“Lolita”: Annabel

Cuando uno aborda por primera vez Lolita de Vladimir Nabokov (por primera vez, la única, porque es un libro que se debe volver a leer una vez haya reposado en nuestra cabeza a lo largo de los años y nuestra madurez haga afrontarlo con otros prismas), no puede dejar de ponerle imágenes a aquello que ya está imaginado. Imaginar lo imaginado. Difícil tarea la de Adrian Lyne, que no sólo imagina lo imaginado, no sólo por Nabokov y por nosotros, sino también por el maestro Kubrick. ¿Y qué tal le sale? Le sale una película de esas que mientras la ves (¡contemplas!, ¡admiras!), te mulles el asiento y te sumerges de lleno en la historia, terminando secándote las lágrimas sin ni siquiera darte cuenta de cuando empezaron a brotar… pero allí están. Cuando Nabokov, al principio del libro, recuerda a Annabel, su primer amor, nos dice: “Hay dos clases de memoria visual: con una, recreamos distraídamente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos (…), con la otra, evocamos instantáneamente, a ojos cerrados, en la oscuridad de los párpados, el objetivo, réplica absolutamente óptica de un rostro amado, un diminuto espectro de colores naturales (y así veo a Lolita)”. Y así hace Lyne con Lolita por nosotros.

Estamos dando bandazos, como Humbert Humbert al principio; su coche da bandazos, él mismo da bandazos. Está roto, y nos rompemos con él. Su coche da bandazos, su alma da bandazos mientras con la mano ensangrentada sujeta una horquilla de Lolita.

"Lolita"(Adrian Lyne, 1997)

Su alma da bandazos mientras en el asiento del copiloto un arma ensangrentada da bandazos; nos rompemos de dolor con Humbert. La música de Ennio Morricone subraya toda la escena como sólo él sabe hacerlo. No es el mítico comienzo de Lolita: Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía (…).

Da igual. Tenemos otro comienzo que nos anticipa lo que vendrá después.

“Ella era Lo, simplemente Lo por la mañana, de pie, con su 1.48 de estatura y un solo calcetín. Era Lola en pantalones. Era Dolly en el colegio. Era Dolores cuando firmaba. En mis brazos fue siempre… Lolita”.

Muy acertadamente nos habla de Anabel, aquella primera nínfula de la que Humbert se enamora y cuya muerte le deja devastado e incapacitado “para cualquier romance ulterior”. No es baladí el hecho de hablar de Annabel, ya que según Humbert, “Lolita empezó con Annabel”. Acaso, ¿era Lolita una búsqueda de aquella chica? ¿Una consecuencia? De hecho, cuando habla de su encuentro furtivo y frustrado con Annabel, dice “a partir de entonces ella me hechizó, hasta que al fin, veinticuatro años después, rompí el hechizo encarnándola en otra”.

Annabel. No es casualidad que Nabokov le pusiera ese nombre a esa niña primigenia. También fue el título del último poema de Edgar Allan Poe. Él, enamorado de Annabel Lee desde que eran niños, continúa estándolo aún después de que ella haya muerto. Tan fuerte era su amor que incluso los ángeles estaban celosos. Sí, Humbert y Allan Poe tuvieron una Annabel de juventud que la muerte les arrebató de manera temprana:

 

“Fue hace muchos, muchos años

en un reino junto al mar

que vivió una doncella a quien ustedes quizá conozcan

por el nombre de Annabel Lee.

Esta señorita vivía sin ningún pensamiento

más que amar y ser amada por mí.

Era una niña y yo un niño

en este reino junto al mar.

Mas, amábamos con un amor que era más

que cualquier amor.

Yo y mi Annabel Lee

Con un amor que os serafines alados del cielo

codiciaban, de ella y de mí (…)”.

 

“El veneno aún permanecía en la herida, y la herida aún no se había curado”, dice Humbert mientras vemos su tren arribar a New England, donde conocerá a Lolita. Él aún no lo sabe, pero allí va a conocer a la cura de esa herida, o a la persona que le vaya a echar más veneno en ella.

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