio de muecas a lo Katie Holmes construye desde fuera y desde su esfuerzo dramático una relación especial con el espectador de mutua comprensión.

Lost in translation - Scarlett Johansson

Además, de las tres, “Lost in Translation” es la única que renuncia a instrumentalizar el llamado “sueño americano” para provocar esa identificación. Por el contrario, la película desplaza sus personajes hasta Tokio, es decir, lo suficientemente lejos de sus vidas normales como para poder experimentar con su crisis en condiciones de laboratorio, aumentar la identificación con el personaje por el reconocimiento como propias de sus confusiones ante un contexto extraño y de alguna manera amenazante y también para transmitir la sensación de “perdido” que es la palabra alrededor de la cuál gira todo el intento de Coppola. El “sueño americano” al que recurren “El club de la lucha” y sobretodo (paradigmática y paroxísticamente) “American Beauty” resulta ser una herramienta muy adecuada pues si bien está presente en el fondo cultural de cualquier americano medio, también se cumple, sin embargo, que a ninguno de esos “americanos medios” se le escapa que es un idealización nada deseable de una forma de vida que ya pocos desean para sí mismos.

La estaticidad de sus historias

Desde el punto de vista de la capacidad de evolución, como decíamos antes, en realidad Lost in Translation” no tiene el más mínimo deseo de trascenderse como no sea de forma sincrónica, vertical, intensificando la crisis de sus personajes y su capacidad para transferirla al espectador hasta niveles ridículos. Hablaríamos en todo caso de una trascendencia casi religiosa de dicha sensación en la que, de todos modos, no viviría la narratividad pura de la historia puesto que existen en el guión pocos sucesos capaces de hacerla evolucionar. La película abarca distintos temas o subhistorias como la del amor que viven ambos protagonistas, aunque, como el resto de la película, lo hacen casi de forma estática, como alcanzando una complicidad de la que sin embargo no saldrán ni en ningún momento ni en ninguna dirección. Ni siquiera un nudo narrativo como la escena en que Murray se acuesta con la cantante del bar del hotel y el descubrimiento de esto por parte de Johansson modifica en absoluto su relación. Todo se reduce a un enfado coyuntural que se supera en pocos planos para recuperar la complicidad anterior, punto de llegada en esa historia.

Lost in translation - Bill Murray

En todo caso se propone un avance importante en esas ininteligibles palabras que Murray le dirige al oído a Johansson en la escena final de la película y que prometen resultar verdaderamente catárticas o esperanzadoras, pero como no resultan oíbles, tampoco tienen para el espectador dicha capacidad de evolución.

American Beauty”, tampoco es pródiga en avances: Se limita a contarnos las mil y una maneras que tenemos de contemplar la vida de todos los personajes, aceptando que si bien no es una película “a la” Robert Altman, sí tiene un punto coral con multitud de llamativos personajes capaces de dar muchas escenas cómicas y muchas oportunidades de conocer sus extravagantes vidas interiores. Sin embargo, nuevamente, al final de la película no tenemos la sensación de que ninguna de las historias que se nos han contado verdaderamente exhiban una gran capacidad de narración: Una hija desadaptada que se enamora de un tipo extraño, una superficial esposa que termina yéndose con un seductor de tres al cuarto, una relación de atracción física con una adolescente idealizada que resulta más interesante por la parte estética de su filmación que por lo que viene a suceder dentro de la historia… y así con todos los personajes que aparecen, que no son pocos. Desde el comienzo sabemos lo que pasará entre ellos y el resto de la película es la confirmación progresiva de nuestras sospechas iniciales.

Sin embargo, el caso de El Club de la Lucha” es el antagónico de “Lost in Translation”, pues si bien parte de la misma idea, la misma sensación de vacío en el mundo, de “Sentirnos perdidos”, etc., la película se mete en el fango narrativo de diseñar y contar una historia completa en ese mundo. No es una película de empatías sino que exhibe una trama que evoluciona a cada momento con personajes densos y complejos que se mueven al límite de sí mismos. El “sueño americano” del que parten los personajes se derrumba pronto y todo el diseño de producción se vuelve sucio, peligroso, pegajoso y pesado en su concepción más visual. Es el escenario para una trama llena de nudos, de narraciones, de fases, de relaciones, etc. Las acciones de “El Club de la Lucha” van convirtiéndose en medidores del propio avance de la historia y se nota el empeño del guión por explotar hasta el final una historia sobre “sentirse perdidos” que tiene más que ver con “lo insano de perder el rumbo buscando la autenticidad perdida en nuestras vidas”. No obstante, esa inquietante y genial narración se va dirigiendo progresivamente hacia una situación insostenible de dónde sólo se obtiene un sorprendente e inverosímil final, una fase tan alejada de la idea inicial (que enhebra las tres películas de nuestro análisis) que ya nada tiene que ver con ella y que si bien sí resulta ser una forma de contestar al problema de la pérdida vital del sentido, no logra satisfacer a quién se identificó inicialmente con él. Se reconoce, sin embargo, su empeño valiente por meterse en la historia y hacerla llegar a lugares y distancias que Coppola ni se planteó en “Lost in Translation”, quedando “American Beauty” a medio camino desde este punto de vista.

El club de la lucha

La religión

Una de las funciones modernas de la religión, quizás una de las pocas que le van quedando en un mundo autónomo y autoabastecido, es la de proporcionarnos un sentido para nuestra existencia, es decir, un parche o una solución, depende de la intensidad de la fe de cada uno, para ese vacío del que tanto hablamos y del que van las tres películas elegidas. Por tanto, no sería extraño encontrar alusiones religiosas en alguna de las tres películas. Sin embargo, lo cierto es que Dios comparece poco o mal en todas ellas. En “Lost in Translation”, Dios está desentendido del problema de los personajes y además lo hace en buena lógica puesto que las vidas de estos no inspiran lástima ninguna. Uno de ellos es una estrella de Hollywood con dinero a raudales; y la otra es una ociosa criatura que vive en un hotel. Hacer comparecer a Dios en este contexto hubiera sido con toda probabilidad un exceso ostentoso indigno para el propio Dios constituyendo así un insulto contra la religión.

A “American Beauty” le sobra Dios.

Caso distinto es el de El Club de la Lucha”, en donde la violencia, el combate entre los cuerpos se convierte en la forma de encontrar el sentido de nuestra existencia. “American Beauty” tan sólo muestra el reencuentro con las pasiones de la vida, la sana reinterpretación de lo que aprisionaba a Spacey hasta verlo de nuevo en su alegre plenitud, pero El Club de la lucha” busca en el contacto un sustituto para Dios. Dice Tyler Durden (Brad Pitt): “Probablemente Dios nos odia a todos, pero hay buenas noticias: ¡No le necesitamos!”, completando así la sustitución de Dios por la autenticidad del combate, las inequívocas sensaciones que deja en sus cuerpos la lucha más real. Además, la lucha que se nos muestra tiene cierto carácter de “fin en sí mismo” ya que, a pesar de que es un medio para lograr esa autenticidad de sensaciones, no se realiza en dirección a la victoria, no se aplaude al vencedor, no se humilla al que pierde el combate (Norton pierde varios combates también). Se trata de una violencia a la vez fuente y destino de todo el sentido que pueden necesitar los miembros del club, una entelequia autónoma que se adora desde el club con un sentimiento no tan distinto al de la fe. Por otro lado, la manera cómo se conocen los miembros del club recuerda en alguna medida a la forma cómo mueven algunas sectas o clanes religiosos, marcando la relación con el mundo de la fe más allá de donde se explicita al espectador. Sin duda, “El club de la lucha” es la más compleja de las tres películas internándose en reflexiones como ésta en donde la búsqueda del sentido se completa recuperando elementos filosóficos hasta el final de la posible reflexión.

Conclusiones (aplicadas a “Lost in translation“)

En definitiva, “Lost in Translation”, si bien comparte el punto de partida que la hermana con las otras dos películas o incluso lo representa paradigmáticamente mejor que ellas, resulta ser la más estática del grupo, la que menos avanza y la que más se entretiene en lo estupendo de sus propios personajes. La película aísla la sensación de estar perdido (“Estoy perdido”, dicen varias veces sus protagonistas) y se regocija en ella, se masturba con ella encontrando el sabor como quién coquetea con la idea del suicidio y consumiendo las sensaciones que produce (al margen de si tiene valor para hacerlo o no). Coppola ha dispuesto una suerte de elementos y personajes para provocar una identificación que no consigue ninguna de las otras dos películas dando lugar a la más agradecida y confortante película de la serie de tres elegida. Es, con toda probabilidad, la película que mejor sabor de boca deja aunque su punto de llegada no esté tan lejos del de su propia partida. Es una película de sensaciones que se van sumando poco a poco a base de repetir ciertos planos, eso sí geniales. En cuanto a su final sólo reina el Parménides de sus sensaciones, permaneciendo la misma crisis en todo su esplendor (¿qué sería diferente en la vida de Charlotte a la mañana siguiente de la partida de Bob Harris?, ¿amará Bob más intensamente a su distante mujer en Los Ángeles cuando llegue a casa?). Evidentemente no; son las mismas personas, pero sus crisis, el motivo por el cuál nos cuentan sus historias, permanecerán inalteradas. Así, se trata de una película descriptiva y de sensaciones muy puras e intensas que se disfruta en la hermosura de cada plano, la magnífica iluminación de sus pasillos y habitaciones, así como de las calles de un Tokio espectacular; en las muecas irresistibles de una Johansson adorable, en la reconfortante sensación de ver rodada una vieja sensación de nihilismo adolescente que todos hemos atravesado (y con suerte superado, también) y en la genialidad de un Murray que habíamos perdido y que gracias a Coppola recuperamos para el cine. No es la más intrépida de las tres, ni siquiera es mínimamente valiente, aunque sus imágenes tienen mucho que ver con la definición y el valor del cine y la sensación final es más cálida que la de cualquiera de sus dos rivales.

Leer la primera parte del Experimento: “El Yo, el Ello, el Ego”: “Estoy perdido”.

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