“Hablamos esta noche”: Víctor, el esplendoroso, “il trovatore”

Analizamos una de las más desconocidas películas de Pilar Miró, “Hablamos esta noche” (1982), atendiendo especialmente al modo cómo su secuencia final y su simbología revela la lógica de sus personajes principales y cómo el retrato de sus inercias finales descubren el sentido de los acontecimientos.

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Víctor: ¿Soy… maravilloso?
Clara: Mientras no dejes de gustarme… el que más. ¿Okey?
Víctor: Okey.

Que Víctor se conforme con tan delicada entente como respuesta a su pregunta, le lleva su tiempo. O mejor, le ha llevado su tiempo. Presentado su personaje de este modo, al corte sincrónico, es decir, en vertical, parece un pobre hombre capaz de satisfacerse no ya con cualquier cosa, sino con la pequeña mentira piadosa que sostiene “cualquier cosa”, pero lo cierto es que este diálogo pertenece a la secuencia final del film, y que llegar hasta este punto ha implicado para Víctor un largo camino y una larga ruptura por desgaste de la que, solo ahora, solo en parte y poco a poco, pareciera, pudiera estar empezando a salir. Visto así, ese lacónico “Okey”, el doblez al que Pilar Miró quería llegar desde el comienzo de la película, adquiere una enorme relevancia simbólica que, en lo que sigue, trataremos de desvelar.

Un desgaste que insinúa una pretensión tan grande como la decepción que le sigue. Y es que, digámoslo ya, la lógica del personaje de Víctor no es otra que la de dar siempre la mejor imagen, el mejor de los posibles semblantes, comparecer ante los demás como aquel en perfecto gobierno de sí mismo y de todo lo que le rodea. O, al menos, hacer funcionar semejante semblante tras el que esconder las vicisitudes y deambulares de la vida misma. Porque… , y aunque Víctor no deja de barrerlas bajo la alfombra, las sombras de la existencia no cesan de retornar una y otra vez. Esto es, en esencia, lo que va a ir sucediendo en el transcurso de “Hablamos esta noche”, en cuyo comienzo descubrimos un personaje atractivo, ingeniero nuclear, económicamente acomodado, a punto de obtener la promoción más importante de su carrera, etc., que hacia el final del film va a tener que aceptar el derrumbe o, al menos, la imperfección de los ámbitos más importantes de su vida, lo que conllevará una íntima e incómoda recolocación: Descubrir la idea de que el ejercicio por la perfección, aunque tan solo se opere en el plano de la apariencia, es un ejercicio… , a la larga, imposible.

Víctor, “il trovatore”

Vayamos desgranando la simbología tejida por Pilar Miró, como directora y guionista, y Antonio Larreta (guionista), a lo largo de la película para contarnos este desplazamiento interior de Víctor que permite comprender la esencia de su última secuencia.

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Pero empecemos por el principio. En realidad, la película entera se nos resume en tres certeras pinceladas en los primerísimos planos de la misma, incluso aún en los títulos de crédito: una discreta constelación de apenas tres elementos audiovisuales que hacen el perfecto resumen de lo que se nos habrá de relatar, y que podrían señalarse así:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

El relato presenta en su primera imagen la proa de un barco que avanza por el agua, metáfora que, con el avance de la película, iremos entendiendo que representa muy fácilmente al personaje de Víctor, que se ve a sí mismo como el atildado capitán de un sólido navío en el que lleva y conduce a todos los demás. De hecho, si ese “navío” se nos representara en mayores esloras, la parte elegida correspondería al llamado “mascarón de proa”, el semblante del barco, su mejor figura, su escaparate, la “buena figura” que sería el máximo referente de la presencia de Víctor. Nuestro protagonista se encuentra en el canal de agua de una central nuclear de la que es el máximo responsable y que se encuentra a pocos días de su inauguración. Realiza unas preocupantes mediciones junto a Luis María, el responsable de seguridad de la central, señalando y comprobando el nivel máximo al que nunca debería llegar el agua, es decir, el nivel a partir del cual toda la estructura corre peligro.

Hablamos esta noche” es, metafóricamente, el relato de cómo ese nivel de agua irá subiendo y subiendo hasta alcanzar esa raya roja en la pared, el umbral del caos, y cómo la superará llevando al desastre la forma cómo Víctor maneja y afronta su propia vida. “Hablamos esta noche” nos cuenta el asfixiante proceso a través del cuál, Víctor comprobará que su estrategia de vida no le permite controlarlo todo, y que el agua, como los elementos de la naturaleza, no observan líneas rojas sino que tiende a colarse por las rendijas fuera de control.

Como decíamos, Víctor está acostumbrado a ser el más sólido de los pilares o, al menos, a comparecer como tal para todos cuantos le rodean. No es de extrañar que, en materia profesional, haya logrado convertirse en el responsable de la apertura de una nueva central nuclear, un polémico proyecto que recibe las críticas de los colectivos ecologistas pero que Víctor consigue mantener aparentemente contenidos tras su más firme semblante. Y es que, en efecto, aunque el proyecto acumula toda clase de críticas, Víctor, por un lado, articula un discurso tranquilizador que parece restar importancia a las adversidades, y por el otro, hace valer su palabra de confianza para hacer sentir que toda contrariedad está, en realidad, bajo control. Las palabras “bajo control” tienen mucho que ver con esa lógica de Víctor, pues describen su forma habitual de enfrentarse a todos los retos de su vida. “Bajo control” no significa que no existan tales problemáticas al fondo de sus asuntos, sino que estas aparecen contenidas y supuestamente gobernadas a ojos de todos los demás. Visto así, no es casualidad que la historia ponga una central nuclear en manos de Víctor, pues se trata de una instalación potente, firme, energéticamente eficaz, solvente, pero que esconde en su interior la más sucia de las energías, la más arriesgada de las fórmulas de obtención de la misma. ¡Una dialéctica de oposición entre lo visto y lo invisible!, entre lo externo y lo interno, lo ofrecido y lo velado, que en todo se relaciona con la lógica mediante la cual Víctor se posiciona en el mundo: hacia el exterior, la confianza; hacia el interior, las pésimas noticias que Víctor se ocupa de mantener escondidas. Como símbolo, de hecho, la central nuclear es aún más interesante pues, en su función de representación del propio Víctor, según descubrimos más adelante, la central está construida accidentalmente sobre una “falla”. Lógicamente, la nomenclatura es puramente geológica pues se refiere a una falla tectónica en el terreno aunque, por otro lado, no deja de ser muy elocuente que esa central que en gran medida representa al propio Víctor esconda una “falla” en sus cimientos, una grieta oculta que sus muros pretenden esconder pero que amenaza silenciosa con destruir el edificio al completo y dañar a quiénes lo rodean. Se trata de una siniestra contradicción entre la luminosa promesa que desde fuera parece, y los terribles defectos que su interior esconde; es “la falla de Víctor”, arraigada al fondo de sí mismo, siempre apartada de todas las miradas, pero activa, al fin y al cabo.

No muy distinta es la lógica que nos permite abordar el personaje de Luis María pues, ¿acaso no es él otro de los “defectos” y las “fallas” que la central esconde? ¿Es que no es una de las pudendas sombras que esconde Víctor? De hecho, no fue sino él quien rehabilitó profesionalmente a Luis María, barriendo bajo la alfombra su peligroso pasado e ignorando la crisis en la que este podría estar sumido. Diríase que Luis María aparece como un tipo complicado, alcohólico e inestable, a todas luces inconveniente como responsable de seguridad, es decir, una más de las bombas de relojería que Víctor esconde fingiendo que no existen pero que, con el paso del tiempo, terminarán explotando. Luis María tiene mucho que ver con esa falla de la que él trae noticias, por cuanto él mismo es un poco ella, sobre todo en lo que respecta a su relación con Víctor. Por otro lado, la “fallaLuis María, seleccionada deliberadamente por Víctor para instalarse en los cimientos mismos de su central, le proporcionaba una estrategia de control para mantener las apariencias, su objeto más preciado. Así, casi en calidad de “chamán” de “fallas”, Víctor revela la naturaleza de la relación que guarda con ellas, desde su condición limítrofe, viviendo la ilusión de gestionarlas, controlarlas y limitando sus efectos; incluso, obteniendo de su oscuro ocultamiento las mejores oportunidades de su carrera, como si se tratara de ese insoportable retrato suyo que envejeciera en el armario para proporcionarle a él la vida eterna. Lejos de ser el mejor gestor de los defectos, de las grietas, el albañil del mundo y de las personas, Víctor comparece como el más brillante de los especuladores.

 

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