“La ciudad oculta” de Víctor Moreno: Los espacios del no-tiempo

Está Víctor Moreno empezando a convertirse en nuestro guía de los espacios y los tiempos urbanos, pero no de los que conforman nuestra cotidianidad, sino de los que se nos escapan, los que se nos proponen inaccesibles, y que, sin embargo, se esconden demasiado cerca de lo que consideramos nuestra realidad. No son los suyos espacios de ámbito público, ni de ámbito privado; se mueve Moreno, más bien, entre los espacios imposibles, espacios que no son, y el no-tiempo en el que suceden. Algo así pasa, se busca, o se configura, en su documental “La ciudad oculta”, y que tiene en común son su anterior Edificio España esa pregunta por los espacios que nos conciernen, que nos miran sin decirlo, que existen aunque sea como sospecha en el plano de lo imaginario, pero que se nos proponen, también, inaccesibles. “La ciudad oculta” es la marca de progreso de un director, Víctor Moreno, que está haciendo su propio camino con arreglo a un in crescendo técnico, al tiempo que mantiene la integridad de sus temáticas. No obstante, se hallan en sus imágenes, unas que a menudo se propondrán apenas por su capacidad de hacer visible lo invisible, o por una estética recién adquirida que no habíamos visto antes en las imágenes del director canario, mayores reflexiones y nociones, mayores ideas introspectivas que nos conducen a sensibilidades límite sobre el mundo que nos rodea. Y hacia allí nos dirigimos.

El espacio del no-tiempo

Acompañamos a Moreno en una oscura inmersión a las profundidades urbanas: No nos interesan sus coordenadas públicas, ni las razones de sus tuneladoras, sino la materia de la que están hechas las realidades que allí encontramos. Nos referimos a la inmensa oscuridad de espacios por los que, otros, simplemente pasamos, con los ojos cerrados, con los auriculares puestos, pero que comparecen autónomos para la cámara de Moreno. Nos lleva el cineasta, por ejemplo, a las obras subterráneas de los túneles de Madrid, unas que acaso algunos habremos llegado a imaginar, seguramente mientras deseamos que se terminen pronto para hacernos la vida más fácil, pero que en “La ciudad oculta” son apenas la antesala de mayores y más increíbles descensos. Pronto nos encontramos en los túneles de los túneles, los conductos perdidos de la ciudad, los espacios imposibles que siguen a los ya complicados accesos subterráneos: lugares límite para la vida, donde esta se reformula.

Considerando que el objeto del interrogante de su anterior “Edificio España” fue un lugar, un espacio, y que el título de su nuevo documental es “La ciudad oculta”, puede parecer que Víctor Moreno está empeñado en una búsqueda que tiene que ver con el espacio: espacios singulares, inaccesibles, de alguna forma colectivos, importantes para muchos, etc., pero siempre espacios. Sin embargo, empieza a ser un hallazgo estable en Moreno que su interrogación por los lugares termina conduciendo al tiempo, que aparece a menudo como el fondo latente e importante de sus espacios, como si estos fueran apenas el señuelo irresistible para afrontar aquello otro que los sostiene, y con ello tratar de ceñir las lógicas del tiempo. ¿Qué otra cosa se jugaba, si no, en aquellos planos de las paredes de las viejas habitaciones del Edificio España, en las que aparecían, como tesoros, los dibujos infantiles que los niños traviesos habrían hecho con sus pinturas de colores tantos años atrás? Del espacio de las paredes, al tiempo de las personas. La pregunta por el espacio, nos remite al tiempo, y tanto más singular sea aquel, precisamente la especialidad de Moreno, tanto mayor será el interés por la lógica del tiempo que él puede concebir allí. En “La ciudad oculta”, nuevamente, se nos propone, por cierto desde el título mismo del documental, la lógica de un lugar, pero no se sorprenderá el espectador al descubrir que el ejercicio no se ciñe en exclusiva a la comprensión de un espacio, a la apofenia de los lugares, sino que se expanden las cuestiones ramificándose “por el tiempo”. Así, cuando los primeros espacios profundos, los ruidosos espacios de las obras subterráneas, dan paso a espacios más recónditos, perdidos, abisales de la ciudad, se va deformando el tiempo, vulnerable al silencio, a la profundidad y a la oscuridad terrible que los precariza y los reduce hasta desconectarlos del todo, hasta dejarlos flotando en el plasma de un tiempo imposible. En el negro infinito de la profundidad, solo los goteos esporádicos de las tuberías introducen una noción del transcurso del tiempo, y entre ellos, el no-tiempo que se lo traga todo. No es un tiempo esquivo, ni un tiempo impropio, sino una ilusión de inexistencia temporal, como si al cerrarse el espacio del tiempo, los lugares colapsaran en su interior, volviéndose todo irreal e inexistente.

Pensándolo desde Heidegger, tiene ese no-tiempo algo de superación de aquel eje de los tiempos propios e impropios. El no-tiempo de Moreno parece ser un “a priori” de aquellos otros, una condición mítica anterior con capacidad para deshacer cualquier otra forma de vivencia temporal. Corren por sus túneles los convoyes del metro, con sus tiempos impropios enlatados en su interior, ajenos a ese no-tiempo expandido hasta el paroxismo que se extiende continuo a su alrededor por túneles y conductos llenos de silencio. El tiempo impropio de los horarios, la hora punta, la urgencia del día, etc., pasan tangenciales, y comparecen atribulados por un artificio insoportable para quien los observa inmerso en el silencio de los túneles. Moreno, primero, se recrea en el pasmo del tiempo con planos largos en cuyo lapso vamos presintiendo la llegada de un tiempo primario que nos precede, que también llevamos dentro, y del que ya no sabemos mucho a fuerza de esforzarnos por acallarlo y calzarlo en las rejillas horarias del día. Segundo, sitúa en el centro del plano a un operario, un obrero, o cualquiera, en cuya extrañada mirada nos parece ver colarse ese no-tiempo siniestro, a punto de deshacerle, de disgregarle en el negro. Corren tales seres el riesgo de disolverse en el silencio, de deshacerse en la continuidad infinita del negro que les alcanza, de perder aquella condición de discontinuidad con la que Bataille fundaba a los seres frente a la continuidad de lo real. Y, no en vano, impresiona mirarles, detenidos, asombrados y aturdidos sin objeto de causa, como alcanzados por una sensación que les aplasta contra un tiempo inaprensible.

Y del no-tiempo, al no-espacio, pues como producto de esa desconexión radical a la que Moreno condena a sus seres extremófilos por los túneles y conductos, rodeados de ese cancerígeno y disolvente no-tiempo primario, se produce también un aislamiento espacial y definitivo. De hecho, el propio Víctor Moreno juega con los efectos ópticos de los pequeños reflejos del agua y los brillos sobre las paredes subterráneas, para construir falsos firmamentos que alcanzan una verídica sensación astronómica gracias al silencio de las profundidades terráqueas. Allí donde el contexto se suspende, igual vale la profundidad que la altitud, lo abisal que lo sideral; la disolución del tiempo disgrega también los caminos, los desconecta, y con ellos, nos desconectamos espacialmente, preguntándonos si aún existirá una ciudad “allí arriba”.

La vida oscura de los monstruos

Podía pensarse que, allí donde las profundidades nos desconectan de todo, la vida resulta imposible. Sin embargo, la cámara de Moreno encuentra otras formas de vida. No nos referimos a las ratas, las cucarachas y las mascotas perdidas, sino a esos extraños seres de hierro, oxidados y chirriantes, que se arrastran por las vías ferroviarias más escondidas, las máquinas abandonadas, conectadas a amasijos de cables oscuros que se adentran entre la mugre y la tierra hacia no se sabe dónde. Monstruos mecánicos que mueven brazos enormes y cuyas vidas transcurren de un lado para otro de esos lugares imposibles. Aparecen en las obras subterráneas de Moreno, pero también en las terminaciones abandonadas de los túneles, junto al resto de componentes eléctricos subsumidos por el polvo y la suciedad. Acaso allí es donde mueren, el cementerio de elefantes mecánicos que ya no volverán jamás a ver la luz. En efecto, ¿qué seres podrían morar en semejantes espacios imposibles de tiempo incalculable? Las máquinas sin colores cuya única forma de impronta es la chispa de su fricción ferroviaria, bramando contra el hierro y haciendo de sus movimientos una forma de vida.

Moreno también nos propone otros seres de monstruosa condición: Los operarios y obreros que se adentran por los túneles y conductos, a menudo con sus máscaras de protección y sus trajes de aislamiento. Seres confundidos con sus trajes de trabajo en los que ya no se concibe la piel, los labios, las palmas tiernas de la mano, sino una existencia híbrida entre la carne y la máquina, la vida y la forma mecánica, tan necesaria para la supervivencia subterránea. Cruce entre lo muerto y lo vivo, entre lo humano y el extremófilo de la oscuridad, son una forma de monstruo, mitad hombre, mitad máquina, cyborgs habituados al inhóspito interior de una pregunta existencial. Decía Marshall McLuhan que, al usarlas, las máquinas nos imprimen sus ritmos, formas y patrones, aplicando su lógica en todos los “asuntos humanos”; como si nos formatearan el ser conforme a sus tiempos y movimientos, los que quizás hayan reformado a nuestros seres operarios hasta convertirlos en las máquinas que golpean, hunden y cortan el hierro entre las tierras y las rocas. Quizás fuera así cómo nacieron estos no-seres capaces de resistir el no-tiempo de Víctor Moreno.

Documental "La ciudad oculta" de Víctor Moreno

Los monstruos se convierten así en parte de ese reverso siniestro de la ciudad, los seres que viven en sus profundidades para que el tiempo pueda seguir fluyendo por la normalidad del “cronos” allá, en la superficie. Los cyborgs de las profundidades como el coste del “cronos”, el retrato que envejece en el armario de los que hacen “running” en la superficie.

Los monstruos no saben de letras, no pertenecen al mundo alfabetizado. Moreno nos divide el mundo entre el espacio alfabetizado de la superficie y del tiempo de la cotidianidad, frente al espacio sin palabra de la profundidad de los túneles. Aquellos seres chirriantes que moran por las vías no son capaces de mayor sonido que el bramido de los hierros y los golpes del martillo hidráulico, sonidos agresivos por entre los que viven nuestros operarios extremófilos, casi incapaces de salvar palabra alguna. Quizás pertenecieron al mundo del alfabeto, pero hace tiempo que allí fueron ya subsumidos en el grito de la maquinaria.

Los puntos tangenciales del tiempo

La cámara extrañada de Víctor Moreno, consciente del efecto que ese no-tiempo tiene sobre los seres, encuentra diversos puntos en los que ambos tiempos se encuentran entre sí. Es habitual en “La ciudad oculta” que nos encontremos con un plano nadir que capta, desde el interior de los túneles subterráneos, los orificios de salida a la calle, con sus rejillas de protección por las que se cuela el tiempo del “cronos”, el tiempo de los ciudadanos (no de los seres) que caminan sobre ella. Son los puntos en los que ambas formas de tiempo se encuentran entre sí… aunque no se mezclan. Otras veces, vemos pasar al fondo de un túnel, desenfocados, los trenes del metro, como si el tiempo del día se adentrara un momento por el tiempo de la profundidad. El tiempo del “cronos” se hace hueco entre el tiempo del “aios”, allí donde los operarios se abisman profundos.

Resulta interesante pensar en el tiempo de la cotidianidad cuando avanza a través del no-tiempo, sobre todo cuando uno acepta el contrato que nos propone Moreno que no es otro que el de permanecer “allí abajo” un tiempo suficiente como para que podamos entender mejor el tiempo de “allí arriba”. O mejor, para entender lo que tiene de extraño, de impropio, y cómo de artificial puede llegar a ser. Son momentos y lugares de cruce entre los tiempos en los que uno alcanza parcialmente al otro, y viceversa. Por ejemplo, nos enseña Moreno cómo el pasar del metro lleva cierta forma de tiempo allí donde no lo había, donde se quedó detenido a oscuras. Sin embargo, nos enseña también los rostros de los viajeros que, a su paso por las profundidades, sufren una cierta parálisis, un adormecimiento repentino, que se observa en sus ojos cerrados y en sus gestos cansados, como si el no-tiempo les afectara de alguna forma, como si la proximidad de la continuidad radical que les rodea les apagara los sentidos, les condujera a un tiempo introspectivo capaz de dejar parcialmente en suspenso al tiempo del día.

La narratividad en “La ciudad oculta

Pudiera concebirse “La ciudad oculta” nada más que como una sucesión de bellas imágenes, de estéticos hallazgos, producto del avezado empeño de Moreno por alcanzar los lugares más inhóspitos de nuestros túneles y alcantarillas (toda una paradoja). Y es que, a pesar de sorprender al espectador con unas cuantas imágenes desagradables, el nuevo documental de Víctor Moreno puede ser caracterizado como una obra enormemente estética, al contrario que su anterior “Edificio España”, que se movía casi permanentemente por el plano del feísmo de una enorme obra. Llama la atención que, cuanto más siniestra o hedionda se vuelve la atracción de Moreno en su elección de temáticas, más estética va emergiendo su mirada, y más capaces nos hace a todos de reconciliarnos con los espacios que nos “rodean”. Sin embargo, cabe preguntarse si este despliegue estético, uno que podría llevar a “La ciudad oculta” a las pantallas de cualquier cine IMAX, alberga en su interior alguna forma de narratividad. No es una pregunta menor, pues de su respuesta se esclarecerá su vínculo con el género documental en el que, sin embargo y de partida, se le ha etiquetado. ¿Cuenta algo “La ciudad oculta”? ¿cuánto de político se juega en su mirada?

Documental "La ciudad oculta" de Víctor Moreno

Como creemos haber podido reflejar hasta aquí, surgen de “La ciudad oculta” diversas ideas, nociones e interrogantes que nos alcanzan y nos conciernen y que trascienden lo estético hasta situar en su mirada una forma de pensamiento sobre los espacios recogidos. Es posible que la mirada de Moreno no sea política (al menos no la mayor parte del tiempo), pero sí permite PENSAR, pensar los espacios, pensar el tiempo y pensarnos a nosotros mismos en la discontinuidad que se produce en el cruce de ambos. El pensamiento visual de Moreno trata de alcanzar al ser en sus lugares límite, y aunque esto no le conecta con el tiempo político del presente, de la superficie, sí le conecta con un tiempo interior y una vivencia subjetiva que va más allá de la mera imagen. No es que se trate de un texto trepidante, y de hecho puede resultar tedioso, pero tampoco sería correcto limitar la consideración visual de Moreno al espacio de lo meramente visual.

 

BATAILLE, Georges (2007). El erotismo. Barcelona:Tusquets Editores.
MCLUHAN, Marshall (2009). Comprender los medios de comunicación. Barcelona:Ediciones Paidós Ibérica.

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