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El «in crescendo» del orden al abismo

Conviene atender a la topología en torno al abismo tal como se propone en Narciso negro, especialmente si atendemos al in crescendo que se articula desde el espacio del orden y la cruz, del que parte el film…

…hasta la caída al vacío que se propone en el borde mismo del convento de “Santa Fe”:

Desde los espacios del comienzo, hasta el vertiginoso precipicio de “Santa Fe”, se extiende el arco de las formas de vida tal como las contempla la hermana Clodagh, al menos hasta que se realice su transformación, hacia el final del film.

Sin embargo, entre el convento inicial y la puerta del abismo, hay dos espacios transitorios, intermedios, que dan cuenta de la progresión que se propone:

In crescendo hacia el abismo

1234Infinito
Primer convento del que parte ClodaghPueblo local en el valle de MopuConvento de “Santa Fe”, en lo alto del precipicioPuerta del abismoAbismo

El pueblo local de Mopu pone en juego la dimensión social entre las personas, un espacio público entre seres de la vida civil, no seres del mundo eclesiástico, una lógica que no estaba presente en el interior del convento inicial del que parten Clodagh y el resto de hermanas: supone una primera salida del convento, una primera aproximación a un tipo de vida intermedia entre ambos extremos, donde la pulsión no rige por entero la conducta de los sujetos, pero en el que sí tiene, sin embargo, un cierto lugar; tiene sus lugares y sus momentos, y constituye una parte fundamental de la vida.

Pero las dependencias interiores del convento de “Santa Fe” son ya un espacio diferente, mucho más arriesgado, más próximo a esa puerta del abismo alrededor de la cual se orienta, de un modo u otro, todo el relato, y que será clave para su desenlace final:

Pero no vayamos tan deprisa. Adyacente a esa puerta del abismo, se encuentra, como decíamos, el complejo del recién designado convento de “Santa Fe”, y decimos “recién”, porque hasta hace no mucho, el edificio, según se nos cuenta, servía para una función muy diferente. Veamos cómo se nos presenta este edificio, que tiene su propia historia:

Sr. Dean [texto de su carta]: Tengo entendido que el General [de Mopu] les ofrece el viejo palacio para hacer un colegio y una clínica.(...) No se trata de un lugar cómodo y se encuentra lejos de todo (...) Mopu está a unos 3.000 metros de altura, frente a picos similares al Everest. La gente llama al pico más alto ‘Nangu Deiva’, que significa ‘la diosa desnuda’.

Leamos la carta sin olvidar las coordenadas iniciales de Clodagh, es decir, las de una mujer herida, cuya elección de ingresar en la orden, según confesará ella misma, responde a su deseo de no volver a entregarse al amor de los cuerpos, al amor romántico con ningún hombre, como una reacción neurótica por el abandono de su novio, que la ha conducido a un gesto rígido y a la tiranía de una conducta siempre “correcta”. Y su nuevo reto, en el que habrá de tener la oportunidad de liderar “lo correcto” (abrir un nuevo convento y ser la hermana superiora), se desarrolla en este “palacio” que se encuentra “a unos 3.000 metros de altura”. ¿Cómo de alto les parece que podría ser esa orgullosa atalaya a la que Clodagh se ha subido para alejarse a toda costa del amor romántico y del deseo? ¿Qué les parece establecer su altura “a unos 3.000 metros”, o sea, la altura de unos picos tan altos como el Everest. Tal es el empecinamiento de Clodagh, el cierre de su corazón, la cancelación de sus emociones más románticas, subidas hasta lo alto de un precipicio “lejos de todo”, casi inaccesible. Y es que, simplemente, no podía ser que el palacio de Mopu se encontrara en un lugar tan complicado, tan difícil, incluso en términos de producción cinematográfica, si no fuera por una buena razón, que no es otra que la de reflejar, bajo la forma de una espectacular metáfora, lo alto y lo estirado de la respuesta de Clodagh ante el golpe que le había dado la vida:

Película Narciso Negro (1947) de M. Powell y E. Pressburger

Una imagen que es toda una metáfora de Clodagh, ¿no les parece? Véanla, con su toca blanca, erigirse orgullosa, en el peor sentido, alcanzando casi la altura de los picos “similares el Everest”. De hecho, el Sr. Dean, en su carta, dice que “la gente llama al pico más alto ‘Nangu Deiva’, que significa ‘La diosa desnuda’”, y esa es una buena forma de referirnos a la propia Clodagh, que se ha elevado inalcanzable como una diosa sobre el valle, fingiendo no necesitar nada, pero desnuda al fin y al cabo. Y esos tejados con forma de flechas que señalan el cielo, como estirando el orgullo de Clodagh aún más alto cada día, cada vez más inalcanzable… para cualquier hombre. ¿Y dónde está, en esta imagen, ese hombre, el amor romántico, ante el que Clodagh levantaría semejante pared vertical totalmente inaccesible? Volvamos a la carta y avancemos un poco más:

Sr. Dean [texto de su carta]: Mopu está a unos 3.000 metros de altura, frente a picos similares al Everest. La gente llama al pico más alto ‘Nangu Deiva’, que significa ‘la diosa desnuda’. Yo vivo en el valle, como el General y los demás.

Ciertamente, en el valle, claro; allí es donde vive el Sr. Dean, el hombre con quien el film insinuará un juego de deseos mutuos que tendrá su efecto sobre el personaje de Clodagh; allí es donde vive esa tentación romántica, radicalmente negada por Clodagh, y a la que, desde su más absoluta negación, es decir, desde lo alto de ese precipicio, ya solo se puede acceder a través de la puerta del abismo, que conduce al valle… pero de la peor forma, como una caída mortal:

¿Y saben lo mejor de la metáfora? Que solo es allí, en lo alto del precipicio, desde donde el acceso al valle ya solo puede ser un salto mortal, que la pulsión lanza su estruendosa llamada, como los tañidos de una ruidosísima campana imposible de ignorar, hasta el punto de que dicha pulsión termina organizando el día entero de las monjas de “Santa Fe”, que detienen su actividad y convocan a Dios cada vez que la escuchan tañer. 

Abajo, en la zona más verde del valle, junto al río, es donde fluye la vida, donde, según cuenta el Sr. Dean en su carta,

Sr. Dean [texto de su carta]: las gentes son sencillas (...) Trabajan porque deben, sonríen si quieren…

Es lo contrario a un lugar tan incómodo como “Santa Fe” (léanlo metafóricamente), tan incómodo como es vivir de espaldas a lo que uno es, y por tanto, aunque sea necesario trabajar —el amor romántico siempre lo exige—, es posible sonreír.

Otro ingrediente adicional, pero también crucial de la metáfora, es el viento:

Sr. Dean [texto de su carta]: El palacio está arriba, azotado por el viento. (...) En la cima el viento sopla siete días a la semana, así que si vienen, traigan ropa de abrigo.

Y ¿qué otro viento puede soplar allí arriba, el lugar donde el amor romántico está vedado, que el viento de la pulsión, que azota el lugar siete días a la semana? Justo allí, donde todo suceso del cuerpo está negado, donde se finge que no existe, donde se niega en favor de “lo correcto”, allí donde el objeto de deseo está negado y la pulsión no encuentra forma alguna de fluir, siquiera parcialmente, allí, decimos, es donde la pulsión azota “siete días a la semana”, haciendo vibrar los hábitos y aumentar las ganas de entregarse al vacío. Ciertamente, como advertía el Sr. Dean, lo alto del precipicio de la negación “no se trata de un lugar cómodo”. Hace frío allí arriba, y hace falta ropa de abrigo, porque recordemos que la diosa que vive arriba, “está desnuda”. Y como también dice el Sr. Dean, “lo llaman palacio, pero puede que a ustedes no se lo parezca”.

¿Y qué más sabemos del palacio, ese lugar donde Clodagh se ha subido orgullosa para bloquear toda posibilidad romántica, y que por tanto queda justo pegado al abismo? 

Película Narciso Negro (1947) de M. Powell y E. Pressburger

General: ¡Escucha, Ayah! He invitado a unas señoras a la casa de las mujeres.
Ayah: ¡Señoras!, será como en los viejos tiempos —dice excitada y dando vueltas sobre sí misma.
General: No será como en los viejos tiempos. No son de ese tipo.
Ayah: Entonces no será divertido.
General: No vienen a divertirse. Son monjas.

Sr. Dean: ¿Sabe cómo llamaban a este lugar? La casa de las mujeres. Aquí vivían las del padre del General.
Clodagh: A partir de ahora se llama la casa de “Santa Fe”.

Descubrimos que el palacio se llamaba antes “la casa de las mujeres”, y que en sus paredes encontramos frescos con imágenes sensuales que parecen representar escenas eróticas y orgías, espejos con formas de lo más sensuales y pinturas eróticas:

Pinturas que, en algún caso, serán inadmisibles para Clodagh:

Clodagh: A partir de ahora se llama la casa de “Santa Fe”. Hermana, haga retirar ese cuadro.

Por tanto, “Santa Fe”, revela haber sido en el pasado un lugar asociado a los placeres del cuerpo, donde se celebraban orgías y donde corría el vino, como indican esas tinajas rotas apiladas por las esquinas. Dicho de otra manera, en lo alto de la negación que es esa erigida pared frente al valle del amor romántico, es decir, en el complejo de “Santa Fe”, se despierta un erotismo subterráneo, entregado por entero a la sensualidad, a los placeres sexuales, en forma de fiesta pública y sin mediación ritual ni espiritual, solo la locura sicalíptica del desenfreno y la voluptuosidad (“¡Un convento en esta casa! ¿qué le parece?” dirá Ayah, sorprendida). Cierto es que esos tiempos son pasados, pero también lo son las inclinaciones del amor romántico de las hermanas de “Santa Fe”, que se despiertan y reactivan afectando a sus conductas: la hermana Filippa, encargada del huerto, ya no plantará verduras ni hortalizas, sino flores; la hermana Ruth dejará la orden, se vestirá de rojo, se pondrá pintalabios y tratará de seducir al Sr. Dean; y Clodagh… bueno, Clodagh tampoco escapará del influjo, y atravesará una suerte de rotura bien intuida por la madre superiora cuando le transmitió el primer encargo, aunque ella lo gestionará a su manera; llegaremos a ello. 

¿Y qué es lo que está solo a un empellón de la “Casa de las mujeres” y los placeres? La puerta del abismo, claramente:

No hay duda de que esa puerta exhorta al espectador desde su primera aparición, le convoca sin remedio a una visión espeluznante pero increíblemente fascinante, cuyo fondo es insondable, inalcanzable, es el fondo imposible de una hiancia en donde se pierde toda referencia lingüística, que nada tiene que ver con la palabra, y en donde resuena una llamada del cuerpo. Si el primero de los espacios de ese arco que planteábamos, y que se extendía desde el espacio 1 (el convento inicial) hasta el Infinito del abismo, estaba asociado al orden y la palabra, y allí, de hecho, es donde el film nos mostró muchas de ellas, empezando por el encargo de la madre superiora, o las palabras de la carta del Sr. Dean —un hombre que trae una palabra—, el extremo contrario, el del abismo que se abre a los pies de Ruth y de Clodagh, es límite para la palabra. De hecho, nadie hablará allí, nadie pronunciará, bajo el cuadro de la puerta del abismo, palabra alguna, salvo, quizás, la llamada desesperada de esa campana que, en tanto que metáfora de un suceso del cuerpo, remite a lo inefable de la pulsión misma, y por tanto tiene más que ver con lo real que con una palabra posible. Ninguna palabra puede sobrevivir en ese límite, que las diluye y aniquila amenazando el cuerpo entero de las hermanas, acaso algún grito desesperado.

Resulta interesante atender a la naturaleza híbrida y fronteriza de esa puerta, último signo primario y el único que resiste ante el límite del abismo. Híbrido porque, de hecho, parece pertenecer a ambos mundos, por la izquierda el complejo de “Santa Fe”, y por la derecha, el vacío. De hecho, abundan en su representación elementos que remiten a lo ambiguo, lo simultáneo, lo que pertenece a un mundo y al otro al mismo tiempo, como son esos refuerzos que parecen sujetar el primer pilar de la puerta tanto por el lado izquierdo, como por el derecho, internándose unos metros hacia el vacío, y enredándose con la naturaleza del abismo que, de alguna forma, también le define. Y es que, sin él, esa “puerta” no existiría, está allí por él. Más elocuente aún es el movimiento de vaivén de esa campana que señala primero el espacio de “Santa Fe”, pero al momento siguiente, señala al vacío, repitiendo y repitiendo esa dialéctica loca entre el tirarse o no, reprimirse o no, que tan bien representa la diatriba de Clodagh. Allí, en lo más alto de su negación, la campana enloquece por la energía de la pulsión, contenida hasta lo incontenible, escribiendo su llamada desesperada al fondo del valle, hacia el amor romántico, en donde muy oportunamente se sitúa el Sr. Dean.

Continúa: Narciso Negro: "El viaje de la hermana Clodagh (2ª parte)".

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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