“The Grandmaster”, el excelso pináculo esteticista de Wong Kar Wai

Analizamos “The Grandmaster“, una de las películas más formalistas, barrocas y estéticamente cuidadas del director Wong Kar Wai, autor de inolvidables títulos como “In the mood for love“, “Chungking Express” o “Happy Together“.

Tras un cierto período de ausencia, al menos en lo que a presentación de nuevos y originales largos se refiere, Wong Kar Wai por fin presenta una nueva obra, en esta ocasión dedicada al mundo de las artes marciales, que ni es un tema inédito en su historial (no hace tanto remasterizaba para sus nuevos públicos la vieja “Ashes of time”), ni se aventura con un casting novedoso, ya que su estrella principal es nuevamente el amable Tony Leung. Sin embargo, un estreno de Wong Kar Wai siempre se convierte en una muesca significativa en el paso del tiempo de todo cinéfilo, quizás porque en sus estelas de cinefilia adolescente casi siempre suelen brillar con cariño películas como “In the mood for love”, “As tears go by” o “Happy together. Nos tocara de adolescentes o no, descubriéramos a Wong Kar Wai por “In the mood for love” o por su vieja “Chungking Express”, lo cierto es que hace dos décadas que este cineasta se convirtió para muchos en el Truffaut del cine chino, o sea, el gran nombre de un nuevo tipo de cine asiático que renovó sus formas, sus colores, sus luces, sus ritmos y, por supuesto, sus historias, como hiciera el francés con su troupe generacional allá en 1959 (si fuera así, Tony Leung podría ser el Jean-Pierre Leaud de Wong Kar Wai). Otros, sin embargo, tras estas décadas de dirección cinematográfica, le han apartado no sólo de sus impaciencias culturales, sino que incluso han llegado a etiquetarle como el más comercial entre los exponentes del esnobismo cinematográfico.

"The Grandmaster" de Wong Kar Wai

The Grandmaster”, su nuevo filme, no llega en pleno auge WongKarWai-nico occidental, sino más bien en el contexto de una cinefilia autorreflexiva que se cuestiona su sentido, su perspectiva histórica, que descarta incluso las trazas del esnobismo, que también ha visto decaer la lógica más comercial del cine hollywoodense, y que tiene augurios de reducción tanto en tamaño como en ideas, lo que es mucho más trágico. Así, la película, que sin embargo ha sido empleada por el director para abordar cuestiones de cierto calado, ha pasado sin dejar en su público habitual más que el recuerdo de unas magníficas puntuaciones en las revistas del sector. De la emoción que muchos aún sentimos sólo al evocar cierta melodía, o cierto estilismo, ya queda… más bien poco. Sin embargo, debemos reconocer que a Wong Kar Wai se le notan, y en general para bien, los años transcurridos. “The Grandmaster” es una buena prueba de cómo el tiempo ha madurado sus líneas, ha atemperado sus excentricidades, y le ha hecho dirigir su mirada hacia asuntos donde la adolescencia ya no sobrevive, y en donde hasta lo consuetudinario se marca trazas y aires de trascendencia. Lo del calado ya… queda a discreción del público.

 

Una estética de lógicas contrapuestas

Ya desde sus sintomáticos y paradigmáticos títulos de crédito, y sobre todo en base a sus imágenes, la película rezuma el imaginario propio de Wong Kar Wai por doquier. Y con la llegada de las primeras imágenes del filme, la sensación se confirma por completo: Es Wong Kar Wai en estado puro. En sus planos se advierten sus manías formales, sus obsesiones cromáticas, su muy particular forma de iluminar los rostros, los fondos, los ojos, etc. Wong Kar Wai exhibe no ya lo prolijo de su repertorio en materia de efectismos cromáticos, sino, más interesante aún, su excelso manejo de los mismos. Es cierto que se trata de una paleta de trucos donde pareciera que el formalismo se excede hasta la tiranía que somete a la narración, en donde ésta parece que pierde toda voluntad, y en donde la sucesión de la exhibición del repertorio visual alcanza niveles que muchos considerarían definitivamente intolerables. Sin embargo, por un lado, Wong Kar Wai se debe a sus incondicionales, los que echarían de menos su generosa ración de formalismo; y segundo, el director puede presumir de haber alcanzado un manejo exquisito de esta faceta lumínica y artística de sus películas. Los planos de los rostros de las actrices se admiran aporcelanados por luces tan preciosas que dudamos de si tal nivel técnico-artístico se había mostrado alguna vez antes en la filmografía de este director. Es indudable que Wong Kar Wai firma su más barroca, personal y eximia obra desde el punto de vista estrictamente formal. O mejor dicho, desde el punto de vista del formalismo que le ha sido propio desde que apuntara su propia caligrafía allá a mediados de los 90. Controla la técnica con maestría y consigue imágenes absolutamente intachables en una sucesión constante de planos de gran cursilería pero (fastidiosamente) de una enorme belleza. El cinéfilo sentirá con cada plano que en todos ellos se siente la presencia de una INTERVENCIÓN ARTÍSTICA que, desarrollando las costumbres del director, aporta ese punto magnífico a las imágenes. Puede que se trate de una intervención compositiva, estructural, cromática, lumínica, etc., o todo ello a la vez, pero siempre se sentirá con cada plano el peso de una decisión formal que hace de cada fotograma una imagen curiosamente autónoma. Es más, ni siquiera lo extenso de su metraje fatiga tal inercia en la mano del director, que mantiene su efectismo hasta sus últimas escenas, y hasta sus últimas posibilidades.

Sin embargo, la película se debate en una diatriba plástica interna sólo parcialmente resoluble. Y es que, lo más inesperado y sin embargo comprensible, es que sobre los fragmentos más formales y cuidados desde el punto de vista estético, esos en los que emerge la “tipografía” particular del cineasta y a cuyos mandos, decíamos, ha alcanzado la excelencia, surge una nueva e insospechada familia de imágenes un tanto más complicada de advertir. Se trata de escenas, y en ocasiones apenas planos, que lejos de responder mayoritariamente a un esteticismo galopante y/o efectista, parecen recobrar el control sobre la óptica y elevan el nivel en dirección a una incipiente y sutil madurez. Se trata de planos en los que se advierte una prudencia no disciplinada, sino más bien natural y consanguínea a la experiencia de Wong Kar Wai. Es la traslación fílmica del retiro voluntario de los grandes artistas, el momento que sigue al pináculo profesional y creativo y que, para misterio de sus incondicionales, suele adoptar nuevas rutas. Es la única solución posible tras la excelencia de control sobre la imagen que ya se da por alcanzada, y que busca sabores más sofisticados y llenos de contenido en los que el efectismo da un paso atrás y se pone a las órdenes de un espíritu que actúa como “mensaje” de fondo, la quintaesencia del sentido cinematográfico. Surgen en los momentos en los que el metraje gana en voluntad narrativa y aborda el avance de la historia, siempre con una mano estética en la barandilla del formalismo WongKarWai-nico, pero con una inercia redaccional en las que el dibujo visible de los acontecimientos hace un uso comedido e infinitamente equilibrado del repertorio; un equilibrio seguramente sólo al alcance de quién domina la técnica. Y es que tras el dominio de la operativa de las artes que se exhibe inscrito en la pericia del artista, aparece el verdadero espíritu que se sustenta en el talento, la sensibilidad y la trascendencia. Es la fase en la que el director parece adentrarse con “The Grandmaster”, de la mano de esta obra redonda para los ojos, pero no tanto para el corazón.

Es como si este último gran esfuerzo de control de la luz y de la cámara hubiera hecho al cineasta cambiar de fase, comenzar a reducir su interés por la habilidad concreta e iniciar una reflexión acerca del control de las imágenes para una estética de perfecto equilibrio donde la hermosura de la luz pesara igual que el vector en el que sus imágenes parecen vivir al servicio de la historia. Se trata de un nivel de control de la composición y de la iluminación en donde se deja ver no sólo el éxito en la conducción visual, sino su concentración y su atención por servir a una historia que la película comienza a respetar por su trama y trascendencia con una intensidad hasta entonces menos común en la filmografía de Wong Kar Wai. Lo más interesante es que esta sensación marca apenas el umbral del comienzo de una fase que el director podría desarrollar más adelante, ya que The Grandmaster”, que nadie se equivoque, es aún una película fundamentalmente formalista.

"The Grandmaster" de Wong Kar Wai

Ambas lógicas, en realidad, no están tan contrapuestas en la medida en que se conciban como el final de un aprendizaje y el comienzo de un interés de mayor calado. Sin embargo, pueden parecerlo en cuanto que la forma, aún al mando, comienza a asentarse, a atemperarse, a entenderse a sí misma y a pensarse en un contexto de narración más pragmática, brillando en prometedores destellos. La línea evolutiva continúa y si el espectador quiere atestiguar el aprendizaje y la experiencia del cineasta, sólo tiene que comparar su vieja “Ashes of time” (una de sus películas peor valoradas) con cualquiera de las lógicas, la efectista-formalista o la consolidada, de “The Grandmaster”. Su nueva película sacude la vergüenza que muchos le atribuíamos tras visionar “Ashes of time”. Quién sabe si esta no sería la razón por la que, incapaz de hacer de aquella (rodada en 1994) la película que quería cuando la remasterizó (en 2008), coligió rodar una historia de artes marciales bajo el desempeño y las artes de que dispone a día de hoy.

Algunos clichés del imaginario Wong Kar Wai

Sin embargo, y para goce consciente de su público más fiel, el cineasta no ha renunciado a su derecho a autoreferirse a su propio repertorio empleando algunos elementos que le son… algo más que propios. Por ejemplo, baste mencionar la pequeña pero cariñosa subhistoria del botón que parte como un elemento insípido pero que a lo largo de la película, y con tan sólo unas mínimas apariciones, se va cargando de un significado metafórico y de un cierto valor emocional. Se trata de un fetichismo de los objetos (“subjetualización de los objetos”) que los eleva a la categoría de hitos y que les atribuye nada menos que el derecho a modificar el rumbo de una historia, o al menos señalizar dicho cambio a modo de indicio crucial. Son pequeños sub-relatos que ayudan a comprender mejor lo que sucede en el fondo, clichés de la cultura asiática bien acostumbrada a contar grandes emociones a través de pequeños elementos semióticos, y en definitiva un recurso cinematográficamente muy fértil del que se derivan habitualmente escenas de naturaleza profundamente entrañable.

"The Grandmaster" de Wong Kar Wai

No es extraño que en las películas de Wong Kar Wai, ciertos objetos alcancen estas cotas, como sucedía en “Chungking Express” con la peluca y las gafas de sol de la protagonista del primer relato; o también con las famosas latas de piña caducadas que aparecen posteriormente. Los objetos pueden ser tan importantes, que hasta se referencian mutuamente entre cada uno de los “textos” de Wong Kar Wai, como sucede en “Fallen Angels” cuando uno de los personajes asegura estar enfermo por haber comido una lata de piña en mal estado. Así se teje una avanzada red de significados que corre por las películas de este singular cineasta compartiendo mensajes entre ellas (como películas que dialogan) y proporcionando a su público la satisfacción de reconocerlos y de descodificarlos, aunque sea sólo parcialmente. No es que tales signos pretendan un aire enigmático como si se tratara de misterios que el público debe resolver, ya que a menudo se trata de interpretaciones más o menos inmediatas, pero sí es verdad que plantean un pequeño pasatiempo para los incondicionales de este cineasta que sirve a modo de checklist para medir su compromiso y su conocimiento del propio mundo de las películas de Wong Kar Wai. Si tuviéramos que encontrar un referente anterior para este recurso, por otra parte de lo más presente en el cine, quizás el más notable sea el de Krzysztof Kieslowski, cuyas películas también solían incluir algunos elementos simbólicos, algunas casualidades inexplicables, a modo de signos enigmáticos, que clamaban por una explicación dentro o fuera del relato de la película. En este caso sí, la naturaleza de los símbolos era muy misteriosa y por eso es que se les pretendía explicar haciendo incluso referencia a elementos que estaban fuera del relato. Tanto es así que el propio Kieslowski evitó siempre ofrecer tales explicaciones para sus paradójicos y normalmente insondables símbolos alegando que el verdadero interés no residía en el significado que pudieran tener (aceptando por tanto que lo tenían) sino más bien en el valor que pudiera alcanzar para los propios espectadores, un ardid sencillo con el que se fue a la tumba lleno de secretos.

En definitiva, The grandmaster” es una película poco recomendable para el gran público en general (su metraje puede llegar a ser tedioso para los espectadores menos interesados en las artes marciales), y sin embargo será considerada como una obra de lo más relevante dentro de la filmografía de Wong Kar Wai fundamentalmente por su altísimo nivel técnico y artístico en cuanto a la faceta visual y estética, y también por esa ligera intuición de una madurez en ciernes que muchos confiamos se convierta en la próxima línea a seguir para sus películas venideras. Puede que la temática, el kung-fu, haya alejado a cierto sector de su público habitual, seguramente a una parte del más femenino, pero esperamos que no pase inadvertido el hecho de que “The Grandmaster” puede ser el comienzo de una nueva fase que nos interne por la madurez más certera y más adulta de este director que ha vivido de la puerilidad extrema de su imaginario durante décadas. No es que nos parezca mal en absoluto, puesto que aún recordamos la sensación de escuchar la música de “In the mood for love”, uno de los mayores tesoros de la cinefilia posmoderna, pero también es cierto que bajo cierto punto de vista, sus imágenes más intensas desean empezar a respirar con la atención puesta en sus historias.

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