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“Orange is the new black”: Una almibarada ficción penitenciaria de lo más inverosímil

"Orange is the new black" demuestra que el experimento de la descontextualización extrema de los personajes genera un espectáculo de segunda que sin un desarrollo serio y digno no es más que una comedia facilonga.

Netflix ya había sido considerada una pequeña revolución en el mundo de la distribución de contenidos audiovisuales online, y así lo reconocimos aquí en su momento, pero con él éxito de “House of Cards” y ahora de “Orange is the new black”, la empresa da un salto que muchos quieren subestimar reduciéndolo a simple “relevo” corporativo, pero que otros interpretamos como un profundo cambio en el mapa global de los contenidos online. Con estas dos series de éxito, Netflix ha demostrado que su progreso en la distribución por streaming online no tiene por qué convertirla en un simple “parásito” de la producción convencional, sino que, con el modelo de negocio adecuado, puede ser un colaborador más en el sistema de producción.

Ha querido el destino que sus primeras propuestas, las dos citadas, hayan obtenido un notable éxito bien reconocido por parte de crítica y/o público (según si tomamos uno u otro ejemplo). A la primera temporada de “House of Cards” se ha sumado una segunda que ha confirmado que la compañía sigue entendiendo los deseos de los nuevos públicos.Orange is the new black” había sido considerada la confirmación de que las propuestas de Netflix albergan, además, ese punto creativo, si no arriesgado o incluso controvertido, que muchos querían leer como un ingrediente clave para su éxito. Así, al menos, se nos había propuesto la lógica de una serie que, una vez vista, debe atemperar sus logros y sus expectativas.

Este es un intento por poner a “Orange is the new black” en un escalón un poco por debajo de donde muchos la colocan. Frente al valor y el arrojo de los guionistas de “House of cards”, que enfrentaron la temática elegida sin soslayar la necesidad de abordar asuntos de carácter político (a pesar del presunto desinterés del público por semejante contenido), “Orange is the new black” no puede exhibir el mismo mérito. La concepción de la serie debió ser mucho más intrépida que su producción posterior, a juzgar por la improbable suavidad con la que se han desarrollado los núcleos y subhistorias tanto de su trama principal como de las muy numerosas historias laterales. El ámbito elegido, una prisión, aparece en esta serie reconstruida con la intención de parecer un lugar incómodo, pero casi nunca inhóspito, demostrando que la producción no ha querido mostrar los cauces por los que apunta la realidad, sino más bien un decorado con más luz de la esperada en donde las subhistorias elegidas presentan escasas aristas.

Orange is the new black

La serie no oculta que se dirige a un público no especialmente receptivo a cualquier historia. Se dirige a un segmento eminentemente femenino, más bien conservador, bien formado y bien situado profesionalmente, que acepta que “uno de los suyos” pase un tiempo en la cárcel por una “fea travesura” (es decir, sin sangre) que cometió en un lío con emociones de por medio y que no está dispuesta a enfangarse en historias de profundidad dramática como las que cabe esperar de un lugar extremo lleno de historias desviadas de lo social que terminan en cuarentena. Y es que esta… no es una obra de Laurent Cantet o Bertrand Tavernier, precisamente. Así, los personajes de “Orange is the new black”, mujeres fundamentalmente, no están tan lejos de los personajes de cualquier otra serie dirigida a la clase media más interesada en las cositas del día a día de unas mujeres, que en la fricción de cada una de sus terribles subhistorias contra lo áspero de la realidad de una prisión. Es como si los guionistas fueran plenamente conscientes de que su público no aceptaría historias de corte intenso en donde los argumentos se volvieran feos y de lógica documental, sino que en todo momento deben mantener el lubricante de una ficción contenida, desprovista de espinas, en donde el consumo de la trama no debe desbordar lo “convencional y sí construir una sensación de “cotidianeidad”. La serie renuncia a abarcar o explorar las áreas más problemáticas de las subhistorias mostradas para quedarse con episodios más o menos interesantes y efemérides de corto recorrido que probablemente nada tienen que ver con lo que una serie rodada en una prisión debería ser. O peor, arrebatando a lo grave su peso trascendental hasta reducir los peores acontecimientos a anécdotas sin continuación. Se nos proponía que el valor de la serie estaba en el contexto de un rincón apartado de lo convencional en donde súbitamente se disponía la presencia de un personaje convencional con el que la audiencia nacía identificada desde el mismísimo capítulo piloto. Y aún más, que lo heterogéneo de los personajes de dicho ámbito los hacía comparecer casi en calidad de “extremófilos” naturales contra los que nuestra bien pensante protagonista no tenía nada que hacer. Sin embargo, resultó que el limado excesivo de las aristas respondía a la prudencia narrativa de los guionistas, o peor, a su disciplina comercial. Y llegados a ese punto, descubrimos que la mayoría de las subhistorias que forman la trama capítulo tras capítulo no suelen ir más allá de contar: 1) los líos en los que la protagonista se mete casi sin darse cuenta (al estilo de series como "Californication"), algo con lo que los “bien pensantes” tendemos a identificarnos con naturalidad, y 2) los líos sentimentales, a veces un tanto almibarados, en los que incurren las internas y otros transeúntes ocasionales. Dicho de otro modo, que “Orange is the new black” cuenta cosas muy similares a las de cualquier otra serie sin abordar cuantos temas esperan de verdad en el interior de una prisión. Lógicamente, tales asuntos… pensarían, podrían espantar a una audiencia tirando a convencional que no está dispuesta a andar discurriendo sobre las diatribas sociales y penitenciarias que el tema podría ofrecer, ni sobre las funciones del sistema penitenciario desde un punto de vista analítico, ni sobre la vertiente psicológica del “efecto prisión”.

Sumemos, además, que la calidad del guión no colabora en su favor y que la tontería de algunos de sus personajes no sólo los esconde de toda verosimilitud narrativa sino que además los simplifica hasta el aburrimiento, si no la indignación, como sucede con el personaje de Larry. La producción de “Orange is the new blackse apoya en el nombre de Jason Biggs para aportar un sustrato de calidad o de dignidad como producto audiovisual, pero le somete a la idiotización de un personaje sin recorrido ni profundidad que parece dirigirse a una audiencia necia y desinteresada de toda diatriba emocional o sentimental seria. Un personajito de pegatina de carpeta que enarbolando el tópico del novio perfecto para adolescentes hace parecer al mundo de “fuera de la cárcel” aún más vacío que el de dentro. Por cierto, pareciera que la serie sufre de una contradicción entre su lógica propia como serie de capítulos largos de 50 minutos y el tratamiento esperpéntico de sus personajes, que por su exageración e histrionismo absurdo, pareciera más propio de capítulos de no más de 20 ó 25 minutos.

En definitiva, una oportunidad perdida que podría haber dado lugar a una serie de matices y de puntos de vista alternativos a lo “bien pensante” en donde valores como la amistad, el amor o la fidelidad hubieran sido puestos en jaque al ser descontextualizados y (re)localizados en un ambiente extremo. Se ha perdido la oportunidad de asistir a procesos de reformulación sentimental debido a acontecimientos extraordinarios, que mostraran cómo de diferentes pueden ser las cosas cuando todo depende realmente de los sentimientos y anduviéramos entre dos mundos, el mundo de “fuera” y el puramente penitenciario. Hemos perdido la ocasión de construir personajes en prisión que realmente fueran merecedores de nuestro cariño (¿es abusar acordarse aquí de Morgan Freeman y Tim Robbins en “Cadena Perpetua”?). Puede que todo haya sido porque la serie es, en el fondo, MUY conservadora y padece un miedo excesivo a perder a una audiencia sencilla y numerosa, universitaria y socialmente integrada, más bien tirando a joven, que no admite historias con demasiados matices cortantes. Una serie con barandilla cuyas salidas de tono no dejan desprotegida a la audiencia en ningún momento y a la que miman ahorrándole toda reflexión o toma de conciencia. Mucha farándula de “ojos locos” para distraer la atención, pero se echa demasiado de menos la presencia de rincones tenues donde las cosas se aborden con un mínimo de adultez. Un éxito de Netflix que, desde el punto de vista de la producción/distribución resulta muy interesante pero que, atendiendo a su contenido y recorrido, se antoja ciertamente flojucho y excesivamente almibarado.

 

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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