Cine

xavierdolan

Xavier Dolan: 24 pulsaciones por segundo.

17/03/2014 -
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Hilo de cristal
desciendes
en colores afilados
y perforas la garganta.
Mis órganos teclean
pulsaciones,
listas para
la salida
de mi cuerpo,
con la partitura
de un nuevo
deseo.

Remolinos de aliento
arrasan
el muro.

La parálisis paró.

 

*

¿De qué es probable que hable un director de cine en sus películas de apenas 25 años?. Del amor, lo más seguro. Y sí, en efecto, sus películas. Porque Xavier Dolan, quien el próximo 20 de marzo cumplirá 25 años, ya lleva cinco películas en su haber, aunque aquí nos centraremos en su afamada trilogía (tardía en España) sobre sus amores imposibles: Yo maté a mi madre (2009), Los amores imaginarios (2010) y Laurence Anyways (2012). Historias, todas ellas, sobre el amor y concretamente sobre un amor rechazado en ocasiones, el amor difícil de llevar acabo, de cuajar con otras personas, y el amor como prueba cuando un hecho transformador lo puede poner en peligro. Podemos decir pues, que para muchos Xavier Dolan seguirá siendo un niño pequeño en esto del cine y que apenas habría que considerarlo mayor de edad ni apto para tenerlo en cuenta. Gran error para aquellos que vayan con esa idea porque el cineasta canadiense tiene todas las papeletas para atraparte y para que acabes imbuido por su desparpajo con un aire fresco lleno de luces y escenas musicales, dignas del mejor decorador de emociones. Las tres películas forman una trilogía acerca del desarrollo de la vida, desde la adolescencia hasta la mediana edad, y sobre las relaciones amorosas como tema principal. En Yo maté a mi madre ese amor maternal, de odio pero también de entrega y dependencia. La lucha interna de su protagonista, que le lleva hasta el límite en su día a día y a saltar de una emoción a otra con serias dificultades. En Los amores imaginarios sin las figuras paternas pero con los sentimientos a flor de piel y una reflexión sobre los encuentros y los amantes. Y para acabar, con un gran colofón, la inclusión del amor en aquellos que han de cargar con la intolerancia de la mayoría respecto al cambio. Las personas del común. Como a mi me gusta llamarlos los comunes peligrosos.

Si las tres películas están contadas linealmente, siendo el propio Dolan protagonista en dos de ellas, su desarrollo es un cautivador puzle de piezas corales con escenas altamente estilísticas. Las emociones con latidos propios, acompañadas de pulsaciones visuales, sonoras y melodramáticas. La exageración no por falta de, sino por una fuerza elevadora. Una fuerza impregnada por una juventud sin complejos y dispuesta a abrirlo todo y a mostrarlo todo. Un cineasta propio pero con rasgos de otros muchos, salvando las distancias pero dejando entrar destellos ajenos para deslumbrarnos. 

*

En 2009 Xavier Dolan se metió en la aventura de dirigir su primer largometraje después de haber estado unos cuantos años a la espera. Lo normal, en cualquier chaval de su edad, hubiera sido apostar por realizar algunos cortometrajes mientras prepara el asalto a su primera película. Esa etapa, por otra parte habitual en la inmensa mayoría de los cineastas, se la saltó como quien da un simple paso al frente. Siempre se ha considerado aventurero y precoz a la hora de tirarse a la piscina y en cuestión de atrevimiento y sentimientos no iba a ser menos.
En Yo maté a mi madre nos encontramos con una importante carga autobiográfica. La tiene por la historia, la tiene porque como apunté al principio alguien tan joven seguramente pocas licencias tenga – a no ser que sean las suyas propias – para tratar diversas cuestiones y porque el primer plano de la película deja muy clara su postura personal. Un primer plano, en blanco y negro, sin un fondo definido y con el personaje sin mirar a cámara, algo nervioso, como cuando sabe uno que el tema a tratar resulta incómodo. Sus gestos lo delatan. Todo ello posterior a una cita de Guy de Maupassant sobre el amor a las madres. La primera declaración del joven Hubert Minel acerca de la imposibilidad de aceptar y de entender a su madre no deja dudas: “No sé lo que pasó. Cuando era pequeño nos queríamos. Todavía la quiero. Puedo mirarla, decirla hola, estar a su lado. Pero…. no puedo ser su hijo. Podría ser el hijo de cualquiera, pero no el suyo”.

Hubert empieza titubeante pero con sinceridad adulta. El conflicto ya está servido. Madre e hijo comparten mesa en el comedor pero sus cuerpos, el de él desnudo la parte superior y el de ella arropado hasta el cuello, muestran los dos bandos familiares. La tensión es cortada con cualquier gesto, mordisco o mueca que no pase la aprobación del otro. En un principio todo apunta a los clásicos problemas de convivencia de una madre con su hijo adolescente. Las pequeñas fricciones que acaban desembocando en un mar de gritos y reproches. Ya desde el comienzo se puede ver algunas pinceladas en el personaje de Hubert semejantes a las del propio Dolan. Atrevido, irreverente y perspicaz al mismo tiempo que muestra a su personaje con una especial inquietud artística en el campo de la pintura. Para Hubert, el amor y el arte son uno y así lo vemos al comienzo de la historia cuando entra en escena, en el mismo espacio, su vocación de pintor junto a su amigo y amante Antonin. Para más inri, el propio cuadro de nombre “El hijo” deja bien claro que todo girará entorno a él y que podría haber sido el título de la película. Para Hubert, el sentido de todo pasa por su relación con Antonin y en la admiración, como testigo privilegiado, de la relación cercana y cariñosa que mantiene éste con su animada madre. Dos adolescentes, de entornos familiares similares, en el que uno se siente atrapado y el otro en una bella burbuja. Algo habitual en el cine de Dolan, y que en su primera película manifiesta claramente, son esos primeros planos cortos, planos largos o la inserción de otros elementos narrativos para describir el sentir de su personaje siendo a su vez la causa de un mayor atractivo estético. Un tipo de plano más allá de lo descriptivo; al servicio de lo emocional y en ocasiones de lo memorístico. “Ella no quería tenerme – dice con el rostro desenfocado –. Soy una carga para ella. No está hecha para ser madre. Se casó y tuvo un hijo porque eso es lo que todos esperaban de ella…”

Es curioso uno de los puntos de vista que expone Yo maté a mi madre. En cierto modo es una película hecha por un adolescente sobre un adolescente y su madre, cuando por regla general toda historia llevada a la pantalla sobre la convivencia y la figura materna para con sus hijos suele adoptar un punto de vista más adulto porque quien suele estar detrás de la cámara dobla o triplica en edad al director de la historia. Algo de ello se palpa en algunas de las transiciones y planos que lejos de ser sugerentes – lo que podría pensarse de un autor con más recorrido – Xavier Dolan muestra sin complejos. Sus juegos y abruptos cambios son señas de identidad. La enemistad de madre e hijo contada desde el muchacho y vivida desde sus sentimientos.

La relación de Hubert con su madre siempre está en el alambre. Escenarios cerrados (casa, coche, instituto) sin aire que respirar, que compartir, donde la crítica oral es persecutoria y aunque en ocasiones todo parece apuntar a una mejora es solo cuestión de tiempo de que vuelva aflorar más el distanciamiento. Y es que como bien apuntó Julie, la profesora de Hubert, a través de una cita de Cocteau en un intento por rescatar a éste: “La madre de un hijo nunca será su amiga”. Pero Hubert, quien tiene clara su lucha y el final trágico, sentencia con un autor de peso universal: “Honrarás a tu padre y a tu madre” – Dios. Las citas, unidas y pegadas a momentos reflexivos, son puntos de apoyo habituales en el transcurrir de la historia. A Dolan no le importa servirse de ellas porque al igual que Hubert – y como sucede en otras películas – cuando se habla del amor, cualquier experiencia ajena es, en el fondo, una experiencia cercana a nosotros. Y cuando ese amor estalla en añicos, siendo palpable su fatiga, parece que no hay otra solución que tomar distancia entre ambos protagonistas. ¿La distancia como solución?. O mejor, como apuntaba Hubert en una de sus confesiones grabadas no desde la reconciliación sino desde el sentir: “Deberíamos ser capaces de suicidarnos en nuestras cabezas, y luego renacer para luego mirarnos hablar los unos a los otros como si nunca nos hubiéramos conocido antes”. Es decir, un nuevo nacimiento con las emociones intactas y la voluntad del amor impoluta. Una eliminación de esa parte nuestra, a veces nociva, o como apuntó en una de las reflexiones escritas en su cuaderno de notas: “lo único que matar en esta vida es el enemigo interior, el doble del núcleo duro. Dominarlo es un arte. ¿Qué buen artista eres?”.

Parece entonces que Dolan tuvo claro desde muy joven que el cine le iba a servir para realizar ese ejercicio de exorcizar, de manifestar alto y claro sus emociones y avatares a través de las imágenes. Un pez, como le dijo su profesora, que nada en las aguas turbulentas de la modernidad. Un pez, diferente al resto, que tendrá que sobrevivir.

*

Y si hablamos de peces y mares, su conexión con el imaginario amoroso y el encuentro con otros es muy claro. Un año después de su primera aventura, el joven cineasta se metió de lleno – ¿pudo más la pasión que la paciencia? – en su siguiente film. Los amores imaginarios nos recuerda por una parte a esas películas reconocibles para nuestra reciente memoria cinematográfica (véase Soñadores (2003) de Bernardo Bertolucci, Jules y Jim (1962) de Truffaut o la española Castillos de cartón (2009) de Salvador García Ruiz) donde la aparición del número 3 representa una historia de confidencias, de amores y posterior ruptura, además de guardar algunas similitudes con su antecesora. Una película con un comienzo similar a Yo maté a mi madre. De nuevo cita sobre el amor. Esta vez del poeta Alfred de Musser para pasar a continuación con los primeros planos personales sobre los miedos e ilusiones de algunos jóvenes en cuanto a las citas amorosas, el análisis exhaustivo del otro y la incompatibilidad, parece ser, de llegar a encontrar a esa persona que cumpla todos los requisitos. Sin embargo, en esta historia la ausencia de una figura materna es muy clara. Ahora no se trata del adolescente de 16 años atrapado entre las cuatro paredes del hogar de su madre, sino que pasamos a un dúo compuesto por Marie y Francis en busca del impar que les lleve a una nueva relación amorosa para compartirlo y, por qué no, devorarlo. La amistosa pareja no son peces como lo fue Hubert, puede que tampoco sea correcto decir cazadores, pero sí seres con las antenas puestas y un ojo entrenado para el encuentro con un nuevo Adonis – en palabras de Marie – y disfrutarlo en compañía.

Los amores imaginarios guarda otro punto de unión no solo con la primera película de Dolan sino con otras historias como pueden ser Interiores (1978) y Maridos y Mujeres (1992). Ambas de Woody Allen. Ambas, sobre todo la segunda (ya que en Interiores el trío lo componen tres hermanas), con esos testimonios como punto de avance en la historia y en los haceres de los protagonistas. Las relaciones, el amor, la ilusión con la posterior desilusión, las dudas y el querer controlar al otro y a la situación. De ahí esa imaginación que le añadimos a nuestros encuentros y relaciones; a la vez que esa creencia en lo imaginario como algo de más recorrido y más pleno; nuestras proyecciones. Siempre podemos encontrarnos con esa disyuntiva de ¿alimentamos lo imaginario o es lo imaginario lo que nos alimenta a nosotros?. Esa ilusión, las ganas por encontrar un nuevo tesoro es el punto de unión entre Marie y Francis. Estudian el entorno y a los candidatos. Los analizan, los observan por separado y en conjunto para después iniciar la jugada y el acercamiento. Cuando cae la presa, es el momento de la preparación. El acto de intimidad, ya tan solo entre tres, ha de realizarse con el ritual correspondiente. La elección del lugar y ante todo la preparación de una vestimenta adecuada para asaltar con la mirada y ser a la vez seducidos. Un tiempo que se estira como un acordeón, tocando intensas notas; ralentizando la unión entre tres seres.

Xavier Dolan se aproxima a esos primeros momentos, a esas primeras citas, con una exaltación de los pequeños detalles que nos muestra lo relevante que puede ser para un primer encuentro con la persona escogida. Porque el amor, aunque no lo crean, o no quieran creerlo, es una suma de elecciones que pasan por el perfil de nuestra búsqueda. Nuestra elección forma parte del juego al igual que somos sujetos a ojos del resto y somos también despertadores del deseo en los demás.

¿Y quién es, en esta ocasión, el amor escogido?. Nicolas – el nuevo Adonis – fue la elección. A partir de ahí, será el apoyo y arranque con los otros dos. Aunque los testimonios recogidos a lo largo de la película son los de cualquier adolescente, pues la acción de la historia está en manos de Marie, Francis y Nicolas, sus declaraciones giran entorno a la historia vivida por los tres. Del mismo modo que la intimidad surgida, la nueva ilusión y el nuevo camino transitado por Marie y Francis junto a Nicolas, viene a mostrar, a corroborar, las confesiones de esos jóvenes. A diferencia de Hubert, estos amantes viven, se muestran y exaltan sus sentimientos en el exterior. No se trata de un amor encapsulado sino de un interés por compartir y experimentar la fuente de los sentimientos a tres bandas. Todo ello con el consiguiente peligro de volverse en su contra. Que la ilusión se acabe y que la suma acabe por convertirse en resta y dejar huérfanos, finalmente, a dos seres que erraron el tiro al escoger a su nuevo compañero. También esa competitividad que desgraciadamente se ha arrastrado a las relaciones y que desemboca en el objetivo de tener al otro y no de sentir al otro. Esa lucha por la conservación de la que fue testigo Nicolas en un momento dado que como todo objeto de deseo, pasó a convertirse en un objeto de poder dueño absoluto de los demás: “Quien me quiera, que me siga”. Y como todo amor imaginario, cuando el rechazo se produce, de nuevo hay que recomponerse – superar el tiempo de duelo – y continuar con la búsqueda mientras se encuentra consuelo en esporádicos encuentros sexuales. Un sexo transitorio, estacionario, y en el caso de Los amores imaginarios sin preámbulos, sin exteriores y con una única luz dispuesta en color para compartir el espacio con la oscuridad.

El amor, ese sentimiento tan descrito y tachado que allá por donde pasa siempre deja víctimas. Y sinceramente, parece más un constructo que otra cosa. Como señaló una chica en uno de los testimonios: “amas al concepto más que a él”. Y puestos amar, aquí también conservan Marie y Francis un amor por ciertos gestos que ya manifestó Hubert en Yo maté a mi madre. La escritura como medio sincero consigo mismo y como medio de comunicación para transmitir al otro; para aproximarse al otro. Otra historia con un Dolan omnipresente. Delante y detrás de la cámara, en medio de la película y en cada parte de ésta y su elaboración en diversas facetas cuya implicación, muestra de un cine muy de autor, se nos aparece lleno de energía.

*

Una energía y una continuación en la atmósfera de las relaciones amorosas que volvió aparecer con un nuevo lanzamiento pocos años después gracias a Laurence Anyways. Una energía reivindicativa, más madura pero con un mismo olor de atrevimiento y juventud. El descaro de esta tercera película fue para muchos el descubrimiento del cineasta en España, ya que Laurence Anyways supuso la salida a la venta en España de las tres películas juntas. Y tal vez, aunque lo desconozco y es posible que me equivoque, tanto en 2009 como en 2010 no recuerdo haber visto la cartelera de ningún cine con los carteles de Yo maté a mi madre y Los amores imaginarios. A base de empuje y talento, algunos pudieron descubrir a este joven contador de historias.

¿De qué nos habla Laurence Anyways?. ¿Otra vez del amor?. Sin duda. ¿De las relaciones?. Desde luego. Entonces ¿qué más nos aporta esta nueva entrega?. Para mi, sin duda, la prueba a la que es sometida el amor por las circunstancias a las que se enfrentan sus protagonistas, y la no menos interesante cuestión acerca de la aceptación de los demás. No solo el amor es un objetivo de logro y conquista para muchos sino que también es una prueba vital de autenticidad para algunos. El amor hasta el final, hasta sus últimas consecuencias. En Laurence Anyways es posible que la palabra adecuada – si es que existe una palabra adecuada – sea transformación. La transformación que realizará su protagonista, Laurence Alia, y la transformación que arrastrará inevitablemente su relación con Fred Belair, su novia. Finales de 1989. Él, profesor de literatura en un instituto, recién cumplidos los 35, joven promesa de la literatura que poco a poco va abriéndose camino. Ella, ayudante de dirección en una productora de publicidad. Ambos jóvenes y enamorados; llevando una vida normal, siendo normales aunque con claras manifestaciones enérgicas en ciertos momentos de intimidad como sus largas listas elaboradas en un coche más parecido al de dos alocados aventureros. Por lo tanto, de la normalidad también trata Laurence Anyways, de la normalidad supuesta y aceptada que está en todos nosotros como seña de identidad y buen camino a seguir; aquella normalidad imperante que no duda en jactarse y en rechazar toda diferencia por pequeña o nimia que ésta sea. Siendo necesario, llegado el caso, de molerla a palos.
Xavier Dolan lo manifiesta así a través de Laurence nada más comenzar la historia. Un plano en negro y una reflexión que seguirá, como una sombra, el transcurrir de la película. No es una cita esta vez, pero como si lo fuera. La voz que se nos dirige es la voz de alguien que sabe sortear el vacío y que está dispuesto a subir el obstáculo cueste lo que cueste. Los que dan ese paso al vacío, pueden permitírselo. ¿Qué está buscando Laurence Alia?. “Busco a una persona que entienda y hable mi idioma. Una persona que sin ser un paria, se pregunte, no solo por los derechos y el valor de la gente marginal, sino también por los derechos y el valor de los que se jactan de ser normales”.

Laurence, enamorado y viviendo con su novia Fred, es un joven al que la normalidad le llevó a vivir una vida que no es la suya. Una vida que en vistas de su reciente cumpleaños decidió cambiar y comenzar esa transformación. El aguante fue su arma de supervivencia durante todo ese tiempo hasta que no pudo más. Y como en todo amor, la transformación afecta a toda la imagen que se tenía de Laurence; aquello amado por Fred en estos años y que ahora pende de un hilo. Laurence nunca se sintió hombre, tanto en el plano físico como emocional e intelectual. Fruto de este cambio vital, tendrá rechazo e indiferencia por parte de la mayoría, a la vez que se cruzará con pequeños maestros del vivir que serán bellos ángeles de la guardia en su proceso. Sus baby roses. Aquellos que dan un vuelco a lo establecido para acabar dejando en entredicho lo anormal de los normales, y cabalgar por encima de la imperiosa realidad. A mi entender, éste es uno de los grandes valores de Laurence Anyways. Su señalamiento a aquellos que presumen, como dice Laurence, de ser normales y que en su normalidad pretenden dictar a los demás bajo una moral – en la mayoría de los casos – lo que es correcto y digno con lo que merece ser despreciado. Se trata de poner entre la espada y la pared a los matones del pensamiento y la censura que impiden la expresión sincera y otras formas de ser. El rechazo como moneda de cambio a quienes osen mostrarse como son y además hacerles creer al resto – a esos comunes peligrosos como ya señalé – de lo normal de esa autenticidad. Lo que nos puede conducir a aquello en lo que insistió Michel Foucault (1926-1984) respecto a lo intolerable. Para el pensador francés – lo siento, la etiqueta de filósofo se queda corta y mejor para los supermercados – lo intolerable no puede ser aquello que lo es para la mayoría sino lo contrario. La evidencia, lo políticamente correcto, el discurso dominante en definitiva, lo normal como lo verdaderamente intolerable. Además de esa continua lucha a estar alerta, sea contra el poder que sea. Esos primeros planos de los normales que detectan con la mirada lo diferente, lo confuso de algo que vaga por sus alrededores. Algo u alguien que puede hacer tambalear la idea encapsulada y los zapatos bien atados. Realmente, con esa presentación, a quienes señala el director son a los normales que con su indiferencia se jactan de estar por encima, cuando en realidad están muy alejados, sin ser conscientes de su vacío. No lo van a intentar.

Parece clara no la revuelta si no la revolución a la que hizo referencia Laurence el primer día de su transformación. Porque si hablamos de amor hay que hablar de ello en todos sus aspectos y posibilidades. No trata esta historia de la transexualidad ni del cambio de identidad exclusivamente, sino hasta donde es capaz de aguantar un amor entre dos personas más allá de los profundos cambios y las corrientes que lo pongan en peligro. Si se habla de amor ¿no estamos hablando de aceptación?. Y si hablamos de amor ¿nos referimos a ello sólo como algo inamovible, sin nuevas adaptaciones?. Todo esto, si no somos capaces de cuestionarlo, sí que posee un grado de intolerancia peligroso. Porque en ocasiones es lo normal lo que a veces resulta confuso y lo que crea miedo.

Por ello, ese ideal defendido a ultranza por Laurence, que le lleva a elevarse por encima de valores establecidos y vivencias anquilosadas, es también lo que le pasará factura cuando le pidan en alguna ocasión que baje a la tierra. Pero él, ella, incapaz de estar en este lugar llamado “tierra”, tiene claro la utilidad del cambio y más cuando es la propia supervivencia lo que está en juego. El cambio para seguir amando. Su deseo para el nuevo milenio vuelve a juntar lo normal con lo marginal: El fin entre lo normal y lo marginal. El fin de esa separación. Una declaración de alguien que a pesar de haber sufrido el rechazo, mantiene un grado de esperanza y una compresión muy alejada de aquellos que presuponen estar en condiciones de amar y ser amados.

*

El amor y lo que produce, sus actos y consecuencias, dan para mucho. Al menos es lo que parece cuando vemos estas tres películas. Películas con un grado de diferenciación entre ellas, palpable, pero no distintas. Películas confesionales que nos invitan a ver el cine no como espectadores sino también para atrevernos a coger la cámara, plantarla delante nuestra, y mirarnos como si fuera un espejo. En estas películas Dolan tiene claro ese poder testimonial a la vez que sincero que nos muestra Hubert en el baño de su dormitorio o con la hornada de jóvenes hablando de sus batallas amorosas. El mismo poder de acercamiento para con la escritura. Recordemos que Hubert, Marie o Laurence hacen de la expresión artística, sea pintura o escritura, una vía de escape ante sus correspondientes angustias. Una vía por la que Laurence, la nueva Laurence, es una nueva poetisa. La escritura en prosa pasó a lo poético. Una vía por la que Marie escribe poemas con su máquina de escribir, como hace Hubert, para después repartirlos. Por eso no es de extrañar el uso de citas por parte de Dolan. Siempre lo he defendido. Quien es autor, es esponja y ello no quita brillo a su discurso y muchos menos autenticidad. Y al igual que un cine de citas, estamos ante un cine de objetos de valor considerable. Esos amantes imaginarios jugando con sus vestidos, pitilleras, gafas de sol, cerillas, sin apenas móviles y con máquinas de escribir y libretas de secretos. Arropados en esta trilogía de vestimentas tan peculiares como cada uno de sus personajes. La tinta de rotulador en el brazo de Laurence deseosa de un nuevo encuentro con Fred. Son historias y escenarios con colores y latidos propios. Botes de pintura listos para expresar como ya lo hicieron Hubert y Antonin. La vida es un lienzo en blanco al que arrojarle con toda la pasión los colores que tengas a mano.

Parece claro que Xavier Dolan ha pegado un estirón en cuanto a la realización de películas. A las aquí citadas, a este joven la palabra límite no parece encontrarse en su diccionario. En 2013 realizó Tom at the farm, un giro a esta trilogía sobre los amores. Una película, parece ser, de puro suspense psicológico. Y ahora, recientemente, se encuentra a punto de acabar Mommy. La historia de una madre viuda al cuidado de su conflictivo hijo (veremos si guarda alguna relación con Yo maté a mi madre, que no parece). Confiemos, en cualquier caso, que éstas y otras películas nos lleguen allá donde estemos porque bien merecen ser proyectadas en cualquier espacio con una pantalla y un proyector. Y sobre todo, aunque crezca, cambie o se transforme, que siga conservando la emoción como principal cualidad en su carrera cinematográfica. Al ser el cine un trabajo en equipo, lo que le hace enriquecedor, confiemos en que al joven cineasta no le intenten amoldar con falsas imposturas y otros prejuicios que acaben por silenciar su voz.

¡Los bozales a la basura!

 

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