“El chico más bello del mundo”: Reescritura biopic y nuevas censuras

Uno de los vicios más contemporáneos de los biopics, uno al que ya le dedicamos aquí todo un desarrollo de contraplano para poner de manifiesto los errores y pecados de este género, es el de construir un nuevo sentido para la línea diacrónica de los acontecimientos de la vida del personaje según se suceden en el tiempo. Porque, a poco que uno lo piense, concederá que, en realidad, los acontecimientos de nuestra vida, no vienen escritos con un sentido preexistente, no tienen por qué devenir como una lógica sucesión gobernada por el argumento de una novela. Muy por el contrario, los sucesos de lo real que acontecen en nuestro tiempo son azarosos y arbitrarios, y somos nosotros quienes, mediante la palabra y los textos, y también con suerte, fabricamos sentidos con los que poder abordarlos, afrontarlos y someterlos a una línea de sentido con la que hacerlos soportables. 

Aunque los espectadores no seamos siempre conscientes de ello, los biopics son productos audiovisuales de los que esperamos sentido, esperamos que tengan un planteamiento, un nudo y un desenlace, que podamos transitar durante 90 minutos y concluir en un lugar de sentido desde donde todo parezca encajar en la vida del personaje. Pero lo cierto es que la vida del personaje no tiene sentido en sí misma, como no lo tiene la mía, ni la suya mientras lee esto, y lo que los biopics hacen es proponer un texto con el que construir un nuevo sentido para esos acontecimientos que se proponen como reales. La trampa está en que los acontecimientos son reales (faltaría más), pero el texto que les da un significado no es tan real, no es tan inapelable, sino tan solo una construcción de lenguaje que produce una sensación de verdad (lo que en semiótica se denomina “estrategia de veracidad”) y que permite unir los acontecimientos de una forma aparentemente verdadera

El chico más bello del mundo adolece enormemente de esta aluminosis propia de las construcciones biopic, trasladando al espectador, para el que las condiciones actuales de vida de Bjorn Andrésen (su maltrecha posibilidad amorosa, sus atribuladas relaciones familiares, sus insalubres condiciones de vida, etc.) son toda una sorpresa inesperada, que estas son el resultado de una experiencia desafortunada rodando el film Muerte en Venecia de Visconti. No se pronuncia explícitamente, pero se nos propone una disposición de hechos y testimonios de tal forma que no haya más posibilidad que colegir que eso que nos lleva a su vida, es decir, Muerte en Venecia (de otro modo, a nadie le interesaría la vida de Bjorn) es la razón por la que su vida es así. No obstante, esa conclusión solo es la única posible dentro del universo de El chico más bello del mundo, que no es el mundo de Bjorn. Ninguno de nosotros conoce suficiente del mundo de Bjorn para concluir hasta qué punto, la antipatía de Visconti y el rodaje de su película, son las razones de sus infortunios. Y lo peor es que nadie quiere saber más del mundo de Bjorn, porque la única parte de su mundo que nos interesa es la que nos permite gozar dando sentido a la propuesta del documental, y de paso satisfacernos haciéndonos creer que, con lo que sabíamos de Muerte en Venecia y algunos detalles más de la vida de Bjorn seleccionados con toda la intención, ya podemos descodificar sus problemas de vida y dictar sentencia. Creemos estar preocupándonos por Bjorn, siendo amables con él, o peor, asumiendo ¿nuestra? responsabilidad, cuando en realidad solo estamos apropiándonos de su vida, esta vez sí, para justificar y elevar nuestras reivindicaciones políticas contemporáneas. 

Solo nos adentramos en la vida de Bjorn el minuto necesario para tomar de ella lo que necesitamos para seguir gritando las consignas de nuestro tiempo. De todas ellas, la de la nueva censura es, sin duda, una de ellas, aunque desde luego no se etiquete así. Estamos en un tiempo en que se propone la censura de innumerables películas de otro tiempo, entre las que se encuentran muchos de los grandes clásicos de la historia del cine. Si incluso Lo que el viento se llevó tuvo su momento, lapidada por las nuevas masas contemporáneas creyéndose más inteligentes, pero actuando como la instancia de censura más intransigente, ahora le toca a otro clásico: Muerte en Venecia. Que las mantas caseras de Bjorn estén deshechas e insalubres es una afortunada circunstancia para una fuerza política que no dudará en tomar esa y otras calamidades de la vida de Bjorn para justificar sus intereses y su insaciable discurso. 

Si apartamos por un momento las propuestas de interpretación que realiza el documental El chico más bello del mundo, y nos fijamos en los hechos de la vida de Bjorn, preferiblemente aquellos que se producen antes de su participación en el rodaje del film, veremos que los comienzos de su vida ya le predispusieron en una senda difícil, debiendo lidiar con estragos y desdichas nada simplificables: un padre ausente del que nada se sabe, una madre en fuga que terminará suicidándose, las discutibles aspiraciones de su abuela, etc. Todo un desafortunado contexto para un chico en edad de pubertad que, además, debió lidiar con la fama y la toxicidad de etiquetas como la de “el chico más bello del mundo”. En efecto, nada hace pensar que las experiencias del rodaje, y sobre todo las que le sucedieron, ayudaran a Bjorn a dirimir sus dificultades previas, pero quizás sea algo excesivo concluir que el rodaje y su experiencia en general fueran la causa de que terminara dejándose el fuego encendido en casa o de que sus mantas estuvieran llenas de bichos. No obstante, si el biopic hubiera entrelazado los acontecimientos de tal forma que el conjunto de sus desgracias, y no el paso por el rodaje del film, hubieran sido la causa primera de sus estragos, habría sucedido que, por un lado, la historia no se habría vuelto relevante para los demás, pues no habría sido más que la desafortunada vida privada de un ser humano cualquiera, y eso ya no les hubiera interesado suficiente a los directores del biopic; y segundo, no habría sido tan eficaz para volverse (aparentemente) relevante, comparado con utilizar la vida de Bjorn para sintetizar una reivindicación política, ahora sí totalmente relevante desde el punto de vista público. Dicho de otra manera, son precisamente quienes comparecen preocupándose por Bjorn y denunciando en qué lo hemos convertido, como si lo hubiéramos hecho nosotros, los que están simplificando su existencia y apropiándose de ella para sus propios intereses, que no son otros que los económicos tras el propio documental, y los políticos que se elevan sobre sus postulados fundamentales. 

Y así se pone en funcionamiento el mecanismo velado tras la moderna autocensura o la llamada tiranía de lo políticamente correcto: el discurso de la nueva censura es articulado como resultado de un hipotético despertar, como si hubiéramos estado viviendo en un letargo culposo, cuando en realidad estamos dejando de ser exigentes con los medios de comunicación, con el rigor de la prensa, con la exactitud de las informaciones; y estamos dejándonos manipular, limitando y reduciendo nuestros derechos, como son el derecho a expresarnos (también el de Visconti), a discrepar y crear obras de arte en libertad. Dicho de otra forma, sucede que quienes creen haber despertado creen estar viendo más, cuando en realidad están viendo menos, quizás solo porque ya dan por hecho que las libertades y los derechos que amparan su capacidad de expresarse y discrepar no desaparecerán nunca, que no tendrán nunca que luchar por ellos. Sin embargo, muy por el contrario, tales derechos y libertades son precisamente lo que está en juego, y lo que está amenazado por los discursos woken de la contemporaneidad. 

Y a pesar de todo, el que de nuevo, y no por culpa de Visconti, ni entonces ni ahora, está quedando atrás… es Bjorn. No el Bjorn de Muerte en Venecia, ni el Bjorn de El chico más bello del mundo, sino el cuerpo de Bjorn, el Bjorn real que estará aún intentando descifrar si este nuevo documental es una suerte para él, o es otra desgracia más, articulada aparentemente a su favor, como las decisiones de su abuela.

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