“Hablamos esta noche”: El padre que Víctor no puede ser

Sin embargo, existe un límite “natural” para la lógica “esplendorosa” que Víctor articula permanentemente; una que, además, se nos presenta pronto en la película, pues lo descubrimos durante la escena en que Víctor acude a su pueblo natal para acompañar a su padre durante la exhumación de los restos de su hermana, quien se suicidó hace algunos años. Junto a su padre, el esplendor de nuestro trovatore se apaga enseguida, alternando el gesto mohíno de un niño enfurruñado con la cara de niño bueno y cabizbajo. Aquí, frente a su padre, la estampa del que todo lo sabe tiene escaso recorrido, como si este supiera bien de ese juego de prestidigitador con el que Víctor suele obnubilar a los demás. En realidad, los reproches de su padre son lo único que Víctor encaja sin rechistar, como encajándolos en algún lugar imaginario dentro de su ser:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Víctor: Lo siento, no he podido llegar antes.[Pausa] No había ninguna necesidad de que presenciaras esto.
Padre: Es mi deber. Nunca se sabe si se puede contar contigo.

Al contrario que todos los demás, acostumbrados a contar con Víctor, que se arroga sin ayuda de nadie la posición de lustroso garante de todos, su padre le tiene bien desenmascarado. Algo de ese gesto doliente en el semblante de su padre va más allá de la tristeza por la muerte de su hija, y tendrá que ver con ese velado y silencioso reproche contra Víctor por no haber seguido el camino que él esperaba. Se trataba de un camino que suponía tomar algo de su lugar, el del padre, pero no como mero padre biológico, sino como el padre simbólico que se brinda a los demás a través de la propia renuncia de sí, a través del proceso de castración personal que acompaña al viaje al emplazamiento oficial del padre simbólico.

El padre es ley, pero también es renuncia, y por tanto… un espacio libre de narcisismo, como representa el padre de Víctor. Ante este, Víctor sustituye su discurso de perfecto trovador por un gesto mohíno, fastidiado de sí mismo, es decir, un signo que esconde el auto-reproche por intuir, en el fondo de sí, que él abandonó el camino que le indicaba su padre y que lleva toda su vida huyendo de esa responsabilidad para entregarse solo a sí mismo. Solo la comparecencia de su padre ya vale por un reproche atronador ante el que Víctor solo puede actuar como el niño bueno que finge ser. Su padre representa un límite ante el que Víctor recuerda el camino que abandonó y con él al hombre capaz de darse, en realidad, a los demás; no de la forma cómo él cree que vale darse, sin perjuicio alguno de sí, en control permanente de todo para no renunciar a nada, sino como aquel que dará a los demás aquello de sí que es posible porque él renunció primero.

Visto así, se entiende que Víctor, lejos de esperar su turno bajo su padre, huyera pronto en dirección contraria: La construcción de su flamante carrera como ingeniero atómico lejos de su población natal no es sino la forma cómo se ha zafado siempre de su responsabilidad, confundiendo el éxito profesional con la posición de padre simbólico. En lugar de articular su proceso de castración como padre, Víctor se entrega al cultivo y cuidado de sí mismo y de sus deseos, es decir, a construir un semblante brillante que aparenta la posición de garante patriarcal y que le proporciona un rédito personal tanto en la esfera profesional (hará lo que haga falta para conseguir su ascenso) como en la familiar, donde actúa como si fuera el padre de familia. Tanto mayor sea su éxito profesional, tanto mayor será la engañifa con la que Víctor trata de dar esquinazo a su auténtica responsabilidad, que incluye, además, aprender a renunciar y darse incompleto a cuantos le rodean. Víctor se instala en Madrid como un atildado capitán con la promesa de ser lo que todos necesitan, cuando en realidad lo que los demás necesitan de él es que se ofrezca de la forma en que él no quiere mostrarse, es decir, vulnerable.

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