“El infierno del odio” (III): Amarás al prójimo, una conversación entre Freud y Dostoievski

Debemos advertir que nuestro artículo, aun enmarcado en un espacio dedicado al cine, no es demasiado fértil en apuntes referidos a este arte, y es posible que la siguiente exposición se aleje hacia aspectos no cinematográficos. Una vez anunciada nuestra divagación, queremos señalar que este escrito parte de un comportamiento encontrado en “El infierno del odio” (Kurosawa, 1963) que ha llamado especialmente nuestra atención; y por ese motivo, sin dejar de orbitar en torno a la película que nos ocupa, llevamos a cabo este estudio. Por tanto, las siguientes líneas están dedicadas a entender esta particularidad y a cerrar el círculo de la trilogía de textos en torno a la película de Kurosawa.

Empecemos recordando una propensión del ser humano. Ante una agresión sufrida, observamos un intento de respuesta en el agredido que trata de igualar o superar ese ataque recibido. Se inicia así una espiral de vejaciones complicada de romper, ya que permanecer impasible ante ese odio supone aceptar un agravio. Con frecuencia observamos reacciones en las que las palabras justicia y venganza tratan de adquirir la misma definición. No es necesario que un ataque vaya dirigido a nosotros para mostrarnos susceptibles, basta con querer hacerse dueño de la ofensa hacia otro para justificar nuestra voluntad de enfrentamiento. Otro caso distinto sería aquel en el cual queremos entender un mensaje inocente o carente de provocación como una ofensa hacia nosotros para dar rienda suelta al odio que llevamos dentro. Son estos algunos ejemplos reconocibles en nosotros mismos, notables en nuestra época actual, ya que, como una epidemia, demasiadas personas anhelan sentirse despreciadas. Cualquier pretexto es válido para proclamar todo aquello que ofende. Atravesamos un período frívolo de disconformidad y sensibilidad fingida que hace tiempo dejó de ser naif para adquirir una extraña tendencia irracional, donde el victimismo es usado como excusa para desatar el odio entre iguales. Una vez tomada la posición de víctima, el sufrido ofendido tiende a arremeter contra aquel que se ha escogido como fuente de todos los males; figuras éstas, que en muchos casos resultan ser molinos de viento. El hombre en todas las épocas de la Historia ha mostrado una condición natural para escupir su odio, y también hoy esa tendencia se hace evidente a través de las nuevas vías de comunicación conocidas como “redes sociales”. Estos canales terminan siendo en muchos casos un vertedero de bilis que muestran la peor cara del ser humano. Espacios en los que una opinión desafortunada o alejada del pensamiento moderno imperante puede originar un linchamiento verbal por parte de algunos miembros que componen esa determinada red; sin olvidar a aquellos espectadores que sin participar en el linchamiento popular disfrutan de la escena. Todo este espectáculo nos recuerda las humillaciones en lugares públicos de épocas pasadas, y aunque la conducta no es novedosa, el canal de operación sí lo es. Asimismo no pasamos por alto algunas estrategias bajo las que se amparan estos comportamientos. En muchos casos, valiéndose de ese logro sagrado que es la “libertad de expresión”, el hombre actual consigue devaluar este privilegio, ya que trata de cobijar bajo este hito otro tipo de hipotéticas libertades: la libertad de provocación o libertad de ofensa. Occidente en el culmen de su conquista por las libertades, no sabe mantener este legado con responsabilidad y lo utiliza de forma autodestructiva. Nihil novum sub sole. La Historia nos ha enseñado que para una civilización no siempre lo más complicado es ensanchar un imperio. En ocasiones, la tarea más difícil consiste en mantener una línea de cohesión entre individuos una vez alcanzado su máximo esplendor, puesto que el odio se dispara entre los miembros de una comunidad con demasiada facilidad. La ofensa, el insulto, la injuria, la humillación, la calumnia… Sociedades fragmentadas en “tribus ideológicas” enfrentadas unas a otras: “ideologías políticas, ideologías raciales, ideologías nacionalistas que rememoran los terribles conflictos del siglo pasado, ideologías religiosas, ideologías de género, ideologías deportivas, ideologías económicas…” todo tiene cabida en nuestro particular “infierno de odio” y cualquier excusa es válida para prender una mecha demasiado corta. Nada hay tan sencillo como odiar al prójimo; no existe mérito en ello. Cualquiera puede fijar su mirada en aquel que ha llegado a ser lo que uno anhela, y acto seguido tratar de arruinar su vida movido por la envidia. El odio sólo genera más odio, pero no por ello el hombre ha dejado de preguntarse cómo frenar esta secuencia, y Akira Kurosawa, a través del personaje de Gondo, nos muestra un interesante caso donde se rompe esta espiral tan perjudicial.

"El infierno del odio" (Kurosawa)

Takeuchi: Sr. Gondo, ¿se alegra de que vaya a morir? ¿No se alegra?
Gondo: ¿Por qué dice eso? ¿Por qué debemos odiarnos?

Entre el desconcierto y la ingenuidad el directivo pregunta “¿Por qué debemos odiarnos?”. Ha recibido el odio irracional de un desconocido que además pretende inocular en Gondo el mismo sentimiento de aversión que padece. A pesar de su esfuerzo, el secuestrador no podrá sentir el alivio que produce saber que aquel otro a quien provoca, tampoco es capaz de contener su odio. Si odiar produce goce, saber que quienes te rodean sufren el mismo mal, produce consuelo. El ejecutivo ha sido capaz de superar su ira ante un ataque injustificado y, con una frase nada fácil de pronunciar en su situación, ha conseguido romper una posible sucesión de afrentas.

Aunque la hostilidad entre semejantes es notable, hoy el hombre muere a manos del hombre en menor medida que siglos atrás. Observamos una evolución que nos ha llevado a cierta contención y/o mutación de nuestra agresividad. ¿En qué momento el hombre toma consciencia de su propia agresividad hasta el punto de preguntarse “por qué el odio entre semejantes”?

La existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros mismos y con derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo (…). A raíz de esta hostilidad primaria y recíproca de los seres humanos, la sociedad culta se encuentra bajo una permanente amenaza de disolución.
Sigmund Freud

En las antiguas civilizaciones aparecen las primeras manifestaciones que demuestran la temprana inquietud del hombre por contener la hostilidad entre semejantes. En el antiguo egipto, por ejemplo, los reyes eran representados como mediadores en el caos.

Cuchillo de Gebel el-Arak

Cuchillo de Gebel el-Arak

Sin embargo, el soberano no era omnipresente, y por ello, la cultura no contaba con una solución para aquellos casos en los que el rey no podía mediar:

La cultura espera prevenir los excesos más groseros de la fuerza bruta arrogándose el derecho de ejercer ella misma una violencia sobre los criminales pero la ley no alcanza a las exteriorizaciones más cautelosas y refinadas de la agresión humana.
Sigmund Freud

El hombre había tomado conciencia de la agresividad entre iguales y comprendió las dificultades que presentaba este comportamiento en la comunidad. Aparecía un nuevo problema, ¿cómo contener los instintos agresivos de cada individuo allí donde la ley no alcanza? La aparición de las religiones monoteístas conllevaría una serie de preceptos que trataban de abarcar aquellos espacios en los que la ley no lograba intervenir. De este modo, las religiones alargaron la sombra del rey a través de mandatos de difícil cumplimiento. Uno de estos mecanismos de control sería el encargo de “Amar al prójimo”; una acción tan compleja de llevar a cabo, que el hombre civilizado no dejó de cuestionarse el cumplimiento de esta norma. Muchos han sido los sabios que orbitaron en torno a la idea de amor al prójimo. Estudiaron atentamente la controversia que ocasionaba este precepto, y en consecuencia, es frecuente encontrar opiniones opuestas en un mismo autor. Aquí tomaremos como ejemplo las palabras de Dostoievski, un escritor admirado por Kurosawa, quien adaptó una de sus obras a la gran pantalla (“El idiotaKurosawa, 1951). Confrontaremos al autor ruso con un pensador conocedor de su obra, Sigmund Freud (“Dostoievski y el parricidio”, 1927), y en base a las opiniones de ambos trataremos de entender mejor ese concepto ideado por el hombre (“Amarás al prójimo”), tan difícil de llevar a cabo. Realizada la presentación, invitamos al lector a participar del siguiente diálogo.

Procure amar al prójimo con un ardor inextinguible. A medida que vaya usted progresando en el amor al prójimo, se irá convenciendo de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma
Fiódor Dostoyevski,Los hermanos Karamázov“.

Lo más importante es que ames a tus semejantes como a ti mismo, y eso es lo fundamental; creo que no se necesita nada más: al instante encontrarías cómo ordenar tu existencia.
Fiódor Dostoyevski,El sueño de un hombre ridículo

En estos ejemplos vemos presentado el amor al prójimo como una vía hacia la inmortalidad del alma y un robustecimiento de la fe en Dios. Mediante el amor a sus semejantes el hombre debería dar orden a su existencia. Dostoievski desliza estos consejos a través de sus personajes. Pero comparemos estas palabras con las de otro de sus protagonistas más queridos; el joven Aliosha de “Los hermanos Karamázov”, representa muestras de la condición humana que aquí nos interesan especialmente. Iván, hermano de Aliosha, narra una historia atroz sobre un general que al ver lastimado a uno de sus perros decide imponer justicia a su manera. El causante del daño al perro es un niño al que desnudan y hacen correr por el campo perseguido por una jauría de cánidos que lo descuartiza; todo ante la presencia de la madre. Aliosha, un alma cándida y llena de bondad es preguntado por su hermano sobre qué se debería hacer con el general, “¿fusilarlo para satisfacer nuestro sentido moral?”. Aquellos que hayan tenido ocasión de disfrutar de esta impresionante obra, conocerán el carácter puro y noble del joven Aliosha. Sin embargo, ante la presión de su hermano, Aliosha se ha decantado por matar al prójimo: “¡Sí, fusilarlo!”. El hombre nunca dejó de preguntarse sobre la posibilidad de llevar a cabo un mandato tan ambicioso como el “amor al prójimo” y Dostoievski no fue una excepción.

Me he preguntado a menudo si es posible amar a todos nuestros prójimos. Pero es evidente que no se puede, que ello es incluso antinatural. El amor abstracto de la humanidad se resuelve casi siempre en egoísmo
Fiódor Dostoyevski,El Idiota

Yo no he comprendido jamás cómo se puede amar al prójimo. A mi juicio es precisamente al prójimo a quien no se puede amar
Fiódor Dostoyevski, “Los hermanos Karamázov“.

Figuras que consideran el acto de amar al prójimo como algo antinatural. Personajes que no conciben que se pueda lograr llevar a cabo un mandato tan ambicioso. Razonamientos que conducen a la imposibilidad del precepto. Por tanto, nosotros también nos preguntamos si es posible llevar a cabo semejante acción.

El mandato es incumplible
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura

Si pongo este precepto en práctica, ¿qué resultará? (…) La ciencia me ordena amar a mi propia persona más que a nada en el mundo, ya que aquí abajo todo descansa en el interés personal.
Fiódor Dostoyevski, “Crimen y Castigo

Incluso la ciencia contraría este mandato religioso. Así, vivir en armonía resultaría imposible para el hombre puesto que es incapaz de mantener la paz con sus semejantes durante un tiempo prolongado.

Naciones, comunidades, amigos, familias… el hombre lleva consigo la condena de la hostilidad hacia sus semejantes. Freud hace una exhaustiva reflexión sobre esta cuestión en “El malestar en la cultura” y como es natural aconsejamos que realicen las lecturas de aquellas obras sobre las que nos apoyamos en este escrito, para obtener sus propias conclusiones, quizá alejadas de nuestro punto de vista.

El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad.
(…)
Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona. Más aún: ni siquiera es necesario que de ello derive un provecho; le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona, y cuanto más seguro se sienta, cuanto más inerme yo me encuentre, tanto más seguramente puedo esperar de él esta actitud para conmigo
(…)
Homo hommini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la Historia?
Sigmund Freud,El malestar en la cultura

Nos encontramos en un momento de confusión. El hombre toma consciencia de los problemas que ocasiona la hostilidad entre semejantes y mediante la religión idea preceptos encargados de mantener el orden allí donde la ley no alcanza. Sabemos de la imposibilidad de amar al prójimo; si alguien predicase este mandato a un judío alemán en 1945, sería tomado por loco. Sin embargo no dejamos de admirar la figura del padre capaz de mantener la compostura sin dejarse llevar por la sed de venganza cuando se halla frente al asesino de su hija. Ante este tipo de contradicciones nos preguntamos si podríamos encontrar argumentos que puedan defender mínimamente semejante propósito.

Para que el mundo se renueve es preciso que los hombres cambien de rumbo. Mientras cada ser humano no se sienta verdaderamente hermano de su prójimo, no habrá fraternidad. (…) nadie se sentirá satisfecho y todos murmurarán, se envidiarán, se exterminarán…
Fiódor Dostoyevski, “Los hermanos Karamázov“.

Este pudo ser el punto de partida que llevó al hombre a idear preceptos tan ambiciosos, y quizá bajo esta afirmación envuelta de idealismo y utopía existe un halo de verdad, ya que hubo un momento en la historia de la civilización en que el hombre fue consciente de la incompatibilidad entre odio y cultura; en consecuencia, habría que discurrir un camino que pudiera contener estos impulsos. El reto se antojaba mayúsculo; el precepto era desmesurado…

De ahí, (…) el mandamiento ideal de amar al prójimo como a sí mismo, que en la realidad efectiva sólo se justifica por el hecho de que nada contraría más a la naturaleza humana originaria
(…)
El problema es aquí cómo desarraigar el máximo obstáculo que se opone a la cultura: la inclinación constitucional de los seres humanos a agredirse unos a otros
Sigmund Freud,El malestar en la cultura

Si la cultura ha establecido el mandamiento de no matar al prójimo a quien se odia, que se interpone en el camino o cuyo patrimonio se apetece, es manifiesto que lo ha hecho en interés de la convivencia humana, la cual de lo contrario sería imposible
Sigmund Freud, “El porvenir de una ilusión

El mandamiento «Ama a tu prójimo como a ti mismo» es la más fuerte defensa en contra de la agresión humana, y un destacado ejemplo del proceder apsicológico del superyó de la cultura.
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura

¿Alcanza la cultura un modo de contener las acciones que parten del odio entre semejantes? Durante un largo período tal vez fuera así, al menos en aquellos sectores entregados al fervor religioso. Sin embargo a finales del siglo XIX se produce un hecho que daría un giro a esta situación. El hombre poco a poco se despoja de sus creencias, la ciencia y la filosofía han ido ocupando espacios que tradicionalmente pertenecían a la religión, hasta que finalmente Nietzsche levanta acta de la muerte de Dios.

Dios ha muerto, pero los hombres son de tal naturaleza que, tal vez durante milenios, habrá cuevas donde seguirá proyectándose su sombra.
(…)
¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!
(…)
El mayor acontecimiento reciente –que “Dios ha muerto”, que la creencia en el Dios cristiano ha caído en descrédito– empieza desde ahora a extender su sombra sobre Europa.
Friedrich Nietzsche, “La Gaya Ciencia

No debió quedar satisfecho Nietzsche con su anunciación en “La Gaya Ciencia”, pues necesitó su posterior obra para reafirmarse. A través de su profeta Zaratustra, nos anuncia como “un regalo” la muerte de Dios. Son muchas las consecuencias de esta pérdida, pero en este escrito nos interesa únicamente una: la caída del precepto “Amarás al prójimo” que pierde su valor con la muerte de Dios.

Vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos.
(…)
No conseguís soportaros a vosotros mismos y no os amáis bastante: por eso queréis seducir al prójimo a que ame.
Friedrich Nietzsche, “Así habló Zaratustra

Nietzsche, en forma de reproche presenta sus argumentos en contra del amor al “próximo” y trata de fomentar un sospechoso amor a uno mismo; un hecho logrado que se alarga hasta nuestros días. Y añade la siguiente reflexión:

La guerra y el valor han hecho más cosas grandes que el amor al prójimo
Friedrich Nietzsche, “Así habló Zaratustra

No sólo revelaba Nietzsche la muerte de Dios, también profetiza (¿sin quererlo?) la larga y oscura sombra que trajo consigo el siglo XX. Poco después de la anunciación de la muerte de Dios y tras una Primera gran Guerra, los alemanes matan indiscriminadamente a parte de sus compatriotas por el hecho de ser judíos. Al mismo tiempo el pueblo ruso aniquila a una parte aún mayor de su población. No habiendo saciado su sed de sangre, el nacional socialismo alemán y el comunismo ruso se declaran la guerra. Poco antes, en 1927, Freud escribía lo siguiente:

Si uno no tiene permitido matar a su prójimo por la única razón de que el buen Dios lo ha prohibido y cobrará el castigo en esta o en la otra vida, y ahora uno se entera de que no existe el buen Dios, tampoco habrá que temer su punición y uno matará sin reparos
Sigmund Freud, “El porvenir de una ilusión

La cultura europea había renunciado a sus valores sin disponer de otros a cambio, y en estas circunstancias la población desataba progresivamente sus instintos más primarios. No podemos evitar percibir que las civilizaciones, siempre que alcanzaron su máximo esplendor, se vieron necesitadas de destruir aquello que durante tanto tiempo habían construido. Civilizaciones muy avanzadas se mostraron incapaces de hacer perdurar su progreso a lo largo de la Historia. Habría demasiados componentes que fomentan esta tendencia hacia la autodestrucción y el siglo XX sería un buen ejemplo de ello. Parece que sin nada por lo que luchar, la vida del hombre tiene poco sentido y así navega entre períodos de estabilidad y períodos de revolución. Sin embargo, como hemos mencionado anteriormente, a pesar de la ausencia de valores sólidos que se mantiene hasta nuestros días, la sociedad occidental muestra hoy menos signos de brutalidad que hace algunos siglos. Actualmente el odio adopta nuevas formas de expresión entre semejantes, ya que posiblemente el último gran conflicto bélico haya dejado una honda impresión incluso en aquellas generaciones que no lo vivieron de primera mano. Por ello, cabe preguntarse si una vez superado este trauma heredado, la civilización occidental podría de nuevo dejar brotar esa hostilidad extrema mostrada hace casi cien años por última vez. Es posible que nuestras manifestaciones culturales puedan presentar síntomas claros en este sentido, y serían cuestiones muy interesantes para analizar, pero debemos dejarlo para otra ocasión pues ahora es momento de concluir el camino iniciado en este estudio sobre la película de Kurosawa.

Hemos podido comprobar, a lo largo de los tres capítulos de este extenso trabajo, cómo un solitario y joven médico interno, desorientado tras la reciente pérdida de su madre, no ha podido evitar conducir su vida por el camino del odio. Insatisfecho con su vida, terminó siendo una amenaza para el entorno familiar de un ejecutivo al que envidiaba. Por otro lado, también hemos sido testigos de un caso excepcional que parte de este suceso. Kurosawa nos presenta a Gondo, un hombre capaz de sobreponerse a un chantaje injustificado que le ha llevado a la ruina. Un sujeto que consiguió neutralizar su ira, ya que sus prioridades, basadas en su realización personal y el arraigo familiar, le proporcionaron el arrojo suficiente para rehacerse, pues Gondo tenía razones suficientes para preguntarse… ¿por qué debemos odiarnos?

 

El infierno pendiente de Martin Scorsese

El infierno del odio” se estrenaba en 1963 inspirada en una novela norteamericana de Ed McBain, “King`s Ransom”, publicada en 1959. En aquélla época era notable percibir en obras estadounidenses ciertos temores propios de familias de clase media/alta. Otro ejemplo, “The Executioners” (John D. MacDonald, 1958) daría pie a “El cabo del terror” (J. Lee Thompson, 1962) estrenada un año antes que “El infierno del odio”. Treinta años más tarde Martin Scorsese realizaría una nueva versión de “El cabo del terror” (“El cabo del miedo“, Scorsese, 1992). Un año después, en 1993, Universal adquirió los derechos de remake de “El infierno del odio” para que la dirigiera el propio Scorsese. Finalmente el proyecto no llegó a desarrollarse. ¿Habría conseguido Scorsese reflejar los temores de la familia media americana en su primera película y por ello no llevó a cabo la segunda?

"El infierno del odio" (Kurosawa)

 

 

Bibliografía:

  • “El porvenir de una ilusión” (Sigmund Freud)
  • “El malestar en la cultura” (Sigmund Freud)
  • “El idiota” (Fiódor Dostoievski)
  • “Crimen y Castigo” (Fiódor Dostoievski)
  • “Los hermanos Karamázov” (Fiódor Dostoievski)
  • “El sueño de un hombre ridículo” (Fiódor Dostoievski)
  • “La genealogía de la moral”  (Friedrich Nietzsche)
  • “La gaya ciencia” (Friedrich Nietzsche)
  • “Así habló Zaratustra” (Friedrich Nietzsche)
  • Enciclopedia Historia Nathional Geographic. RBA, 2013.
  • “El emperador y el lobo” (Stuart Galbraith IV, T&B Editories, 2005)
  • Seminario “The Searchers”, Jesús González Requena.
  • Seminario “Casablanca”, Jesús González Requena.

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