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Breve revisión sobre el final de 007, “Sin tiempo para morir”: regalos envenenados y condescendencias tristes

El regalo envenenado que una nueva generación hace a la anterior desde la condescendencia y la incomprensión más lejana. Esta podría ser la fotografía general del final de Sin tiempo para morir, la última entrega de la franquicia James Bond, última participación de Daniel Craig como agente 007. Se acabó el tiempo de Craig, y hasta cierto punto, también el de James Bond, tal como lo hemos conocido y lo hemos visto evolucionar con el paso del tiempo. Atención a los espoilers. 

Homenajear a Bond y traicionarlo, todo en uno

Hay al fondo de este final de Sin tiempo para morir, que es el final de este Bond, una suerte de homenaje por los servicios prestados, que trasluce el final de un tiempo, una pretensión de cierre que "deje en buen lugar", pero lo que parece haberse conseguido, más bien, es un homenaje de lo más siniestro, de esos que es mejor no recibir, incluso en el caso de salir idemnes, gracia que este Bond ni siquiera recibe. Y es que este homenaje no ha sido pensado desde las coordenadas históricas de James Bond, obvio, pues pensarían en la franquicia que esa habría sido una dosis doble de esa masculinidad tan contestada del personaje, precisamente lo que se quería erradicar (volveremos a esto más adelante). No. Por el contrario, se le ha reformulado desde unas posiciones ajenas a su propia literatura, tratando de articularlo en clave de héroe clásico, algo que nunca fue. Así, el Bond de Sin tiempo para morir, se nos cuenta, muere, sí, pero lo hace sacrificándose para salvar al mundo, anteponiendo el bien general al suyo personal. De hecho, Lyutsifer (Rami Malek) llega a pronunciarlo expresamente, después de malherirse ambos mutuamente en la parte final del filme:

Lyutsifer: Ahora los dos estamos envenenados de desamor, dos héroes en una tragedia de su propia creación.

Y aquí urge responder con dos ideas. En primer lugar, que la condición de héroe que se sacrifica, como bien se ha apuntado en múltiples lugares antes[1], no es del todo propia del mundo de James Bond, no supone la recuperación de ninguno de sus valores originales y por tanto este final supone una traición —una que Bond no merecía y que habría sido clave evitar— a las coordenadas prístinas y constitutivas del personaje. Pareciera que quien está del todo apostado en vislumbrar al nuevo James Bond, el siguiente, lejos de comprender la inercia histórica de la saga, lejos de asumir e integrar en su escritura lo que James Bond lleva siendo desde hace casi siete décadas, simplemente ha tomado prestado de otros textos el recurso de la condición heroica, como simulando conceder a una generación que se muere, un final construido con los que fueron los materiales del horizonte más inspirador de la (vieja, dirán) masculinidad. Y así es cómo este final sería un acto de indeseada condescendencia con una generación de fans que no necesitaban semejante gesto, y que terminarán sintiendo que al atropello de Bond, se suma la burla de la condición heroica, otro síntoma tan contemporáneo como woken.

Y segundo, que el recurso heroico ni siquiera está bien articulado tal como se nos cuenta en Sin tiempo para morir, pues si bien es cierto que Bond muere, y por su propia decisión, también lo es que solo toma la decisión cuando descubre que (envenenado por los nanorobots) ya no podrá volver a tocar a Madeleine (Léa Seidoux), es decir, que ya no podrá tener a la mujer a la que ama. Y si ya no puede tener a Madeleine, porque tocarla supondría su muerte, ni tampoco puede tener al auténtico amor de su vida —que Casino Royale y la propia Sin tiempo para morir nos habían contado que fue Vesper, el personaje de Eva Green—, todo apunta a que la verdadera razón por la que Bond decide morir no es tanto un acto heroico de sacrificio (de hecho, en el momento en que él decide hacerlo, su muerte ya ni siquiera era necesaria para salvar el mundo), como un acto de desesperación, de rendición, por no poder superar la pérdida (la de Madeleine, que se suma a otra mayor aún no superada: la de Vesper), ni la perspectiva futura de su propia vida, cosa que definitivamente no pertenece al imaginario de los héroes.

De hecho, tan descarriada y desajustada resulta la construcción de la recién sobrevenida condición heroica de Bond, que solo un poco antes de su muerte, nos lo había mostrado ejecutando injustificadamente al villano Lyutsifer, una vez que este ya había sido abatido y neutralizado, hundido en el agua envenenada. Y por cierto, sin tan siquiera mirarle, con la mirada hundida y un terrible gesto de descomposición interior, de quiebra subjetiva: de ninguna forma el acto de un héroe, ¿no les parece?

Que el gesto de hundimiento absoluto de Bond se produzca mientras ejecuta a Lyutsifer, hace pensar que es dicho hundimiento el que rige en el momento del disparo, y por tanto es el acto de una venganza por la insoportable suma de pérdidas personales, no un acto de sentido. Así, la muerte de Bond se ajusta mejor a la lógica de un suicidio desesperado que a la de un acto heroico, por más que adopte sus formas audiovisuales y el filme se esfuerce por que así sea leído por parte de los espectadores:

Y de esta forma descubrimos lo inconveniente que terminó siendo, con el paso de los años, la idea de construirle un pasado a Bond en Casino Royale, y más aún uno tan incompatible con lo que venía siendo James Bond durante tantas y tantas películas, porque si estaba claro que algo no era James Bond, era un melancólico. Y esa ha sido la senda por la que le han hecho transitar durante las últimas películas hasta hacerlo suicidarse por desesperación, es decir, por la imposibilidad de superar al fantasma de una mujer. Definitivamente, la vertiente letal y suicida de la melancolía masculina tiene mejor encaje en los nuevos tiempos que besar a la chica mientras caen los títulos de crédito. 

Cuadrar el círculo de James Bond

Pero para entender la etiología de este final, que por primera vez amenaza con ser el definitivo para un icono tal como lo hemos conocido, hay que recordar que el personaje ha atravesado notables procesos de cambios y evoluciones, normalmente poco inspiradas, aunque con excepciones, con objeto de reducir las acusaciones de ser un mero anacronismo social. Para quienes niegan esta evolución, cabría recordar los más de veinticinco años transcurridos desde que, con el estreno de Golden Eye (M. Campbell, 1995), se marcara un momento clave en la historia de la evolución de 007. Quizás nunca antes se habían concentrado en un guion tantos cambios orientados a volver romos los bordes más ariscos de la concepción masculina de un personaje nacido en plena Guerra Fría, nada menos que a principios de los años 50, y que con el tiempo había quedado desprovisto de su contexto original. 

Más de veinticinco años encajando los ajustes y retoques pretendidamente necesarios —veremos cómo de favorables finalmente—, con la esperanza de no soliviantar en exceso a cierto discurso feminista que ha ido ganando vehemencia a lo largo de los últimos años, y que lejos de querer ver reformado a James Bond, se dijera que más bien lo quería simplemente muerto. Durante este tiempo, la dirección de la franquicia ha tratado de cuadrar el círculo reformulando, en lo posible, al personaje, pero intentando conservar en él sus características definitorias, una contradicción aparentemente no letal en 1995, pero cada vez más difícil de sostener en los tiempos de la llamada corrección política y los movimientos woken

Hasta que la presión de estos ha hecho que, para algunos, el mayor estorbo en la franquicia de James Bond, sea el propio James Bond, al que aparentemente hay que salir a justificar con cada nueva entrega y cuya identidad ha dejado de ser su más importante patrimonio, o eso es lo que alega cierta facción política y social, y se ha convertido en su mácula más inherente. Era inevitable que la buena actitud y deseo de escucha en los directores de la franquicia, esa que en los 90 ya fue tan claramente apreciable como autoconsciente, con sus ajustes progresivos (convertir a M en una mujer, eliminar el enamoramiento de Moneypenny o, con el tiempo, llegar a cambiar su profesión de secretaria de M prácticamente por el de una agente del MI6), funcionara primero como un ardid de marketing pero, en último término, terminaría descubriendo que el suyo era un discurso cada vez más acomplejado. Complejo que, poco a poco, se ha ido trasladando al personaje, que en algunos momentos parece que prefiere parecerse más a Jason Bourne, que a sí mismo, quizás buscando una nueva identidad por culpa de la desesperación a la que ha sido conducido porque algunos piensan que no tiene derecho a existir y debe morir. ¿Quizás, entonces, no eran tan convenientes aquellos pequeños reajustes y cambios? ¿No habrán, por un lado, decepcionado a los fans históricos, y por otro, sido insuficientes, como no podía ser de otra forma, para la voracidad de un movimiento que, con la excusa del cambio social, está dispuesto a masticar el icono que se ponga por delante para fortalecer su posición y su poder político? 

De una forma u otra, pareciera que el escenario alcanzado es el de una dirección de la franquicia dispuesta a claudicar y que, para no tener que defender más a su personaje principal, porque vive con incomodidad los ataques que recibe con cada nueva entrega, decide eliminarlo de la ecuación, tal como había sido definido, probablemente para reformularlo por completo de una forma más contemporánea. Está por ver quién será el próxime elegide para dar vide a James Bond, pero todo apunta a que será alguien no sospechoso de anacrónico, desprovisto de toda característica de masculinidad que haga evocar el siglo XX y que, por tanto, facilite la vida de quienes tienen que escribir sus nuevas aventuras. 

Pero para eso había que claudicar, por fin, a las exigencias de los movimientos más recientes que reclamaban la muerte de Bond, aceptar sus exigencias de volatilizarle, por antiguo, de aniquilarle, y preferiblemente desde el revanchismo que suele acompañar a quien no está a la altura de su tarea, a quien hace valer su ira bajo la coartada de la responsabilidad y la protección de los terceros. Y así llegamos a la muerte de Bond, que es el final mismo de Sin tiempo para morir. No obstante, como no podía ser que Barbara Broccoli y Michael Wilson abrazaran de repente las coordenadas woken y ajustaran violentas cuentas con su ídolo, el encargo ha sido escribir un final pretendidamente digno de él, una suerte de homenaje que sirviera para agradecer al agente secreto sus servicios a la Reina, pero que liberara sus manos para pensar en los nuevos tiempos. Y allí es donde alguien ha tenido que preguntarse qué homenaje podría ser ese, si es que era concebible, y escribirlo tratando de no caer en la traición al propio Bond. Pero ¿lo ha conseguido? ¿O le ha humillado?

Referencias

[1] Ver RODRÍGUEZ SERRANO, A. (2021). Del tiempo, de la muerte. El Antepenúltimo Mohicano. Recuperado de https://www.elantepenultimomohicano.com/2021/10/critica-sin-tiempo-para-morir.html. Y ÁLVAREZ, R. (2021). 007 no es solo un número. Cine Divergente. Recuperado de: https://cinedivergente.com/sin-tiempo-para-morir/

REYES, M. (2020, 12 de junio). How Jason Bourne Ended Up Affecting James Bond. Cinemablend. Recuperado de: https://www.cinemablend.com/news/2548064/how-jason-bourne-ended-up-affecting-james-bond

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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