Ante un reflejo (Víctor Erice)

El Sur (Víctor Erice)

José AmadorJosé Amador

Víctor Erice describía sus memorias como “una caja de fotografías” en su artículo A la sombra en la revista Cinema 2002 Nº 61/62: “Instantáneas familiares que parecían guardar la llave de los misterios, de mi pasado y del paso del tiempo. Estas imágenes inducían a un ritual  de preguntas y respuestas acerca de mi vida”. Me gustaría proponerte, Gerardo, que siguiéramos esa ceremonia a ver hasta dónde nos lleva.

¿Qué poder tiene la imagen, o quizá debería decir la fotografía, en la obra de Víctor Erice? Pareciera que todo va nutriéndose de la misma. Desde sus primitivos comienzos, con sus prácticas en la mítica Escuela Oficial de Cinematografía de los años sesenta del siglo pasado hasta su etapa más contemporánea. Podría traer a colación Páginas de un diario perdido, su tercera práctica en el segundo curso (1961-1962), y quizá la que más problemas da a la hora de poder comprender su valía. Tenemos que situarla en su preciso contexto. No deja de ser una prueba pero una que contiene innumerables enigmas y donde un álbum fotográfico adquiere un rotundo papel protagonista en un momento dado. Como si se tratase de un despertador narrativo camuflado de anagnórisis, el personaje de una anciana irá desperezándose físicamente de un aturdimiento estival pero también psicológicamente de uno mental, recordando un tiempo pasado al mirar unas fotografías, referentes circunstanciales de lugar y tiempo que la activan. También podríamos acordarnos de ese meteorito cinematográfico que fue la película de episodios Los desafíos (Víctor Erice, Claudio Guerín y José Luis Egea, ESP, 1969). El comienzo de su contribución empieza con la llegada de un coche a la plaza de un pueblo y repentinamente la imagen se detiene, entra en pausa. La película se transforma en instantánea y sólo continúa la banda de sonido oyéndose una pregunta: “¿Dónde estamos?” y su respuesta, “en la Luna”. Un misterioso ejemplo de cesura narrativa brechtiana confeccionado por la presencia de una imagen fotográfica literalmente.

Los desafíos (Víctor Erice)

Y se podría acabar con su última etapa. Alumbramiento (2002), cuya génesis narrativa es otra fotografía, o La morte rouge (2006) que transforma una experiencia, el recuerdo del visionado de una película, La garra escarlata (The Scarlet Claw, Roy William Neill, USA,1944) en matrioska fotográfica donde la vivencia individual se funde con la colectiva. Aunque quizá su caso más paradigmático puede que sea el de Cristales rotos, su contribución al largometraje Centro histórico (2012), pero insisto, podríamos extenderlo a toda su filmografía, sin hacer ninguna distinción entre largo, medio o cortometraje. De hecho, para el propio Erice todo se trata de obras, unas más grandes y otras más pequeñas y esto me trae un recuerdo a este diálogo. Cuando hablé por primera vez con Paulino Viota, en una surrealista conversación de minutos sin cobertura, me dijo algo parecido. Para él no existe la diferencia entre largometraje y corto, todo es una historia. Bien, empecemos entonces por Cristales rotos. Durante su proceso de localización buscando fábricas en la zona de Guimaraes, en el norte de Portugal, se encontró con esa fotografía que lo interpelaba por alguna extraña razón. De hecho, esa constancia en buscar un sentido a una necesidad creativa nos habla de un posicionamiento, de un punto de vista y también de su desarrollo. Creo que sería un buen punto de partida hablar sobre esa pregnante fotografía, que se convierte en columna vertebral de su aventura lusitana y nos abre la senda de este recorrido a su obra.

Vidrios rotos (Víctor Erice)

Vidrios rotos (Víctor Erice)

 

Gerardo Rodríguez IzquierdoGerardo Rodríguez Izquierdo

“Qué somos a través de nuestra memoria y qué podemos hacer para compartir nuestra memoria con la de los demás”. Con este encargo nacía la necesidad creativa que señalas al final de tu artículo (“Vidrios rotos” de Víctor Erice: Viaje al interior de una fotografía). Hagamos una breve reconstrucción de ese proceso creativo del director para encontrar mayor sentido a esta obra. Contaba Erice que estando en Guimarães veía a hombres en edad de trabajar entrar a su cafetería habitual, y una vez dentro permanecían mirando la lluvia a través de los cristales. Allí donde cualquier visitante pondría su mirada en las hermosas calles de la ciudad portuguesa, en la plaza de Sao Tiago o en el imponente castillo que vigila la ciudad, Erice pasa de puntillas para posar sus ojos en aquellos hombres desempleados que entraban en su cafetería habitual a mirar llover a través de los vidrios. Conocía de antemano las limitadas opciones de trabajar que hay en la región y quiso sumergirse en la zona industrial abandonada para dar con la fábrica del río Vizela. Ese lugar descuidado y la famosa fotografía le llegaron a conmover. El director había encontrado un punto de partida, y es el mismo que hemos escogido para esta conversación. Compartía así Erice su curiosidad con los espectadores, y en el relato presentado intuimos sus sensaciones más íntimas al ver la gran fotografía por primera vez. De este modo nos contagia el director la curiosidad de querer conocer cada una de las historias que se esconden tras esas miradas perpetuas captadas en blanco y negro, que han sobrevivido al abandono suspendidas en la pared del refectorio. No sólo cumplía el realizador la tarea encomendada en torno a la memoria; también realizaba un ejercicio que a muchos nos hubiera gustado llevar a cabo en ese momento en que nos hemos visto interpelados por una fotografía de similares características. Daba, de alguna forma, vida a las figuras sentadas en el comedor y despejaba en parte la incógnita que encierra la atrayente imagen. Cruzaba de esta manera dos barreras, la del tiempo, regresando a esos años en que la fábrica aún se jactaba de albergar tanta actividad; y la del espacio, abarcando otros lugares adyacentes al refectorio, como bien podría ser la sala de esos ‘cristales partidos’ mostrados al comienzo a través de los cuales en otro tiempo los trabajadores verían llover.

Vidrios rotos (Víctor Erice)

Vidrios rotos (Víctor Erice)

Como un alumno obediente lograba así el cometido, narrar una historia que pivotase en torno a la memoria, dejando en manos del espectador la reflexión oportuna sobre lo que acaba de sentir. No es una mirada cualquiera la de este director, es la mirada de alguien que allí donde otros ven rutina en el interior de una cafetería, él configura una narración capaz de emocionar a quienes son testigos de su obra. Donde otros ven una fotografía en blanco y negro, Erice ve una ventana por donde asomarse a un pasado que a pesar de no haber conocido parece añorar. Y es que la añoranza (o saudade que dirían en Portugal), es una protagonista reconocible en toda la obra del director.

 

José AmadorJosé Amador

El espíritu de la Colmena (Víctor Erice)

El espíritu de la Colmena (Víctor Erice)

Creo que describes certeramente el modo en que Erice se acerca a un tema desde sus márgenes. Nunca desde la pomposidad del espectáculo sino más bien desde su calma. Siempre me ha pasado con su filmografía. Primero miro impertérrito la intrahistoria y después su propio relato. El primer visionado es el más placentero, el más desinhibido, es aquel que tiene que estar libre de ataduras que lo condicionen. El segundo, y sucesivos, son más escolásticos, requieren una disciplina, una manera de aproximarse a ellos que no tiene por qué ser siempre la que dicte el propio creador. Esto es importante porque Víctor Erice nunca clarifica, es más, enturbia sus pretensiones con la única finalidad de moverse tangencialmente por aquellos temas que creemos lo puedan interesar. La incorporación del personaje del huido en El Espíritu de la Colmena (1973) es un buen ejemplo. ¿Quién es? La mayoría de las opiniones son las de un represaliado, un soldado del bando vencido de nuestra nefasta contienda civil. Bien, seguramente que así sea pero como diserté con Carlos F. Heredero en una de sus clases, no es una respuesta cien por cien contundente. Y no lo es porque el propio cineasta no lo deja claro. No lo dice porque estaría relegando su relato a un tiempo y un espacio concreto, le interesa más hacerlo pertenecer al tiempo del mito, del cuento, al espacio de la incertidumbre, al lugar donde nacen las pesadillas, llámense franquismo, guerra civil, incomunicación o desolación y donde muere la inocencia, la primera vez en ver el mundo, en realizar la primera praxis del mismo. El director juega en el lado de la (re)presentación. ¿Qué es su Colmena sino una fascinante prosopopeya de la “realidad”? y escribo la palabra entrecomillada porque creo que es un tema recurrente en el director donostiarra. Víctor Erice siempre parece estar en un limbo entre lo ficticio y lo real.¿Qué es uno y qué el otro? Si nos paráramos a pensar en Cristales rotos, estaría muy claro pero a la vez muy confuso dónde termina uno y dónde empieza el otro. Todo parte de su metodología de trabajo. Parece que lo que cuentan los obreros y descendientes de aquellos delante de una cámara es la verdad, o por lo menos su verdad pero si escarbamos un poco puede que encontremos su opuesto. El director ha dicho que muchos testimonios no correspondían con los sujetos que los estaban relatando, que había un guion muy elaborado en cada entonación y cada mirada a la cámara, en definitiva que existía un trabajo detrás de la misma. Y aunque fuese o pareciese fortuito, su trabajo estaba muy lejos de esa “realidad”.

Vidrios rotos (Víctor Erice)

Vidrios rotos (Víctor Erice)

De alguna manera, la incorporación del personaje del actor llega a poner en aprietos la noción documental de la narración. Y es que desde el momento que posicionas un trípode delante de algo que quieres filmar estás manipulando su realidad circundante. Me vienen a la memoria unas palabras de Erroll Morris para su película Gates of Heaven (1978) que utilicé en mi crítica de Tres caras (Jafar Panahi, IRÁN-FRA, 2018), El devorador de historias, para hablar de algo parecido. Me gustaría recordarlas si no te importa: “Siempre he estado fascinado por la idea de que tiene que haber un camino correcto para contar una historia o un modo de hacer una película. ¡Es tan estúpido! Es tan difícil creer que la gente realmente piensa que si tienes una adecuada luz o usas una cámara portátil y no mueves nada fuera ni dentro del marco fílmico, la verdad emergerá casi de una manera epistemológica. ¡No tiene ningún sentido! Contar una historia, hacer un film es un propósito, una búsqueda, investigas, miras, piensas, estudias con la esperanza de que aprenderás algo a cerca de ese mundo, pero pensar que la verdad está conectada con el estilo…”. Y mira por dónde la coincidencia impostada hace acto de presencia. Tenemos que recordar que Erice compartió con otro director iraní, Kiarostami, unas brillantes Correspondencias (2016). Bien, pero ¿eso es lo más importante? Para mí en absoluto. Existe algo que nos hace volver a mirar sus historias una y otra vez, algo que nos hace volver a esa terra incognita que nos propone el cineasta y sería muy injusto otorgarle toda la importancia a una especie de forma cinematográfica. Hay algo más, ¿qué es?… A lo más cercano que puedo estar es a una sutil constatación. ¿Por qué seguimos maravillándonos con el encuentro del monstruo de Frankenstein? ¿Por qué nos apasiona el baile de un padre con su hija? o ¿por qué nos sentimos atraídos por el abismo de la creación de un óleo cuando no somos sus protagonistas reales? ¿Por qué nos emociona el relato de los trabajadores de la fábrica del río Vizela, cuando ni siquiera somos de la misma condición? De igual manera que son varias las preguntas, creo que no existe una sola respuesta sino muchas y que eso me lleva a la idea de un conjunto. De un conglomerado de formas y propósitos que responde a esa idea de investigar que decía Morris. Es cierto que parte de una forma, de una cierta construcción pero explora otros matices. El poder de la mirada en cómo se disponen las herramientas que posee el creador para manipularlas y construir la mentira sublime: la necesidad de una ilusión. Ya sea el despertar de la inocencia de una niña o la revelación de una adolescente en torno a la figura paterna, o la razón detrás de un singular trazo o el recuerdo como poderosa arma frente al olvido. En palabras del propio autor: “Solo puede haber cine donde existe un auténtico viaje, experiencia y encuentro”.

El espíritu de la Colmena (Víctor Erice)

El espíritu de la Colmena (Víctor Erice)

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