3 películas contemporáneas de lógica teatral

Un dios salvaje“, “La venus de las pieles” y “El nombre“, tres películas contemporáneas que nos sirven para poner de actualidad la llamada “confusión de los géneros” y ejemplificarla mediante películas de marcado corte teatral.

 

Existe un asunto de obligado abordaje en la vida de todo aficionado no ya al cine, sino a la cultura y el arte en general, que es la llamada “confusión de los géneros”. González Requena se refiere a este fenómeno en su artículo “Film, discurso, texto. Hacia una teoría del texto artístico” de 1985 cuando establece que no existen límites para ningún tipo de arte, ningún lenguaje que sea específico de un arte determinado y que permita su identificación. Y añade: “No parece viable seguir obcecándose en afirmar la existencia de <<lenguaje cinematográfico>> o un <<lenguaje literario>>”. Lo cierto es que las artes borran sus líneas de categorización desplazándolas con cada oportunidad un poco más cerca o un poco más lejos de lo que supuestamente le corresponde de acuerdo al modelo clásico de los géneros, y que, también en palabras de González Requena, “Toda definición de un arte […] es inevitablemente reductora, incapaz de rendir cuentas de la totalidad de los objetos socialmente reconocidos como pertenecientes al arte en cuestión”.

Lo más paradójico de esta confusión de los géneros es que a pesar de que provoca inmediatamente un cierto desmantelamiento del modelo clásico de los géneros, también da lugar a la formulación de nuevos géneros de cruce interdisciplinar: Un ejemplo de esto serían las “películas de corte teatral”, que no cuenta con una sola película que sirva a solas para demostrar su viabilidad narrativa, sino que se ha convertido en toda una etiqueta, un género, dentro del cuál pueden situarse multitud de películas. Así, de la confusión por el borrado de las líneas surgen nuevas líneas de legitimidad dudosa o de posición sospechosa que sirven para crear nuevos géneros algo escurridizos aunque con mucha tradición.

De entre todas las películas de corte teatral, nos quedamos para mención aquí con 3 de ellas:

 

“Un dios salvaje” (2011)

Sin duda, uno de los ejemplos mejor resueltos de esta categoría encrucijada que aunque responde a una lógica puramente teatral se disfraza con cierta solvencia empleando una narrativa y unos movimientos de cámara ciertamente cinematográficas. De las 3 propuestas aquí presentadas, puede que “Un dios salvaje” sea la más próxima al mundo del cine y sus costumbres más específicas. Polanski firma una comedida producción que se sirve de una cantidad discreta de ubicaciones para contar la historia de dos parejas que se reúnen para aclarar y zanjar un conflicto entre sus hijos en el que uno de ellos agredió al otro con un palo.

El carácter teatral se apoya fundamentalmente en la evidente predominancia de una única estancia dentro de la cuál se produce la mayor parte de la historia y, sin duda, sus momentos más emblemáticos: El salón del piso. En él, los personajes se mueven, se sientan, se gritan, se ofenden, etc. desarrollando prácticamente todo el argumento de la película y dejándolo encapsulado dentro de sus paredes y sus sofás. A pesar de no tener gestos propios (o quizás sí), el salón se convierte en el quinto personaje de la película y hasta que éste no desaparece no se da por terminado el argumento. Aunque los personajes se mueven de un lado al otro provocando constantes saltos de eje dentro del salón (bien resueltos desde el punto de vista narrativo), éste es percibido por parte del espectador como un salón abierto por una de sus paredes que es donde se situaría un virtual público teatral. La prueba es que las imágenes del salón suelen recordarse siempre como vistas desde el lado del público de ese hipotético teatro.

Sin embargo, otro elemento apoya esta lógica teatral de la película: la naturaleza de las interpretaciones de los personajes, extraordinariamente gestuales, y la calidad de 4 actores en absoluto estado de gracia sin los cuáles Polanski no habría conseguido una película tan atractiva, tan divertida y tan solvente como terminó siendo. Con estos 4 actores se demostró que 1) Christoph Waltz se mereció el éxito internacional que obtuvo con la película “Malditos Bastardos” de Quentin Tarantino porque es un actor con talentos desnudos que no precisan del diseño de una superproducción hollywoodense para brillar por mérito propio. 2) Que a Kate Winslet le han sentado los últimos 10 años mucho mejor que a Leonardo Dicaprio y que se ha convertido en una auténtica actriz de nivel. 3) Que John C. Reilly seguirá teniendo un nombre prácticamente desconocido entre los aficionados no americanos pero que su rostro está asociado a papeles sin los que no se entienden muchas de sus películas, razón por la que seguramente se le eligió certeramente para interpretar al “Mr. Cellophane” del musical “Chicago” de Rob Marshall.

“Cellophane
Mister Cellophane
Shoulda been my name
Mister Cellophane
‘Cause you can look right through me
Walk right by me
And never know I’m there…”

Una producción sencilla de profunda lógica teatral resuelta con esmero por el buen hacer de 4 actores fundamentales y que es capaz de provocar unas cuantas escenas de humor de lo más recomendables. Y al final, Polanski utiliza la historia para demostrar que aunque la clase media nos hemos convencido de que somos seres razonables, racionales y educados, se nos puede desenmascarar con enorme facilidad; especialmente si se usan las “palancas” matrimoniales y la defensa desmedida de nuestros hijos.

 

“La venus de las pieles” (2013)

Esta película, también dirigida por Polanski, exacerba aún más lo radical de la propuesta teatral de “Un dios salvaje” (no en vano se estrenó dos años después) como si fuera un intento por averiguar cuánto más da de sí este género cruzado que, por el momento, parece aguantar con firmeza. Tanto es así, que “La venus de las pieles” sigue funcionando como película y como película teatral a pesar de que cuenta con tan sólo dos personajes (al menos físicamente interpretados por actores).

Los protagonistas son Emmanuelle Seigner, esposa del director Polanski, y un consagrado Mathiew Amalric (“La escafandra y la mariposa”, “Tournee“) que se mueven literalmente sobre un escenario físico, lo que multiplica la lógica teatral de la película. Son actores que fingen ser actores de una obra que están preparando, un tirabuzón dramático que exige de ambos una doble interpretación, la interpretación de la interpretación, un fingimiento de doble vuelta que pone de manifiesto la dificultad del oficio dramático. Son actores que fingen ser actores que fingen.

"La venus de las pieles"

Aunque la primera mitad de la película resulta predecible y hasta parece caer a menudo en lo tópico (la presentación del personaje femenino pareciera ser un refrito de una miríada de escenas de la historia del cine que comienzan parecido), la segunda mitad alcanza una gran profundidad psicológica que sirve para desenmascarar la complejidad teórica de la historia. Un director de teatro ensaya con una aspirante al papel del personaje femenino leyendo el personaje masculino que le da la réplica (lo que denota que es un guión dentro de un guión) demostrándose más adelante que en realidad guarda una relación muy estrecha con otro personaje que es la verdadera razón por la que le interesa la historia. Se trata del momento más notable de la película, cuando el personaje de Amalric que hasta ese momento tan sólo había leído el texto del personaje masculino como apoyo para que ella pudiera actuar como personaje femenino, sucumbe a la tentación de activar sus pulsiones más irrefrenables y su pasión más escondida y se convierte (en el sentido más actoral posible) en el personaje femenino tanto en cuerpo, como en alma. Se trata de una epifanía dramática que desnivela totalmente la historia hasta ese momento, que hace brillar la calidad dramática de Amalric por encima no sólo de Seigner sino de multitud de otros actores de su generación, y que apoyado con un toque de dirección de lo más eficaz hace aparecer para asombro de un público que ni siquiera se encuentra presente, la identificación intensa entre el director de la obra y el personaje femenino protagonista de la misma. Es, sin duda, el momento que hace digna a “La venus de las pieles”, el que le confiere posibles lecturas freudianas e intelectuales de gran valor, y el instante en que la audiencia comprende el porqué de la elección de Amalric para una historia que, por lo demás, no requiere de una gran complejidad.

 

“El nombre” (2012)

"El Nombre"

Puede que sea la más floja de las 3 películas elegidas, pero representa un caso plenamente paradigmático de esta lógica cinematográfica a medio camino hacia lo teatral: “El nombre”, de Alexandre de La Patellière y Mathieu Delaporte. Se trata de una película de fondo cómico aunque cuenta con escenas en las que la historia cobra grandes proporciones más cerca de lo trágico. Como las anteriores, cuenta con un espacio principal en el que se representa la mayor parte de la historia y al igual que en “Un dios salvaje” este espacio es el salón de un piso puramente francés.

La historia se acelera cuando en plena reunión de amigos, uno de ellos confiesa que planea llamar a su hijo con un nombre… conflictivo, que pondrá en marcha una lógica crítica y llegará hasta el punto de la ofensa y la violencia. A diferencia de las películas anteriores, donde los personajes eran desconocidos y la historia contaba el comienzo de esta relación, “El nombre” sitúa la narración en el seno de una familia y por tanto son todos conocidos de antemano, aunque a pesar de ello son los que llegan más lejos en términos de violencia (a muchos no les sorprenderá). La realidad es que el detalle del nombre para el próximo bebé actúa como un mero disparador, podría haber sido cualquier cosa, para que las rencillas dentre los miembros de la familia salgan a relucir, y al hacerlo todas a la vez configure una suerte de guerra total entre los miembros con malas consecuencias. Su estilo de humor es puramente francés, pero no al estilo de Jean-Pierre Jeunet (“Delicatessen”, “Amelie” o “La ciudad de los niños perdidos”) sino más bien al estilo de “Bienvenidos al norte” o “La cena de los idiotas”.

Para terminar, y dirigiéndonos a los lectores menos cinéfilos que, sin embargo, se hayan visto seducidos por esta lógica teatral, debemos hacer una mención honorífica a una película que sienta cátedra en este género virtual de naturaleza cruzada que son las películas de lógica teatral: “La soga” (1948), de Alfred Hitchcock, protagonizada por James Stewart. Puede que fuera la obra que, en su estreno, mejor representara esta lógica y que aún sigue siendo un punto de referencia considerando que toda ella está rodada con un plano secuencia constante: Un préstamo sintáctico del verdadero fenómeno teatral que traslada la llamada “confusión de los géneros” a otro nivel narrativo de extraordinaria relevancia.





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