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La película-milagro en medio del desierto

Cuesta imaginar por qué el director del film dedicaría más de 30 minutos de metraje al periplo de Jean-Louis por el rally del Dakar atravesando el desierto del Teneré, pero vamos a intentar proponer una respuesta. 

Lógicamente, como sabemos por otras de sus películas, y por su propia obra en general, Lelouch es un apasionado de los coches que se había fantaseado a sí mismo como el protagonista de su film original (Un hombre y una mujer), que era piloto de carreras. No en vano, el modelo de coche de Jean-Louis había sido seleccionado por ser todo un clásico con su propia estela cinematográfica (véase Bullit con Steve McQueen en 1968, por ejemplo) que aparecía en el film Un hombre y una mujer más como un guiño dirigido a los apasionados del motor, que como un elemento necesario para narrar la historia de Anne y Jean-Louis. Un capricho externo a su historia, producto de la mezcla de Lelouch, de la que el cineasta terminará encontrando la ocasión de presumir de ello, ya en la tercera película, Un hombre y una mujer (20 años después), cuando le espeta a un policía:

Policía: ¡Buenos días, señores! No se puede circular por el malecón.
Jean-Louis: ¿Desde hace cuánto?
Policía: 50 años, desde que un idiota estacionó aquí su Ford Mustang.
Jean-Louis: ¿Me está llamando idiota?
Policía: ¿Por qué? ¿Era usted?
Jean-Louis: Sí, fui yo.
Policía: ¿Fue usted?
Jean-Louis: Fui yo —contesta de nuevo, con una sonrisa de enorme orgullo.

Orgullo del cineasta, no cabe duda. Por no hablar de la escena de carrera de coches con la que comienza, literalmente, Un hombre y una mujer (20 años después):

O por no acordarnos de las imágenes de C'était un rendez-vous que Lelouch monta en el interior de Los años más bellos de una vida y con las que escribe para siempre el final emocional de la historia entre Anne y Jean-Louis. Pero ya llegaremos a eso. ¿Cómo no pensar que el rally del Dakar se justificaba allí, en medio de la primera secuela, solo porque Lelouch se imaginaba atravesando el desierto a toda velocidad? Es verdad, pero la explicación no estaría completa si no atendiéramos a una historia muy particular que el desierto del Teneré guarda en su haber, y que además lleva inspirando al mundo desde hace décadas: el árbol del Teneré.

Marie-Sophie: Ese mapa de ahí… ¿de dónde es?
Jean-Louis: Si te interesan los rallyes, es el itinerario del próximo París-Dakar (…). Y te voy a confiar un secreto: aquí se decidirá la carrera —dice trazando con el dedo un área determinado.
Marie-Sophie: ¿Es el Teneré?
Jean-Louis: Sí, eso es.

El desierto del Teneré se encuentra en la parte centromeridional del Sáhara, en Níger, y es famoso porque la suya es la estampa más paradigmática de lo que puede ser un desierto extremo: dunas, arena finísima y sus estrías onduladas, que el cine ha utilizado en múltiples ocasiones. Tiene una extensión de 400.000 kilómetros cuadrados, dentro de los cuáles no crece vegetación… con una excepción: la del llamado Árbol de Teneré. Un solo árbol, una acacia, considerado el árbol más solitario del mundo [10], que se elevaba en soledad en medio de la arena infinita de 400 kilómetros de desierto alrededor [11]. Un milagro, lo llamaban; ¿van viendo la conexión? Así lucía el famoso Árbol de Teneré en 1939:

Foto tomada en 1939 por el comandante Michel Lessourd, del Servicio central de Asuntos Saharianos francés.

Pero si hay una imagen que realmente devuelve la estampa del milagro del Árbol de Teneré, es esta, tomada en 1961:

El Árbol de Teneré junto al pozo que se excavó a su lado, y que reveló la existencia de un acuífero del que se surtía para sobrevivir.

La de la foto ya conecta mejor con la estética con la que Lelouch caracterizó su escena del Teneré en Un hombre y una mujer (20 años después):

Es, sin duda, el rasgo más conocido de este desierto tan cinematográfico, por otra parte, y que habla de cómo, en ocasiones, inexplicablemente, la vida se abre camino, como un milagro, para elevarse sobre lo que no es más que un enorme desierto; llámese esa “vida” como el fragmento de vida que, en el fondo, es Un hombre y una mujer, que en 1966 se convirtió en un clásico generacional y en uno de los films más importantes de la historia del cine romántico. La metáfora podría sostenerse por sí misma, aunque la película nos dará un elemento definitivo para establecer la conexión sin género de dudas: y es que, ¿por qué si no, sería allí, junto a un único árbol solitario, el único árbol que aparece en todas las secuencias del rally de Dakar, donde Jean-Louis se detendría a pasar la noche con Marie-Sophie? ¿Qué árbol iba a ser ese, sino una referencia expresa a aquel milagroso Árbol de Teneré, de cuya historia simplemente no cabe pensar que Lelouch no supiera nada? Más aún como amante del motor.

Si sustituimos a Trintignant por Lelouch en ese plano en el que se eleva ante el árbol, como si él fuera el milagro mismo, encontramos un buen signo de la autoconsciencia del mérito del film original. Y para los amantes del motor, Lelouch se guardó un curioso guiño, recreando incluso el pozo que acompañaba al árbol solitario en su foto más famosa:

Un agua perdida en lo más profundo, como el agua del pozo, del que se surte un milagro. Comenzamos a acercarnos a la auténtica razón de que Lelouch necesitara traer su historia, y extenderla durante más de media hora, a la arena del Teneré, y que no solo tiene que ver con la bonita idea de metaforizar con este árbol lo que había sucedido 20 años antes con el estreno de su película original; también puede leerse de dos maneras adicionales. Una de ellas es bastante inmediata: si el milagro no fuera el efecto inolvidable de un film especial, sino el amor de Anne y Jean-Louis, que es lo que subyace al fondo del film y, estaremos de acuerdo, lo que lo convirtió en especial e inolvidable, Lelouch nos estaría mostrando visualmente cómo siente él un auténtico amor: como un árbol milagroso en medio de un desierto. Quizás algo de eso tuviera que ver con el éxito del film, que en el fondo pone en valor el amor de sus protagonistas como un acontecimiento inolvidable, en extremo raro y excepcional.

Más interesante es la otra forma de lectura que vamos a proponer, poniendo en relación el encuentro con el árbol con el contexto en el que este se produce dentro del film. Recordemos que, según nos cuenta Un hombre y una mujer (20 años después), Anne había invitado a Jean-Louis, con quien había retomado el contacto tras 20 años de separación, a asistir al rodaje de ese film que ella producía “a partir de su historia”. De hecho, se hospedaron en el mismo hotel en el que “su historia comenzó” (según confesaría Anne en Los años más bellos de una vida en 2019) y terminaron pasando la noche juntos. La carambola tiene su retranca porque, si en 1966, ella fue quien albergaba una tercera persona en su interior, el recuerdo de su marido muerto, en 1986 será Jean-Louis quien albergue una tercera persona, llamada Marie-Sophie, su joven pareja con la que aún estaba comprometido. A la mañana siguiente, el espectador descubre que ya no queda nada de ningún marido muerto, y que Anne está decidida a recuperar a Jean-Louis, insistiendo en preguntarle, una y otra vez, cuándo le volverá a ver. Pero al espectador también se le cuenta que Jean-Louis, quizás asustado por la potencia del encuentro que había tenido lugar esa noche y que habría reactivado el milagro de un amor excepcional, dormido durante 20 años, amanece aterrorizado y desorientado, y cree que será capaz de ponerle fin volviendo con Marie-Sophie, quien le esperaba para ir al rally del Dakar. Nada más lejos de la realidad; en las primerísimas imágenes en el desierto del Teneré veremos que Marie-Sophie está llorando porque Jean-Louis le ha explicado lo sucedido, prueba de lo inmanejable que le resultó el acontecimiento de esa noche junto a Anne. 

Incapaz de continuar el rally, Marie-Sophie le pide a Jean-Louis un último favor: que le ayude a emprender el viaje de regreso a París, trayecto durante el cual, ambos se detendrán a pasar la noche junto a ese árbol que representa al Árbol de Teneré. Si recordamos que este árbol, en tanto que milagro, resuena al amor excepcional entre Anne y Jean-Louis, y por tanto conecta con esa inesperada noche juntos antes del viaje a Dakar, tiene sentido que sea su encuentro el que marque la imposibilidad de continuar el camino de Jean-Louis. Recordemos que será allí, junto a ese árbol, donde Marie-Sophie intentará acabar con la vida de este (y la suya propia) en un terrible ataque de celos, sobresignificando de nuevas formas que ese árbol, ese encuentro, es límite, marca la imposibilidad de continuar y dejar atrás el amor de Anne. Como también conecta este amor, perdido y reencontrado, con una experiencia de muerte, que linda con una frontera infranqueable, de la que simplemente no se puede volver indemne. En otras palabras, un milagro no se construye, se encuentra; y no se autoriza, se impone; ecuación que lo mismo se lee aplicada al amor de Anne y Jean-Louis, que al éxito inesperado de un film histórico.

Siguiente: Homenaje al film original como un objeto mágico.

Notas

[10] Teneré (sin fecha). En Wikipedia. Recuperado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Tener%C3%A9 . Lamentablemente, el árbol fue atropellado por un conductor libio en 1973. En noviembre de ese año, el árbol muerto fue trasladado al Museo Nacional de Níger, donde aún se conserva. En su lugar, se colocó una estructura metálica que le representa. Cfr.: Árbol de Teneré (sin fecha). En Wikipedia. Recuperado de: https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81rbol_de_Tener%C3%A9

[11] GONZÁLEZ, D. (2008, 25 de septiembre). El Árbol de Teneré. Recuperado de: https://fronterasblog.com/2008/09/25/el-arbol-de-tenere/

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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