Escenas para la historia: “Cabaret” de Bob Fosse

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Wilkommen, bienvenue, welcome!

Puede que esta gloriosa escena de cine con la que abre “Cabaret” (1972) de Bob Fosse sea la auténtica culpable de que la película se haya convertido no sólo en un clásico absoluto de la historia del cine, sino además en una película paradigma del imaginario universal del mundo del cabaret. Se hace de rogar tras unos largos títulos de crédito que hacen aparecer el nombre más importante de todos: Bob Fosse, y al momento, comienza el espectáculo. Aparece el rostro extramaquillado de Joel Grey, los acordes míticos del Kit Kat Club, las chicas del cabaret y con todo ello un orquestado despliegue de luz, melodía, baile, color y a pesar de caminar por zonas propias del musical y del teatro, rezuma un intenso sabor a cine. Nuestro maestro de ceremonias nos habla de que “ahí fuera hace viento, pero aquí dentro hace calor”, y ya nadie quiso nunca jamás salir de aquel lugar que todos recordaremos para siempre.

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La escena en cuestión, que dura poco más de 5 minutos, no responde a una lógica narrativa, no sirve para presentarnos a los personajes principales, ni sus subhistorias, ni sus preocupaciones, etc. En ella, apenas aparece al fondo el personaje de “Sally Bowles”, interpretado por Liza Minnelli, participando como una más junto a las chicas del cabaret en la presentación de la función, apartada y en segundo plano. La escena no tiene un sentido argumentativo, sino tan sólo “espectacular”, por el mero placer de emplear toda la grandeza del lenguaje cinematográfico para elevar el imaginario del Berlín nocturno de los años 30 y el enorme potencial del cabaret a la altura de un irrepetible fragmento de intenso y puro placer estético.

Así, la escena, en realidad, tiene una cierta autonomía en cuanto que NO se integra en absoluto en la historia principal de los personajes que se nos contará con posterioridad. Parece servir de presentación contextual introduciéndonos en el Berlín de 1931, pero no en las vidas de ninguno de los actores que la interpretan: Ni de las chicas, ni de Sally Bowles, ni del maestro de ceremonias, ni de ninguno de los asistentes al show. De hecho, en el primer plano de la escena, Grey nos mira directamente a los ojos para “darnos la bienvenida” con la melodía principal del “Wilkommen”, como tomándonos del brazo e invitándonos a pasar y sentarnos en una mesa junto al resto de “desconocidos” (strangers)del público. La escena parece tan firme y tan suficiente en sí misma, que la única manera de ponerla en relación con el argumento principal fue fragmentarla con la inserción de planos de la llegada de Michael York a la ciudad de Berlín, haciendo que ambos fragmentos nos sirvan a los espectadores como fórmulas de llegada a la película, al Berlín del 31 y al Kit Kat Club. De algún modo, todos somos Michael York y estamos siendo invitados a descubrir un mundo perdido para siempre que sigue fascinando a generaciones enteras de cineastas posmodernos.

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Resulta interesante notar que el estilo cinematográfico de la escena es una mezcla equilibrada entre dos lógicas: el estilo setentero del diseño de producción, absolutamente reconocible en los colores, los encuadres, etc., y por el otro lado la deliberadamente artificial recreación histórica de los años 30 desde la óptica y estética de los años 70, con una voluntad efectista en aras de un esmeradísimo nivel estético absolutamente irresistible. Evidentemente, la película no acierta a recrear el Berlín de los años 30, al menos en esta escena, pero sí nos propone una forma brillante y atractiva de imaginarlo amplificado por los colores del escenario, de las luces, de las telas rojas del techo, el smoking de Joel Grey y hasta su exagerado maquillaje. Es la misma lógica que sirvió a Coppola para reinterpretar la década de los años 30 en “Cotton Club”, o a Proyas en “Dark City”  o el resto de películas que han aplicado una visión más posmoderna a la década de los 30, sabedores de que se trata de una de las décadas visualmente más fértiles de la historia que guarda una especial relación con el cine.

Como también indicábamos en el artículo sobre los años 30, uno de los objetivos de “Cabaret” es no sólo contar la historia de sus personajes principales, sino también la del momento histórico que vivió Alemania desde 1931 con el ascenso del nazismo. De hecho, no es difícil llegar a la conclusión de que esta es la historia más importante de la película, la que realmente guía a los personajes y la que se cuela permanentemente por las rendijas del argumento para darnos cuenta de que el Berlín post-Versalles está ya definitivamente superado y que un nuevo orden se está estableciendo en Alemania, tanto en las ciudades como en sus poblaciones más rurales. La frase “Ahí fuera hace viento” de Joel Grey se articula como metáfora en referencia a los vientos nazis que corren por las calles, y el habitáculo del cabaret se postula por tanto como un reducto casi subterráneo (y nocturno) en el que relajar la moral y reconectar con un mundo ya en decadencia. Quizás de ahí provenga una de las coreografías de baile de las chicas, casi en clave de maniquí, como una metáfora de seres inanimados, casi inertes, cuya belleza está exenta de vida y movimiento, arrinconada en un submundo en senescencia.

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Entre las influencias estéticas que se advierten, y más allá de las evidentes en cuanto a la estética propia de los años 30, la escena en cuestión revela momentos ciertamente fellinianos, sobre todo en su última parte, cuando la presentación del avance de los números artísticos que formarán la función pone en escena a multitud de personajes aparentemente erráticos sobre el escenario, bailando, haciendo piruetas, malabares, etc. La escena articula personajes en atuendos dispares, gorros y sombreros abigarrados, fulares imposibles, muñecos de ventrílocuo, contorsionistas, y un rosario de elementos de naturaleza pseudo-circense dispuestos con aparente desorden que recuerdan a los repartos más divertidos de las películas de Fellini. De hecho, la escena termina pareciéndose al mismo trailer de Otto e Mezzo (1963) o a alguna de las escenas de La Dolce Vita (1960), aunque en versión colorista y con aire a lo años 70.

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Mención de honor absoluta e incuestionable para Joel Grey, seguramente la gran revelación de la película más allá de la firme calidad incuestionable de Liza Minnelli. Puede que su maestro de ceremonias sea el personaje más fascinante de toda la película, el más querido, el más divertido de todos y también, secretamente, el más envidiado. Tanto es así, que da la sensación de que varias generaciones de maestros de ceremonias de diferentes formatos actuales siguen aspirando a lograr ese punto tan maravilloso del Joel Grey del Kit Kat Club.

Finalmente, la escena se convierte en un brillante comienzo aunque poco representativo de la película en su totalidad, puesto que a medida que el metraje va avanzando, el interés de la historia va abandonando progresivamente el Kit Kat Club para indagar en el devenir de los personajes principales. De hecho, esta evolución de la historia, con sus más de dos horas de duración, puede resultar algo tediosa dejando muy, muy atrás a la escena inicial que comentamos aquí. Puede que sea por eso que aunque “Cabaret” es una de las películas más famosas de la historia y la escena de su comienzo una de las más reconocibles de la historia del cine, no son tantos los espectadores que llegan al final de la película y recuerdan con el tiempo cómo termina… “Cabaret”.

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  • Genial entrada has hecho, totalmente de acuerdo. Para mí es una película mítica, aunque con All that Jazz toco el cielo. Recomendaré a mis lectores tu entrada en facebook y twitter, muy buena.

  • La verdad es que la escena es fabulosa, ya que como dices actúa condensando todo el ambiente decadente en el que se encuentra Alemania, en una de las etapas más turbias de la Historia de Occidente. Buena review.

  • “All that jazz” es una auténtica delicia…! Adoro aquellos planos en los que comenzaba el día con un pastillote enorme, que te dejaba pensando “uy… qué mal va esto” jajaja Deberíamos escribir sobre esa película!

    Félix, totalmente de acuerdo contigo al apuntar ese toque decadente que corría por las calles. Lo más insólito es que ese estilo decadente, en la película, se vuelve en ocasiones manierista y termina siendo el complemento perfecto para una película que se recuerda más por su estética que por su historia. ¿No crees?.

  • El año pasado, en Berlín, no pude resistirme a ir al mismo callejón en que Liza grita al paso del tren e intentar hacer lo mismo. Tengo una foto para demostrarlo! Ay… quien fuera Liza en ese espléndido número final.

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