“El Infierno del Odio” frente a la mirada de Nietzsche

I

Presentamos un nuevo trabajo en el que abordaremos algunas cuestiones espinosas. A partir de ciertos planteamientos de Nietzsche intentaremos entender el carácter de los dos personajes principales de la película: Takeuchi y Gondo. Tomaremos como referencia dos conceptos acuñados por el pensador alemán: El “hombre noble”, que relacionamos con Gondo; y el “hombre del resentimiento”, que referiremos a Takeuchi. Y también explicaremos las similitudes y diferencias de estos conceptos con nuestros personajes cinematográficos.

Es forzoso comenzar aclarando diversos aspectos relacionados con la idea de “hombres del resentimiento“, pues son numerosas las formas en las que Nietzsche se dirige a este colectivo. Puede presentarlos como “corderos”, “ovejas enfermizas”, “esclavos” (para referirse al pueblo judío), “hombre vulgar” o “pueblo bajo”. Incluso encuentran ubicación en este grupo los “enfermos” y “adictos al alcohol y las drogas”. Declaraciones tan rotundas como la separación radical entre “enfermos” y “sanos” por parte de Nietzsche, convierten este capítulo en un texto complejo de desarrollar, y aquí declaramos nuestra pretensión de permanecer lo más alejados posible de este tipo de propuestas en las que el germano se muestra tajante y lejos de la ambigüedad mediante manifestaciones que por su contundencia pueden incomodar al lector.

No obstante, sí queremos hacer mención a algunas de las características referidas a este amplio grupo de “hombres del resentimiento”, propiedades que el filósofo alemán aplica al conjunto en general pero que nosotros deseamos extraer para fijarnos especialmente en aquellos aspectos que pensamos, son propios en la conducta de Takeuchi. Nuestra intención es identificar esos rasgos comunes con el personaje de Kurosawa para tratar de comprender el oscuro comportamiento del criminal en la película.

Dejamos atrás esta introducción necesaria y comenzamos sin más dilación nuestro recorrido.

Una vez resuelto el rescate del niño, el director, lejos de ocultar la identidad del secuestrador, expone su rostro al público inmediatamente. De este modo observamos en él un exceso de celo por estar informado de las últimas novedades en la vida de Gondo tras el secuestro. Y, a la vez, percibimos cierto goce reflejado en su semblante al descubrir aquellas noticias que confirman la desgracia económica del ejecutivo. Un disfrute que se ve interrumpido cuando comprende que el directivo se ha ganado la simpatía de los medios de comunicación. En esos primeros compases que compartimos junto al secuestrador empiezan a aflorar nuestras cuestiones más inmediatas. ¿Qué buscaba Takeuchi con su acto? A través de una voz radiofónica se desliza la siguiente observación que puede servirnos para comenzar nuestra exploración:

 

"El infierno del odio" (Kurosawa)

– […] La policía dice que el dinero no fue el único motivo del secuestro, había una actitud de desprecio en las llamadas telefónicas, como si tuviese un odio fuera de lo común por el señor Gondo.

Desprecio y odio, indica el locutor. Tenemos a un secuestrador que ha perpetrado el rapto de un niño movido por el desprecio y el odio. ¿Qué ha podido generar estos sentimientos? Buscando en el texto hallamos unas declaraciones interesantes que nos pueden llevar al origen de la respuesta que buscamos:

Mi vida ha sido un infierno desde que nací

Ésta es la confesión de Takeuchi minutos antes de ser ejecutado. Un tipo que ha sufrido desde su comienzo (pero nosotros no conocemos las circunstancias de ese sufrimiento). Nietzsche nos cuenta en primera persona el sentir de alguien así:

<¡Ojalá fuese yo otra persona!>, suspira esa mirada, <pero no hay esperanza. Soy el que soy: ¿cómo podría librarme de mí mismo? Y es que ¡estoy harto de mí!>…

Presentando estas afirmaciones y las del propio Takeuchi en términos matemáticos la fórmula sería la siguiente:

– Mi vida ha sido un infierno desde que nací-     =        “…¡estoy harto de mí!>…

Si lo pensamos bien, la ecuación funciona. Así pues, tenemos a un individuo dolido y resentido por lo que hasta ahora ha sido su vida; un tipo que desearía ser otra persona; alguien que ni siquiera encuentra la esperanza de llevar otro tipo de vida. Nietzsche, excesivo como es habitual, considera ese autodesprecio como “un auténtico terreno cenagoso” en donde “crece toda mala hierba, toda planta venenosa”. Y por exageradas que sean sus palabras no debemos dejar de advertir que nada bueno puede salir de un sentimiento parecido. No analizamos las causas de ese sentimiento (un tema que podría ser interesante, pero los datos son insuficientes para emprender un estudio). Sin embargo, sí queremos analizar las consecuencias, pues como dice Nietzsche, desde aquí “se odia la vista del victorioso”. Veamos cómo explica este odio hacia “otro” el filósofo alemán:

"El infierno del odio" (Kurosawa)

<Alguien tiene que ser el culpable de que me encuentre mal> (…) <Yo sufro: alguien tiene que ser culpable>“.

Alguien, “otro”, tiene que ser el culpable de mi sufrimiento. Este es el “pretexto” del secuestrador. Hemos hallado en Takeuchi un notable sufrimiento que se traduce en resentimiento a Gondo, pero ¿por qué llevar a cabo unas acciones tan oscuras hacia alguien a quien no conoce y con el que nunca ha trabado relación? Resulta llamativo cómo en ocasiones la distancia y la escasa o nula relación con el “otro” acentúan el déficit de empatía mínima necesaria para contener el odio entre individuos; mientras que en otros casos es un exceso de contacto con el “otro” la causa del odio entre semejantes.

La habilidad de Nietzsche como analista del comportamiento humano no deja de sorprendernos, y con sus palabras llegamos al núcleo del por qué esa conducta en Takeuchi:

“Todo el que sufre busca instintivamente una causa de su sufrimiento, o, dicho con más exactitud, un causante, o, todavía más concretamente, un causante culpable y que sea sensible al sufrimiento; en suma, algo que tenga vida sobre lo que pueda descargar sus emociones con algún pretexto, materialmente o in effigie: la descarga emocional es el mayor intento de obtener alivio, concretamente el mayor intento de narcotización del doliente, el narcótico que desea involuntariamente contra cualquier tipo de tormento”.

No sabemos, si como afirma Nietzsche podríamos aplicar esta definición a “todo el que sufre”. En cambio, sí parece ajustarse al comportamiento de uno de nuestros protagonistas, pero tratemos de justificarlo. Tenemos a un sufriente (Takeuchi) buscando “una causa de su sufrimiento, o dicho con más exactitud, un causante, un causante culpable”. Y también hallamos ese sujeto “sensible al sufrimiento” en quien derramar todo el resentimiento (Gondo). Así, ante aquella duda que nos acechaba sobre por qué verter sus emociones en “otro” a quién ni siquiera conoce, hallamos los primeros brotes de la respuesta requerida: “Para obtener alivio” por todo el sufrimiento acumulado en sí mismo. Es por ello que busca “el mayor intento de narcotización”  ya que:

“…se desea narcotizar un dolor torturante, secreto, que se va haciendo insoportable, mediante una emoción más fuerte, del tipo que sea, a fin de eliminarlo de la consciencia al menos por ese instante, y para ello se necesita una emoción, una emoción todo lo salvaje que sea posible y, para suscitarla, el primer pretexto que se presente”.

Takeuchi sufre “un dolor torturante, secreto, que se va haciendo insoportable” (lo real dentro de uno mismo) ¿Y de qué modo se narcotiza ese dolor? “mediante una emoción más fuerte” ¿Cuál es la emoción que hallamos en Takeuchi para narcotizar su dolor? El odio. ¿Qué “pretexto” utiliza Takeuchi para suscitar ese odio que pueda calmar su dolor? La envidia y el resentimiento.

A pesar de la gran ayuda prestada por el polémico pensador alemán, debemos tomar un camino diferente al de Nietzsche, pues allí donde nosotros situamos estas acciones en un único individuo y en un caso concreto, apoyados sobre el film de Kurosawa, el filósofo sostiene que este modo de pensar es propio de los “enfermizos”. Nada tendríamos que objetar si se refiriera a una enfermedad del alma, pero el autor, contundente y poco ambiguo, enumera una serie de síntomas y dolencias fisiológicas que subrayan su pensamiento respecto a los “enfermizos”. Por esto y por otras causas anteriormente mencionadas no participamos de la idea de englobar a tantos y tan diferentes individuos en las características atribuidas al conjunto de “hombres del resentimiento”, pues nosotros las sugerimos únicamente en comportamientos similares al de nuestro personaje cinematográfico.

Hemos hallado el “pretexto” de Takeuchi para calmar su dolor. Ahora es el momento de darle forma dentro del film:

Desde mi diminuto cuarto, su casa parecía el cielo. Mirándola comencé a odiarlo.  Finalmente, el odio hizo que mereciese la pena seguir viviendo.

El odio como motivo para seguir viviendo. Resulta escalofriante sólo pensarlo. En este punto, Takeuchi decide revertir la situación, y ya que nunca podrá alcanzar la casa que anhela y el tipo de vida que en ella proyecta, al menos conseguirá bajar a ese sujeto sensible al sufrimiento en quien ha fijado su objetivo a su infierno, pues es en el sufrimiento del “otro” donde encuentra alivio Takeuchi:

Es muy interesante hacer desafortunados a los afortunados

Nietzsche en su faceta de psicólogo da forma a las declaraciones del delincuente:

“Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía -ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano”.

Takeuchi encuentra interesante hacer desafortunado a Gondo, es decir, hacer-ver-sufrir a “otro”.

"El infierno del odio" (Kurosawa)

Pero no parece que ese plan de “hacer sufrir” alcance sus cotas máximas, pues hallamos dos momentos en el film que frustran las intenciones de Takeuchi. El primero es el instante en que lee la prensa y descubre que el ejecutivo se ha ganado la simpatía de la opinión pública. El segundo, se produce en la prisión, con Takeuchi esperando que Gondo le odie. El principal motivo del secuestro era conducir a Gondo hasta el odio. Hasta el infierno del odio.

Una vez que nuestro “hombre del resentimiento” ha señalado a aquel que considera culpable de su sufrimiento, continuamos nuestro estudio despejando cierta confusión sufrida en el primer acercamiento a esta película.

Al comenzar este trabajo sospechaba que Takeuchi albergaba dentro de sí un profundo anhelo de ocupar la posición de Gondo. Y para sostener esta idea me aferraba a las palabras de Nietzsche: “¡Ojalá fuese yo otra persona!“, relacionadas con las del propio secuestrador: – Desde mi diminuto cuarto, su casa parecía el cielo. Mirándola comencé a odiarlo-.

Declaraciones como ésta reforzaban mi suposición. Sin embargo no debemos dejar pasar por alto un importante detalle. Tomemos las palabras de Takeuchi al pie de la letra:

…su casa parecía el cielo…

El secuestrador identifica la casa de Gondo con el cielo. Debemos advertir que el título original en japonés de “El infierno del odio” es  “Cielo e Infierno“; y en la película se determina claramente que la casa de Gondo representa el cielo; y la ciudad de Yokohama, a los pies de la residencia del ejecutivo, representa el infierno, tomando como eje principal de este espacio las figuras del secuestrador y los policías, quienes ejercen de cicerone para el espectador recorriendo la metrópoli japonesa. Pero volvamos a las declaraciones de Takeuchi. ¿Podríamos afirmar que el delincuente anhelaba ocupar la posición de Gondo en el “cielo”?
Analicemos las palabras del propio secuestrador en el careo final frente a Gondo:

¡Yo no tengo miedo de la muerte ni del infierno! ¡Mi vida ha sido un infierno desde que nací!

(El infierno es encarnado por Takeuchi). Y tras una pausa, el delincuente añade:

¡Si me dijesen que iba a ir al cielo, entonces sí que temblaría de verdad!

Takeuchi temblaría en el cielo. Parece que no está preparado para vivir allí y sobrellevar la vida que proyecta en Gondo. Así pues, no sería capaz de llevar su propia vida en “el cielo”, en ese lugar que observa a través de sus prismáticos. Sin embargo no nos abandona cierta sospecha que hace retornar a nuestra idea inicial, y nos atrevemos a afirmar que Takeuchi sí anhela alcanzar “el cielo”, a pesar de que hemos hallado una incapacidad reconocida por el propio personaje que inhabilitaría la mínima opción de ocupar la posición de Gondo, pues temblaría sólo de saber que puede “ir al cielo”. Llegados a este punto debemos volver a preguntarnos ¿qué quiere exactamente el secuestrador?

Takeuchi quiere su lugar en “el cielo”, pero no encuentra la forma de llevarlo a cabo, pues se ve inmerso en un complejo proceso que es incapaz de resolver y que desemboca en el autodesprecio. Envidia la capacidad que “otro” ha tenido para llegar hasta “el cielo” y lamenta su propia incapacidad para desarrollar unas pautas que le permitan recorrer ese camino. Takeuchi no quiere “el cielo” de Gondo, Takeuchi anhela tener la disposición necesaria en la vida para recorrer el camino que lleva “al cielo”.

Intuyendo su propia incapacidad comienzan los problemas, y en su comparación con aquel que ha sabido recorrer ese camino empieza la frustración. A partir de aquí se ve inmerso en una encrucijada malsana. Dilapida su tiempo odiando a “otro”, buscando fórmulas para boicotear su bienestar, pues el objetivo es hacerle infeliz, ya que alberga una emoción interior que ha de calmar y que es incapaz de controlar. Ese mismo padecimiento le domina y le lleva a tomar sus decisiones. De este modo emerge un propósito oscuro, Takeuchi no es capaz de vivir la vida de Gondo, y por ello quiere destruir la vida del “otro”. En definitiva, que el ejecutivo viva y sienta su infierno de odio, “el infierno de Takeuchi“.

Y no abandonará esta voluntad en ningún momento pues como hemos mencionado, incluso antes de ser ejecutado añora como última esperanza ver cumplido su sueño:

"El infierno del odio" (Kurosawa)

Sr. Gondo, ¿se alegra de que vaya a morir?

El malhechor quiere que Gondo le odie y ampare dentro de sí el mismo sentimiento que él es incapaz de dominar. Y por ello desea que Gondo también sufra, que no sea él, el delincuente, el único que sufre.

 

II

Sabemos por la información tomada de la película que Gondo es un sujeto que se ha hecho a sí mismo. Sin embargo Takeuchi construye su vida desde la envidia, el resentimiento y el odio que siente hacia el hombre que vive en la casa de la colina. Una casa que en boca de algunos personajes del film mira por encima del hombro a quienes hay debajo.

Permítame el lector abrir un paréntesis en forma de breve apunte acerca del origen de los conceptos <bueno> <malo> <malvado>, ya que es sobre la “Genealogía de la moral“, sobre el texto que nos estamos apoyando para analizar esta película:

Individuos como Gondo (a los que nombra como “hombres nobles”) se miran a sí mismos y se dicen: – Yo soy el <bueno>. Por lo tanto, todo “otro” que no sea yo, es <malo>-.

En otro registro, la forma en que individuos como Takeuchi (“hombres del resentimiento”) nombran la diferencia entre <bueno> y <malvado> es distinta: – El otro es <malvado>– y a partir de ahí desarrollan su lógica: –Si el “otro” es el <malvado>, yo soy el <bueno>-.

Es decir, el “hombre noble” se define a sí mismo, no necesita a otros para nombrar sus características. El “hombre del resentimiento” primero señala y a partir de ahí realiza su propia definición, necesita primero de “otro” para explicarse a sí mismo.

Comprendemos la complejidad de este tema y la facilidad para perderse en la confusión, así, trataremos de no alejarnos demasiado hacia temas propios de la filosofía, pues tal vez no sean estos, aspectos adecuados a tratar en un artículo de cine. Únicamente queríamos incitar al lector a tener una toma de contacto con el texto de Nietzsche, y a partir de ahí sacar sus propias conclusiones, posiblemente discrepantes, sobre algunos de los planteamientos que aquí formulamos.

Hemos venido presentando a Gondo como uno de los “hombres nobles” creados por Nietzsche. Aquellos que conozcan bien la obra del germano pueden pensar que nuestra comparación de Gondo con el “hombre noble” puede parecer desproporcionada, especialmente en ese punto en el que “el hombre noble” y el “animal de presa” resultan ser el mismo:

“En el fondo de todas estas razas nobles es imposible dejar de ver al animal de presa”

Se alza así una réplica que pone en cuestión la presentación que mostramos hasta ahora, pues no parece que Gondo encaje en la siguiente definición sobre los “animales de presa”:

“…monstruos exultantes, que quizá dejan tras de sí una horrenda serie de asesinatos, incendios, ultrajes y torturas con tal arrogancia y equilibrio anímico como si todo lo que hubiese sucedido no fuese más que una travesura de estudiantes”

Presenta Nietzsche a sus propios animales de presa como seres crueles, “monstruos”, torturadores arrogantes… que van desde “la magnífica bestia rubia” hasta:

“la nobleza romana, árabe, germana, japonesa: héroes homéricos, vikingos escandinavos: en esta necesidad son todos ellos iguales. Son razas nobles quienes han dejado como huella el concepto de <bárbaro> en todos los caminos que han recorrido (…) Esta <osadía> de las razas nobles, desaforada, absurda, repentina en su modo de manifestarse; lo imprevisible, lo inverosímil mismo de sus empresas (…) su indiferencia y desprecio hacia la seguridad, el cuerpo, la vida, la comodidad; su tremebunda jovialidad y profundidad de placer en toda destrucción, en toda voluptuosidad de victoria y de la crueldad: todo esto fue recogido por quienes lo sufrían en la imagen del <bárbaro>, del <malvado enemigo>”

Así pues todos estos comportamientos <bárbaros> fueron recogidos por los “otros”, por las víctimas (y aquí también sitúa Nietzsche a estas víctimas en el conjunto de “hombres del resentimiento”).

Por todo esto nos preguntamos si podríamos establecer relación entre el personaje de Gondo y el “animal de presa”. Observando con atención las ideas que nos ofrece el propio Nietzsche tal vez encontremos el encaje, pues el autor destaca que este comportamiento salvaje se produce “hacia afuera” en un contexto que se enmarca “lejos de la civilización”. Y es allí, lejos de la civilización, donde “encuentran compensación por la tensión que produce una larga reclusión y encerramiento dentro de los muros que forma la paz de la comunidad“, pues dentro de la “comunidad”, ahí donde forman parte de la “civilización” encontramos que el hombre noble o animal de presa, “…por obra de las buenas costumbres, de la veneración, de los usos y tradiciones, de la gratitud y todavía más por la vigilancia recíproca (…) se mantienen detrás de ciertas barreras (…) ingeniosos en la consideración, el autodominio, la ternura, la fidelidad, el orgullo y la amistad“. En una forma de nombrar algunas características de la cultura, el autor llega a señalar hacia el “autodominio”; un elemento importante para la contención de los instintos del hombre. Pero en suma son todos conceptos y herramientas ideados por la civilización que tal vez no se valoren lo suficiente, pero que si observamos con atención diferencian a hombres como Gondo del antaño <bárbaro>. Si este ha sido uno de los objetivos de la cultura, podemos decir que ese animal de apariencia dócil que parece ser Gondo, no es otro que la bestia <bárbara> de otro tiempo, hoy coartada por mecanismos que contienen algunos de sus impulsos. Gondo lleva consigo aquellos instintos primitivos y prueba de ello son, por ejemplo, las lecciones que infunde en su hijo:

“No corras sin más. Escóndete y acaba con el sheriff. Entre hombres, se gana o se pierde. Adelante, gana”

Para Gondo la vida es un juego de hombres en el que se gana o se pierde, y la victoria pasa, entre otras cuestiones, por “acabar con el sheriff”, algo que cristaliza en su notable apetito por hacerse con la compañía de zapatos derrocando sin lástima al presidente. Por ello se manifiesta en él, de forma nítida, la misma voluntad de poder que en otro tiempo reflejaban los “animales de presa”. La diferencia entre el comportamiento de Gondo y el del antiguo bárbaro reside en la forma de conducir esa energía (que son sus instintos) y en el modo de lograr sus anhelos. Ya no hay derramamiento de sangre, ahora estos instintos se rigen bajo unas normas básicas creadas por la cultura, que fuerzan unos niveles mínimos de “autocontrol”.

No negamos que aún pueda existir margen de mejora en torno a estos mecanismos, pero al contrario que Nietzsche, celebramos estas conquistas de la civilización, pues el pensador alemán, dentro de su notable capacidad de visión para analizar al hombre y las distintas herramientas que este ha generado para convivir dentro de la civilización, se muestra contrario y tajante al respecto:

“¡Estos <instrumentos de la cultura> son una vergüenza del hombre, y más bien una sospecha, un contraargumento contra toda forma de <cultura>!”.

Hemos presentado aquí dos fuerzas antagónicas. Los “hombres del resentimiento” frente a los “animales de presa”. La cultura ha sabido valerse de mecanismos de control sobre ambas fuerzas, ya que, por un lado, un exceso de resentimiento en una sociedad, alentado por poderes políticos e instituciones que miran hacia otro lado puede ser dañino en exceso para esa cultura. Mientras que por otra parte una relajación hacia el control de aquellas fuerzas “bárbaras” que no comprenden otra ley que la de su propio ánimo, también compromete en extremo dicha cultura. Del mismo modo que no es deseable un exceso de voluntad de poder por parte del animal de presa, tampoco debemos aspirar a sentar las bases de una civilización sobre el odio y el resentimiento. Es trabajo de todos los miembros que componemos una cultura saber tomar el testigo que nos ha sido entregado con la sensatez suficiente para no retroceder hasta tiempos remotos.

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