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“Jane por Charlotte”, ¿o “Charlotte por Jane”?

Desde su mentira del título, hasta los excesos de la verdad, discurre el documental Jane por Charlotte (Jane par Charlotte, 2021), primer film de la hasta ahora actriz, Charlotte Gainsbourg. Un documental propuesto desde el privilegio de su mirada, tanto por lo doméstico, como por lo singular de su condición de hija, que Gainsbourg afronta combinando en su metraje una estética eminentemente cliché —aunque desde la sinceridad de una elección propia—, los errores del video doméstico y unos pocos momentos brillantes en los que la emoción se apropia de una enunciación que a menudo parece rogar ser aliviada de sí misma. Pero sí, aunque en su horizonte, esperan esos momentos, y son el polo hacia el que se dirige una narración de fragmentos, de capturas cotidianas que, como una sesión de psicoanálisis, va hallando su propia forma de alcanzar las palabras más pesadas. Hay en esos momentos un punto de equilibrio efímero, más encontrado que construido, en los que Gainsbourg topa con una mirada iluminada con la que por fin vuelve relevante ese fondo privado de su madre que había querido poner en el centro desde el principio. 

Decíamos que el título alberga una mentira, aunque bastante cercana a la verdad si tan solo le damos la vuelta y lo ponemos así: Charlotte por Jane, el título imaginario de lo que, en realidad, describiría mejor este film de Charlotte Gainsbourg, cuya premisa de aproximación a la figura de Jane Birkin, aparente mcguffin del documental, sirve más bien como una excusa para ponerse ella misma en el centro de la investigación, para saber más de sí, lanzar a su madre las preguntas oportunas para satisfacer una curiosidad que tiene más que ver con ella misma, con su identidad y sus orígenes; e incluso, en último término, para rogar a su madre por una respuesta a sus propias angustias de vida, desde la desesperación de su propia intuición fatal, que le ayude a sostenerse en los tiempos de ausencia que Gainsbourg presiente cercanos. En realidad, la conciencia del miedo es la gran “causa primera” de este texto, homenaje y despedida, verbos que remiten a una acción de Gainsbourg que pasa por la conciencia de su mirada y que ubica a su madre no tanto como fin en sí mismo, sino como una angustiada estrategia, previa al llanto, con el que tratar de terminar su propio auto-relato, su auto-imagen identitaria: una promesa de imágenes y palabras perdidas o inexistentes con las que la hija pueda fijar una aproximación existencial que le sirva más adelante, más tarde, cuando todo falte. 

Es por eso que esa suave tendencia al síndrome de Diógenes, que la paciente describe como “una enfermedad leve”, convierte a Jane Birkin en la bibliotecaria perfecta del pasado de la familia Gainsbourg, la familia de la cineasta que firma. Y su empeño por guardarlo todo, bajo la idea de intuir en cada objeto el fragmento de un gran relato familiar que habrá de ser relevante, sirve al intento de Gainsbourg por volver atrás, para entenderse mejor; recuperar palabras extraviadas o identificar nuevos términos que completen su propio relato de vida. Dice Gainsbourg: “Mi idea es mirarte como nunca lo he hecho, o como nunca me he atrevido”, deslizando un sujeto en primera persona que confiesa, en su lapsus, su auténtico deseo, una curiosidad íntima por su propia mirada en la que hacer cristalizar respuestas imposibles para dudas propias. Comienza Gainsbourg preguntando a su madre la razón de que sean tan pudorosas la una con la otra —"empezamos fuerte", dice Birkin—, como si hubiera necesitado convocar un equipo de técnicos, luces y cámaras de cine y presupuesto solo para construir el escenario más raro del mundo en el que atreverse a preguntar lo que en su tiempo privado no es capaz de plantear: una apertura en canal que desborda la propuesta documental y que troca lo verdadero con lo íntimo, confunde la honestidad con la ausencia de vergüenza, lo sincero con lo privado, hundiendo al aparataje de la verdad de un texto fílmico en un empacho de realidad incapaz de trascender sus propias insatisfacciones. Hay en Jane por Charlotte unas cuantas escenas de este tipo, indagaciones que estremecen por la candidez de una entrevistada que, entregada a su condición de madre, la madre de una hija muerta por suicidio, se presta a una autoexplotación en la que se cifra su mejor voluntad, la reparación de un legado. 

En el transcurso de las preguntas, vamos poco a poco sabiendo cada vez más… pero no de “Jane” —con comillas—, sino de Charlotte —sin ellas—, de las razones del documental, de sus sentimientos por su madre, cristalizando en medio de unos pocos relatos biográficos con los que Jane Birkin da cuenta de historias públicas que se volvieron pasadas, incorporadas a una mitología titulada Serge Gainsbourg-Jane Birkin, de la que, por decisión consciente de todos los involucrados, o porque ya se volvió demasiado conocida por todos, no extraemos nuevos datos, ni siquiera sobre la experiencia personal de Jane, esa “Jane” cuyo nombre se proponía central y cuya verdad se nos prometía casi en primera persona. No, no iba tanto de Jane, desde luego no de “Jane Birkin”, con el apellido que la amarra a una álgida mitología, sino de una Charlotte que está dirigiendo su primer film, que está hablándonos de su propia madre, que nos habla de su propia maternidad, que está decidiendo por primera vez cómo montar o capturar las imágenes del mundo, que se parapeta en “su privilegio” para adentrarse en esta historia que es la suya propia y que, en definitiva, se autoerige en la auténtica protagonista del film. Se pone así en marcha el cliché autobiográfico de la ópera prima, de los artistas novatos, sean novelistas o directores de cine, que recurren a sus propias coordenadas para confeccionar una historia, pero no a través de la elaboración de sus conflictos e inquietudes en la ecuación de nuevas historias y personajes, sino desde la inmediatez de la captación y la reproducción de sus propias circunstancias personales. Sucede que ninguna presencia histórica, ninguna característica personal, ni siquiera las revelaciones más drásticas y pudendas —de nuevo, "empezamos fuerte"—, dicen la verdad con tanta universalidad como la que se cifra en la ficción más certera. Y esas no son las coordenadas de Charlotte Gainsbourg, que afronta su documental de una forma tan desnuda, que ni recurre al más básico story-telling —uno de los vicios del biopic—con el que revestir a su personaje de algún sentido y ciertos valores. No había necesidad, porque en realidad, Gainsbourg habla de sí misma. 

Así, Gainsbourg incluye en el film una escena en la que agradece a su madre que, al contrario de lo planeado, no se fuera de su casa junto al mar, no porque el dato revele nada de la vida de Jane Birkin, sino tan solo porque así podía montar la respuesta de su madre: “porque te gusta que las cosas sigan igual”, frase fantasmática en la que Charlotte podría escuchar algo de sí misma, con la que puede identificarse. O esa otra escena en la que la cineasta recoge el insomnio de su madre como una oportunidad para construirse la oportunidad de revelar el suyo propio, causado, por cierto, esa misma noche, por el miedo que le provocaba el encuentro y el rodaje del documental sobre su madre. Las más reveladoras decisiones de metraje y montaje, parecen esclarecerse desde la lógica de la oportunidad de explicar y desvelar algo de sí misma. 

Lo más paradójico es constatar el inesperado modo cómo la verdad emerge, seguramente a pesar de Gainsbourg, en aquellas escenas en las que lo teatralizado se atasca, se obstruye frente a la cámara, como en esos abrazos en los que las manos de la una o de la otra no terminan de saber qué hacer, como contrariadas por un hecho raro, escaso, solo teatralizado para la cámara, pero en cuyo estrago sobreviene ese no saber qué hacer, ese acto no del todo natural, de las primeras veces, por más que se repitan de vez en cuando. Decisiones que desvelan en exceso, que dicen más de lo esperado. También sería el caso de esos intentos de fluidez oral en los que Jane Birkin acepta redimir su maltrecha condición materna, desesperada por encontrar un agradecimiento que la arrope en su difícil final, pero que se atasca y descarrila una conversación que para Gainsbourg era imposible de partida. Dicha imposibilidad, señala una problemática importada del fuera de campo, de las miles de no-conversaciones, todas quiméricas, que quizás ambas han tratado de buscar sin éxito antes del film, durante años, y que ahora se hacen presentes, en ausencia, infinitamente protagonistas, frente a la cámara. Así asoman verdades, no todas invitadas, pero sí encontradas como el óxido inconveniente de una representación en ocasiones demasiado apostada a lo teatral, o a los lugares comunes del género al que pertenece. 

¿Y de “Jane”? Para la “Jane” del título, tiene el film unas cuantas raciones de aproximaciones excesivas. Se juega en ellas el coraje de una hija dispuesta a atravesar el estrago, el enfrentamiento con la carne de su madre, iluminada en ocasiones con cierta crueldad, y que se complementa con esa revelación final sobre la preocupación por su muerte, por su ausencia. Ya lo decía al principio, “mi idea es mirarte como nunca lo he hecho”; mirarla, chocar con el cuerpo de su madre, al que no había mirado nunca por su condición matérica, corporal, senescente y demasiado material. Cree Gainsbourg que en esa captación de carne y piel en primer plano hay una reivindicación amorosa, honesta, aunque quizás haya, más bien, algo de un atropello no precisamente del gusto de Jane Birkin pero al que esta se presta como un acto de amor. Está por ver que las fotografías fijas de Jane Birkin, tomadas por Gainsbourg y montadas en el film, sean tan valiosas como gozosas deben resultarle las fotografías de sí misma fotografiando a su madre, habida cuenta de lo prolífico de dicho imaginario en el documental.

El espectador de la mitología Serge Gainsbourg-Jane Birkin, valorará, sin embargo, el modo tan ensordecedor con el que la cineasta hace por empujar fuera del film la presencia de Serge Gainsbourg. Ya desde el primer visionado de Jane por Charlotte, se hace obvia su decisión de cerrar el plano, acercar la cámara a la figura de “Jane”, de tal modo que no se oscurezca bajo la presencia-ausencia del famoso cantante. No obstante, dos fenómenos claros van a acontecer en la superficie de este film: en primer lugar, que esa decisión, consciente y seguramente reivindicativa, no parece estar íntimamente secundada por el discurso desinhibido de su madre, a la que, a lo largo de todo el metraje, se le advierte una intensa afectación por efecto de Serge, por su mención, su nombre, su antigua casa, su aparición en las viejas películas domésticas, etc. —recordemos que hacia el final del film, necesita apartar la mirada de la imagen de Serge Gainsbourg, revelando la intensidad de su conflicto, lo inconcluso de su diatriba interior, mientras habla de tribulaciones nocturnas en las que se pregunta si actuó correctamente, si fue culpable, si pudo haberlo hecho mejor—. Y segundo, sucede que Charlotte Gainsbourg no solo monta esas imágenes en su film, sino que las reserva incluso para el final, como el plato fuerte. Y lejos de dejar a su madre hablar sin más, ella misma ahonda con sus preguntas, hunde el dedo en los conflictos, que son los suyos propios, una maltrecha herencia familiar no del todo desvelada, que comienza a desenterrarse tan pronto como el discurso se enfrenta, por fin, siquiera lateralmente, al nombre de Serge Gainsbourg, el polo magnético hacia el que se dirige el curso del documental y que se erige, puede que incluso en contra de lo planeado, como su inevitable y atávico horizonte final. Y todo ello recogiendo el rostro en lágrimas de su madre física, su madre real, las lágrimas que acompañan a un reproche interior que de ninguna manera habría brindado, por privado, por pudendo, a ninguna revista del corazón. Charlotte Gainsbourg es corazón, pero también revista; confunde cuché con verdad, confunde muchas cosas, y en su propia saturación por las palabras de su madre, pierde el control de un documental que se interna ya prácticamente en las latitudes de lo pornográfico. Solo el “fuera de agenda” de una historia cuya mitología se da por terminada, protege a la “Jane Birkin” con comillas de Jane por Charlotte, apostada a una redención desesperada en un entorno que ella calcula y presupone seguro. Sobrecogida y superada por lo estruendoso de las palabras de su madre, que sacude su propia mitología inundándola de ideas densas y enormemente adultas difíciles de metabolizar, Charlotte Gainsbourg se miniaturiza como la niña que solo puede ser allí, diminuta frente a esas lágrimas, bloqueada en plano, ensombrecida por la gravedad de una materia enferma que es la potencia inmanejable de su madre; y se convierte, literalmente, en la espectadora oscura de su propia película:

"Jane por Charlotte" (2021) de Charlotte Gainsbourg, junto a Jane Birkin. Documental biopic.
Jane por Charlotte (2021)

Allí aparece la auténtica captura fotográfica de la idea más relevante y central de Charlotte Gainsbourg en Jane por Charlotte: el pavor de reconocer su profunda dependencia. De ahí esas palabras con las que, solo unos segundos después, en off, encauzará el final:

Charlotte Gainsbourg [en voice-over]: ¿Por qué aprendemos a vivir sin nuestras madres? Parece un objetivo de vida: liberarnos de ellas a toda costa. No quiero liberarme. Quiero aferrarme. No confío en mí.

“No confío en mí”. El pavor de una niña que rueda un homenaje materno, para gritar su miedo.

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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