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Poética del salto temporal: “The Fan” (“El abanico de Lady Windermere”, 1946)

Habitualmente, Otto Preminger suele ser recordado por dos grandes conjuntos de su obra: sus films noirs de los cuarenta y cincuenta, y sus superproducciones corales con ambición de fresco social de los sesenta. Sin embargo, hay otro tercer gran bloque que no ha solido concitar una atención equiparable, y que es tanto más significativo cuanto que Preminger, tanto en Alemania como en Estados Unidos, antes que director de cine fue director de escena: el de sus adaptaciones de obras teatrales, que comprenden no solamente títulos tan diversos como A Royal Scandal (La zarina, 1945), según Lajos Biró, y Saint Joan (1957), según George Bernard Shaw, sino también sus adaptaciones de óperas Carmen Jones (1954) y Porgy And Bess (Porgy y Bess, 1959).

Lo cierto es que, si este tercer grupo de su obra no alcanza, claramente y pese a la estupenda Saint Joan, la calidad conjunta de su cine negro, sí hay otra película verdaderamente sobresaliente en él, que, además, enlaza en ciertos aspectos con uno de sus maestros, Ernst Lubitsch: The Fan (El abanico de Lady Windermere, 1946). Pues bien, para poder comprender mejor el plano de The Fan del que vamos a hablar es necesario comentar antes que esta inteligentísima adaptación de la célebre obra de Oscar Wilde firmada por Dorothy Parker y Walter Reisch añadió una pequeña trama a tiempo presente donde una anciana Mrs. Erlynne reencuentra al mujeriego Lord Darlington, de modo que la obra de Wilde propiamente dicha se muestra en varios flash-backs en los que los dos personajes reencontrados al poco de acabar la Segunda Guerra Mundial rememoran la anécdota que marcó sus vidas.

Son varios los planos en los que Preminger nos lleva con elegancia del presente al pasado, pero el más llamativo y sorprendente de todos ellos es el que tiene lugar en el probador de la sastrería donde Mrs. Erlynne prácticamente acorrala a Lord Darlington para conseguir que le preste atención. En dicho plano, Mrs. Erlynne comienza hablando junto a un ventanal que da a la calle; se acerca, acompañada por la cámara en panorámica, hasta su interlocutor y se sienta junto a él; finalmente, la cámara abandona a la pareja cuando prosigue con su rememoración y, en una nueva panorámica, vuelve junto al ventanal.

Contado así, no parece un momento especialmente destacable. Pero es que lo asombroso de este simple vaivén de la cámara de ida y vuelta es que le sirve a Preminger para llevarnos del presente al pasado en un único plano, ¡casi a la manera de Angelopoulos! Pues resulta que, cuando Mrs. Erlynne estaba junto al ventanal, Preminger ha tenido buen cuidado de mostrarnos tras la buena mujer la gente que pasea y el tráfico de automóviles de finales de los años cuarenta,

mientras que, cuando la cámara vuelve ahí, son carruajes los que atraviesan el encuadre y los transeúntes van ataviados según la moda de finales del siglo XIX.

Evidentemente, y ahí la diferencia con Angelopoulos es radical, el cambio de época se debe a un trucaje, en realidad, bastante simple, pues la zona del exterior corresponde a lo que en cine se llama una retroproyección; eso sí, ejecutada a la perfección por el gran Joseph LaShelle en la fotografía, pues resulta totalmente imperceptible. Y todavía más, el movimiento de cámara le sirve a Preminger para cambiar de personaje que rememora y, por tanto, del punto de vista en la narración de esos hechos pretéritos, enriqueciendo así la perspectiva sobre la conocidísima historia de Wilde: si el flash-back anterior correspondía a Mrs. Erlynne, el actual lo hace a Lord Darlington.

El pasmoso efecto, sin embargo, no es una simple muestra de estilismo o de perspicacia narrativa, sino que su justificación dramática, incluso poética y discursiva es total. Pues los personajes viven en un tiempo único, como si Mrs. Erlynne y Lord Darlington siguieran anclados en su pasado…; si bien los tiempos idos eran más poéticos o, cuando menos, gozosos, como bien revelan esos parterres llenos de flores que, adornando la casa del fondo, surgen donde en el tiempo presente sólo hay desnudo asfalto, o esos ventanales abiertos que dejan entrever primorosos visillos en contraste con las contraventanas cerradas que sellan la casa en la actualidad como un ente muerto.

Pero todavía hay algo más; ni de lejos, una de esas supuestas casualidades que los mediocres gustan de asignar a las obras de los genios para rebajarlos y aumentar así su propia y justamente maltrecha autoestima, sino algo totalmente meditado por parte del cineasta, como bien prueba que habrá más adelante en The Fan otro efecto similar, aunque en dicha ocasión mediante un fundido encadenado. Y es que, cuando la cámara se acerca al ventanal, el movimiento de cámara prosigue hasta que el marco desaparece y la vista de la calle coincide con el área total de los fotogramas.

Es como si Preminger introdujera al espectador en la misma pantalla de cine, como si penetráramos en ella para asistir a la historia objeto de recuerdo, en lo que supone un resumen maravilloso de ese estilo del cineasta austríaco que lo mismo busca el distanciamiento que mejor nos permita enjuiciar los hechos que la cercanía e incluso intimidad en los momentos más intensos que nos permitan compenetrarnos con los personajes, y comprenderlos.

Son las pasmosas sutilezas metalingüísticas, de inmarcesible modernidad, que los grandes clásicos sabían colar, como de tapadillo, de la manera más natural posible sin que le chirriaran a ningún espectador…

Nacido en Zaragoza, comenzó su labor como escritor cinematográfico en la revista digital El Pollo Urbano. Ha colaborado también para las revistas en papel Cuadernos Cinematográficos, Shangrila y Cine-Bis. Es autor del blog Capricho Cinéfilo, centrado en el análisis fílmico, así como del libro "King Vidor. La conquista del espíritu", así como de los libros "King Vidor. La conquista del espíritu" y "Nouvelle Vague. La ola que no cesa".

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