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Lo reductible, lo indefinido y la mirilla en "El Francotirador": Tele-objetivo, objetivo abatido

Uno de los rasgos indiscutibles del cine es su capacidad para recrear la realidad, esculpiéndola y moldeándola a las necesidades que requiere el guion y la historia que este contiene. Para ello, el creador dispone de una serie de herramientas técnicas, estrategias narrativas y disposiciones formales o artísticas, si se prefiere. Aquí quiere ponerse el foco (nunca mejor dicho) en el objetivo de las cámaras cinematográficas y su papel dentro del desarrollo audiovisual de un film en concreto: American Sniper (2014) de Clint Eastwood.

En la gran mayoría de las ocasiones, los análisis formales y los estudios de cine que toman como lección del día una obra sobre francotiradores dedican una gran parte del tiempo a dos ejes temáticos concretos: por un lado, el grado de fidelidad entre la realidad que se plasma en la pantalla y la que viven este tipo de soldados en una situación de guerra; es decir, medir hasta qué nivel la obra en particular simula con veracidad lo que vive un francotirador. Y, por el otro, concretar y/o señalar los momentos en los que la cámara pasa a formar parte de la propia diégesis de la película para convertirse en un plano subjetivo de la mira telescópica de uno u otro personaje.

Alejándonos de tales premisas y “clásicos” de la literatura cinematográfica, aquí quieren desarticularse —en la medida de lo posible— los simbolismos y elementos de significación que los instrumentos diseñados para deformar la visión guardan en su haber. Y es que, tanto los objetivos de la videocámaras, como los objetivos de los fusiles de precisión, son herramientas construidas a través del ingenio humano para acercar, alejar, difuminar, oscurecer y/o definir los objetos que una persona es capaz de ver y observar. Ayudan al propio ojo a cumplir mejor su función.

En este sentido los objetivos son objetos “objetivos”, neutrales. Lo virtuoso de su función no guarda relación con los fines para los que son empleados. Hay quienes los emplean para dar forma a su arte, relatar historias, cumplir ciertas tareas intelectuales, grabar acontecimientos, llevar a cabo la tarea periodística, etcétera. Otros de los usos históricos de esta tecnología óptica ha estado estrechamente vinculada a lo militar/bélico: las miras telescópicas. Estas son una variante de una modalidad de objetivo, es decir, el teleobjetivo. Del griego “Teleos” que viene a decir distancia, este tipo de herramientas destacan por su capacidad de dar precisión visual a objetivos que guardan grandes distancias con el ojo que mira a través de él. Así, un documentalista del National Geographic puede fotografiar sin ser visto desde muy lejos a un pájaro selvático extremadamente cauteloso antes de ser detectado y huir; o, al mismo tiempo, un francotirador habilidoso puede valerse de ese mismo teleobjetivo para realizar una serie de disparos desde varios cientos de metros sin ser descubierto, asesinando desde su escondite a cualquier enemigo que se adentre en el radio de acción que le ofrece su mirilla a este profesional de la guerra.

Es ese, exactamente, el objeto que nos ocupa en esta ocasión. American Sniper (El francotirador, traducido en España) narra las campañas de guerra iraquíes que vivió Chris Kyle, el Navy Seal (soldado de las fuerzas especiales) más mortífero del ejército de los Estados Unidos. Tras los ataques terroristas a las embajadas americanas de 1998 en Tanzania y Kenya, Kyle (Bradley Cooper) decide alistarse en los Navy Seals para proteger a su patria, tal y como su padre se lo inculcó cuando era niño.

Durante los duros entrenamientos, conoce a su futura mujer, Taya (Sienna Miller), y al que se convertirá en su mejor amigo, Marc Lee (Luke Grimes). Después del 11S, Estados Unidos despliega sus tropas en Iraq, Chris demuestra su gran valía como francotirador matando numerosos enemigos y salvando a muchos de los suyos. Su habilidad lo hace famoso hasta tal punto que acaban llamándole “Leyenda”, pero esa fama también le acarrea el peso que conlleva ser el número uno en las listas de perseguidos por los insurgentes iraquíes.

Con cada incursión en las líneas enemigas, Chris se aleja cada vez más de su familia en América, Taya y sus jóvenes hijos. Además, la obsesión que le carcome el no poder proteger a los soldados americanos mientras él está de permiso, se ve acrecentada por un francotirador sirio que lucha para los iraquíes: Mustafá (Sammy Sheik). Entre muchos otros, dicho francotirador mata a Marc. Desde entonces acabar con él será para Chris un objetivo crucial.

En el momento que su relación con Taya pasa por su peor situación, Chris logra, con un magnífico disparo, matar a Mustafa y escapar por los pelos de las tropas enemigas. De este modo, decide que la guerra ya ha acabado para él. Desde entonces se dedica a ayudar psicológicamente a los veteranos, hasta que un fatídico día, uno de ellos lo mata mientras estaban en un campo de tiro.

Dios, ejército, familia

American Sniper relata la vida y posterior muerte de Chris Kyle. Inmune a las balas de guerra y sus enemigos iraquíes, fue un disparo de un civil norteamericano lo que acabó con su vida. Eastwood tomó la decisión de llevar a la gran pantalla una historia en la que, paradójicamente, un “héroe de la nación” fue asesinado mientras ofrecía terapia a un veterano de la guerra de Iraq. Entre todas las historias que pueden llevarse al cine para glorificar la imagen de un soldado en concreto, el de Carmel decidió adaptar, casualmente, aquella que refleja las consecuencias psicológicas que un conflicto bélico puede provocar en la mente de una persona. Y es que, Eastwood, nunca es inocente a la hora de criticar a su propia nación. Ya lo hizo antes para denunciar el puritanismo de la sociedad americana ante un tema tan polémico como la eutanasia (Million Dollar Baby); para subrayar y destacar las luces y las sombras de uno de los hombres más poderosos del siglo XX (J. Edgar); para reclamar el merchandising que el Ejército americano empleaba para reclutar nuevos soldados durante la Segunda Guerra Mundial (Banderas de nuestros padres); para dignificar la valentía del bando rival durante esa misma contienda (Cartas desde Iwo Jima); no tuvo reparos en disfrazar de cura católico a un anciano pederasta en Mystic River, y un largo etcétera más.

Eastwood lanza un mensaje de crítica oculto en cada asesinato que Chris Kyle realiza en nombre de su Dios, su bandera y su familia. En ese orden de jerarquía y no en otro, pues esas son las tres claves, los tres ejes que sirven para dar forma a la mente y al corazón del protagonista de esta obra. El mismo día de su boda con Taya la narración plasma formalmente esta triada ideológica. A nivel superficial, y a la altura del corazón, sobre el pecho, la rosa que simboliza el amor que siente hacia su mujer; una capa más profunda, sobre el chaleco, el pin de los Navy Seals, la Armada americana, su otro gran amor, la otra forma de familia. Si bien Taya es “su mujer”, sus compañeros marines son “sus hombres”.

El francotirador (Clint Eastwood, 2014)
El francotirador (Clint Eastwood, 2014)

Y bajo ambas figuras, lo más cercano al corazón del protagonista, Chris Kyle guarda consigo una biblia que robó de una iglesia cuando era tan solo un niño. Esta biblia le acompaña durante todas las batallas, es su salvaguarda cuando todo lo demás parece perdido. Cuando Taya está a miles de kilómetros de distancia, sus compañeros marines perdidos en sus propias encrucijadas y Chris se ve solo ante el peligro, quien permanece siempre a su lado es, desde su punto de vista, Dios.

Es más, la propia narración narra en ese mismo orden los acontecimientos que desarrolla a lo largo del relato. En primer lugar, se muestra la formación cristiana de Chris, tanto en el hogar como en la iglesia, Dios y la biblia son unos fuertes condicionantes en el desarrollo moral del protagonista. Tras esto, en segundo lugar, su vida militar: Chris se alista en el Ejército y, después, conoce a Taya. Tercer acto de la narración: su vida civil. Kyle deja atrás la guerra y se centra en su familia. Este acto es el que menos duración tiene, pues como ya se ha dicho antes, poco tiempo tuvo para gozar de su jubilación militar.

En cualquier caso, Dios y lo bíblico articulan en gran medida la lucha de Chris a lo largo de la obra. Él se considera a sí mismo un soldado de Dios, tal y como declara la Cruz de los Cruzados que lleva tatuada en uno de sus hombros. Su guerra, no es sólo territorial, es una batalla religiosa, su luz contra la oscuridad, el bien contra el mal. Tal es la polaridad con la que él comprende su existencia, que es capaz de asesinar mujeres y niños sin guardar remordimientos. Nada más comenzar la obra, Chris se ve obligado a disparar contra un infante y su madre, justo antes de que estos lancen una granada contra una caravana de soldados americanos.

Ahí donde Kyle coloca la cruz que dibuja su mira telescópica, un enemigo de los Estados Unidos cae. En esa intersección de líneas es donde coinciden los tres ejes que se están desarrollando en este análisis: la mirilla asesina desde la que él mira, la cruz que el eje vertical y el horizontal dibujan, emulando la misma en la que crucificaron a Jesucristo y el juego de simbolismos que se crean en ese cruce. Figurativamente, su punto de mira guarda una estrecha relación con la cruz celta que se ha mostrado en la secuencia de la misa, la cual consiste en un círculo, dividido en cuatro por dos líneas que se cruzan perpendicularmente.

De hecho, son tan cercanos ambos elementos figurativos que llaman la atención. El círculo que enmarca la imagen y en el centro la cruz divina que supone la muerte para quien tenga la desgracia de colocarse ahí. Primero fue Cristo quien tuvo que sufrir ese mal, esa tortura; después, todos los enemigos de Kyle. Curiosamente, la obra de Eastwood abre el relato con la secuencia que muestra a su protagonista disparando contra un niño y luego contra su madre. Es decir, contra el estamento tradicional de una familia.

Sin embargo, el simbolismo de la mirilla de Kyle no se limita a su rifle. Esta idea queda fortalecida al comparar esos planos con los de su semejante, su némesis narrativa, su antagonista y su enemigo: Mustafá. Este hombre representa la mayor amenaza para las tropas estadounidenses. Es, nada más y nada menos, la imagen oscura en la que Chris se ve reflejado si se mira en la lente del objetivo de su enemigo. Si la obra considera que el bien, la claridad y la luz las refleja Chris Kyle; Mustafá ejerce la misma intensidad de sombra, oscuridad y mal que el protagonista de la cinta.

El francotirador (Clint Eastwood, 2014)
El francotirador (Clint Eastwood, 2014)

Esta metáfora sobre la cruz de su punto de mira, con la que crucifica a los enemigos de la nación, recobra fuerza y sentido al compararla con la mira telescópica de Mustafá. Presumiblemente, la suya también debería dibujar una cruz en la que dos ejes —uno horizontal y otro vertical— coincidiesen en el punto que marca la dirección que toma la bala que disparan sus rifles. Resulta que no es así. El punto de mira de Mustafá no acaba de formar la cruz que caracteriza a la de Chris. De hecho, la suya parece dibujar una curva (cuarto inferior izquierdo) que recuerda a la media luna de la simbología islamista.

El francotirador (Clint Eastwood, 2014)
El francotirador (Clint Eastwood, 2014)

En ese contraste figurativo, en ese choque formal, es donde cobra más fuerza y sentido la lucha religiosa que encarnan ambos personajes: una Guerra Santa a distancia, una lucha entre dos agentes de sus respectivas religiones. Ambos ejercen su poder desde larga distancia, ambos asesinan sin ser vistos, ambos luchan desde las alturas —tejados y azoteas—, ambos se consideran mitos y leyendas entre los bandos rivales, ambos son el objetivo número uno del otro. Es decir, tanto Kyle como Mustafá representan una batalla divina e infernal, más allá del conflicto geopolítico que les ha llevado a enfrentarse al uno contra el otro.

Son, en ese sentido, personajes análogos. Son prácticamente iguales, lo único en lo que se diferencian es el bando por el que combaten. Dichas diferencias y similitudes alcanzan niveles formales y narrativos, tal y como se ha podido apreciar. Tanto Chris como Mustafá son hombres de familia, la narración otorga un pasado digno al personaje antagonista. Ambos son profesionales del tiro a larga distancia. Consecuencia de esta habilidad es la fama que han cosechado entre las filas enemigas, respectivamente. Las tropas americanas apodan a Chris “La Leyenda” que, por otro lado, es síntoma de la tendencia estadounidense por mitificar a sus mejores pistoleros (aunque esta faceta de la narración se profundiza más adelante). Los insurgentes iraquíes, por el contrario, lo llaman el “Diablo de Ramadi”, que a pesar de no ser citado en la película, sirve para complementar la imagen de soldado bíblico creada en torno a su figura. Mustafá, por el contrario, es conocido por haber participado en las Olimpiadas, representando a Siria en los juegos de tiro al blanco, es héroe y representante de su país. Es tan hábil como Chris y por ello, la principal amenaza contra las tropas estadounidenses.

Por el contrario, haciendo oposición a la cruz de Kyle, el símbolo que mejor representa la lucha de su némesis, Mustafá, es el rifle que emplea para matar a sus enemigos: el AK-47. Esta arma fue creada en Rusia por Mijaíl Kalashnikova durante la Guerra Fría. Es uno de los rifles de asalto más populares del mundo gracias a su eficacia, su fácil empleabilidad y, además, porque la Unión Soviética lo distribuyó en todos los países que trataron de combatir la expansión del modelo capitalista en sus tierras. Por ello, este rifle simboliza la lucha contra el imperialismo de los Estados Unidos, es el que mejor representa la revolución. De hecho, varias banderas de estados africanos y de Oriente Medio tienen una AK-47 como símbolo de su nación[1]. Esta clara oposición simbólica es retratada en la película a través de los carteles recompensa que ofrecen por la cabeza de Chris Kyle, en el que se aprecia claramente una lucha dialéctica entre su cruz de cruzado y el rifle de Mustafá.

El francotirador (Clint Eastwood, 2014)
El francotirador (Clint Eastwood, 2014)

La primera vez que Mustafá ve a Chris es a través de un espejo. Metafóricamente, no es casual que esto ocurra pues ambos personajes no son más que un reflejo de ellos mismos al que deben eliminar. Por esto que cuando Mustafá detecta el retrovisor que Chris está utilizando para espiar lo que acontece tras un garaje, el tirador sirio dispara y acierta en el espejo. De este modo, queda clara la intención homicida de este tirador para con su homólogo americano. Uno de los dos tiene que morir. La presencia de uno significa la muerte indiscriminada de los compañeros del otro. El uno es lobo para el otro, comprendiendo a ambos como perros pastores de sus respectivos rebaños.

El francotirador (Clint Eastwood, 2014)

Larga distancia, visión limitada

Si bien es cierto que, como más arriba se ha dicho, los teleobjetivos sirven para ver con nitidez aquello que está a una larga distancia, también hay que resaltar el precio que hay que pagar por ello. Y es que, como cualquier aficionado a la fotografía podrá saber, a más distancia, menor es el espacio que el objetivo es capaz de enfocar con gran definición. Eso quiere decir que, a mayor distancia, mayor será el grado de elementos que queden desenfocados alrededor de aquello que se está visualizando.

En otras palabras, el teleobjetivo te muestra con gran detalle una mínima fracción de la realidad que te rodea. Tal vez sea exactamente aquella porción que te interesa y que necesitas; pero, al igual que ocurre con todas las mirillas, limita tu comprensión de la realidad, pues solamente te ofrece un porcentaje muy pequeño de la totalidad que supone una visión en conjunto de las cosas, una visión panóptica de la vida.

En una escala metafórica, esa incapacidad para abrir el foco, sacar el ojo del objetivo, observar la totalidad y comprender la realidad desde el punto de vista del otro es exactamente el mal que plasma Clint Eastwood a través de su cámara. La forma en que transforma un conflicto bélico tan retorcido, tan rocambolesco, tan sucio y turbio como el conflicto de Iraq, reducido a una lucha entre los “buenos” y los “malos”, la luz contra la oscuridad, mi pensamiento contra el tuyo, lo opuesto contrapuesto. Todo ello representa el extremismo con que el teleobjetivo separa un punto de vista del otro y, como se ha dicho, empequeñece y reduce al ser observado, convirtiéndolo, cómo no, en objetivo.

¿Qué tienen las mirillas que nos invitan a mirar por ellas? Nos permiten desvelar lo oculto, son un acceso a lo que queda al otro lado. Contienen ese magnetismo inherente a lo prohibido, cuando uno acerca su ojo a una mirilla no puede evitar querer saber qué hay detrás, qué se esconde. La mirilla habilita al conocimiento previo y, en ese sentido, alivia la sensación de peligro generado por la sospecha, por el miedo, por el ¿quién está frente a la puerta de mi casa, tan lejos y tan cerca?

Por otro parte, la mirilla no es siempre un soporte de ayuda. Es cierto que nos aporta cierto grado de verdad y que nos pone un paso por delante de quien es mirado. Sin embargo, ahí radica el doble filo de esta peculiar arma visual. La mirilla, efectivamente, nos aporta realidad, pero esta es limitada. Esto es, nos aporta algo de información concreta, encerrada en sí misma por el mismo diseño que le otorga ventaja a quien mira. El problema consiste en que cuando uno no dispone de toda la información, de puntos de vista diversos y contrapuestos, cuando la visión del individuo es limitada y solo se enfoca en un minúsculo porcentaje de lo que supone toda la verdad de una situación concreta, a menudo tiende a equivocarse. Ese es el caso de Chris Kyle.

El dilema existencial de este patriótico protagonista se divide en dos mitades que se contraponen la una a la otra (tal y como se le supone a un dilema). Por una parte, Kyle se ha autoimpuesto la misión de eliminar a Mustafá, el francotirador enemigo que está asesinando a un gran número de compañeros marines. Esto le empuja al tejano a ir una y otra vez, en una misión tras otra a Iraq para tratar de detener a su enemigo. Por otra parte está Taya, la madre de sus hijos. Cuanto más se acerca a Mustafá y más próximo está de la muerte, más se aleja de su mujer. La ansiedad que le supone a esta mujer saber que su marido está cada día más cerca del peligro y del riesgo que supone saber que no podrá volver a verlo le lleva a plantearle un ultimátum final: o la patria o la familia.


[1] Véase la bandera de Mozambique, el escudo de Zimbabue,  el escudo de Timor, la bandera de la organización islamista chií Hezbolá, el escudo de la Guardia Revolucionaria de Irán y el escudo del grupo yihadista nigeriano Ansaru.

Hermeneuta de cine, amante del séptimo arte y amigo de las buenas intenciones. Entretener y aprender es la meta de las grandes historias.

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