“El infierno del odio” (II): Paradigma de Lo real

“El mundo reposa sobre disparates (…) ¡Sabemos lo que sabemos!”
Iván Karamázov -“Los hermanos Karamázov“-

 

Una amenaza interior. Manifestaciones de “Lo real” en Takeuchi

Un individuo que sufre un profundo malestar (posiblemente relacionado con la reciente pérdida de su madre) tiene por costumbre vigilar una suntuosa vivienda que hay frente a su ventana. Mirando desde la distancia, intuye algunos asuntos de la familia que allí habita, pero desconoce los pormenores más íntimos. En consecuencia, los huecos y lugares que no alcanza a detectar son completados con su imaginación. Por ejemplo, cree sentir el calor que arropa a los habitantes de la casa en invierno; un calor inexistente en su destartalado apartamento. Esta curiosa costumbre le conduce a un estado febril que desemboca en un odio irracional contra el padre de la familia, en quien justifica su profunda zozobra. Sin embargo, que Takeuchi impute a Gondo todos sus males, no significa que éste sea el causante de ellos. Hagamos una presentación esquemática de su situación emocional:

  • Padecimiento
  • Necesidad de desechar de sí el malestar
  • Localización y observación de otro (Gondo)
  • Envidia
  • Desplazamiento de las causas del mal propio hacia otro
  • Culpa al otro del malestar propio
  • Odio manifiesto: “El odio hizo que mereciese la pena seguir viviendo
  • Agresión traducida en secuestro: “Es muy interesante hacer desafortunados a los afortunados

Kurosawa nos presenta una figura enigmática y el espectador ha de estar atento para recoger la escasa información que la película ofrece sobre este personaje. Al final del metraje, localizamos un detalle importante, pues Takeuchi considera “una suerte” que su madre falleciera el año pasado: “no tendré que soportar su patético lloriqueo”. No conocemos su pasado, pero sí sabemos lo que sucede poco después. Mientras Takeuchi habita un pequeño cuarto, el empresario y su familia viven asentados en una casa que no puede disimular su arrogancia. Takeuchi no soporta su propia vida pero encuentra una vía para apartar su frustración y por ahí desplaza su malestar hacia la casa que observa. De este modo el secuestrador desprende un odio disparatado, a la par que elige a Gondo como fuente de su desdicha y diana de su irritación; y así, este peligroso juego de señalar a otros como culpables de nuestros males le proporciona la osadía suficiente para llevar a cabo un secuestro. Tras ese odio, intuimos que algo cohabita latente en su interior causándole malestar, y he aquí el motivo de esta expedición. La cámara magmática del “volcán Takeuchi” ha captado nuestra atención e intentaremos acercarnos todo lo posible para comprender su actividad.

Todo lo aquí expuesto son hipótesis y como tal hay que tomarlas, no quisiéramos que este texto se entendiera como afirmaciones irrefutables, pues tal vez el imprudente descaro de quien las escribe ha terminado llevándole hacia aspectos que le resultan ajenos.
Si alcanzase este texto para invitar a la reflexión de algún lector, daría por justificado este artículo.

Empecemos aclarando que el odio o la envidia no son los causantes del sufrimiento que padece Takeuchi. Su malestar, derivado de otras causas, refleja en el protagonista manifestaciones de odio, envidia o agresividad. Continuando con el símil volcánico podríamos decir que estos síntomas son toda esa materia que compone la lava expulsada en la erupción. El odio que ha favorecido le hace capaz de raptar a un niño únicamente por causar daño. Por ello nos preguntamos si perjudicando a su vecino habrá resuelto Takeuchi su problema. Y nuestra respuesta ha de ser clara al respecto: Perjudicando a su vecino únicamente encontrará un goce inmediato y efímero que servirá de narcótico, además de empeorar su situación. ¡Qué difícil resulta mirar en uno mismo, y que sencillo y aliviante resulta apuntar hacia los demás para no enfrentarnos a nuestros problemas! Nada más fácil que desplazar las causas del dolor que uno siente, pensando que el motivo de nuestro problema tiene origen en otro. Llegamos al núcleo de nuestro análisis observando cómo”lo real” que habita en Takeuchi ha traspasado barreras que no debería, obviando además límites integrados en cada sujeto que son necesarios y nos configuran. Sin ellos, enfrentados a “lo real”, sólo queda el caos. En palabras de González Requena, estos límites son un “mecanismo defensivo esencial que se manifiesta en esa tendencia a percibir lo menos posible“. Un mecanismo que trata de permanecer alejado de “lo real”, no sumergido en ello. ¿Y por qué mantener distancia frente a “lo real”? “(…) Por motivos estrictos de supervivencia, la percepción apunta a saber, de lo real, lo menos posible. Pues un exceso de saber es, como poco, doloroso y, en el límite aniquilador.“. Observamos aquí la compleja situación de un personaje que se halla desprovisto de un método de contención contra “lo real”. Si por un lado la percepción de Takeuchi quiere saber lo menos posible de “lo real” que habita en él, por otro lado eso mismo, “lo real”, es el motor de su malestar y le empuja a llevar a cabo dos acciones encadenadas: la primera es señalar a otro como culpable de su situación; y la segunda, tratar de arruinar a ese otro como forma de aplacar su inquietud. Es por ello que resulta más sencillo acusar a otro de nuestros males que hacerlos frente. Avancemos un paso más en nuestra exploración: “… La conciencia se ve (…) agredida desde el interior del cuerpo por esas excitaciones violentas que son las de la pulsión (…), lo real (…) habita al sujeto y (…) desgarra su consciencia desde el interior no menos que desde el exterior“. Excitaciones violentas en nuestro interior…; pero ¿qué entendemos por pulsión? “Es la presión sobre la conciencia de lo real que procede desde el interior del cuerpo“. Así pues, “…el Ello es, precisamente, lo real que nos habita“. Aparece aquí el “Ello” freudiano (“lo real”) golpeando la conciencia. Para tratar de completar esta información veamos la relación entre el punto de vista de Freud y el comportamiento de nuestro personaje:

Si en un ser humano el ello sustenta una exigencia instintiva de naturaleza erótica o agresiva, lo más simple y natural es que el yo (…) la satisfaga mediante una acción.

Conviene ser prudente a la hora de extraer fragmentos de grandes pensadores, pues podríamos conducir a equívoco, por esto me veo en la necesidad de aclarar que en ningún caso estas palabras de Freud son una invitación a satisfacer las exigencias del “ello” (y tampoco nosotros incitamos a llevar a cabo tal acción). Hemos decidido extraer esta frase para demostrar cómo toma forma en el comportamiento de Takeuchi: Nuestro protagonista se ve sometido a una “exigencia instintiva” que le golpea desde el interior, y su reacción inmediata ha sido la de satisfacer esa demanda mediante el intento de causar daño y humillar a Gondo. Y debemos reconocer que en gran medida ha logrado su objetivo, sin embargo, como hemos anunciado anteriormente de forma rotunda, esta no es una vía para superar su malestar. Justifiquemos esta afirmación fijándonos en el comportamiento del secuestrador desde que finaliza el intercambio del niño hasta su encuentro con el ejecutivo en prisión: De inmediato disfruta con los titulares de prensa; hallamos complacencia y satisfacción en el rostro del delincuente. Vemos también tranquilidad en el ánimo de Takeuchi, pues ha conseguido satisfacer la exigencia instintiva del ello. Sin embargo, todo cambia mientras atiende a las palabras del locutor radiofónico que hay de fondo, pues observamos que las declaraciones de éste le incomodan: “Si está escuchando, me gustaría decirle esto (…) es el Sr. Gondo quien se está riendo de usted“. Su alivio se evapora y Takeuchi tiene ahora dos problemas; el original, fruto de su pulsión y otro nuevo causado por su chantaje a Gondo. Por todo esto su malestar se agrava, pues no ha hecho más que derramar gasolina sobre un fuego que vive dentro de sí. En aquellos momentos en los que la pulsión nos gobierna es complicado mantener la estabilidad y en consecuencia hay una tendencia humana, casi natural, a empeorar el problema. Y esto puede ser válido tanto para una figura individual como para todo un colectivo. Takeuchi cambia de emisora a la vez que el gesto de satisfacción en su cara desaparece. Pensativo, agacha la cabeza, se gira y mira a través de la ventana mientras aparta la cortina. Escondido como si temiera ser descubierto, observa con sus prismáticos la casa que tanto le obsesiona. El sufrimiento no ha terminado para Takeuchi y una vez más orienta su mirada hacia la casa que hay sobre la colina en un claro ejemplo de su incapacidad para mirar dentro de sí. Será éste un gesto recurrente en el secuestrador a lo largo de la película, pues momentos antes de ser capturado por la policía insiste en su obsesión. De nuevo mira hacia la casa de Gondo, con odio, como si éste fuese el culpable de su inminente detención.

Llegamos al final de este capítulo acompañando a Takeuchi en sus últimos minutos. Sabemos por los periódicos que “Ginjiro Takeuchi” será condenado a muerte y poco después le hallamos sentado en una celda. Sonríe al ver a Gondo, pues ha conseguido que acuda hasta él; este era su último empeño. Se levanta y aparta con un gesto brusco las manos de los agentes que le sujetan. Su actitud es altiva, arrogante y chulesca, pero no deja de ser una pose forzada que delata la zozobra que padece el protagonista. Avanza erguido y desafiante hacia la sala contigua donde se encuentra Gondo. Sonríe de forma perversa mientras se cierra la puerta tras él. Mira fijamente al ejecutivo y respira hondo. Un cristal separa a ambos personajes; están uno frente al otro. En sus últimos minutos, Takeuchi siente curiosidad por saber en qué dirección han ido los pasos del directivo; y así descubre que Gondo ha levantado su propia fábrica: “Estoy trabajando duro para que sea tan grande como Zapatos Nacional“. El secuestrador hizo lo posible para que su antagonista cayera en la ruina absoluta, y de algún modo lo consiguió, sin embargo, cuando pensaba que casi acariciaba su deseo, ve como se desvanece justo a las puertas de su ejecución, pues comprueba con pesar que todo su esfuerzo ha servido para que el ejecutivo sea hoy más fuerte, y él se vea enfrentado a la muerte. Esta trama ha dejado una profunda marca en Gondo. Takeuchi fue una amenaza para el ejecutivo. Sin embargo, una vez ha terminado todo, uno porta cicatrices y el otro mantiene sus heridas abiertas, ya que siempre fue presa de “lo real”. Gondo, al contrario que Takeuchi, ha sabido encauzar su vida. Una vez inmersos en el estado de confusión que origina “lo real” somos propensos a tomar las decisiones menos acertadas; decisiones que nos pueden alejar del camino adecuado precisamente en el momento que deberíamos permanecer lo más centrados que la situación nos permita. Así, parece inevitable preguntarse cuál es el camino adecuado cuando nos vemos hundidos en semejante caos. Quizá sea aquel que no empeore aún más la situación, pero sobre todo ese camino que, siendo conscientes de las dificultades por las que atravesamos, permite recuperar nuestra estabilidad o la de quienes nos rodean de la mejor forma posible. Siempre será un ejemplo digno de alabanza el de aquel paciente enfrentado a la muerte que mientras la enfermedad le consumía por dentro, mostraba entereza y normalizaba la situación frente a sus seres queridos con el único fin de mitigar la angustia que éstos sufrían. Pero éstas son actitudes nada fáciles de adoptar. Volviendo a nuestro trabajo observamos el desconcierto de Takeuchi al constatar la fortaleza de Gondo. “¿No se alegra?“, pregunta el reo con verdadera curiosidad. Saber que Gondo le odia daría un sentido a su inmediata ejecución. Todos nos hemos sentido incómodos cuando representamos acciones moralmente reprochables, por eso, reconocer ese mismo patrón en nuestros semejantes no sólo es una vía de escape, también un consuelo que mitiga levemente la presión que ejerce en nosotros nuestra propia conciencia. ¡Cuántas veces hemos hallado justificación a nuestros peores actos señalando hacia aquellas personas que también los habían llevado a cabo antes que nosotros!

Del mismo modo que Gondo no comprendía que alguien pudiera secuestrar al niño de otra persona para pedirle un rescate a él, Takeuchi no comprende que el empresario no le odie después de todos sus esfuerzos por causarle daño. Impecable trabajo de Kurosawa que logra retratar la maldad humana en una de sus máximas expresiones. A causa de lo sucedido somos testigos de la quiebra emocional del secuestrador en los minutos finales de metraje. Evidenciamos su miedo al aflorar sus nervios; golpea sus piernas, se acurruca sobre sí y cubre su cabeza invadido por el terror.

Percibimos su desesperación. Se abalanza contra la reja que le separa de Gondo y de su garganta emerge un grito desgarrador; una queja causada por un dolor que nace en sus entrañas; una manifestación del torturante malestar al que se ve sometido. Takeuchi no puede contener su angustia. “Lo real” terminó con él antes que la horca.

"El infierno del odio" (Kurosawa)

 

“Lo real” y Gondo. Una amenaza exterior.

– (…) tiene que pagar el rescate. Por supuesto que tiene que pagarlo.
¿Por qué? ¡No lo haré! ¡Me niego rotundamente!
Lo hará. No le dejará morir. No tiene valor para dejarle morir, Sr. Gondo.

Gondo ha trabajado los últimos treinta años en una fábrica de zapatos. Se abrió camino desde la base hasta ocupar la plaza de ejecutivo en la que está instalado. “Los zapatos son mi vida”, declara, y no resultan extrañas sus palabras ya que sólo contaba con dieciséis años al ingresar en la compañía. Ha pasado el tiempo y desde la posición que ocupa tiene casi todo bajo control; cualquier indicio que amenace su tranquilidad podría ser manejable. Basándose en su capacidad de cálculo, ha previsto hacerse con el negocio. Analizó las contingencias a tener en cuenta con la operación, y una vez evaluadas, concluyó que su deseo, aunque arriesgado, era posible. Aplicando su lógica halla tranquilidad y piensa que son pocas las situaciones que pueden escapar de su dominio. Sin embargo no pudo prever una amenaza exterior que truncaría su propósito. ¿Qué sucede cuando algo inesperado irrumpe en nuestra vida; algo no calculable; algo no previsible; en definitiva algo que puede dejar en evidencia la red lógica que hemos tejido a nuestro alrededor? Ese “algo”, “lo real”, “es caos, mutación incesante y sin sentido, en la que todo cambia constantemente y nada se repite jamás.” Son las palabras de González Requena, ya que sobre su teoría nos apoyamos para localizar indicios de “lo real” en la película de Kurosawa. Así, trataremos de comprender mediante ejemplos algo insólito que “no puede ser aprehendido por el entendimiento, (…) mas no por ello de eso no puede saberse nada (…) en cierto modo, de eso se sabe todo el tiempo“. Y nos preguntamos si es posible comprender algo que “no puede ser aprehendido por el entendimiento“… En su forma de concebir el mundo, Gondo no advierte la posibilidad de que un perturbado secuestre a un niño y le pida un rescate por él. Sin embargo, que Gondo no repare en ello no significa que no pueda suceder. Por tanto, cuando más cerca estaba de alcanzar su objetivo, surge “lo real”; esa posibilidad no tenida en cuenta que destruye la hipótesis (a priori favorable) de hacerse con el control de la compañía. Un factor que no era posible anticipar a la hora de evaluar los riesgos que suponía la operación; un elemento que escapa de toda lógica y de cualquier previsión, pues a pesar de que el hombre hace un esfuerzo superlativo por dar cierto sentido al caos que supone vivir, el mundo que habitamos es un lugar alejado de toda razón, y por ello, siempre serán mucho más cuantiosos aquellos espacios existentes fuera de todo razonamiento. Al respecto, González Requena nos advierte del “delirio consistente en concebir el mundo como algo en sí mismo razonable, congruente con el orden mismo de la razón“; y nos recuerda, a través de Wittgensteindos enunciados realmente estremecedores”:

“Que el sol amanezca mañana es una hipótesis: y esto significa que no sabemos si amanecerá.”
“No existe la necesidad de que una cosa deba acontecer porque otra haya acontecido; hay sólo una necesidad lógica”

Todos tenemos “una necesidad [de] lógica” en nuestra vida, ya que permanecer demasiado tiempo cerca del caos, puede devastar nuestra conciencia como vimos en el capítulo anterior. Hemos desarrollado una capacidad de cálculo que nos protege frente a “lo real”, pero hay factores que escapan de ese cálculo; incluso lugares en nosotros mismos que ponen en evidencia nuestra fragilidad, peligrando la resistencia de los pilares que nos sujetan. Aquel “delirio” que supone “concebir el mundo como algo (…) razonable” se antoja necesario en su justa medida, pues es una visión del mundo que pretende abstraerse de la vorágine que acarrea “lo real”, y por consiguiente, es una forma de caminar con cierta seguridad a través del caos que nos rodea. Volvamos a nuestra película para ver esta teoría reflejada en un ejemplo práctico. Cuando recibieron la primera llamada del secuestrador, los afectados entraron en pánico. La actitud natural de quien está siendo chantajeado de ese modo es la sumisión y la obediencia, y este fue el comportamiento de Gondo mientras atendía el teléfono. Una vez colgado el auricular y tras esos primeros minutos en estado de shock, comienza a asimilar una situación del todo inverosímil. Surge la rabia, el enfado o incluso el intento de rebelión contra aquello que trata de perturbar la paz del protagonista. Pero detengamos un momento el paso para observar la conducta de Gondo, pues como hemos señalado, es notable su estado de shock. Es aquí donde queremos dirigir el foco para comprender mejor la [in]disposición de alguien que acaba de chocar contra “lo real”: “El shock traumático, viene a decirnos Freud, no es después de todo otra cosa que eso: el efecto de las masas de energía excesivas que han atravesado la coraza protectora inundando al aparato psíquico con una excitación insoportable“. Apoyándose en Freud, González Requena presenta “lo real” como “masas de energía ciega, brutal, que golpean a la conciencia y que amenazan constantemente con aniquilarla.“. Masas de energía insospechada atravesando la coraza protectora de Gondo; un golpe difícil de encajar que resulta casi insoportable. Nuestro mundo “razonable” amenazado por la irracionalidad del mundo que nos rodea. De inmediato vemos cómo el hijo de Gondo, aquel por quien se había pedido un rescate, aparece de pronto con aire despreocupado. El niño no entiende la reacción de sus padres al verle, a la vez que el espectador no comprende este giro en el guión. Gondo intuye la situación y lo revela al espectador. Ha habido secuestro; es el hijo de Aoki, su chófer, quien con la mala fortuna de llevar la ropa equivocada ha sido raptado por un perturbado. Sin embargo, que el niño secuestrado no sea el hijo del ejecutivo no significa un contratiempo para un demente. El malhechor es capaz de encontrar un aliciente ante esta inesperada situación, y abate una vez más el ánimo de Gondo, quien enfurecido, encuentra un desahogo estéril a través de protestas vanas, pues no concibe que esa figura anónima pueda conseguir su objetivo y considera la situación absurda. Su razonamiento no es capaz de entender semejante suceso ya que dentro de su lógica estas circunstancias no tienen ningún sentido. Siente impotencia, pues quiere remediar un problema sobre el que no tiene control, ya que está en manos de otro y la situación es angustiosa. En consecuencia, se ve en la tesitura de elegir entre su anhelo de dirigir la compañía o abonar toda su fortuna en el rescate de un niño. Es por ello que no se muestra preparado para encajar el hecho de que su proyecto se pueda romper justo cuando más cerca estaba de conseguirlo. ¿Quién podría haber tenido en cuenta algo así? Después de la segunda llamada, una vez que han escuchado que el niño se encuentra bien, es el momento de afrontar aquello que resulta inverosímil. Algo que no es sencillo, y vemos en el protagonista una risa forzada y nerviosa que dará paso de nuevo al enfado y la indignación. En la forma de apretar sus puños intuimos la rabia que habita en él. Se sienta o se levanta, deambula por la habitación, y por momentos parece querer alejarse de quienes le acompañan. Merodea cerca de la ventana como si esa fuera una vía de escape válida para terminar con el problema. La situación es abrumadora, sabe que de sus próximas decisiones depende la vida de un niño, y la clave reside en el dinero que le iba a catapultar en el negocio que regenta. Después de tanto tiempo trabajando, su anhelo puede desvanecerse en pocos minutos a causa de un loco, y su exasperación desemboca en una pregunta a la que todos nos hemos visto enfrentados en algún momento: -“¿Por qué yo?“-. Este caso es un ejemplo extremo del impacto de “lo real” como amenaza exterior. Llegados al punto de preguntarnos “¿Por qué yo?” nos vemos inmersos en un proceso complejo que desorienta a quien lo sufre. Enfrentados a esta cuestión, nuestra estabilidad emocional posterior dependerá del modo en que afrontemos la situación y de las decisiones que tomemos para sobrellevar la coyuntura. Y esto será así en el mejor de los casos, pues no siempre, las contingencias a las que nos enfrentemos serán reconducibles o manejables. Parece que nuestro protagonista ha tocado fondo, abatido por la situación de poco sirve lamentarse; él lo sabe, y superada la rabia producida por la impresión, pasa directamente a la acción. Nuestro héroe ha evitado caer en la parálisis, la depresión, la locura… algo que podría haber sucedido, y sin embargo se muestra activo y decidido a afrontar este imprevisto que le dejará marcadas cicatrices de por vida. Pero siempre será preferible portar cicatrices a llevar heridas que somos incapaces de suturar. Gondo ha decidido pagar el rescate y en consecuencia se ve en la ruina, apartado de su trabajo y sin bienes materiales. Ante semejante coyuntura parecía complicado levantar cabeza, sin embargo ha conseguido aquello que deseaba: “Es una pequeña compañía, pero es mía“. La acción de Takeuchi ha transformado las aspiraciones de Gondo. “Estoy trabajando duro para que sea tan grande como Zapatos Nacional“. Y todo viene dado por su capacidad de reacción para sobreponerse a un problema en extremo grave y del cual no era fácil salir airoso. Sin embargo haber sabido encontrar un punto de equilibrio que no le lleve a una desesperación desmedida propició su resurgir. Aceptó los envites, el precio que tenía que pagar, su situación en desventaja… en definitiva aceptó lo inaceptable y tuvo el valor y la capacidad de levantarse. Una vez aparece “lo real”, no resulta sencillo desarrollar la suficiencia necesaria para reaccionar y sobreponerse a los avatares del destino. Sin embargo, nuestro protagonista, en un breve espacio de tiempo fue capaz de tomar decisiones correctas que consiguieron desestabilizar lo menos posible el estado de seguridad que disfrutan él y su entorno.

Este artículo únicamente ha abordado dos ejemplos en los que puede tomar forma el vasto océano que caracteriza a “lo real”. Por último quisiera dejar en el aire una reflexión de González Requena, pues confirma que grandes pensadores han tratado de comprender mejor ese extraño término: “…si la consciencia es el órgano de la razón, de ello se deduce, entonces, una irracionalidad esencial del mundo. Esa irracionalidad radical, ese sinsentido abrupto y brutal del mundo que habitamos, es el dato mayor de lo real, tal y como lo percibieron simultáneamente, por más que por dos vías notablemente diferentes, Freud y Nietzsche“.

 

A mi tío, Manuel Izquierdo Hernández

Bibliografía:

“Lo real” (González Requena, 2010)

Moisés y la religión monoteísta” (Sigmund Freud, Alianza Editorial, 2015)

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