Buscar Menu

El viaje de la hermana Clodagh (1ª parte)

O quizás deberíamos decir solamente “el viaje de Clodagh”, pues su condición de monja terminará sutilmente cuestionada, primero a través del desvelamiento de la razón por la que decidió tomar los hábitos, y segundo porque algo en el diálogo final con un hombre muy especial, el Sr. Dean, nos hará saber que no todas sus puertas están cerradas al amor entre los cuerpos, sino que, por el contrario, poco a poco, una de ellas podría estar abriéndose. Y por cierto, considerando que pertenece a una orden cuyos votos son de renovación anual. Pero volveremos a esto. 

La primera hermana Clodagh que nos encontramos en el film es una mujer rígida y ambiciosa, más bien fría, alineada con la norma y lo correcto, que ha sido elegida para un reto difícil: ser la hermana superiora de un nuevo convento en Mopu.

Madre superiora: Hermana Clodagh, vamos a cumplir lo planeado en Mopu. Se llamará “Santa Fe”. 
Hermana Clodagh: “Santa Fe”...
Madre superiora: Usted ha sido elegida para ocuparse de “Santa Fe” (...). Será la hermana superiora más joven de nuestra orden. 
Hermana Clodagh: Gracias, reverenda madre.

El gesto de la madre superiora se tuerce al darle la noticia a la hermana Clodagh, y más tarde averiguaremos la razón:

Hermana Clodagh: Madre, ¿lamenta que me hayan designado a mí? 
Madre superiora: Sí. Yo no creo que esté preparada para ello.

Y es que a la madre superiora no se le escapa que la razón por la que Clodagh ha sido designada tiene que ver con su empeño en comportarse de la forma más correcta, dar a ver el semblante más aparentemente responsable; pero que en realidad este no es el resultado de una madurez natural, sino más bien un comportamiento con el que la hermana Clodagh trata de dejar atrás un dolor y una enorme decepción que el relato terminará desvelándonos más tarde. De hecho, no se revelará al espectador hasta que no haya transcurrido 1 hora y 12 minutos de metraje, pero lo avanzaremos aquí para poder comprender las coordenadas iniciales del personaje de Clodagh: 

Hermana Clodagh: Cuando era joven, amé a un hombre. Crecimos juntos en Irlanda, de donde yo vengo, un pequeño lugar llamado Linsikelly. Yo pensaba… todos pensaban que nos casaríamos. Pero él era ambicioso, y descubrí que iba a marcharse a América con su tío. Y no tenía intención de llevarme con él. Él no pensaba que estuviera haciendo nada malo. Creo que él nunca pensó en casarse. Pero en un lugar pequeño como ese, y habiéndole mostrado yo ya mi amor, yo tenía que irme primero. 
Señor Dean: ¿Por eso entró en la orden? —la hermana Clodagh asiente con la cabeza—. Y siendo usted, no podía volver atrás.
Hermana Clodagh: Fue un extraño modo de atraerme. Pero Dios actúa de modo extraño.

Una herida primigenia, por tanto; una enorme decepción, que por cierto la humillaría primero ante su familia (a los que había escuchado un día decir a sus espaldas que pronto se casarían), y segundo ante el pueblo entero, dejando sus sentimientos al descubierto y sus deseos insatisfechos. Clodagh reacciona de la peor forma posible, es decir, sintiendo que el dolor por el abandono era el resultado de su propia debilidad, de su disposición a favor del amor y de las emociones humanas, y toma la primera decisión para cancelar, sepultar y esconder radicalmente sus inclinaciones emocionales, su propia falta, propia de cualquier ser deseante, e ingresa en una orden religiosa donde espera que nada de eso tenga lugar alguno. El problema para Clodagh no será que la vida en la orden sea desgraciada, que no lo será, sino que su rectitud en ella será solo el medio para tratar de dejar atrás la mujer deseante, humana y emocional, que en el fondo no podrá dejar de ser. Su condición de monja, por tanto, se revela hasta cierto punto impostada, no tanto ante los demás —ante los que, sin embargo, tampoco desea volver a quedar humillada una vez más tras el abandono de su novio—, como ante sí misma. La vida en el convento le proporciona un trabajo, disciplina, servicio al prójimo…, como excusas para no saber de aquello que late en su interior, el deseo de una mujer deseosa de amar con su corazón y con su cuerpo. Ahora entendemos mejor la intuición de la madre superiora:

Hermana Clodagh: Madre, ¿lamenta que me hayan designado a mí? 
Madre superiora: Sí. Yo no creo que esté preparada para ello.

De alguna forma, la madre superiora sabe que Clodagh experimentará una rotura, es decir, la fragmentación lógica y esperable de un ser empeñado en ser rígida, fría y correcta de todas las formas posibles, ajena a toda condición humana, sorda ante su propio cuerpo, que terminará alcanzándola más tarde o más temprano. Pero también sabe que esa rotura puede ser necesaria para la propia Clodagh, lo cual nos da el primer indicio para comprender el final del film, allí donde la rotura de Clodagh abre la posibilidad a una mujer deseante y humana consciente de que debe reconciliarse con su propia condición de ser en falta. 

En esta línea, resulta interesante detenernos en las monjas que la madre superiora elige para acompañar a Clodagh en su reto, pues primero elige a unas acompañantes convenientes para la tarea práctica de la puesta en marcha del convento (que además será colegio para niñas y hospital), pero termina eligiendo a una monja de lo más especial: la hermana Ruth.

Hermana Clodagh: ¿Quién vendrá conmigo?
Madre superiora: (...) Déjeme ver. Le daré a la hermana Briony, necesitará fuerza. (...) La hermana Filippa, para el huerto. La hermana Blanche…
Hermana Clodagh: ¿La hermana Blanche?
Madre superiora: ¿Sabe cómo la llaman? 
Hermana Clodagh: “Hermana miel” [“sister honey”].
Madre superiora: Sí, miel. Creo que necesitará a la “hermana miel”, es simpática, y necesitará amigos. [Pausa larga]. Y a la hermana Ruth. 
Hermana Clodagh: Pero… la hermana Ruth está enferma. 
Madre superiora: Por eso quiero que vaya —dice, provocando el gesto desconfiado de Clodagh.

Desde la idea de Clodagh, como un ser empeñado en clausurar toda posibilidad de debilidad humana, tiene sentido que aplauda la seleccion de la hermana Briony, que le proporciona fuerza (útil para la pugna entre lo humano y lo real, para que lo humano triunfe como una máquina que interviene en el mundo para transformarlo), y la hermana Blanche, que le proporcionará los alimentos. Pero más interesante es atender a la desconfianza por las otras dos monjas: para empezar, no comprende la utilidad de la simpatía de la hermana Blanche, una cualidad que a ella se le antoja propia del campo del amor, de la debilidad humana, y por tanto, del lado de cuanto ella desea bloquear a toda costa. Nada para crear lazos con los otros, que mostrar nuestra falta, nuestra imperfección, nuestras debilidades… pero eso es lo que Clodagh desea fingir que no tiene, que puede gobernar sus debilidades. 

Podemos entender que para Clodagh, la hermana Blanche es una oportunidad perdida de obtener una compañera útil para su reto, pero resulta más interesante si anotamos su desagrado como signo de que ella no desea tener cerca a quienes han sido capaces de integrar dicha vulnerabilidad, esa supuesta “debilidad”, como la simpatía, la cercanía, etc., en su propia forma de relación con los demás, sin por ello humillarse ni colapsar como personas. Dicho de otra manera, la hermana Blanche, por un lado, le recuerda lo que ella intentó en primer lugar en su vida, vivir conforme a las líneas y designios del amor y del deseo, pero que no consiguió alcanzar felizmente; lo que para ella se ha convertido en su más enorme fracaso. Y por otro lado, Blanche le recuerda que aquella dimensión sexual de su propio ser a la que hizo por cerrar la puerta, en realidad sigue sepultado en su interior, latiendo en su propio cuerpo, esperando la ocasión de volver a emerger. Y de ahí la razón por la que la conciencia de Clodagh le recomienda mantener a Blanche lo más lejos posible, como la tentación que en el fondo supone para su auténtico y profundo deseo. 

Pero más elocuente resulta aún la reacción de Clodagh ante la elección de la hermana Ruth (“pero la hermana Ruth está enferma”). Más tarde sabremos que la hermana Ruth, en realidad, es el personaje que más próximo se encuentra al deseo y a las pulsiones del cuerpo, condición que a la hermana Clodagh le parece “enfermiza”. Y tiene sentido que así sea, pues si para ella, toda falta, debilidad o deseo, es inconveniente, el deseo sexual no puede ser otra cosa que, sencillamente, una enfermedad, el peor de los estados en el plano de las debilidades. Y por eso Clodagh presenta frente a ella su mayor objeción:

Hermana Clodagh: Pero… la hermana Ruth está enferma. 
Madre superiora: Por eso quiero que vaya —dice, provocando el gesto disconforme de Clodagh. 
Hermana Clodagh: Discúlpeme, reverenda madre pero, ¿cree usted que su vocación es la nuestra?
Madre superiora: Sí, ella es un problema. Me temo que será un problema para usted también. Puede que en una comunidad más pequeña mejore.

Para Clodagh, es un problema de vocaciones, pues la suya es la de la rectitud, la de las puertas cerradas, y la de Ruth es la de las puertas abiertas, y de hecho cabe reconocer que, a lo largo del film, la hermana Ruth tendrá una relación importante con las puertas que se abren, ya sea la puerta que conduce desde el interior del convento de “Santa Fe” hasta su balcón exterior… 

o bien su íntima e intensísima relación con la mayor puerta del film, la puerta del mismo abismo:

No hay duda de que las puertas abiertas, o mejor dicho, el acto de abrirlas, es el lugar por antonomasia de la hermana Ruth. Pero ya llegaremos a su personaje más adelante. De momento, constataremos que Clodagh intuye esa relación de Ruth con una apertura de la que ella no quiere saber nada, y de ahí que presente sus objeciones a la madre superiora. Nuevamente, apuntamos que lo que realmente está en juego, es el temor de la hermana Clodagh por saberse expuesta frente a una mujer que es todo deseo, una mujer ardiente, que le recordará a ese otro calor que la llevó un día a enamorarse y querer entregarse a un hombre… que la decepcionó para siempre. Ruth termina siendo, para Clodagh, metáfora de su viejo deseo, que por más que quiera imaginarlo muerto para siempre, solo espera el momento de emerger. 

Habitualmente, Clodagh prefiere no ser quien se acerca a la puerta del abismo, que es balcón a ese abismo del deseo, siquiera por no convocar ninguna tentación. Llama aquí la atención el grandísimo acierto de Powell y Pressburger de elegir para este fin un precipicio infinito, dado que así es cómo se nos propone en la imagen, para metaforizar el vértigo frente al deseo, pues el vértigo supone al mismo tiempo la alerta del peligro, pero también el deseo de caer, el deseo de entregarse y ser presa del vacío. Y es que ese deseo de caer se advierte con facilidad en el personaje de Ruth, pero en cierto modo también en lo más profundo de Clodagh, aunque ella, que sabe mejor que Ruth de las malas consecuencias de caer, de entregarse, de darse a la debilidad del amor y del deseo, no se acercará en vano. Dejará que sea Ruth la encargada de esa puerta que la mira sin cesar y la convoca cada día. Y por cierto, que cuando Ruth tañe la campana, algo en Clodagh se activa, la llama y la convoca. La campana marca la hora del rezo, ¿o el rezo es el modo cómo Clodagh se abstiene de acudir a la llamada del abismo y de su puerta? Como si hiciera falta involucrar a Dios para resistir su llamada, la insistencia de un deseo que tiene que ver con el cuerpo y con las emociones, que golpea con fuerza resonando en el interior del convento, del valle y del cuerpo de Clodagh, que se acerca primero a la ventana en dirección a la puerta del abismo, pero que consigue detenerse para bajar los ojos y musitar en latín. 

Pero antes de continuar con el viaje de Clodagh, conviene ocuparnos de la topología del abismo y sus cercanías, tal como se despliega en Narciso negro.

Continúa: "Narciso Negro: El «in crescendo» del orden al abismo".

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

El viaje de la hermana Clodagh (1ª parte)
Close
Close