El creciente acortamiento de las series de TV y la contención de sus finales

Si hace tan solo un par de años dábamos prácticamente por acreditada la muerte de la llamada “Era dorada de las series de TV”, esa que vimos comenzar y de la que no dejamos de ser conscientes en sus mejores momentos, pareciera que ahora es incluso un tópico tan solo insinuar que sus mejores tiempos son cosa del pasado. Seguro que sería posible advertir las características de las nuevas series de TV que apuntan al hecho de que ya no forman parte de la mejor fase de la historia de las series, pero si hay un momento en que esta sensación se impone de forma casi desoladora es cuando asistimos al final de una de esas series que sí tuvieron la suerte de pertenecer a la mejor etapa y que, por una sencilla cuestión de agotamiento y longevidad, van llegando a su final.

En efecto, los finales son buenos indicadores de esa altura especial que las series de TV han alcanzado durante años escribiendo una derivada inesperada de la historia de la TV que, sin embargo, la ha hecho más grande que nunca, o al menos, que ha aumentado su media de calidad muy por encima de donde pensábamos. Tanto es así que, de hecho, podríamos lanzar el debate sobre si las series de TV de estos últimos 15 o 20 años realmente SON televisión, o son otra cosa, un híbrido, una bifurcación, un subgénero… o qué son. En cualquier caso, lo que sí parece claro es que si tomamos algunos de los finales más emocionantes de esta etapa, y tiramos del hilo, encontraremos algunos de los títulos que mejor han reflejado la calidad alcanzada en los mejores años. Por ejemplo, es fácil darse cuenta del insoslayable peso específico de una serie como “A dos metros bajo tierra”, señalada expresamente por uno de los finales más intensos y emocionantes que se recuerdan. O, por ejemplo, si tomamos el final de Mad Men”, la serie que propusimos aquí como el mejor paradigma de la segunda etapa de la “era dorada de las series, nos toparemos con una magnífica resolución que, desbordando incluso los límites de su propio capítulo final (pues este habría empezado ya a intuirse y escribirse muchos capítulos antes), no solo consiguió estar a la altura de las expectativas de una audiencia muy exigente, sino que además ha dado desde entonces para llevar a cabo buenos e interesantísimos análisis simbólicos de sus acontecimientos y de sus sentidos. Algo similar vino a suceder con la serie “Downton Abbey”, cuyo final también comenzó a rumiarse de fondo desde el comienzo de la última temporada pero alcanzó un precioso cénit ultrafamiliar capaz de resolver la panorámica coralidad con la que toda la serie había sido trazada desde su capítulo piloto. “The Killing”, “House”; “The good wife”, “Breaking bad”, “Los Soprano” y hasta el final de “Gossip Girl”; grandes ejemplos, sin duda, de series que dieron forma y apariencia de una manera muy especial a esta era dorada de las series de TV y sin las que… no sabemos cómo habría sido, pero desde luego no habría sido esta.

Esperemos que nunca, nadie, jamás, acierte a escudriñar los engranajes que construyen los mejores finales de serie, de modo que el secreto siga a buen recaudo y nadie pueda impostar uno de los buenos para una serie mediocre. Nos gusta pensar que los mejores finales suceden como acontecimiento de la verticalidad de cada capítulo, es decir, como pieza valiosamente escrita por separado, pero también reconocer que el conjunto de finales posibles son las estaciones de llegada válidas para un recorrido sobre largos raíles que comenzó MUCHO tiempo atrás. Dicho de otra manera, que la calidad del final se forja desde el piloto y que solo la belleza de los meandros de la historia es la que aporta a su final ese “no sé qué” que convierte un capítulo final en un acontecimiento EN el espectador. Todavía, que los 40 minutos del capítulo final son hijos legítimos de las mejores decisiones del guión desde mucho tiempo atrás y que solo una serie conducida con esmero tiene a su alcance la gloria de un final inolvidable.

Sin embargo, tomémoslo desde un punto de vista más materialista. Sí, físico casi, atendiendo a un elemento aparentemente frívolo como es el sumatorio de las horas de visionado que, a menudo durante la llamada “era dorada de las series de TV”, precedían al alcance de los mejores finales. Y es que, aunque ya entonces existía una buena producción de miniseries exhibiendo lo mejor del formato, lo cierto es que la serie media de la era dorada era una serie con vocación de alcanzar hasta seis o más temporadas, es decir, sobrevivir a los condicionantes externos del formato para hacer que su historia trascendiera sobre la programación. En otras palabras, conseguir instalarse en el corazón de los espectadores hasta el punto de que este se impusiera sobre los finales de los capítulos y de las temporadas y convirtiera a esas historias en algo necesario, algo sobre la parrilla televisiva, y no como una parte de ella. Incluso, en la era de las descargas, el video on-demand, etc., convertirse en una historia sobre todas las demás que exija una pausa en el discurso televisivo para que solo quede… ESA HISTORIA. Si lo pensamos, esto es lo que se juega detrás de lo que hoy llamamos los “Maratones de series”: una historia que se impone, que viene al primer plano, que deja en suspenso a todas las demás historias y que requiere ser transitada hasta el final para poder retomar el resto de nuestra vida. Las series que alcanzaban la capacidad de imponerse sobre la estacionalidad de la parrilla llegaban al olimpo de las “sucesivas temporadas”, y con ellas, el enorme sumatorio de horas de visionado en los ojos de los espectadores.

Un espectador que con sus ojos vidriosos y su corazón constreñido alcance el final de “A dos metros bajo tierra”, habrá compartido más de 52 horas de su vida con Brenda, Nate o Claire, sus personajes principales. El tránsito de “Breaking bad” conlleva más de 46 horas de visionado, “Mad Men” más de 72 horas y si nos acordamos de alguna serie importante de las que suman más de 20 capítulos por temporada, impresiona calcular que los espectadores de “The good wife” comparten la vida de Alicia Florrick durante más de 111 horas de visionado. ¿Alguien realmente puede sostener que la longitud del metraje no es un ingrediente importante para determinar el modo cómo se siente, se disfruta y se padece el final de una serie? ¿Cómo puede ser la suma de más de cien horas de permanencia frente a la pantalla, identificándonos en los personajes principales, algo no crucial a la hora de vivir ese final? Pues bien, estos finales de máxima amplitud, finales que escriben verdaderos acontecimientos para los fans, que condicionan para siempre su forma de sentir la televisión, son un fenómeno en clara senescencia. Este es el resultado de las tendencias actuales en lo que al metraje de series se refiere que han puesto en (enorme) valor las miniseries y relatos cortos. Se imponen razones de programación, de exhibición, de producción, y hasta la creciente tendencia en los espectadores por preferir historias que pueden consumir en un tiempo discreto, y que son más eficaces a la hora de encontrar y satisfacer un final.

No obstante, ¿qué clase de finales son los que aportan, al menos en teoría, las miniseries y relatos más cortos? Ciertamente, no se trata de los mismos finales que los de las series que alcanzan más de seis temporadas, por tomar los extremos a comparar. Ni tampoco podemos decir que sean igual de fáciles de concebir.

Los finales de las series cortas suelen llegar como respuesta al propio relato que se ha consumido, es decir, como un elemento con sentido que viene a cerrar el interrogante que planteó la serie desde el comienzo, la razón del visionado, podríamos decir, su “claim inicial”. Los relatos más cortos pueden conservar la estructura clásica del planteamiento, nudo y desenlace, quedando este por completo supeditado a la lógica del relato narrado, cuyas fases anteriores también estaban, internamente, silenciosamente, supeditadas a ese final que vendría a resolverlos. Sus finales son la respuesta a la pregunta y sus elementos, conocidos de antemano por el guionista, que además conocería el tiempo disponible para el metraje de su historia, también estarían apuntando tácitamente hacia su final. Así, resulta más factible escribir un final que “cierre” una historia cuando esta se ha contenido en un metraje limitado que en todo momento ha procurado mantener su dirección. Una única dirección.

Por el contrario, las series de larga duración se ven obligadas a emplear técnicas para complementar su pregunta inicial, sus coordenadas fundacionales, quizás añadiendo más subtramas con sus propias preguntas y sentidos, nuevos personajes, nuevos acontecimientos con los que no contaban, etc. No es extraño que en este largo devenir lleno de bifurcaciones, el relato termine perdiendo el rumbo o tomando uno que en lugar de dirigirle a la resolución de su pretérita pregunta, le conduzca más lejos de ella que nunca (baste recordar “Heroes”, una serie de enorme atractivo irremisiblemente malograda por su guión a partir de la segunda temporada). No es, sin embargo, el destino de toda serie de larga duración. “Breaking bad”, “The americans”, “The good wife”, “Mad men”, … son ejemplos de series de larga duración que mantuvieron un productivo equilibrio entre el camino hacia su pregunta fundacional y las mil y una bifurcaciones que enriquecieron su camino, ¡toda una proeza a la altura de escritores como Mathew Weiner o Vince Gilligan! Así, los finales de estas series tan extensas no pueden reducirse a la mera resolución de una pregunta y tanto es así que a menudo esta queda desdibujada al fondo de ese final. Se resuelve, pero casi sin darnos cuenta, como si no termináramos de ser del todo conscientes de por qué ese final es la respuesta a la pregunta, aunque así sea como lo sentimos exactamente. La gloria, sin duda, de los mejores finales, que “hacen sentido en nuestro interior”, sin tener del todo claro cómo ha sido posible. Y todo ello, elevado y presurizado por la imparable ola emocional que se desata por el hecho de que el capítulo está poniendo en juego las características intrínsecas de una auténtica “despedida”. Tras 111 horas de visionado de “The good wife”, el espectador siente el final como un intenso adiós para unos personajes con los que se ha identificado, a los que ha querido, en los que ha proyectado algo de sí, con cuya ausencia siente que pierde algo de sí mismo. El espectador lo vive como una experiencia personal que se ha forjado más allá de su curiosidad por la respuesta a la pregunta fundacional, la resolución del misterio, o su deseo de ver. Los finales de las series de larga duración pueden ser experiencias intensas en donde se juega todo un cocktail de emociones no del todo previstas por los guionistas, como si la experiencia desbordara lo anticipado, lo proyectado y lo construido por ellos. Así es cómo estos finales dejan de ser propiedad de sus autores o sus productoras y se convierten en patrimonio del espectador, coordenadas de referencia que remiten a sí mismos, a “lo que les pasó”, adoptando la forma de un imparable torrente sentimental.

No quiere esto decir que los finales de las miniseries no puedan ser muy emocionantes (baste recordar el final de “Olive Kitteridge”, por ejemplo), pero es cierto que su fuerza proviene más de lo que el relato ha podido disponer durante el camino, y menos de cuanto el espectador ha podido sentir que se le va en en ese final, que se le juega en él. En general son finales más apegados al relato, menos al espectador; “hacen sentido” con cargo a los elementos del relato, a sus engranajes discretos, presentes y controlados por el autor, y no tanto con cargo a los elementos que el espectador está dispuesto a entregar de sí para que el relato cale más profundamente, aunque solo sea por el efecto de las muchas horas de identificación con los personajes principales.

Recordemos que hace 25 o 30 años, las series de TV se vivían como una hora de visionado SEMANAL. Nuestra experiencia de “contacto” con los personajes se acomodaba a la frecuencia de un lento latido que se producía cada siete días, renovando la sensación, haciéndonos reconectar constantemente, cada siete días, cada siete días, cada siete días. Las historias nos acompañaban no a lo largo de un fin de semana de maratón, o de dos semanas de visionado, sino “cada siete días” durante meses y meses, ¡años! Nuestra vida sucedía en paralelo a la época en que veíamos “Cheers” o “Luz de luna”. Muchos corrían por la calle para no perderse su serie, o tendrían que esperar siete días para volver a verla. No es extraño que estos espectadores, varias décadas después, deseen volver a ver aquellas series, lo cual se explicaría no tanto por el deseo de volver a disfrutar de su calidad, como por el deseo de reencontrarse con esos que fueron entonces, mientras veían aquella serie, como una forma de vivir la ilusión de volver a ser los que fueron, tanto en lo que la serie aportó, como en lo que tácitamente movilizó dentro de ellos mismos. Aquellas series tenían la capacidad de marcar época en la vida de los espectadores, fijar una referencia, acotar un fragmento de sus vidas que, a menudo, se quiere recuperar.

Sin duda, esa larga relación con las series en las que se jugaba nuestra vida misma, esos fragmentos de vida que quedaban totalmente asociados a una o varias series, son fenómenos que se han sacrificado en el altar de la velocidad, la renovación y la obsolescencia de todo relato contemporáneo. Solo ciertas series, fenómenos de masas (como “Juego de tronos”), escapan de esta lógica, un éxito sin precedentes absolutamente fuera del alcance de la inmensa mayoría de las series. Se acabó la posibilidad de “vivir” una serie como si fuera un relato paralelo a nuestra vida. ¿Y cómo no va eso a tener efectos sobre sus finales? ¿Cómo no vamos a sentir que, cada día, los finales de las series son más baratos, menos relevantes? Ahora que decimos que las series de TV pueden tener la misma calidad que el cine, y que defendemos que se trata de productos de gran valor audiovisual, ¿cómo no vamos a aceptar, sin embargo, que las series han perdido uno de sus grandes poderes? La “era dorada de las series de TV” nos ha procurado grandes alegrías y satisfacciones, pero también ha modificado el formato mismo de las series, ¡no solamente la calidad de sus relatos! El formato ha quedado tocado, se ha renovado, ha evolucionado ganando y perdiendo capacidades. Allí donde cedimos por las necesidades del relato, del formato y de la calidad, fue precisamente donde sacrificamos un intangible exclusivo de las viejas series, un poder excelso, que alguna vez nos ha parecido mediocridad pero que con el paso del tiempo nos enseña el valioso modo cómo una serie era nuestra vida misma. Eso ya… nunca más.

 

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