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Humanizando a la hermana Clodagh

El cambio que se produce en la hermana Clodagh es real incluso para sí misma, que lo intuye e incluso se atreve a hablar de él con una persona que sabe de las debilidades del cuerpo, como sucederá en la escena a solas con Dean. Se trata de una escena de morfología puramente romántica, en donde encontraremos detalles de composición de lo más reveladores.

Película Narciso Negro (1947) de M. Powell y E. Pressburger

Pero tengamos en cuenta que, si bien Dean y Clodagh no son pareja, solo intuimos que pueden ser una pareja de enamorados, lo cierto es que la naturaleza del amor que se convoca entre ambos no tiene que ver con la incontenible pulsión del cuerpo, sino más bien con el ritmo del cortejo. Se dirá que un cortejo de lo más sutil…

Hermana Clodagh: ¿Ha notado algún cambio en nosotras desde que llegamos?
Sr. Dean: He notado un cambio en usted.
Hermana Clodagh: ¿Soy muy diferente?
Sr. Dean: Sí. Es usted mucho más agradable [“nicer”, en el original].
Hermana Clodagh: ¿Más agradable?
Sr. Dean: Mmm. Es usted humana. 
Hermana Clodagh: Humana… [Pausa]. Sí, somos todos humanos, ¿no?

Y ciertamente que es sutil, pero cortejo al fin y al cabo. No obstante, no se nos pase inadvertido el detalle de que cuando Clodagh le pregunta si ha notado algún cambio —y recordemos que a nosotros, como espectadores, sí que se nos ha dado a ver cambios en prácticamente las cinco hermanas—, Dean dice haber notado cambio solo en ella. De alguna forma, Dean habla de la hermana a la que ha mirado en exclusiva, y así se lo viene a decir a Clodagh, que empezó preguntando en primera persona del plural y que sí sabe que los cambios alcanzan también al resto de las hermanas. Dicho de otra manera, la mirada focalizada (¿enamorada?) de Dean pasa al primer plano, tanto en lo figurado, como en lo literal, pues Dean se sienta frente a Clodagh y la mira directamente justo antes de decirle “You’re much nicer”. Clodagh enuncia una pregunta en una lógica puramente seductora, pues ella es consciente de su propio cambio, y reclama que el hombre al que está empezando a amar… le reconozca su mérito, haber renunciado a parte de su propio orgullo, y entre otras cosas para poder estar más cerca suyo. En último término, como cualquier chica enamorada, pide palabras de amor… solicita ser puesta en el centro de la mirada del hombre por el que empieza a sentir, y que él confiese que la ha mirado. 

Es interesante atender al detalle de que la pareja que forman Dean y Clodagh se dispone en el plano general como los dos pilares de la puerta del abismo, con sus cuerpos literalmente alineados con el marco de esa puerta que conduce al vacío, y que permite una lectura metafórica de la pareja enamorada, con su rito y su cortejo, como la forma mediante la cual la palabra y el amor puede afrontar la presencia de esa puerta, permiten sobrellevar la presencia de la pulsión y del abismo, que por otro lado, en realidad, jamás desaparece. Sin embargo, juntos pueden sujetar esa enorme campana, metáfora de una llamada que tiene que ver con el cuerpo, y así sostienen ese acceso al abismo al que ya pueden asomarse a mirar, incluso disfrutar como las atractivas e irresistibles vistas de un mirador, que por un lado convoca la belleza de la naturaleza, pero también lo sublime de una caída mortal. Así, desaparece el azote pulsional, y es que de hecho en esta escena, el viento —que relacionábamos con la fuerza constante de la pulsión— ha sido sustituido por una bella y tranquila música. Todo ese lugar ante la puerta, hasta ahora inhóspito y desagradable cuando Ruth lo cruzaba sola, se ha vuelto calmo e ideal. Juntos, desde la palabra, pueden dejarse fascinar por el horizonte, dejarse bañar por esa luz cálida del atardecer que evoca “una vida juntos”, sujetándose en su diálogo, hasta poder naturalizar e integrar en lo social, lo mortal de ese precipicio que queda incorporado a su amor. Por eso es que Dean y Clodagh aparecen sujetando ambos esa puerta, alineados con sus pilares, pero de espaldas al abismo, sordos a su terrible presencia, y dispuestos a asomarse desde la naturalidad del día a día. Junto a Dean, Clodagh aparece paseante y tranquila por esas baldosas que preceden al abismo, a las que antes jamás se había acercado en plano, salvo para llamarle al fondo del valle. Esto es lo que diferencia a Clodagh de Ruth, el modo cómo se relacionan ambas con ese abismo a sus pies, y con esa puerta que las convoca. La chica roja, por el contrario, y sin mediación simbólica alguna, solo puede abismarse en la imagen del vacío y terminar cayendo. 

Por lo demás, es cierto que la escena está en todo momento vigilada por la sombra de la hermana Ruth, pero desde la idea de que esta pueda ser una metáfora del deseo descarriado tal como se enuncia en el film, e incluso que pueda ser un monstruo metafóricamente emanado de la propia Clodagh, no debe extrañarnos que en una escena de cortejo, donde media la palabra y donde el amor encuentra una forma simbolizada para fluir, el monstruo se halle callado, constreñido por una estructura que lo mantiene parcialmente enclaustrado.

Clodagh confiesa a Dean la razón por la que ingresó en la orden, que ya habíamos analizado anteriormente para poder comprender mejor su personaje desde el principio, pero que en realidad no sucede hasta este momento con el film tan avanzado. Lo confiesa a Dean porque él la ha caracterizado como “humana”, y por tanto, vulnerable, aludiendo a una vulnerabilidad definitoria de la que en realidad él no sabe, pero que quizás intuye por el orgullo de Clodagh. Esta realiza su confesión porque intuye que, por primera vez, Dean se hará cargo de su debilidad, y que él es a quien mejor puede confiársela. Y una vez que el gran secreto está contado, Clodagh ya no tiene motivo para ocultar ninguno más, de modo que le revela el desmoronamiento progresivo del convento:

Sr. Dean: Todo se acabará, no hay nada realmente malo —dice él con clara intención de consolarla.
Hermana Clodagh: La hermana Filippa se marcha… y esta mañana he recibido carta de la madre superiora. La hermana Ruth deja la orden. No ha renovado sus votos.

La renuncia de la orden, su orden, y el abandono de la fe, son para Clodagh los signos definitivos del fracaso de su estrategia de negar la debilidad humana, su mayor compromiso como camino para la felicidad. Clodagh está empezando a entender que su receta existencial, como tratamiento para afrontar el viento pulsional y la presencia del abismo, deja exhausta a quienes tratan de seguirla. Y a ella misma…, para la que la única asistencia podía venir siempre del personaje que deseaba negar con más fuerza:

Hermana Clodagh: Y usted. Desde que llegamos, ante cualquier problema, siempre era ‘Pregunta al Sr. Dean’, ‘Pregunta al Sr. Dean’ —repite Clodagh, no sin cierta resignación. La pared muestra ya una enorme grieta.
Sr. Dean: Simplemente no había nadie más a quien preguntar —le dice Dean, con tacto y modestia, aunque feliz de ser el hombre al que ella pedía ayuda. 

Pero llegados a este punto, el gesto de Clodagh ya se ha transformado hasta resultar casi irreconocible, por su vulnerabilidad y su anhelo:

Película Narciso Negro (1947) de M. Powell y E. Pressburger

Es el rostro con el que repitió ese “Ask Mr. Dean”, con voz resignada, reconociendo que quizás, su empresa, tal como ella la había definido, era simplemente excesiva, como para llevarla a cabo sin mostrar debilidad alguna. Y este es, en realidad, no solo el auténtico y verdadero gesto de Clodagh, el que esconde bajo sus hábitos, sino el que llevaba tiempo desesperada por poder mostrar, por fin, a alguien. Y ahora lo que necesita es nombrar ese viento pulsional, que no deja de soplar, ¡contarle a alguien que ese viento es ingobernable!

Hermana Clodagh: Pero tuve que aceptar el joven General, no pude echar al hombre Santo, no pude evitar que soplase el viento, ni que el aire fuera tan limpio, ni esconder la montaña.

Así es cómo Clodagh desvela la metáfora con la que comenzamos nuestro análisis y que nos ha servido para asignar la función de cada uno de estos elementos. El “aire tan limpio” permitió ver a la hermana Filippa hasta ese pasado emocional que ahora no la deja ser feliz con su vida en la orden. Y el viento no ha dejado de soplar hasta llevar a Ruth ante la misma puerta del abismo.

Esto da lugar a un momento de profunda introspección para la hermana Clodagh, cuyo mundo está empezando a perder el gélido color de la nieve, y volviéndose cada vez más cálido. De hecho, el niño traductor pone nombre al efecto de ese cálido amanecer, absolutamente insólito, tan singular como la idea de que Clodagh sea un poco menos Clodagh, y que haga hueco a la belleza del mundo:

Joseph: Bonito día, lemini. La gente lo llama “La floración de la nieve” [“the flowering of the snow”].

¿Puede florecer la nieve? ¿Puede derretirse el gesto helado de Clodagh? Ciertamente, puede, cosa que sucede muy raramente, y por cierto, como se nos dice, dando lugar a un “bonito día”. Este amanecer marca un nuevo comienzo para Clodagh, quien comenzará, en ausencia de la hermana Ruth, que ya no pertenece a la orden, por tañer ella misma la campana. Y lo hará mirando al valle, mirando nuevamente al Sr. Dean, y rezando un Ave María para rogarle que no se produzca el encuentro que sabe que va a producirse con Ruth. 

Como sabemos, Ruth intenta arrojar a Clodagh al abismo, cuyo sentido sería hacerla arder en ese abismo con cuya amenaza, a su vez, lleva ella años atemorizando a todas las demás hermanas, especialmente cuando las advertía de aquello “que se arriesgaban a perder” si no seguían el camino recto de la fe. Clodagh, que de alguna forma siempre había sido la guardiana de la puerta, por fin aparece aquí bajo el marco de la puerta del abismo, intentando evitar la desgracia de Ruth, aunque se podría decir que, a estas alturas, esta estaba tan profundamente invadida de ese abismo (aquel rojo creciente que terminó anegándola por completo) que su destino no podía ya ser otro que no fuera reunirse con él. Por cierto, nótese que la parte inferior de los hábitos de Clodagh está manchada, ya desde la escena de la “floración de la nieve”, de un cierto color rojo que comienza a subir por sus hábitos, y que bien podría ser metáfora de un cierto rojo, cierta floración, que viene a relajar el otrora gélido color de sus estirados hábitos, y que da cuenta de cierto proceso de transformación que sin duda está produciéndose en su interior.

Más interesante aún para leer esta escena es recordar la propuesta de que Ruth sea un cierto monstruo construido por la propia Clodagh precisamente por efecto de su propia negación radical de su pulsión, esa visión Frankenstein que proponíamos anteriormente. En ese caso, tendría todo el sentido leer que ese monstruo que ella misma construye es quien, una vez desbordado por completo, acude de nuevo hasta su creadora para tratar de acabar con ella, vengándose por la terrible desesperación a la que ese rojo intenso le ha conducido a lo largo del film. Clodagh consigue volver a subir a ese espacio que, con la ayuda de Dean, se había convertido en un espacio posible, vivible, pero Ruth, desprovista de todo asidero simbólico con el que afrontar el vacío, cae al abismo.

La muerte de Ruth, que Clodagh vive, y no sin razón, como un fracaso propio, hace oficial el fracaso de la orden en su conjunto, y con ella, de toda la orgullosa estrategia de negación de Clodagh, que a partir de ese momento no tendrá más remedio que empezar a reconocer la vida como un espacio donde el rojo puede tener un lugar, donde la debilidad y la condición humana se entrelazan con la vida misma, y en donde el compromiso es la estrategia pero nunca toda la respuesta. Por eso toca bajar al Valle…, por fin, y toca también dejar marchar, perderse en la bruma, ese convento de “Santa Fe” que era metáfora de su negación radical:

La pared lisa se torna espacio exuberante y allí donde había un “no” en forma de pared, se dibujan ahora las nubes, que no dejan verlo todo, pero sí una parte, buena forma de atender las inclemencias pulsionales. Clodagh es ahora consciente de que toca asumir una nueva forma de vivir, y así se lo confiesa a Dean en su último encuentro:

Hermana Clodagh: Dijo que nos iríamos con las lluvias —dice con voluntad de mostrar que está en disposición de reconocer su error.
Sr. Dean: Aún no han comenzado —responde él, con intención de suavizar la crueldad que lanzó en el pasado, y tratar de poner en valor lo que Clodagh sí ha conseguido—. ¿Qué harán con usted?
Hermana Clodagh: Iré a otro convento con menos responsabilidad. Ocuparé la posición de hermana encargada.
Sr. Dean: ¿Aguantará eso una criatura obstinada y testaruda como usted?

Entonces se produce el sello final para el milagro de la transformación de Clodagh:

Hermana Clodagh: Es lo que necesito —dice derritiendo su rostro serio y enseñándole una sonrisa humana. 

Y el milagro de la transformación del propio Sr. Dean:

Hermana Clodagh: Tendré que recordármelo cien veces al día, (...) pero mis fantasmas me lo recordarán —dice demudando su semblante, en referencia al fantasma de Ruth.
Sr. Dean: Me deja a mí con más de uno.

¿Qué fantasma puede ser ese que ronda a Dean, sino el fantasma del amor romántico en el que él ya había dejado de creer, y que Clodagh le ha restituido? Clodagh le mira y anota su amor, que ya intuía desde hacía tiempo y que resuena al suyo propio, aunque sus caminos no sean los mismos. Consciente ella de que el pasado de Dean estaba asociado a las fiestas, las orgías y la diversión en “La casa de las mujeres”, se da cuenta de la transformación que él también ha experimentado. Clodagh articula entonces un gesto que habremos de descodificar:

Ese gesto, mientras Clodagh le dice “Adiós” para poner fin al encuentro, ya lo habíamos visto mucho antes, exactamente cuando Dean le entregó a Kanchi para que le ayudara a rectificarse y tuviera una nueva oportunidad:

Clodagh ofreció su mano a Kanchi, como gesto de ayuda, de reconocimiento, de sanación, y se trataba sin duda de un gesto sincero, que la llevó a acogerla en el convento y procurar su mejora. Al final del film, Clodagh extiende su mano a Dean, aludiendo a esa mejora, esa sanación que ella también reconoce en Dean, y que abre las puertas de ese gesto de ofrecer su mano. Dean, sin embargo, lo convierte en un gesto íntimo, en un intento de coger su mano y tomarla para sí, cosa que provoca un cierto frío en la cara de Clodagh. Sus sanaciones no son las mismas. Dijéramos que, gracias al tiempo en que Clodagh ha liderado el convento de “Santa Fe”, cada uno de los dos ha hecho nacer en su interior el fantasma que necesitaba, para ser, cada uno, y a su manera, un poco mejores. Y así es que, sin necesidad de más, sus reparaciones están obradas, y sus historias… contadas.

Continúa: Narciso Negro: "Kanchi: color y sensualidad simbolizada".

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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