Los años 30: La mirada del cine posmoderno a una década imprescindible

Analizamos la especial relación que tiene el cine con la década de los años 30, la más cinematográica década del siglo XX, a través de 4 ejemplos: “Chicago”, “Dark City”, “Cabaret” y la Gotham de “Batman”.

 

Puede que el cine, en su intento amplificador especialista en encontrar los brillos propios de cada década, haya hecho auténticas maravillas con los tiempos del pasado convirtiendo en escenario de luces y colores lo que antaño sólo eran tiempos grises y duros. Es verdad que la mirada del cine tiene siempre, allá donde se pose con esta actitud de espectáculo, este efecto engrandecedor que hace refulgir en colores y movimientos, ángulos imposibles, efectos inverosímiles, épocas pasadas en realidad no tan luminosas. Y es verdad que, con la llegada del posmodernismo, esta mirada tiene ahora más medios que nunca para revisitar los tiempos del pasado y recrear en la pantalla lo que… quizás, a todos nos hubiera gustado que fueran los tiempos del pasado. Y así, cada década ha aportado lo suyo a esa mirada genial del cine actual que ha maquillado y mejorado nuestro recuerdo o, simplemente, el imaginario colectivo que compartimos sobre una década o una época del pasado.

Sin embargo, aunque cada década tiene su propio sabor, su colección de imágenes, sus tonos habituales, sus frases propias, etc., pocas décadas han aportado tanto al cine posmoderno como la gloriosa década de los años 30. Y nos referimos aquí a los 30 de forma generosa y amplia, ya que en ocasiones la visión alcanza los 20 o se prorroga con gusto por los 40, proporcionándonos a los observadores del siglo XXI toda una lección de desarrollo estético y de seducción. Fijemos una cosa antes de seguir: No miramos al cine de los años 30, sino al cine actual y posmoderno que MIRA e INTERPRETA la década de los 30 y sus imágenes. O mejor dicho, que nos la reinventa, siempre basándose en una realidad con enorme potencial, para soñar con lo que esa década pudo ser. En el cine, el “Cotton Club”  existe para siempre, las bandas de jazz tocan veloces música para bailar con los pies, los escenarios hacen brillar los vestidos de una moda que las mujeres quisieran aún hoy recuperar para sí y los coches tienen curvas y colores que nos remiten a las noches de color que hemos conocido por “Chicago“.

Lo que sigue son sólo 4 puntos de vista que el cine posmoderno ha empleado para interpretar para los observadores que somos el imaginario de una década que aunque no volverá, sigue viniendo una y otra vez en las pantallas:

“Chicago” (2002).  All that jazz

Chicago

Justicia y espectáculo, dos conceptos profundamente ligados a la década de los 30, se convierten en la base de este show permanente que es “Chicago“, el musical basado en la obra de teatro de Maurine Dallas Watkins y que esta escribió tras su paso en 1924 por el periódico Chicago Tribune. Dallas cubría para sus lectores las idas y venidas del mundo de las asesinas de la ciudad en forma de espectáculo y poniendo de manifiesto la corrupción latente en este mundo de fama y dinero. En 2002, el musical “Chicago“, que es ya un clásico entre los musicales más famosos de la historia, es adaptado al cine haciendo proponiendo una visión aún más histriónica del espectáculo de los años 30.

La película está dirigida por Rob Marshall (“Memorias de una Geisha“) e interpretada por Renee Zellweger, Catherine Zeta-Jones y Richard Gere. Si decimos que los años 30 se han prestado siempre al espectáculo, ¿cómo iba a resultar una película sobre el espectáculo de los años 30?. De todas las propuestas que revisamos aquí, la de “Chicago” es la más luminosa, estruendosa, mágica y brillante de todas. Pasan ante nuestros ojos números musicales para ilustrar hasta los pensamientos de los personajes, se resumen en un número los días de integración de Zellgewer en la cárcel, y hasta aprendemos que un baile de claquet puede ser la mejor manera de desviar la atención cuando nos aprietan las tuercas, cosa que, de todos modos, ya sospechábamos cuando veíamos bailar a Ann Miller, ¿no es verdad?.

Aparecen en la película muchos de los tópicos que caracterizan la mirada posmoderna de los años 30, como los colores intensamente cálidos de los interiores, y los fríos de las calles de la ciudad; también la importancia de la música, la voracidad de la prensa, la ubicuidad del dinero y, sin lugar a dudas, el crimen. Y todo ello enlazado en una coreografía de números musicales por personajes que son la verdadera mirilla por donde mirar y conocer lo más profundo de sus corazones. Puede que “Chicago” no alcance los niveles de Baz Luhrman en “Moulin Rouge“, pero se ha convertido en un paradigma de la visión de los años 30 y desde luego la más brillante y luminosa de todas.

“Dark City” (1998). La noche eterna de los años 30

Dark City - Jennifer Connelly

Y si “Chicago” es la luz, no hay mejor noche al estilo años 30 que la noche eterna de “Dark City“, estrenada en 1998 y dirigida por un director que para muchos sería ya desde entonces… de culto. Proyas dirigió una película de ciencia-ficción, es verdad, pero también una película que rendía homenaje a los años 30 en cuyos planos muchos encuentran el imaginario más hermoso de la época, la estética años 30 más sugerente que el cine ha alcanzado recrear para los ojos posmodernos de los observadores actuales. Toda una proeza estética que no pasó inadvertida, un diseño de producción profundamente acertado, una recreación virtual donde los años 30 cobran el mejor aliento de su propio ritmo y hacen girar ante nuestros ojos los símbolos propios de la época en clave gótica.

En “Dark City“, además, se da una circunstancia única entre las películas homenaje a nuestra década de referencia: Pareciera que el mundo se ha detenido, lo cuál tiene mucho que ver con la propia historia que narra, y da la sensación de que el avance de los tiempos no es posible, no es concebible, y que el mundo se quedará para siempre en esa década tan seductora que son los años 30, y al mismo tiempo, en la visión de Proyas, tan inhóspita. Para hacernos una idea del nivel de seducción tipo años 30 al que Proyas nos somete como observadores, baste recordar la secuencia de presentación de Emma, el personaje interpretado por una Jennifer Connelly en estado de gracia que suma con ese plano una de sus apariciones epifánicas más hermosas. Estamos en una suerte de club nocturno de jazz donde la cámara capta frente al escenario la luminosa figura de Jennifer mientras interpreta “Sway” de Anita Kelsey. Detectamos el cargado ambiente oscuro de humos de cigarros y la banda de jazz, oscura, tras ella, tocando los acordes de una canción demasiado alegre para el lugar. Y todo ello sin perjuicio de este mundo de sombreros, de cigarrillos, de relojes de bolsillo, de calles húmedas de hierro y ladrillo, de coches con curvas y grandes faros en esta noche eterna, una interpretación de la historia tan exitosa que la mirada de Proyas hacia los años 30 nos parece ya el paradigma de la década.

“Cabaret” (1972).  “Wilkommen”… a la decadencia

Cabaret - Berlín, años 30

El caso de “Cabaret” es al tiempo más sencillo y más complejo. Sencillez, porque el despliegue estético de colores se produce en un ámbito mucho más cerrado como es el propio local del Cabaret. Sin embargo, la historia se vuelve compleja cuando se añade el nazismo a la ecuación. No estamos en los EE.UU., el país donde parece que los 30 tienen su propia capital, sino en Berlín, y no es poco, pues la ciudad estaba llamada a ser el epicentro de una tragedia que estaba por venir. Allí la vida corría más rápida, los acontecimientos históricos tomaban el control de la realidad y por las noches los cabarets ponían la nota de humor y provocación, la crítica y el sentido al tétrico “pensamiento único” dominante de signo nazi. Gracias a Berlín y al imaginario nocturno de los cabarets, los años 30 han heredado este toque inigualable de provocación, crimen y nocturnidad: un elemento tópico en el mundo virtual de los años 30 que ya hemos visto bien desarrollado también en “Chicago“.

Pero, ¿Cómo son los años 30 de “Cabaret“? Seguramente los más politizados de los ejemplos que hoy traemos aquí. Bob Fosse, el director, se emplea a fondo para retratar con toda la intención el peligroso ascenso del nazismo en la sociedad berlinesa de los años 30. Tiene el ambiente, en general, un toque de decadencia que anuncia malos tiempos para Berlín y para Europa, y empieza en el mismo interior del cabaret donde los “felices años 20” (en versión europea) aún campan por las curvas de las bailarinas, pero tratando de encontrar una realidad perdida hace tiempo. Dice el genial maestro de ceremonias, interpretado por Joel Grey (y gran sorpresa de la película): “Ahí fuera hace frío, pero aquí dentro hace calor“, refiriéndose a esa ola fría de racismo y autoritarismo que estaba a punto de caer sobre Alemania, y a ese calor confortable, resquicio de una década anterior, que aún se intenta proteger en el interior del cabaret y alojado y reflejado hasta en los peinados de Sally Bowles (Liza Minnelly). Los 30 de Bob Fosse son más serios que cualquier otro de nuestro ejemplos, son la decandencia política en sabor europeo; y si hay colores y brillos, luces y escenarios, no son para celebrar nada sino para erigir una ácida crítica sobre lo que sucedía en la calle. Los 30 de Bob Fosse son un retrato histórico crítico y preocupado en el que todo lo hermoso es una herencia de tiempos pasados, un lujo gourmet en extinción sobre el que volver la mirada con cariño y nostalgia.

 

“Batman”: El paradigma de Gotham

Batman - Gotham

El caso de Gotham es de lo más particular puesto que no se trata de una película, sino de un concepto, pero uno empleado a menudo para rendir homenaje encubierto a una estética que le debe mucho a los años 30. Habiendo sido concebida inicialmente para el mundo del cómic e inspirada en Nueva York, la ciudad de Gotham ha sido siempre mucho más que un escenario inerte en donde desarrollar las historias del caballero oscuro llegando a convertirse en todo un reto de diseño para los directores en cuyas manos se dejaba el proyecto de pensar el próximo Batman. Como el Batmovil o el traje del superhéroe, la ciudad es un elemento casi con características humanas, una constante con la que había que contar necesariamente, y un elemento que a pesar de haber evolucionado de mano en mano por las mentes visionarias de los mejores diseñadores, siente una permanente y profunda pleitesía natural por los años 30, el baúl de donde salió la inspiración de sus líneas maestras.

Primero la de Tim Burton (1989), después la de Joel Schumacher y ahora la más que alabada Gotham de Christopher Nolan (2005, 2008 y 2012), todas ellas han servido como pizarra del pasado en donde estos “diseñadores” actuales han plasmado su visión de la ciudad gótica de los años 30 más paradigmática del cómic, aportando el toque dinámico y exagerado que el cine posmoderno es especialista en añadir. El concepto Gotham se ha ido transformando y evolucionando con el propio cine, con las modas de cada momento, las estéticas vigentes y las visiones particulares de sus creadores. Las películas de Nolan han supuesto un claro acercamiento de la Gotham de los 30 hacia un posmodernismo empeñado en repensar y evolucionar todo nuestro imaginario de los años 30.

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