¿Se puede rodar hoy un clásico de cine?

¿Podría rodarse hoy un nuevo clásico absoluto de la historia del cine, a la altura de “El padrino“, “Cadena perpetua“, “Casablanca“, “El Golpe” o “Tiempos modernos“? ¿Podría realmente forjarse un nuevo mito cinematográfico y ser reconocido como tal por las generaciones venideras? ¿O será el mundo el que ha cambiado, que ya no nos deja atribuir a los “nuevos clásicos” el reconocimiento que se merecen? ¿Se están rodando, quizás, esos nuevos clásicos y pasando inadvertidos delante de nosotros?

 

Gerardo Rodríguez IzquierdoGerardo Rodríguez Izquierdo

He de reconocer que, objetivamente sí se puede rodar hoy una película que trascienda sobre varias generaciones. Pero debo advertir que intuyo este hecho como algo complicado y en esa dirección irá mi exposición en nuestro diálogo. Suponiendo que hoy se filmara una gran película, -una de esas que arrastran a espectadores de todo tipo hasta la sala de cine-, no tengo la seguridad de que pudiera alcanzar la categoría de otras grandes obras reconocidas. Durante mucho tiempo rivalizaron “Casablanca” o “Ciudadano Kane” por ocupar el podio del reconocimiento; recientemente escuché que tal vez “Vértigo” copara hoy esa plaza; y en la cabecera de este artículo nombramos “El Padrino” o “Tiempos modernos”. Películas que muestran una notable disparidad entre sí y sin embargo (independientemente de nuestra opinión hacia ellas) las reconocemos como auténticas obras de arte. Es en este punto donde mi visión se torna pesimista. Hablamos de narraciones que marcaron una época y que hoy sirven de referente a todo amante del cine, además de ayudar a comprender mejor cómo hemos llegado hasta el momento en que nos encontramos, pues el cine, como todo arte, es un medio del que nos valemos para configurar nuestra cultura. Y es justo aquí donde me pregunto si alguna de las obras que disfrutamos actualmente, alcanzará ese estatus, pues a lo largo de la historia, el arte ha dejado huecos que no supo rellenar.

Pienso que atravesamos una de las épocas más inciertas de la Historia y por ende nuestro arte más representativo en el último siglo también ha de mostrarse afectado por esta dolencia. Y así llegamos al principal motivo que encuentro para justificar mi idea sobre la ardua tarea de crear hoy una obra cinematográfica que alcance cierta trascendencia en un futuro.

 

Elena Iniesta Gª-MohedanoElena Iniesta Gª-Mohedano

Efectivamente, Gerardo, yo también pienso que hoy en día sí se puede rodar un clásico. Como se suele decir “como poderse, se puede”. Hoy en día se tiene la suficiente técnica, dinero y medio como para poder rodar prácticamente cualquier historia que uno pueda imaginar. Donde tengo mis dudas es a la hora de pensar en rodar hoy en día un clásico de esos que ya trascienden la pantalla y pasan a formar parte de la cultura colectiva. Te pongo un ejemplo: aunque no todo el mundo ha visto “Lo que el viento se llevó” con sus 4 horas de trama, prácticamente todos reconocemos fotogramas de la película y somos capaces de repetir de memoria sus más míticos diálogos. Hoy en día dudo mucho que se pueda repetir lo mismo. Te pongo otro ejemplo bastante esclarecedor para mí: el otro día fuí al cine y antes de los típicos tráilers pusieron un montaje con escenas míticas de la historia del cine, empezando con la primera escena de “Centauros del desierto” y terminando con la última escena de la misma; te puedo asegurar que con cada escena que salía iba diciendo el nombre de la película, y como yo, seguramente el resto de espectadores hicieron lo mismo, y con un porcentaje de aciertos bastante alto. ¿Se podría hacer parecido con películas rodadas, por ejemplo, en los últimos diez o quince años? No digo que no haya buenas películas hechas en este periodo, pero no han conseguido calar de esa manera. Y no por falta de medios, como he dicho antes. Ahora me voy a mojar y voy a lanzar mi teoría de por qué esto es posible: creo que es debido al momento en el que vivimos y a los espectadores. Estamos en la sociedad del consumo rápido, todo es pasajero, usar y tirar. Creo que incluso podríamos decir que la sociedad vive un momento en el que los ojos de los espectadores son demasiados maduros como para emocionarse con “Cantando bajo la lluvia” y de vez en cuando volver a verla para volver a sentir esa emoción. Los ojos de los espectadores actuales son, usando lenguaje taurino “como un toro resabiao”.

Poster de "Lo que el viento se llevó" y "Cantando bajo la lluvia"

 

RicardoRicardo Sánchez

En efecto, para que un film se alce a la categoría de clásico debe ser capaz de perdurar en el tiempo, de trascender sus propios efectos subjetivos en tanto que relato concreto y alcanzar un plano que vaya más allá de sí mismo, que alcance una percepción estable en la mente de una buena parte de los espectadores. Sin embargo, “perdurar”, “trascender”, “percepción estable”, no son las marcas que mejor definen a nuestro tiempo que, en la línea de lo que decía Elena, parece estar locamente entregado a una incesante carrera por la puesta en circulación de nuevos y cada vez más efímeros signos y textos. Detrás de una película empuja ya la siguiente, en lo que ya es un proceso constante de renovación de estímulo que recorta el lapso de la vida útil de los films hasta el más mínimo “santiamén”. En lo sucesivo, seguro que encontraremos otras problemáticas, pero creo que esta es la que dificulta más eficazmente la forja de nuevos símbolos que puedan perdurar lo suficiente para convertirse, progresivamente, en nuevos clásicos. Y, puestos a decirlo todo, hay que tener en cuenta que el cine, como formato, no está estructuralmente adaptado para competir con esas otras fórmulas textuales tan optimizadas para los nuevos tiempos, como los memes, los GIFs o pequeños clips de audio que se comparten y reenvían a la velocidad del rayo. Los nuevos tiempos se caracterizan por la preeminencia de formatos culturales que no requieren un gran tiempo de “consumo”, nada más allá de unos segundos, y que se pueden reenviar fácilmente a personas que tampoco les dedicarán demasiado tiempo. Esto permite esa constante renovación del estímulo que acorta su vida útil no como resultado de su escasa calidad, si fuera el caso, sino como resultado de una exigencia del espectador actual independientemente de la calidad del film o producto cultural. El resultado es el que venimos observando desde hace tiempo, que el cine va siendo apartado progresivamente, que su demanda va disminuyendo poco a poco y que su posición, otrora fundamental en el mapa de las artes del s.XX, va volviéndose cada vez más irrelevante. ¿Cómo vamos a conseguir que un nuevo film permanezca en la mente de los espectadores para la posteridad si estos cada vez recortan más y más el papel del cine y si cada vez dedican menos y menos tiempo a su aprovechamiento? ¿Cómo vamos a hacerlo si el espectador actual está cada vez más centrado en acelerar su consumo para poder ver todo lo que quiere ver, que en detenerse y reconocer que ha visto algo que merece ser retenido para siempre?  “¡Para siempre!”, como los clásicos.

Necesariamente, esto afecta también al nivel de atención que los nuevos espectadores dedican a los films. La relación entre el espectador y la pantalla no solo se ha visto modificada por la llegada de los dispositivos electrónicos, que interrumpen constantemente el visionado cinematográfico, lo comentamos ya en Código Cine hace años, sino que ha llegado al punto de reducir la atención de tal forma que ya no se produce, o solo de forma muy episódica, el antiguo efecto de la “suspensión de la conciencia”, ese momento durante el visionado en el que no somos conscientes de nosotros mismos, en el que nos diluimos en el relato y parece que “desaparecemos”; un efecto de trance del que el cine se sirve para hacer intensa la experiencia cinematográfica, pero que además tiene efectos transformativos en el espectador. Es uno de los pocos artes donde se produce este efecto, uno que quizás hace de él algo muy especial. Históricamente, el espectador se dejaba llevar y alcanzar por el cine, mientras que ahora no solamente no quiere dejarse llevar ni “desaparecer”, sino que ya ni tiene la capacidad de hacerlo. Recordaréis que nuestro compañero Rogelio Pujol comentaba que era incapaz de ver una película sin ver el móvil cada poco rato para ver si tenía mensajes pendientes, y creo que este efecto está cada vez más presente entre los espectadores actuales. Incapaces de centrar toda nuestra atención en un film, ¿podremos hacer de él un clásico que perdure para siempre? ¿Acaso no es la capacidad para alcanzarnos profunda y emocionalmente uno de los ingredientes necesarios para forjar un clásico? ¿Cómo vamos a hacerlo hoy si cada vez “desaparecemos” menos frente a la pantalla y cuidamos más la distancia con ella para abrir un espacio a nuestro yo-consciente, nuestro yo usuario de smartphone? ¿No pasaremos algo del valor del cine puramente inadvertido ante nuestros ojos? El cine puede requerir que doblemos nuestro alma para adoptar el paisaje emocional que un director nos moldea y al que nos invita a entrar desconectados de todo… pero nosotros, simplemente, cada vez lo hacemos menos. ¿Cómo no pensar que por bueno que pueda ser eso que se nos propone, no pueda pasar sin desplegar en nosotros todos sus efectos? ¿Cómo forjar, entonces, de esta forma, un nuevo y flamante clásico de cine?

Recojo la idea que nos lanzaba Elena sobre eso de “jugar a adivinar películas” y os la reconduzco para conectarla con una de las características de la cultura posmoderna: La fragmentación. En esta ocasión, hablo de la fragmentación de eso que a veces se llama “la red de la comunicación y su entorno”, pero que podemos pensarla simplemente como los medios de comunicación a los que nos exponemos o que consumimos. Hace 25 años, la totalidad de los espectadores españoles veían un par de canales de TV, es decir, se reunían mayoritariamente en un lugar, y podían comentar lo que habían visto al día siguiente, trascendiendo en gran medida los segmentos sociodemográficos. Hoy, los canales se han atomizado, personalizado, individualizado, y si bien es posible que ciertos elementos que circulan por ellos se alcen a la categoría de clásico dentro de la jerga o de ese colectivo, pareciera que ya no hay posibilidad de que se proyecten al imaginario general, requisito importante para poder forjar un nuevo clásico de cine. ¿No os parece que esto también es otro grave problema para ver nacer nuevos clásicos?

 

Gerardo Rodríguez IzquierdoGerardo Rodríguez Izquierdo

Entre los distintos aspectos que condicionan la imposibilidad de llevar a cabo una gran obra debemos destacar cuatro:

Ha aparecido el primer punto significativo de este declive cinematográfico: los nuevos formatos audiovisuales y el consumo rápido al que casi estamos sometidos. No puedo añadir mucho más a la exposición realizada por Ricardo y me remito a sus palabras para describir este punto. Sin embargo pienso que en última instancia la responsabilidad de ese sometimiento cae sobre cada individuo, ya que es él quien decide si permanecer presa de los nuevos dispositivos y el consumo febril de nuevas producciones audiovisuales o tomar una distancia prudencial frente a estos aspectos.

Otro punto importante del declive cinematográfico reside en una idea que deslizaba Elena al final de su intervención: “la mirada del espectador“. En la época actual estamos rodeados de estímulos pornográficos, sádicos, violentos…  Hoy todos participamos del goce incómodo que supone estar frente a una pantalla de ordenador, la programación televisiva o prácticamente todo el cine contemporáneo. Existe una notable demanda de estos productos y por consiguiente la oferta también será abundante. Rodeados y partícipes de estas representaciones se me antoja difícil la creación de un nuevo relato clásico, y por momentos, en accesos de extrema melancolía llego a la conclusión de que el cine como arte ya nos ha contado todo lo que de provecho podía contar. Pero dejando a un lado las emociones quisiera concluir que debido a todo esto, una sociedad como la nuestra, con serias dificultades para sujetarse a sí misma, parece que también es incapaz de crear relatos que perduren en el tiempo.

Si bien ambos habéis puesto el acento en el espectador y su entorno, también quisiera fijar la atención en la figura creativa, pues esa figura se corresponde con uno de aquellos espectadores ya descrito, y por tanto, es presa del tiempo que vivimos. Elena señalaba la “técnica”, el “dinero” y los “medios” con los que cuenta hoy la industria cinematográfica, y estoy de acuerdo. Pienso que en ningún otro momento de su corta historia el cine ha contado con estos tres elementos de forma tan notable. Sin embargo, si el autor que se pone al frente de una obra no sabe, no puede, o no tiene mucho que contar, será insuficiente poner todos los medios disponibles a su alcance. ¿Y por qué pensar que el creador de hoy puede tener estas dificultades? Hitchcock y Ford comenzaron su carrera con el cine mudo, vieron correr la historia del siglo XX frente a ellos y supieron valerse de sus capacidades para crear relatos que hoy nadie puede negar como obras significativas. Pero ¿qué les diferencia del creador actual? Parece que hallamos cierta incapacidad en los autores contemporáneos para articular relatos sólidos. Hoy encontramos demasiada comodidad viendo la vida pasar frente al televisor, junto a una videoconsola o a través del teléfono móvil de última generación. Ford, un siglo atrás, carecía de este entorno que tanto nos aturde. ¿Acaso la crisis creativa que atravesamos no es un reflejo de una sociedad cuya peor enfermedad es mirarse cada día el ombligo para no apartar su mirada de ahí? De una sociedad cuyo periodo adolescente se alarga hoy hasta los sesenta años ¿qué relatos podemos esperar? El descaro producto de la ignorancia, la vagancia, la soberbia, el egocentrismo, la histeria generalizada, la insatisfacción permanente, la crispación, la falta de humildad e incapacidad de autocrítica, la inmadurez… queremos todo y lo queremos ya; no vamos a renunciar a nada cueste lo que cueste… ¿Bajo estas condiciones podemos esperar que aparezca una verdadera obra clásica? Quiero alejarme del tópico que dibuja épocas pasadas como lugares idílicos perdidos, sin embargo, el entorno social que rodeaba a los creadores de principios del siglo pasado, a pesar de ser más complejo que el actual (o quizá precisamente por esto), encontraba cierto espacio para la acción, la reflexión, la maduración… un espacio que hoy hemos perdido y que condiciona la calidad de contenidos en las nuevas creaciones. Actualmente hemos formado mejor a nuestros jóvenes académicamente, pero para encarar la vida nuestra generación está peor preparada que otras anteriores, y esto, también pesa a la hora de crear nuevos y duraderos relatos.

Por último no podemos olvidar a la propia industria del cine como uno de los graves problemas que afectan a este arte. Quién sabe si al contrario de lo que expongo en el párrafo anterior el mundo está lleno de individuos inquietos que anhelan encontrar la vía adecuada para contar una narración de tintes clásicos. ¡Quién sabe! Quizá esto sea así y la propia industria dependiente de las tendencias del momento prefiere producir obras demandadas por la actualidad en detrimento de creaciones complejas y sólidas, lo suficientemente maduras para convertirse en clásico. ¡Qué sabemos nosotros de lo que sucede en esos despachos! Por un lado siempre habrá presiones de determinados “lobbies” para no crear o no promocionar determinado producto cinematográfico que se muestra a contracorriente de las modas populares (y populistas) del momento, y es posible que bajo esa presión queden sepultadas obras de interés. Por otra parte, la industria del cine produce aquello que el espectador demanda: películas que han tenido gran éxito en taquilla son explotadas creando sagas hasta que el espectador sufra empacho de ese producto; adaptaciones de cómics; remakes que tratan de emular el éxito de la obra original; exceso de biopics (ya que a través del cine resulta más cómodo [creer] conocer la biografía de determinado personaje); películas de animación para adultos; guiños a las sensibilidades sociales que están de actualidad; carnicerías para divertimento del adolescente…

 

Elena Iniesta Gª-MohedanoElena Iniesta Gª-Mohedano

Este último punto es muy interesante, Gerardo. Efectivamente, no sabemos qué pasa en los  grandes despachos de las grandes productoras. Un hecho que sí está bastante claro es que puede que el cine sea el arte que más sufre las “consecuencias” de los tiempos modernos que nos ha tocado vivir. Te pongo un ejemplo: Estrenan una película e inmediatamente ponen el foco sobre si hay suficientes personajes homosexuales, negros… Es duro verlo así escrito, pero es verdad. Con el movimiento del “me too” se ha puesto (aún más) la atención en esas cosas. La propia calidad del guión o de la dirección, producción, banda sonora, montaje, se ha relegado a un segundo plano para que el cine sea una especie de panfleto propagandístico que debe reflejar lo que ocurre en la realidad. Da la sensación de que ya no se pueden hacer obras atemporales. Piensa en el famoso Test de Bechdel, por el que se puede medir la poca presencia de la mujer en el cine, derivando en el nivel de machismo de una película. ¿Es una película buena o mala? Da igual, si no pasa el test una parte de los espectadores van a dejar de acudir al cine. No compensa a las productores, hay que ganarse el beneplácito de todos. Ahora me viene a la mente “El hombre tranquilo”, la mítica película de Ford en la que John Wayne agarra a Maureen O´Hara y la besa. Hoy en día esa escena sería tachada de machista y puede que hasta censurada en el montaje final. Piensa en la última ceremonia de los Oscars o en los distintos festivales de cine que se han celebrado posteriormente;  ¿recuerdas alguna película? Yo tampoco. Sólo me quedo con los vestidos negros de las invitadas (y por supuesto, la crítica hacia la que osó no usarlo) y a Asia Argento con el puño en alto a modo de reivindicación. Para mí, esta es una de las razones por la que hoy en día no se puede hacer un clásico.

Por otra parte, también habría que delimitar el concepto de “clásico de cine”. ¿Dónde ponemos la frontera? ¿Qué consideramos un clásico y qué no? Yo antes contaba la situación en la que ponían fragmentos de película y era capaz de adivinar la mayor parte de ellos. ¿Se puede poner una fecha como fecha del fin del cine clásico o aún hay salvación? Ahora mismo pienso en Woody Allen. Algunas de sus películas sí son clásicos del cine, pero su arte se ha visto salpicado por los acontecimientos actuales. ¿Quiere decir esto que él ya no puede hacer un clásico, o que no se le permite?

 

RicardoRicardo Sánchez

Me ha llamado la atención el momento en que Gerardo quería abrir una pequeña posibilidad para ese cada vez más utópico clásico de cine cuando decía que la responsabilidad de entregarse a la fragmentación de los medios corresponde al individuo, deslizando la posibilidad de que alguno no lo haga, la posibilidad de que “resista”. Bueno, en mi opinión, eso es cierto, aunque cabe preguntarse si el segmento de quienes no alinean sus hábitos de consumo mediático con las costumbres imperantes suman masa crítica suficiente para forjar eso que aquí llamamos, aunque aceptándolo como un término difuso, “un clásico”. Quizás un impulso tan segmentado no diera más que para crear eso que algunos subsegmentos o subculturas terminan llamando “película de culto” para sorpresa del mainstream cinematográfico, que suele tardar lustros en llegar a entender la razón y, si bien termina reconociendo el mérito, no suele conceder el banderín de “clásico”. Tanto más aún dada la acelerada capacidad que exhibimos hoy para olvidar y dejar atrás toda clase de productos, como las películas, fascinados por la promesa de aquello otro que promete traer el mañana. No obstante, creo que los tres hemos redundado suficientemente en esta idea que tanto caracteriza al momento actual y su tendencia.

La industria actual parece haber entendido que lidia en un escenario líquido y efímero y que lejos de pretender construir diques que condicionen para siempre el cauce, que sería una metáfora del efecto de un auténtico clásico, conviene, en su lugar, fluir rápidamente para adaptarse al momento presente. De hecho, estamos invadidos por un discurso proveniente del marketing y del emprendedurismo, que insiste una y otra vez en que la clave del éxito reside en la capacidad para cambiar, para evolucionar, transformarnos, sin darnos cuenta de que tanto más radical sea nuestra capacidad para mutar, tanto mayor será la probabilidad de que aquello que somos y proponemos acabe por completo diluido en ese torrente imparable de signos que circulan por la red de la comunicación y que, llevados por una viralidad bien dirigida por sus especialistas, apenas gozan de unos segundos de la atención de los usuarios. El efecto de un clásico debiera ser el de sujetar una línea en medio del flujo de modo que este ya no sea igual que antes, alterar su corriente, obrar una reconducción, pero ¿cómo sostener hoy una línea en la superficie de en un líquido que circula tan rápido? La industria, condicionada por la lógica del mercado, ha precisado entender el arte como algo que fluye, una producción incesante confeccionada para ser consumida y abandonada, dejada atrás.

Por tanto, creo que la máxima capacidad de la industria cinematográfica actual es la del “éxito”, la de la “viralidad” y, en ocasiones, hasta una cierta notoriedad que trasciende la atomización mediática y que sorprendentemente puede llegar a alcanzar el plano de lo público, como sucedió con el estreno de “La La Land” (Damien Chazelle, 2016) o el de “El caballero oscuro” (Christopher Nolan, 2008).

Poster de "La la land" de Damien Chazelle y "El caballero oscuro" de Christopher Nolan

No obstante, por alguna razón, se me antoja que ninguna de estas dos producciones entraría en la categoría de “clásico”, ¿no os parece? Pareciera que un “clásico” no se alcanza solo mediante la multitudinaria convocatoria de espectadores en taquilla, ni con el goce colectivo de estos frente a la pantalla. Parece que va de otra cosa, que nos sigue faltando algo, un ingrediente que tiene que ver con una sensación interna en el espectador, un alcance de cierta condición subjetiva, algo que le sucede dentro y que perdura, que le sujeta a la película y que por alguna razón hace que se la lleve para siempre sintiéndose concernido por ella. Ahí es donde aparece un requisito de clásico que quizás tiene que ver con la necesidad de aludir a cierta subjetividad colectiva, de conectar con lo fantasmático social, o activar y poner en vibración unas ciertas coordenadas compartidas que nos conectan y que nos emparentan de forma invisible, haciéndonos sentir algo imborrablemente humano.

Me planteaba si, aunque el cine actual no fuera hoy capaz de crear ese “clásico” canónico que buscamos, podríamos decir al menos que la posmodernidad sí ha sabido crear “clásicos visuales”, es decir, películas cuya estética, su dimensión visual ha servido para sostener esa “raya en el agua” y han creado notables tendencias visuales. Os lo propongo recogiendo la idea que aportada Elena sobre las enormes capacidades actuales para crear imágenes, un momento histórico en donde diríase que el único límite para la creación de estas es la propia imaginación del autor. Y, ciertamente, si retrocedemos hasta el momento histórico en que nuestra capacidad para crear y manipular imágenes comenzó a crecer gracias a la tecnología, encontramos que el cine comenzó a reinventarse y crear grandes “clásicos visuales”. Me refiero, por tanto, a propuestas que sí han prosperado, se han quedado en la mente de los espectadores, han tenido una enorme influencia en otros cineastas y han fascinado las miradas de muchos. Basta acordarse del éxito que la estética cinematográfica de Jean-Pierre Jeunet ha alcanzado desde los años 90, siendo alguno de sus máximos éxitos el film “Amelie” (2001) o “Delicatessen” (1991). Quizás se podría decir también de películas como “Sin City” (Rodríguez, Tarantino, Miller, 2005), donde la tecnología sirvió para adaptar el arte del cómic original con tal éxito que su efecto fue el de una reconocidísima e irresistible estética muy propia de su tiempo. Imposible olvidar una película como “Dark City”  (Proyas, 1998), donde la mezcla de la estética gótica con una paleta cromática saturada y el imaginario gángster de los años 30 forjó otra estética que la convirtió en una candidata a clásico cinematográfico. Cojamos también la trilogía de “Matrix” (Wachowski, 1999 – 2003), cuyas innovaciones visuales construyeron una estética tan singular que dieron lugar a toda una cohorte de imitadores que, en caso de haberlo hecho, solo han dejado de imitar a las originales por el miedo a que su intertextualidad fuera demasiado tópica. El talento creador de David Lynch dio lugar a una inolvidable rúbrica visual que nos permite reconocer al instante películas como “Blue Velvet” (1986) o “Twin Peaks” (1990). Oliver Stone rodó un auténtico referente visual con “Asesinos natos” (1994), todo un histriónico collage de imágenes desenfrenadas en donde el blanco y negro, el color, los encuadres imposibles, planos subjetivos de miradas oscilantes, etc., dieron que hablar durante años. De hecho, su estética videoclip, en plena época dorada de la MTV, influyó en multitud de películas posteriores. Podemos estar de acuerdo con estas referencias o no, pero lo que parece claro es que los años 80 y 90 trazaron una buena cantidad de referentes visuales que hoy frisan la categoría de clásicos, aunque fuera solo en lo que se refiere a su aspecto visual.

Referentes visuales del cine posmoderno

Por orden: “Sin City” (2005), “Amelie” (2001), “Twin Peaks” (1990), “Matrix” (1998) y “Asesinos natos” (1994, 2 imágenes).

Sin embargo, todo cambia con la llegada de la vida online, esa en la que, no lo olvidemos, nos encontramos hoy y en la que nos preguntamos si es posible crear un nuevo clásico. Si pensamos en el cine de los últimos 15 años, veremos que no existe ni de lejos la misma capacidad para encontrar estéticas innovadoras que se conviertan en referentes.

Y recordemos que estamos atendiendo solo a la estética, la capacidad de cine para crear un “clásico visual”, no a un auténtico y verdadero clásico, que requeriría de la movilización interna de un escenario subjetivo inolvidable para los espectadores, palabras mayores.

 

Gerardo Rodríguez IzquierdoGerardo Rodríguez Izquierdo

Demasiadas cuestiones van surgiendo y todas son interesantes. En primer lugar quisiera corregir a Ricardo pues no hay intención por mi parte de relacionar, por un lado, un posible distanciamiento del espectador respecto a los nuevos formatos audiovisuales que conllevan el consumo masivo de producciones; y por otro lado, la consolidación de nuevos clásicos. Y repito que considero responsabilidad de cada individuo entregarse o no entregarse a los nuevos formatos audiovisuales. Y también y no menos importante, estimo como responsabilidad de cada individuo someterse o no someterse al consumo febril de nuevas producciones audiovisuales. Y aclaro que, como bien se ha dicho aquí, estos aspectos dificultan “la forja de nuevos símbolos que puedan perdurar lo suficiente para convertirse, progresivamente, en nuevos clásicos”, especialmente a la hora de adherirse al imaginario del espectador; y con ello únicamente destaco su dificultad, pero no puedo sostener que mantenerse al margen de estos aspectos contemporáneos pueda servir para consolidar un nuevo clásico. A la vez, no quisiera que se interpretaran mis palabras como un fundamento de resistencia frente a las nuevas plataformas de consumo audiovisual, sus formatos de presentación, el uso constante de dichos formatos, etc… Que cada uno decida cómo disfruta del cine. Para cerrar el asunto quiero comentar una cuestión que desliza Ricardo a raíz de esta confusión, ya que se preguntaba si aquellos que resuelven permanecer alejados del consumo febril que han traído los nuevos formatos audiovisuales “suman masa crítica suficiente para forjar eso que aquí llamamos (…) un clásico”. Y llevado por este razonamiento irrumpen dos preguntas que me llevan a dudar de esta reflexión: ¿por qué debemos considerar a este “segmento” de espectadores al margen de la masa crítica total?, y ¿por qué asociar a este “segmento” de espectadores únicamente con las “películas de culto”? Pienso que sería erróneo relacionar a aquellos que “no alinean sus hábitos de consumo mediático con las costumbres imperantes”, únicamente con las llamadas “películas de culto”. Hoy podemos distinguir a un individuo que decide ver “El Padrino” en la sala de una filmoteca, a la vez que otra persona que vuelve a casa en transporte público disfruta de la misma película en su dispositivo móvil a través de la plataforma en la que está asociado. Ambos han elegido distintas opciones de ver la misma película y cada uno tiene una disposición diferente para disfrutar de la experiencia cinematográfica, pero uno y otro forman parte de la misma “masa crítica”.

Cambiando de asunto y antes de abordar una última cuestión no quisiera pasar por alto la interesante reflexión en torno a la estética del cine que propone mi compañero. He de admitir que no tengo un posicionamiento nítido en este tema, y aunque reconozco la “dimensión visual” que Ricardo valora positivamente en las películas que ha nombrado, no consigo despejar ciertas dudas acerca de la suficiencia estética en el cine de 1980-1990. No estoy seguro de que estas creaciones lleguen a mantenerse en vigor durante mucho tiempo más allá de las generaciones que las disfrutaron en su estreno, y me pregunto si valorar tan positivamente estos trabajos no será a causa de haber pertenecido a la generación de jóvenes que las vivió en su estreno, con la consecuencia de elevar estas obras a una dimensión mayor de la que les pertenece. Cada generación participa de determinadas obras que lleva consigo y siente suyas. Son trabajos que supieron recrear y/o reforzar una época determinada y son capaces de acompañar a una masa de gente para siempre por su plena identificación con ellas, pero no por ello han de trascender a otras generaciones. Pienso que mi indecisión a la hora de situarme se incrementa si vuelvo la vista atrás, concretamente hasta los años veinte del pasado siglo en Alemania. Es innegable que algunas de las películas rodadas en ese país aquella década pasaron a la historia y hoy son grandes clásicos llegando a crear una etiqueta propia y común con otros movimientos como el “Die Brücke”  bajo la etiqueta de expresionismo alemán.

"Stralsund" de Erich Heckel y cartel de “El Gabinete del Doctor Caligari”

“Stralsund” de Erich Heckel (izq.) y cartel de “El Gabinete del Doctor Caligari” (der.)

"Frauen am Potsdamer Platz" de Ernst Ludwig Kirchner y “El Gabinete del Doctor Caligari”

“Frauen am Potsdamer Platz” de Ernst Ludwig Kirchner (izq.) y “El Gabinete del Doctor Caligari” (der.)

"Golgatha II" de Fritz Bleyl y fotografía del rodaje de “Metrópolis"

“Golgatha II” de Fritz Bleyl (izq.) y fotografía del rodaje de “Metrópolis” (der.)

Un fenómeno precedido y afectado por el impacto que supuso para el país germano la Primera Guerra Mundial. En la oscuridad de alguna de esas obras ya se podía intuir la proximidad de la siguiente catástrofe bélica, llevando a estas películas a consolidarse como obras artísticas y quizá por esto último (y no sólo por su estética) llegaron hasta nuestros días como “clásicos” cinematográficos. “Metrópolis” o “El gabinete del doctor Caligari” pueden ser ejemplos significativos.

Sin embargo, a pesar de la potencia de este movimiento, muchas creaciones asombrosas cayeron en el olvido, posiblemente a causa de la debilidad que mostraba su contenido narrativo, recordándonos que en el arte cinematográfico hace falta algo más que un estilo estético significativo para consolidarse como “clásico”. Influyentes cineastas de aquella época hoy están casi olvidados, y al propio Robert Wiene prácticamente no se le recuerdan más películas que la del famoso doctor Caligari, convirtiendo otros trabajos suyos en obras residuales como “Las manos de Orlac” o una curiosa adaptación de “Crimen y Castigo“. Directores comedidos en su arte como Georg Wilhelm Pabst, o extravagantes como Karl Heinz Martin, ambos con capacidades estéticas asombrosas, no lograron integrarse en el imaginario de generaciones posteriores. Y por ello es obligado preguntarse qué hace que hoy recordemos “Nosferatu” (1922) y olvidemos “El Golem” (1920), pues ambas comparten una estética efectista y pertenecen a un mismo género. Quizá la primera además contenía un relato lo suficientemente sólido para trascender en el tiempo.

Este estilo expresionista causó gran impacto en directores como Dreyer, además de intercalarse con el posterior cine negro estadounidense, a causa de la inmigración de cineastas alemanes y austríacos al país americano. Ya en Estados Unidos Paul Leni rueda “El hombre que ríe“, una obra casi olvidada donde uno de sus fotogramas ha inspirado a compañeros cineastas y a otros artistas de disciplinas diferentes, pero pocos recuerdan hoy la obra de Leni.

"The man who laughs" de Paul Leni versus Joker

Así pues, ¿qué sucedió con el expresionismo alemán? ¿Cayó en el olvido? A través de la observación de este género artístico me pregunto si el cine puede valerse de la estética como único poder para afianzar en la memoria colectiva un determinado film y elevarlo casi a la altura de “clásico”, pues pienso que el arte cinematográfico es demasiado complejo para valerse de uno sólo de sus recursos. Por tanto, sospecho que películas como “Amelie” (la cual no sólo se vale de su estética, también de su banda sonora para tratar de trascender) o “Sin City” quedarán en el recuerdo de aquella generación que participó de la puesta en escena que conllevaba su estreno; asimismo atraerán la atención de los espectadores más cinéfilos y por último contarán con la atención de artistas de otras disciplinas que busquen inspiración en estas obras. ¿Pero serán capaces de soportar el paso del tiempo?

¡Cómo aventurar qué espacio ocuparán en el futuro las obras creadas hoy! Poco a poco se pierde el respeto hacia las primeras obras cinematográficas y resulta interesante observar la fluctuación del prestigio otorgado a determinadas películas. Durante mucho tiempo “El nacimiento de una nación” no sólo fue considerada como una de las grandes obras de cine clásico, también era tenida como la película más representativa de la filmografía de Griffith. Pero la evolución de las inquietudes imperantes ha encontrado numerosas cuestiones espinosas en este film que la han llevado a una notable pérdida de prestigio dejando paso a “Intolerancia” como película más representativa  del mismo autor; una obra, que quizá resulte más accesible y menos perturbadora para la sensibilidad y mojigatería de las sociedades occidentales actuales. “El nacimiento de una nación” ha ido perdiendo progresivamente un reconocimiento con el que antes sí contaba, quedando en algunos casos señalada únicamente como un relato racista; un nombramiento, éste, que empaña y oculta la calidad de otras características con las que cuenta esta obra. De nada sirve que los nostálgicos crean esto como algo injusto, las inquietudes son las que son y unas películas se ensalzan y otras se desprestigian dependiendo de la época por la que atraviesen. Así, en un momento como el actual en el que la banalidad y la reducción al absurdo de todo aquello que no pase el filtro censor que mencionaba Elena, no hay nada tan sencillo como estigmatizar y señalar con el dedo para desacreditar algo o a alguien. Y aprovechando esta evolución de las preferencias cinematográficas, quisiera abrir una nueva vía a nuestra conversación valiéndome de las preguntas planteadas por mis compañeros para cerrar mi turno de palabra:

Respecto a la posibilidad de abrir un posible espacio para la creación de una nueva obra clásica en el cine, creo que los tres coincidimos en la dificultad de que algo así llegue a producirse. Tomando como ejemplo algunas de las referencias que hemos nombrado, creo que me resultaría más sencillo aprender física cuántica que entender alguna de las películas de los últimos quince años como un futuro clásico. Sin embargo, ¿por qué no dar un giro a nuestra conversación y alejarnos de la comodidad de nuestras convicciones para ensayar esta idea? ¿”La la Land” o “El caballero oscuro” futuros clásicos del cine? ¿Y si en contra de lo que venimos defendiendo los tres, encontramos que hoy, frente a nosotros se están gestando los futuros “clásicos”? No voy a negar que propongo esta hipótesis con poca convicción, pero trataré de señalar algún indicio que perturbe nuestra defensa para ver hasta dónde nos lleva. Los cánones para establecer un clásico parecen mudar la piel y observo con preocupación cómo algunas creaciones recientes apenas pierden fuerza en la opinión general con el paso del tiempo. Pero quizá la buena acogida de un estreno y la popularidad que le acompaña los años siguientes no sea la clave para mantener en el tiempo el crédito necesario hasta alcanzar el reconocimiento de “clásico”.

Antes de continuar quisiera recuperar la reflexión que nos dejaba Elena “¿Qué consideramos un clásico y qué no?“. Aunque no hemos llegado a profundizar demasiado en este aspecto, Ricardo ha dejado unos apuntes muy interesantes que comparto: Un clásico “debe ser capaz de perdurar en el tiempo, trascender (…) y alcanzar un plano que vaya más allá de sí mismo, que alcance una percepción estable en la mente de buena parte de los espectadores”.

Decíamos que los patrones para que un “clásico” perdure en el tiempo y se fije en la mente de varias generaciones de espectadores están cambiando. Y es algo que parece lógico, ¿acaso no nos vemos sometidos a un constante cambio? ¿Por qué iba a ser diferente en la influencia de una determinada obra sobre aquellos que la observan? De este modo nos preguntamos si los componentes que llevaron a considerar “El hombre que mató a Liberty Valance” como un “clásico”, podrían estar hoy quedando inermes de su función fijadora en el espectador. ¿Son hoy otras las características que se están gestando para elevar a la altura de “clásico” a determinadas películas? Como bien señala Ricardo no alcanzo a comprender que una película como “El caballero oscuro” pueda elevarse lo suficiente, pero supongamos por un momento que esto pudiera suceder. En mi primera intervención señalaba que durante mucho tiempo “Ciudadano Kane” era considerada la mejor película de la historia del cine y que en los últimos años había cedido el trono a “Vértigo. Algo debe haber cambiado en nuestras costumbres para que dos películas tan diferentes se releven como “mejor película de todos los tiempos”. ¿No sucederá acaso algo parecido en la consolidación ulterior a nuestro tiempo del “nuevo clásico”, y películas que hoy nos parece imposible que puedan alcanzar esa posición privilegiada terminen liderando alguna lista de este tipo? Pensemos que han pasado sesenta años desde el estreno de “Vértigo“, y aunque no fue un fracaso estrepitoso, las críticas fueron discretas y Hitchcock reconocía con resignación que cubrió gastos. A partir de 1983 la película es repuesta en salas de cine y alcanza una nueva dimensión que se consolidará en nuestros días. Pero ¿qué ha sucedido desde su estreno hasta hoy para convertir a esta película en “la mejor de todos los tiempos”? Y aún más ¿qué contiene “Vértigo” para deslumbrar al espectador de hoy que no tuviera para la generación anterior? Parece que cada cambio generacional puede conseguir que con el tiempo progresen obras que en su estreno no se sospecharía. Ricardo mencionaba “El caballero oscuro“, y coincido con él, me resulta complicado comprender esta película como un trabajo capaz de trascender en el tiempo… pero ¿qué sabemos nosotros de las inquietudes que moverán a las generaciones venideras? ¿Cual será considerada la mejor película de la historia dentro de sesenta años?

 

Elena Iniesta Gª-MohedanoElena Iniesta Gª-Mohedano

Me resultan muy interesantes las últimas reflexiones y preguntas de Gerardo. Y realmente me han dado mucho para reflexionar al respecto. Recojo el guante acerca de “Vértigo”, una película que ya sabéis que me fascina. Y ahí está la cuestión. Pensad en un día normal, volviendo del trabajo en metro y encontrarnos con un grupo de chicos adolescentes que van o vienen del instituto. ¿Ellos se van a ver igual de fascinados por “Vértigo” como nosotros? Es más, ¿saben quién es Hitchcock? A veces pienso que puede ser incluso injusto pensar que las futuras generaciones van a tener los mismos gustos que nosotros en cuanto a cine y que las elegidas como “obras maestras” vayan a ser las mismas que las que nosotros consideramos como tales. También hay que tener en cuenta que el cine es un arte “nuevo” pero que ha cambiado y evolucionado a pasos agigantados. Igual dentro de unas generaciones el cine ha mutado hacia otra cosa absolutamente distinta. Veamos por ejemplo que la película más taquillera de 1939 fue “Lo que el viento se llevó” y en 1972 “El Padrino”. Vale, no está mal. En este caso las películas más vistas en esos años coinciden con películas consideradas de culto. Pero ahora veamos otro ejemplo; en 1950 la película más taquillera de 1950 fue “La Cenicienta”, año de estreno de, por ejemplo, “Eva al desnudo” (“All about Eve“), “Rashomon”, o “Los olvidados”, películas que hoy en día nadie discute acerca de su calidad. Pero como vemos, en ese año, las que hoy consideramos como obras maestras en aquel entonces no fueron las que más espectadores acogían. Por ejemplo, de este pasado 2018, ¿podemos recordar alguna película que podamos considerar como obra maestra? ¿Algún resquicio de que alguna pueda ser considerada dentro de unas décadas como obra maestra y ser objeto de estudio? Sin embargo, podemos decir que todas las películas con la firma de Marvel han sido las que han ganado absolutamente en las taquillas. Ahora bien, ¿va a pasar con estas como con “El Padrino”? ¿Estas generaciones de ahora van a recordar dentro de unos años a “Venom” como obra maestra? Lo dudo. Dudo hasta que la recuerden una semana después de haberla visto.

Poster de "Rashomon" de Kurosawa y "Eva al desnudo" de Joseph L. Mankiewicz

Para nosotros el cine ha sido supuesto un elemento más en nuestras vidas. Yo por ejemplo, puedo recordar las primeras películas que he visto en mi vida, puedo recordar el frío que hacía en la calle cuando mi padre me llevaba al cine en Navidades a ver la película que Disney estrenaba ese año. Recuerdo la cola que rodeaba el edificio. Y así, hasta el infinito. Pero hoy en día la experiencia cinematográfica es absolutamente distinta, por lo tanto, igual cabe contemplar que una obra maestra para nosotros no es lo mismo que una obra maestra para las nuevas y futuras generaciones. Os pongo otro ejemplo: por mi trabajo vivo rodeada de arte. Una persona me preguntó el otro día el sentido que puede tener hoy en día un cuadro cuando hoy en día una fotografía es más fiel, más barata y más rápida. Lógicamente no hacía referencia a una pintura abstracta. Era en concreto delante de un retrato renacentista. Esa persona consideraba que hay que contemplar esos cuadros con el valor del tiempo, pero que hoy en día, y siempre según su criterio, no tiene sentido pintar algo hiperrealista cuando una fotografía tiene el mismo resultado. He de decir que esta no es mi opinión, pero lógicamente reflexioné acerca de ello. Y pensé en el cine y en que igual, no tiene tampoco sentido considerar el cine como un arte que vaya a trascender, sino como algo de uso y consumo rápido.

 

RicardoRicardo Sánchez

Me gustaría retomar un momento el asunto de aquellos que, decíamos, no alinean sus hábitos de consumo mediático con las costumbres imperantes, a los que Gerardo quería reivindicar no como un colectivo al margen de la “masa crítica total”, sino como parte de él. Quería volver a este tema tan solo para afirmar que estoy de acuerdo en que son una parte del hecho social, artístico y antropológico que es el cine, por razones de pleno derecho que no deben ser ninguneadas en absoluto, pero confoman segmentos cuantitativamente más pequeños, es decir, no son el tipo de consumidor más frecuente en estos tiempos y todo apunta a que con el paso del tiempo lo van a ser cada vez menos. ¿Es un problema? En absoluto, solo que, en mi opinión, es difícil forjar un nuevo clásico contando con estos segmentos. Que no todo es Netflix y HBO, desde luego; pero no podemos dejar de organizar la tipología de consumidores actuales sin atender al hecho social que estas plataformas constituyen ya, cuyo éxito es innegable, y cuyas programaciones responden más bien a la lógica de las novedades más esperadas que a la de un catálogo de clásicos cinematográficos. Estas plataformas operan pensando en el segmento más amplio posible de consumidores, y ese no se alcanza incorporando al catálogo los más relevantes clásicos cinematográficos. Esos contenidos van quedando para ser ofrecidos por plataformas que operan conforme a las llamadas estrategias de “marketing de nicho”, en las que ubico, por ejemplo, a la actual Filmin. Resumiendo, si los segmentos más amplios se entregan vorazmente al imparable fluir de las novedades que consumen y olvidan con inminencia, y el resto de sujetos representan una parte mucho menor del total, ¿de qué modo se puede forjar hoy un nuevo clásico, más allá de, como decía, ciertas modalidades menores de clásicos? Todo puede suceder, pero hay que reconocer que la morfología general del mapa actual de espectadores lo hace cada vez más complicado.

Sobre el tema de lo que llamábamos “clásicos visuales”, decir que los títulos propuestos por Gerardo son magníficos ejemplos de películas anteriores al posmodernismo con los que sus cineastas crearon grandes estéticas. Mi única pretensión era afirmar que el cine más reciente, si bien, en mi opinión, y sea debido a razones internas al propio cine (por su contenido) o externas a él (por los efectos de la tecnología en los procesos cognitivos, atención, exceso de consumo, etc.), ha perdido la capacidad de forjar clásicos, sí que ha conservado al menos la capacidad de crear algo similar a “referentes visuales” que, en ocasiones, frisan, aunque no alcanzan, la categoría de clásicos. Ya antes había comentado yo mismo que un clásico requiere una conexión con el espectador en el plano de lo subjetivo y eso es lo que parece haberse perdido, en mi opinión, con el cruce entre cine y tecnología y el modo cómo esto ha impactado en los hábitos de consumo y sus procesos cognitivos.

Sobre la posibilidad de que, al contrario de lo que pensamos, algunas películas estén de hecho forjándose como futuros clásicos ante nuestros ojos (y ponías el ejemplo de “El caballero oscuro” o “La la land”), decir que quizás se trate de buenos ejemplos para poner de manifiesto una idea de fondo que traemos desde el comienzo de la conversación: Que la problemática para forjar hoy nuevos clásicos no está tanto del lado de los contenidos de las películas actuales, como del lado de los espectadores y los cambios “industriales” a los que han asistido y personales que han atravesado en las últimas décadas. Los espectadores siguen siendo sujetos con un inconsciente en el que pasan cosas y por tanto siguen siendo movilizables de forma íntima y profunda, pero solo en la medida en que se entreguen a esa experiencia que antes llamábamos “cine”, cosa que cada vez hacemos menos y con nuestra atención más fragmentada y distraída. “El caballero oscuro” o “La la land” podrían, para muchos, ser un cine con posibilidades de convertirse en futuros clásicos, como si su forja de tal pudiera estar ya mismo sucediendo ante nuestros ojos. Sin embargo, el aparente levantamiento con el que la película de Christopher Nolan presentó su candidatura a clásico ha perdido mucha fuerza cuando se cumplen ahora diez años desde su estreno (que, por cierto, también ganó leyenda en base a un elemento externo al relato como fue la prematura muerte de Heath Ledger y que como evento quedó trenzado para siempre a su éxito en taquilla). Hoy, la saga Batman tiene hasta planes de un nuevo reboot que terminará llegando más tarde o más temprano, contribuyendo a asimilar y reducir el impacto histórico de la película de Nolan. En cuanto a “La la land”, por seguir con los ejemplos propuestos, se me asemeja mentalmente a otros sonados estrenos de musicales como lo fueron en su día “Chicago” o “Moulin Rouge”, títulos que no me atrevería a afirmar que vayan a alcanzar el estatus de clásico de cine, y eso que, personalmente, considero que alguno de ellos es mejor que “La la land”. ¿Tienen lo que hay que tener? Es posible que, como títulos, tengan lo necesario, y si no esos títulos… quizá otros, pero ahora somos nosotros, los espectadores, como colectivo general, los que mayoritariamente “no tenemos lo que hay que tener” para forjar nuevos clásicos debido a todas las razones que ya hemos comentado con todo detalle (tecnológicos, industriales, cognitivos, etc.).

"Chicago" de Rob Marshall

“Chicago” de Rob Marshall

Elena apuntaba la posibilidad de que, con el tiempo, el cine mute y se dirija hacia nuevas coordenadas, cosa que seguramente sucederá, al menos en lo que tiene que ver con su formato. Ya hoy constatamos que un video de Youtube o una serie de TV rodada para ser consumida exclusivamente en el móvil puede tener más capacidad de movilizar a según qué públicos que ciertas películas. Recordaréis que Elena Truan, en el evento “Jane Austen: Del papel a la pantalla” que coorganizamos junto a la Jane Austen Society España, comentó su creciente interés por otros formatos audiovisuales de orientación online que sirvieran para extender el fenómeno Jane Austen y que seguramente gozarían de un gran éxito entre los nuevos espectadores más jóvenes. Existe una queja que vaticino que va a ir progresivamente a más sobre el metraje de las películas que muchos consideran excesivo en estos tiempos de visionado interrumpido. Y así una buena cantidad de fenómenos que apuntan a la transformación que el cine va a ir sufriendo con el paso del tiempo, bien mediada por la tecnología, y que hará que dentro de sesenta años, por retomar la idea que lanzaba Gerardo, el cine ni siquiera tenga la forma que tiene ahora. El cine parece esperar del espectador formas de entrega que el paso del tiempo ha hecho que cada vez sean más exigentes, y que le han hecho perder terreno frente a otros formatos, lo que también contribuirá, seguro, a reducir su capacidad para forjar clásicos, es decir, esas obras que trascienden, que se quedan, que hacen hueco y dejan señal.

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