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“La eternidad y un día” de Theo Angelopoulos: Los arrepentimientos del viajero

29/06/2014 -
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En 1998, Angelopoulos logró a los 63 años la Palma de Oro en Cannes con una película de senectud sobre los costes personales del viajero, los errores de vivir en el exilio de uno mismo.

Siempre que uno comienza a escribir sobre una película de Theo Angelopoulos tiene la sensación de que la empresa se cobrará mucho más de lo previsto, pues sus films suelen elevarse más allá de dónde se les presupone altura digna y requieren del espectador no sólo el paradigma de la sensibilidad cinematográfica europea, sino también una dosis de existencia humana para alcanzar la enormidad de lo que sus historias terminan invocando a lo largo de sus metrajes. “La eternidad y un día” no es una excepción, sino más bien una gloriosa ejemplificación de su cine, que en 1998 fue coronada en Cannes con una Palma de Oro asignada bajo la rendida armonía de un jurado que votó con unanimidad y que sancionaría para siempre al cine de este cineasta griego con un éxito para recordar.

Si hay un recurso habitual en el cine de Angelopoulos es el de los viajes, que sus protagonistas experimentan en todas las fases, condiciones y niveles posibles: viajes interiores, autobiográficos, históricos, geográficos, culturales, de vida… y a menudo todos a la vez. “La eternidad y un día” narra la historia del último día de Alexandre antes de ingresar en un hospital para vivir, presumiblemente, los últimos días de su enfermedad. En ése día singular que sigue a la eternidad de su vida pasada, Alexandre se confiesa a sí mismo haber sido siempre un poeta exiliado de su propia vida, siempre en fuga, siempre viviendo sus viajes y desconectando de su esposa Anna, de su hija y del resto de la familia para encontrar lo que vive más allá de su refugio familiar, entregado a la fe de una promesa de viajero y explorador. En el día que sigue a la eternidad, Alexandre comprende la añoranza vivida por quienes le amaron, el valor de cuanto pudo haber vivido a través de los demás y la desesperación de quiénes se resignaron a verle siempre marchar y estar sin estar.

Desde este punto de vista, Angelopoulos nos propone una historia que condena de partida la vida solitaria del viajero inconformista, de quién construye la esencia de su existencia sumando capa tras capa de vivencias exiliadas, siempre lejos de casa, abocando tal voluntad intrépida al fatalismo último de un innegable arrepentimiento. Alexandre, que dedica su vida a esa búsqueda inabarcable, termina sus días sumergido en la desagradable sensación de que todos sus proyectos han quedado incompletos, comenzando por algunos de sus proyectos poéticos, pero también las grandes historias emocionales de su vida. Para comprobarlo, baste recordar que su esposa murió tiempo atrás, enamorada, anhelando un día más de su compañía; o que su hija le ha suplantado por su insensible esposo y ya no guarda con él una relación de valor. Alexandre siente que esa búsqueda de lo que siempre sigue a lo anterior le alejó en exceso no sólo de su propia casa y de su familia, sino de sí mismo. Puede que una de las ideas más potentes de la película sea la de ese exiliado que tanto caminó que cuando volvió a su país ya no conocía la lengua. De los viajes se dice siempre que pueden tener un efecto transformador y que producen una evolución interior cualitativa que nos devuelve diferentes a los que fuimos, que ya no podemos “bañarnos de nuevo en el mismo río”, ¿y qué sucede cuando la transformación es tan intensa que olvidamos el camino a casa? Alexandre vuelve la mirada atrás “demasiado tarde”, un concepto bien documentado en la película con palabra propia, y ya encuentra dificultad tanto para encontrar el camino, como para reconocer como propio su hogar: Uno en el que su esposa murió ya años atrás, y en donde ya sólo quedan las ruinas de una casa de verano que fue escenario de cuanto realmente aconteció, y que el marido de su hija ha vendido para ser derruida para siempre. El lugar donde Alexandre necesita volver al final de sus días… ya no existe. El sino fatal de un viajero de interiores y exteriores al que Angelopoulos castiga con el arrepentimiento final ajusticiándole con una nostalgia insoportable y el miedo profundo al final de la vida. Película de senectud, desgarradora al mostrar la soledad interior del final, en la que sobrevive una visión adoctrinadora y algo moralista que reconfortará a los estilos de vida más convencionales e indignará o atemorizará a quienes no observen las líneas de la tradición.

La eternidad y un día

La longitud del metraje sirve como catalizador silencioso del ingrediente dramático de la historia que, poco a poco, va acercando a Alexandre a las últimas horas de su vida real. Desde que conocemos a Alexandre, su gesto se mueve entre la sonrisa y la nostalgia más terrible, pantalla de proyección de lo gestual que en él funciona a modo de máscara y que le sirve para disfrazar el miedo al final. Alexandre se aferra al último día, y después a “la última noche” con aparente sabiduría y una resignación consciente y responsable que, sin embargo, en un momento preciso… se rompe provocando una de las escenas más emotivas de todo el film: Alexandre ve que incluso el chico huérfano al que ha recogido y cuidado durante el día se dispone a despedirse de él para siempre, y ante el riesgo material de la última soledad de su vida, Alexandre deja caer la máscara y desguaza su gesto nostálgico para dar paso a la desesperación. La sensación le emparenta con el anhelo último que quiénes le amaron a él sintieron otrora, comenzando especialmente por el de su fallecida esposa Anna.

Alexandre completa el regreso que tanto se le solicitaba y vuelve entre lágrimas haciéndose consciente de que sus manos están vacías y que ya no existe el hogar que abandonó para ser más de lo que era. Sus frases, en las que él jamás pensó que se reconocería, retratan su miedo y su desesperación:

Niño – Quería despedirme de ti.
Alexandre – ¿Vas a irte esta tarde? ¿vas a irte en plena noche? Yo que creía… Me habías dado a entender… Tú también te vas. No tendré a nadie más. Sí. Pronto harás el gran viaje, los puertos… el mundo entero.
N – Adiós
A – ¡Quédate conmigo! Tienes dos horas antes de que salga el barco. Sólo tengo esta noche.

“Sólo tengo esta noche”. Resulta complicado abarcar la desesperación de las palabras tranquilas del viajero inconformista al que ya no le van quedando horas a las que aferrarse antes de encarar el final. Hay en la manera cómo Bruno Ganz interpretó esas palabras una traza de desesperación profunda que no se apoya en la intensidad teatral de un grito, sino más bien en la resignación infinita de una frase calmada que se dice con las manos vacías implorando la limosna de quién más tarde o más temprano nos dejará de todos modos. “Sólo tengo esta noche” es un concepto tan potente que merece una película para él solo, y Angelopoulos lo convierte en un rincón común en el que el espectador no puede evitar sentirse involucrado en tanto que muchos podríamos vivir un “sólo tengo esta noche”. Se trata de una interpelación universal humana que sacude al espectador conectándole violentamente con la preocupación irreductible de Alexandre y con una sensación de soledad y temor imposible de ignorar.

No es difícil encontrar una cierta conexión entre el “Alexandre” de “La eternidad y un día” y el “Jep Gambardella” de “La gran Belleza, en tanto que ambos personajes, intrépidos y valientes, deciden buscar esa belleza auténtica y genuina que promete transformarles y llevarles hasta un estadio superior en el camino del aprendizaje y la experiencia. Gambardella, como escritor, busca la pulcritud definitiva de un arte universal en el que poder confiar sus anhelos de verdad, los pilares artísticos que le conecten con su propia integridad humana y que le sirvan de pertrechos seguros y fidedignos para cualquier catarsis de vida. Alexandre emprende un viaje en condición de poeta, también en busca de otra forma de belleza, una que ensanche su ser y su experiencia por encima de su presencia inmediata y original. Ambos buscan una forma elevada de belleza que les ilumine y les transforme, y ambos experimentan el elevado coste de tan ambicioso viaje. Gambardella termina alejándose de esa autenticidad como si fuera un asíntota imposible de alcanzar y desperdicia su tiempo siguiendo la estela de brillos baratos, de reflejos de lentejuela entre el más ridículo establishment de la noche romana. Alexandre tampoco alcanza esa belleza cualitativa y además termina perdiendo el camino a casa, pues ésta se deshace en su pasado un poco en la desmemoria y en su desaparición, otro poco porque él mismo termina siendo una pieza diferente a la que encajaba entonces. En ambos casos, se trata de películas inscritas en el género de la senectud cuyos protagonistas, los dos escritores, al final de sus vidas, echan la mirada atrás y hacen recuento de daños y de haberes.

La eternidad y un día

Ya no sorprende citar a Angelopoulos como uno de los grandes demiurgos del imaginario más potente del cine europeo. En sus películas, no es extraño que su “escritura” fílmica, dicha esta expresión desde la jerga propia de la  llamada “Teoría del Texto” de González Requena, incluya pasajes en los que sentir el trazo imaginativo, poético y contundente de un cineasta acostumbrado a crear imágenes imposibles de olvidar. En “La mirada de Ulises” (1995) sobresalía con especial vehemencia la imparable imagen de la estatua de Lenin, troceada, desmantelada, siendo transportada por el río frente a los trabajadores que un día creyeron en su ideal (puede que la más terrible metáfora jamás creada para transmitir el fracaso de la Unión Soviética). En “La eternidad y un día” destaca la poética de la imagen de la frontera con Albania, donde el blanco de la nieve sirve como lienzo pictórico en donde Angelopoulos dispone las figuras desalmadas de un pueblo perdido que auguran la sujeción vital del chico a un modelo autoritario que convierte a sus ciudadanos en “figuras encaramadas” con gestos de horror desprovistos de “grito” por el hastío del tiempo: Una contundente visión que propone una forma de representación del autoritarismo político y del pavor que supone la guerra.

En definitiva, un valioso metraje propio de las reflexiones finales en las que Angelopoulos pondera los costes personales de los viajes y los pesos que también estos tienen para aquéllos que nos aman. Una película de senectud, de balances, de arrepentimientos y vacíos que no esconde un cierto toque moral pero que hace sentir el valor de lo humano como sólo el cine europeo es capaz de hacer, en este caso con uno de sus más aclamados y paradigmáticos cineastas.

 

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  • extraordinaria resennia, una mirada muy atenta y un conocimiento de la experiencia humana para llegar a observaciones tan puntuales, felicidades

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