Poética del plano detalle: “Itsuwareru seisô” (“Las galas del engaño”, Yoshimura, 1951)

Kôzaburô Yoshimura es tal vez el más desconocido en Occidente de entre los grandes cineastas que en el cine han sido; en la opinión del firmante, digno de figurar entre los treinta o cuarenta primeros, pues, habiendo visto una treintena de entre los más de cincuenta títulos que rodó, son muchas ya las grandes películas que ornan su filmografía: “Danryu” (“Corriente cálida”, 1939), “Anjô-ke no butokai” (“El baile en la casa Anjô”, 1947), “Shitto” (“Celos”, 1949), “Genji monogatari” (“Historia de Genji”, 1951), “Yoru no kawa” (“Río nocturno”, 1956), “Yoru no chô” (“Mariposas nocturnas”, 1957), “Onna no kunshô” (“Condecoración femenina”, 1961), “Sono yo wa wasurenai” (“Esa noche no la olvidaré”, 1939)…, ¡su único film distribuido en España! bajo el título de “Hiroshima, ciudad marcada”.

Itsuwareru seisô” (“Las galas del engaño”, 1951) pertenece a la decena (de momento) de mejores películas de Yoshimura y, aparte de incidir en una de sus especialidades (las crónicas desencantadas sobre las geishas), ofrece, en la línea de otros clásicos precedentes del cine japonés como “Gion no shimai” (“Las hermanas de Gion”, K. Mizoguchi, 1936) o “Munekata shimai” (“Las hermanas Munekata”, Y. Ozu, 1950), una contraposición sororia entre tradición y modernidad; sólo que renovándola, ya que, en esta ocasión, la hermana casquivana es la tradicional, y la modosa y formal, la occidentalizada.

Itsuwareru seisô” es, además, una de las películas más significativas de Yoshimura en el aspecto formal, por su sequedad expositiva y porque en ella se alcanza el máximo rendimiento de una de las más significativas señas de identidad icónicas del cine del nipón…, que revela, además, un inesperado parentesco con Buñuel o Bresson: los planos detalle de los pies (en este sentido, dicho sea de paso, es inolvidable el final de la estupenda “Yûwaku” [“Deseo”, 1948]).

En efecto, en “Itsuwareru seisô” los obsesivos insertos sobre las extremidades inferiores catalizan toda la fuerte carga sexual del film: las relaciones carnales; el abandono; el deseo; los celos… En particular, hay dos planos, los aquí seleccionados, que delatan la distinta actitud frente al sexo de las dos hermanas, la desenvuelta Kimicho, que ha hecho de su cuerpo su modus vivendi, y la modosa Taeko, que se debate entre entregarse al hombre que ama o conservar su honestidad.

En concreto, el plano que corresponde a la novicia Taeko sucede en un pedregoso descampado junto al río, bajo las vías ferroviarias, mientras un tren (otra constante del cine de Yoshimura) cruza sobre la pareja tumbada sobre las piedras, ahogando con su estruendo la banda sonora y proyectando sobre los amantes una acerada oscilación de luz y sombra.

“Itsuwareru Seisô” (“Las galas del engaño”, Kôzaburô Yoshimura, 1951)

El plano que corresponde a la sofisticada Kimicho, en cambio, se registra en un lujoso albergue junto a un lago (en el film, las masas de agua se hiperbolizan con Kimicho), con la pareja cómodamente tumbada sobre un tatami y con los acariciantes reflejos del agua ondulando sobre los paneles.

“Itsuwareru Seisô” (“Las galas del engaño”, Kôzaburô Yoshimura, 1951)

Pero la mayor diferencia viene dada por los gestos de ambas hermanas: mientras la inexperta Taeko sólo se entrega a medias, un poco torpemente, y de ahí que solamente tenga un pie descalzo, la experimentada Kimicho, con ambos pies al descubierto, lo hace a conciencia;

“Itsuwareru Seisô” (“Las galas del engaño”, Kôzaburô Yoshimura, 1951)

y mientras a Taeko se le escurre el pie descalzo sobre las piedras, en lo que es un claro indicio de abandono sensual carente de premeditación (pues ama a su pareja), Kimicho cierra con el pie el panel que la aísla con su amante del mundo exterior, en muestra inequívoca del cálculo que preside sus relaciones sexuales.

“Itsuwareru Seisô” (“Las galas del engaño”, Kôzaburô Yoshimura, 1951)

Es más, el sonido silbante del panel redunda en su carácter sibilino, en contraste con el estruendo del tren que, como dejaba apuntar el plano de Taeko y se refrendará en el desenlace del film, revela una pasión sexual, por más que reprimida, más volcánica. Y en fin, que la misma Kimicho se encierre con su gesto (su actitud), y por partida doble, pues al plano del pie que corre el panel le sigue otro detalle de otro panel que se cierra, tiene otras connotaciones de primer orden, que no son objeto de este análisis, pero sí son fundamentales en “Itsuwareru seisô”.

“Itsuwareru Seisô” (“Las galas del engaño”, Kôzaburô Yoshimura, 1951)

En fin, que dos planos (o tres, si contamos el del último panel que se cierra) en apariencia tan sencillos definan y contrapongan tan certeramente a dos personajes, que atesoren tantas sugerencias visuales y sonoras de una forma casi tan desapercibida, es patrimonio exclusivo de los grandes maestros. Y Yoshimura es uno de ellos.

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