“Hablamos esta noche”: Luis María y la raya roja

El título mismo de la película nos devuelve una de las muchas maneras cómo se reacomoda el truco que es el propio Víctor: “Hablamos esta noche”, es decir, zafándose del asunto central, postergándolo, actuando ante el otro como si el problema no existiera, como si no fuera digno de atención. La fórmula “Hablamos esta noche”, palabras que encajan mejor en Víctor que en ningún otro personaje del relato, permite a este pasar página, continuar con la mascarada, mantener el muro en pie por un poco más de tiempo, y todo mientras todos a su alrededor le interpelan, le urgen, le reclaman y le solicitan. ¿Qué solicitan? En gran medida, saber de los hechos y defectos que él esconde, sus debilidades, sus incoherencias, el discurso irregular en el que los demás pueden inscribirse en tanto que seres igualmente falibles e incoherentes. Sin embargo, de la negativa de Víctor se derivarán, lentamente y para todos a su alrededor, múltiples formas de sufrimiento.

Como decíamos, “Hablamos esta noche” es la historia del nivel del agua que sube hasta superar la raya roja que se había trazado en la pared y que marcaba el límite que jamás debía alcanzar. Por un lado, Víctor debe asumir el desmoronamiento de su relación sentimental con Julia, quien decide abandonarle para irse a vivir a Italia. Por otro lado, su hijo revela que es homosexual, cosa que él percibe como una mácula, un desperfecto inasumible que viene a manchar su impecable reputación. Tampoco le agrada en absoluto saber que no fue a él a quién su hijo confesó semejante secreto, sino nada menos que a Hans, la nueva pareja sentimental de su ex-mujer, un tipo que no es familia de sangre de su hijo Claudio pero en quien él confía más que en su propio padre. Hans, además, no es solo la nueva pareja de Mª Rosa, su ex-mujer, sino el hombre que la ha hecho feliz en lugar de él, y ahora ella quiere los papeles del divorcio para dejarle por completo atrás. En su empeño por enderezar algo de la situación de su hijo Claudio, Víctor agrede físicamente al tipo con el que su hijo tiene una relación, lo que hará que este no quiera verle (“dejemos pasar unos cuantos domingos”, le escribe Claudio en un escueto mensaje). ¡Todo parece desmoronarse a su alrededor!, y si no por su intervención directa, sí al menos indirectamente como resultado de su forma de gestionar los problemas. El nivel del agua sube y sube… pero la auténtica ola está por llegar, y se llama Luis María.

Luis María había sido contratado por Víctor como una más de sus fuentes de goce narcisista. Recordemos que aquel había caído en una profunda crisis cuando tres de sus subordinados habían fallecido bajo su responsabilidad en un trabajo anterior. Víctor, arrogándose la condición de tutor, de protector y salvador, había obrado una suerte de rehabilitación profesional de Luis María contratándole como responsable de seguridad de la central. No obstante, bajo lo que parece una decisión altruista, paternal o protectora, Víctor tan solo estaba poniendo de nuevo en marcha la posibilidad de gozar de sí mismo a través de él. En primer lugar, por el orgullo de hacerse sabedor de que él fue quien le recuperó de la crisis, con el goce que ello le procuraría ya de por sí a un perfil profundamente narcisista. Por otro lado, consciente de que Luis María contraería una deuda que él percibiría como eterna, cabía esperar de él que se comportara en todo momento como el “circundante agradecido” que Víctor cree que los demás deberían ser siempre a su alrededor. En tercer lugar, Víctor esperaría exhibir cada día ante Luis María el buen hacer de un “perfecto timonel” al frente de un navío, actividad en la que este había fracasado antes. En cuarto lugar, Víctor sería consciente de que incluso en el improbable caso de que Luis María discrepara de su gestión, no presentaría demasiada fricción, y no solo debido a su deuda con él, sino sobre todo porque, en último término, algo de su criterio estaría siempre bajo sospecha, por defectuoso, como resultado de su desastre anterior (cosa que, por cierto, podría aplicarse de forma equiparable a la mácula imaginaria que Víctor atribuiría a todos a su alrededor antes de conocerle a él).

El problema de configurar a Luis María en calidad de deudor, estrategia que Víctor habría puesto en marcha en último término para gozar, como decíamos, de sí mismo, es que aquel se esfuerza muy sinceramente por saldar su deuda, es decir, por ser útil a Víctor, y se empeñará en que este lo reconozca. De hecho, para Luis María, la mejor forma de rehabilitarse a sí mismo es cumplir plenamente con la función de protección que le ha encomendado Víctor (es el responsable de seguridad de la central), y lo mejor para verificar este éxito será encontrar, de facto, algo de lo que este deba ser protegido. Tanto más peligrosa sea la amenaza, tanto más habrá avanzando en su propia rehabilitación y más cerca estará de haber saldado su deuda. Así es cómo aparece… la falla:

Luis María: Tengo los informes que necesitábamos. Una vena líquida. Una falla en el terreno que en el informe geológico no está registrada. Hay que suspender la puesta en marcha.
Víctor: Por el momento no hay retraso, ¿eh?

En realidad, es irrelevante si la falla en cuestión justifica o no el retraso de la inauguración de la central. Lo interesante es que Luis María ha encontrado la forma de saldar su deuda, que es la forma de rehabilitarse a sí mismo, siendo, además, el que Víctor le pidió que fuera. La redondez de su ecuación es perfecta para él… pero no para Víctor, pues cuanto más eficaz sea Luis María justificando el retraso de la central, más alto será el muro que Víctor se verá obligado a levantar entre ambos para proteger la fecha de inauguración. Y de todos los muros que Víctor levanta, este puede ser el que más alto llegue, tanto en lo simbólico, como en lo concreto. Y no olvidemos la altura que terminará teniendo dicho muro:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Tan alto fue el muro y tan crucial para Luis María, tanto como que de él dependía su propia rehabilitación, que frustrándose una y otra vez ante él no pudo hacer más que tirarse de él. La altura de ese muro es la de Víctor, impertérrito en su esplendor, el plano liso y sin arrugas al que a su alrededor todos reclaman con desesperación alguna clase de poro, y contra el que a su alrededor solo cabe estamparse. De todos los muros que Víctor levanta, no es casualidad que este sea el último, pues será el más alto, y el más grave.

Y en lo alto del muro, este que tanto por su faz como por su resistencia en todo le representa, se erige Víctor, su amo y regente, desde donde mira el pequeño deambular de los demás, incapaces de alcanzarle en lo más alto. El rey en su montaña.

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Pero volvamos un poco más atrás para asistir a este proceso más despacio:

Luis María: Tengo los informes que necesitábamos. Una vena líquida. Una falla en el terreno que en el informe geológico no está registrada. Hay que suspender la puesta en marcha.
Víctor: Por el momento no hay retraso, ¿eh?

Por el momento no hay retraso”. ¿No suena parecido a “Hablamos esta noche”? Sí, porque semejante frase representa en gran medida la lógica de Víctor, la que le conduce a la permanente negación de las fallas, la que le hace olvidar que su pareja le ha amenazado con irse a Italia, o la que le hace negar que su ex mujer le había advertido de la homosexualidad de su hijo Claudio, etc. etc. Hay una lógica de desviación, de demora, de postergación de lo necesario, de lo urgente, que hace cada vez más profunda la grieta, la falla interior, invisible…, sin registrar en “el informe geológico de Víctor”, hasta que es demasiado tarde.

Luis María perseguirá durante todo el metraje a Víctor para persuadirle de que cambie de opinión y reconozca la existencia de la falla. Basa la consolidación de su rehabilitación profesional, como él mismo la llamará, en que Víctor reconozca su existencia, su gravedad y acepte cancelar la inauguración de la central. Llegado cierto momento, Luis María se convence de que si no redobla su insistencia, Víctor no hará nada al respecto, de modo que pone en marcha la conversación definitiva, cuya intensidad hará emerger las auténticas lógicas latentes que vienen gobernando a ambos personajes.

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Luis María: ¿Qué vas a hacer?
Víctor: Hay algo que debes meterte en la cabeza. Haga lo que haga tú no eres responsable.

Bajo la apariencia de un líder dispuesto a asumir la responsabilidad de su actuación, se esconde el hecho de que Víctor nunca contrató a Luis María ni para que le protegiera, ni para escuchar sus recomendaciones de seguridad. Luis María fue desde el principio “obra suya”, y como tal, en nada puede afectar a su “creador”, por más que lo intente jugándose su propia autoestima. Para Víctor, asumir la existencia de la falla, supondría reconocerse afectable, alcanzable por sus semejantes, rebajando esa pulcra visión de sí mismo. Asumiendo la responsabilidad en exclusiva, Víctor se estira, levanta el muro, marca la distancia con Luis María, con el que rompe toda condición de “semejante”. El rey sobre la montaña.

Luis María: Mi cargo aquí es tremendamente delicado.

Tan delicado como que, en primer lugar, es a sí mismo a quien él está juzgando, es su rehabilitación la que está en juego; en segundo lugar, porque solo en tanto que se trate de una situación delicada, una tan delicada como aquella en la que otrora fracasó, podrá obrarse la redención de la que su rehabilitación depende ahora. Luis María sabe que este es su momento clave pero está a punto de descubrir que su nombramiento fue tan solo una mascarada, que nunca tuvo ni tendrá la oportunidad de intervenir en el devenir de Víctor, que este le dejó atrás hace mucho tiempo y que tan solo espera de él que no haga… lo que más necesita hacer.

Víctor: Lo sé, y hasta el momento lo has desempeñado a la perfección, a pesar o gracias a tus escrúpulos. Yo mismo los hice valer cuando te recomendé.

Obvio que Víctor articula la frase por poner en juego el hecho de que fue él quien le recomendó, es decir, por un lado subrayando la deuda que Luis María contrajo con él, y segundo, haciéndole notar que él no está a su nivel, él es el rey sobre la montaña. Víctor va dejando entrever que Luis María no fue sino una forma más de su propio goce.

Víctor: Lo tuyo no es más que aprensión. ¡Miedo!
Luis María: Paranoia.
Víctor: Yo no he usado esa palabra.

¿Qué se ha jugado aquí sino una nueva edición de la costumbre de Víctor de negar todo lo que amenaza su esplendor? Así, procede a desprestigiar todo aquello que puede amenazar su más perfecto semblante, acusando a Luis María de que existe una falla en él por la que eso que a Víctor le amenaza queda, por entero, relativizado. En realidad, Víctor sí estaba acusando a Luis María de paranoia, como estrategia para no tener que asumir ninguna grieta en su propia posición.

Luis María: Por última vez, [pausa] ¿qué vas a hacer?

¿Qué vas a hacer conmigo?”, parece, en realidad, preguntarle Luis María, como si Víctor estuviera dispuesto a hacer algo con él. Pero no, Luis María nunca importó.

Víctor: Nada.
Luis María: ¿Nada?

¿Me vas a dejar caer?”, parece decir Luis María, a quien Víctor niega la oportunidad de ser el que más necesita ser, ese cuyo celo encontrará un sentido protegiendo de facto a Víctor y por tanto permitiendo sentirse útil. Luis María necesita que Víctor le deje ser el que necesita ser para sí mismo, pero el coste de tal cosa es excesivo para el rey sobre la montaña.

Sin embargo, Víctor tampoco asumirá internamente el riesgo en el que deja a Luis María al inhibirle toda posibilidad de rehabilitación interna. Víctor niega la existencia de la falla sin darse cuenta de que no es la central o él mismo el que se está jugando la vida en ello, sino el propio Luis María.

Víctor: Pero, ¿en qué coño piensas? ¿Sabes cuál es la alternativa? Sí, lo sabes. Parar, desmontar toda la planta, empezar desde cero, ¡la ruina! ¡Lo haría, que conste!, lo haría si hubiera una base más sólida.

Interesante cómo las palabras de Víctor terminan delatándole de la forma más inesperada. O mejor, delatando su falla más profunda. Ya mencionamos que Pilar Miró establece una relación entre la central nuclear y el propio Víctor, como si se representaran mutuamente. Así, cuando Víctor habla de “parar”, “desmontar”, “empezar desde cero”, en realidad, habla de sí mismo. Habla de una deconstrucción de su perfecto semblante que no está en absoluto dispuesto a permitir, pues supone desmontar su propia faz, lo más querido. “Lo haría si hubiera una base más sólida”… es la frase que mejor le delata. Obviamente, el personaje “Víctor” se refiere aquí a la solidez de los informes geológicos que, en su opinión, no apuntan a la existencia de dicha falla, pero la frase que Miró y Larreta ponen en su boca REVELA mucho más: “Si hubiera una base más sólida”. En otras palabras, “si mi base fuera más sólida”. Víctor viene a indicar que si ese perfecto semblante estuviera sólidamente convalidado por una sustancia a la altura, por el hombre que no es (acordémonos de cuanto le diferenciaba esencialmente de su padre, un hombre “con el que sí se podía contar”), su faz podría soportar una parada, un desmontaje, podría transparentar un mecanismo. Sin embargo, tras su perfecto semblante no hay nada más que la lógica del “Hablamos esta noche”, la lógica de la negación de toda mácula, un vacío que Víctor no puede hacer otra cosa que ocultar a toda costa. Solo puede ya huir hacia delante.

Luis María: La ruina has dicho. Tu propia ruina.
Víctor: No seas ofensivo.

Descubierto en su ardid de ocultamiento, Víctor reacciona degradando la acusación más por la forma que por su contenido, que queda firme. Se lo permite, por no notarle aún peligroso para su figura.

Luis María: Perdona. Olvidaba que de los dos tú eres el irreprochable.

Alcanzamos la frase mayor. Luis María enuncia y expone la lógica del perfecto semblante a la que en todo responde el personaje de Víctor, como otrora hiciera Julia:

Julia: Pero un hijo homosexual es demasiado, claro. Eso es algo que podría emborronar esa imagen espléeendida que siempre has querido dar.

Pero fijémonos en cómo responde Víctor:

Luis María: Perdona. Olvidaba que de los dos tú eres el irreprochable.
Víctor: ¡Imbécil!

Ambas frases, la de Luis María y la de Julia, debieron conectarse profundamente en los mecanismos internos de Víctor, que queda sin argumento posible y se esconde tras un insulto. Que algo se ha tocado, es evidente, además, por la forma de reaccionar:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Víctor parece verse invadido por la reminiscencia de la acusación de Julia, o la de tantos otros que, antes y aunque con otras palabras, habríanle dirigido el mismo reproche. Víctor se duele, esconde su rostro para no mostrar debilidad alguna en la faz del rey sobre la montaña, hace informe de daños profundos, una operación inmersiva que supone “mirarse a sí mismo”, que es lo que parece hacer al refugiarse mirando la fotografía de la central que en tantas cosas hemos dicho que le representa. Víctor se levanta en busca de sí mismo, y se halla en ese póster que le permite sentir sus engranajes girando ya cada vez con más y más dificultad. El óxido de Luis María se va adhiriendo a sus mecanismos, algo con lo que nunca contó.

Luis María: Mis desdichados antecedentes no me permiten moralizar.

Luis María va descubriendo la táctica de relativización con la que Víctor le contrató, es decir, el motivo por el que fue elegido, que no es, como había dicho Víctor, su exceso de celo, sino su “desdichada posición” con la que Víctor no tendría problemas en lidiar. Luis María descubre que lejos de perseguir su rehabilitación, Víctor le contrató porque siempre podría abusar de su frágil posición para blindar su mejor escaparate.

El acecho de Luis María empieza a ser considerado como una sublevación en toda regla por parte de Víctor, quien va a dar el paso final, el argumento maestro con el que hará temblar a Luis María:

Luis María: Mis desdichados antecedentes no me permiten moralizar. Y menos a quien tiene un historial sin mácula como el tuyo, ¿es eso lo que quieres decirme?
Víctor: No es cuestión de moral, joder, tú lo sabes. Es cuestión de suerte. [Pausa] Pero es verdad. Tengo una ventaja. No arrastro ningún complejo de culpa. Yo siempre he prestado la debida atención a cualquier informe.
Luis María: ¿Me estás diciendo que en aquella ocasión yo no lo hice?

Víctor esgrime su argumento más sucio pero eficaz. Consciente de que Luis María solo podrá resarcirse con lo que él no le ofrecerá jamás, apunta a sus rodillas y le hace tambalear. Todo el esfuerzo personal que Luis María habría llevado a cabo para superar la crisis, la culpa, se desmorona en un segundo. Su líder protector le acusa personalmente a él de la muerte de sus tres subordinados, como responsable exclusivo. Luis María se da cuenta de que nunca tuvo opción alguna de rehabilitarse sinceramente junto a Víctor. Un unos segundos, Víctor pone en palabras lo que viene sucediendo a Luis María:

Víctor: Tu negligencia de entonces, la quieres compensar ahora magnificando una falla que no debe existir.

La palabra “negligencia” pesa sobre la frase anterior como la confirmación definitiva de que para Víctor, aquel desastre solo tuvo una causa: La negligencia expresa de Luis María. Por su parte, en lo que respecta a esa falla de su interior, Víctor vuelve a operar una flagrante negación: “Una falla que no debe existir”.

Luis María, por fin, lo entiende todo:

Luis María: Eres un hijo de puta. Soy injusto. Me olvidaba de todo lo que has hecho por mí. De que te debo mi rehabilitación profesional.

Sarcástico, Luis María, descubre lo que siempre ha estado delante de sus narices.

Víctor: Eso me parece innecesario. Y un poco morboso.
Luis María: Yo soy un poco morboso, y tal vez sea innecesario.

Luis María deja entrever que el objeto de su esfuerzo era volver a ser necesario, condición que perdió en el pasado cuando era el responsable de seguridad antes de que se produjera su negligencia que costó tres vidas. Para volver a serlo, necesitaba lograr ser consciente de haber logrado un cierto cambio, el que fuera, en la dirección de Víctor, una marca de su actuación y de su presencia. Blindada la faz de Víctor, desprovisto Luis María de toda capacidad para intervenir en aquel, se siente innecesario, pero ¡hasta qué punto! Innecesario por completo.

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

La cineasta lo escribe expresamente. El peso de Luis María, es decir, de su muerte, recae sobre los hombros de Víctor que, solo en este instante, comprende el alcance de aquello que le negó a Luis María. Su propio sostén.

O también se podría decir así:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Algo más se dice en la escena del funeral por Luis María. O mejor dicho, alguien más ha muerto con él. Ha muerto “Il trovatore”, el fantasma gallardo con el que Víctor fingía por el mundo ser el más perfecto garante. Suena el aria “Miserere” del Acto IV de “Il trovatore”, el aria en el que Leonora llora la inminente muerte de Manrico, il trovatore.



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