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Estar a la altura, pedir disculpas. Epílogo, tras la pista del milagro

Como venimos diciendo, ser suficiente es una de las cuestiones clave que atraviesa la historia de Un hombre y una mujer, su primera secuela, la carrera del Ferrari por París…, etc. Es una prueba crucial, preocupante y angustiosa, que Lelouch vive no solo de forma obsesiva, suscitándola una y otra vez en las escenas más importantes de estos films, a veces de forma velada y otras de forma manifiesta, sino que además la vive bajo la sospecha de que, llegado el momento justo, podría no serlo. No ser suficiente. En 1966, como también en 1986, esa condición pasa por el ser, esto es, pasa por pertenecer al grupo de quienes son, frente al de quienes no lo son. Se desliza así la ilusión de Lelouch de pertenecer, por su condición, al grupo en el que él desea encontrarse.

Sin embargo, en 2019, Lelouch vuelve al imaginario de Anne y Jean-Louis y rueda una segunda secuela en donde esta idea va a trastocarse ligeramente. O mejor dicho, va a evolucionar, seguramente producto de la experiencia de una vida, cuyo tránsito va a venir a desvelar que su pertenencia a un grupo o a otro no es tanto el resultado de una condición natural, sino de una actuación, que tiene que ver con un acto, del que, llegado el momento, él será el único responsable. Así, en Los años más bellos de una vida, el personaje de Jean-Louis, frente a Anne, pronunciará por fin las palabras con la que desvela la resolución de su más larga preocupación vital (más de 53 años después del estreno de Un hombre y una mujer):

Jean-Louis: [sobre Anne, en 3ª persona, sin saber que la tiene delante] Pensé que sería la mujer de mi vida pero… no estuve a la altura.
Anne: ¿A la altura?
Jean-Louis: Sí, a la altura.

Estar a la altura también podría formularse como “ser capaz de realizar el acto debido, en el momento justo”, lo cual desvela que Lelouch ya es consciente de que no se trata tanto de la naturaleza de uno, una empeñada en aparecer y desbaratar toda construcción, sino de realizar un acto. Esta nueva secuela nos desvelará que la relación entre Anne y Jean-Louis no fue posible por la condición de mujeriego de él, al que como atractivo piloto de carreras se le ofrecían muchas mujeres y con las cuáles aceptaba tener relaciones. De hecho, producto de una de ellas, nació su hija Elena (Monica Bellucci):

Jean-Louis: ¿Cómo tengo que decirles [a la gente] que no tengo una hija?
Elena: ¿Y cuántas veces habré de decirte que tuviste un hijo con tu primera mujer, y a mí con la número mil?

Parece que Jean-Louis fracasó en su capacidad de realizar un acto cerca de mil veces, el acto de cumplir su palabra con Anne y serle fiel, motivo por el que esta terminaría abandonándole para siempre. Por tanto, no es que Jean-Louis no fuera el adecuado, sino que no fue capaz. Y de ello ha terminado haciéndose consciente con el tiempo: 

Jean-Louis: ...pero no estuve a la altura.

Estar a la altura obsesionó siempre a Jean-Louis, y con él al propio Lelouch; estar a la altura se jugaba en esos actos engañosamente heroicos que tanto tenían que ver con sus hazañas automovilísticas, como la de jugarse la vida a toda velocidad cruzando París para llegar a una cita (en el caso de Lelouch), o como conducir por la noche más rápido que el tren y llegar a recoger a Anne al andén, como en el final de Un hombre y una mujer (en el caso de Jean-Louis); aunque como ya habíamos colegido, ninguna de esas hazañas se mide siquiera con otra mayor en la que, la sospecha de Lelouch, es que…  no es suficiente:

Un hombre y una mujer (Claude Lelouch, 1966)

Jean-Louis: ¿Por qué? ¿Por qué?

Así es cómo, 53 años tras el estreno de Un hombre y una mujer, Lelouch aporta estas pesadas e intransportables palabras: “no estuve a la altura”. Y de ahí que ya solo sea posible reconocer su responsabilidad y pedir perdón, muchas veces:

Jean-Louis: ¿Puedo pedirle perdón?
Anne: ¿Por qué, perdón?
Jean-Louis: Hay mucho por lo que hacerse perdonar, y sobre todo yo. Perdón, perdón. Perdón.

Pero, precisamente porque no fue capaz de realizar el acto, ni aquella ni mil otras veces después, es por lo que no estuvo a la altura, cosa que el cineasta escribe impidiéndole sentarse junto a Anne, que dejará un hueco vacío,

Los años más bellos de una vida (2019)

...que, a poco que lo piensen, quizás coincidan en pensar que, en el fondo y por culpa de los mil fracasos de Jean-Louis (uno de ellos llamado Elena, nacido en 1968 e interpretado por Monica Belluchi), bien pudiera seguir siendo, tras 53 años, y para desgracia de ambos, el hueco de su marido muerto. Tal fue el fracaso de Jean-Louis, y tal es la íntima manera cómo, ya de ancianos, Lelouch rueda una escena íntimamente análoga y conectada con esa otra tan doliente, cuya marca sigue escociéndole sin alivio más de cinco décadas después:

Y de ahí que haya que volver, y volver a rodarla:

Porque no deja de escocer.

Epílogo: tras la pista del milagro

Lelouch atribuyó la potencia de un film al esfuerzo realizado y sobre todo... a un milagro. En su ejercicio de autoanálisis de Un hombre y una mujer (20 años después), recreó el fuera de campo y hasta el fuera de campo del fuera de campo, recorriendo exhaustivamente las pistas del milagro, buscando en las escenas importantes y en las menos importantes, tras las huellas hagiográficas de su éxito de 1966, aunque… seguramente, sin demasiado acierto en 1986. 20 años después, pocas pistas del milagro acabaron en la secuela que pudieran dar cuenta de los sagrados engranajes de un film histórico. Recuperó la música, reeditó su voluntad fotográfica y hasta triplicó a sus protagonistas hasta hacerles existir delante de la cámara, detrás de la cámara, y detrás de los que estaban detrás de la cámara. Calculó y recalculó… pero seguramente con los ingredientes equivocados, hasta humillarse en la sala de montaje intercalando los mejores planos de su milagro original. ¿Saben lo más revelador de su épica confusión? Que los umbrales de acceso a aquel film irrepetible son pocos, únicos y más visibles de lo que parece. Nosotros recomendaríamos empezar a pensar el milagro desde aquí:

Un hombre y una mujer (1966)

No pretendemos iniciar el análisis de Un hombre y una mujer, pero sí proponer algunas pistas que simplemente pasaron inadvertidas para el Lelouch de 1986, aunque… un poco menos para el de 2019. La imagen reúne todos los elementos para ubicarnos en el plano del relato, no ya como los seres en falta que no dejamos de ser a ninguna hora del día, sino para hacerlo y sangrar hasta morir mientras cerramos los ojos y nos atiborramos de la fantasía del amor de los seres incompletos. Desde que comenzara con Jean-Louis en el extremo de las vías, frente a los faros del tren en el que él sabe que llega Anne, el plano tiene un lugar para cada uno de nosotros, seamos hombres o mujeres, y solo de este rostro de Anouk Aimee ya podría evocarse al menos la primera mitad del gran milagro. 

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Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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